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Full text of "Memoria para armar 1"

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Este libro es el resultado 
de la selección realizada 
por los Profesores 
Graciela Sapri.ra, 
Rosario Peyrou, 
Lucy Garrido y 
Hugo Achugar y 
el Taller, entre 238 
trabajos que 
respondieron a la 
Convocatoria MEMORIA 
PARA ARMAR del Taller 
Género y Memoria de 
ex-presas políticas, cuya 
nómina se dio a conocer 































MEMORIA 
PARA ARMAR 
UNO 




MEMORIA 
PARA ARMAR 
UNO 


Testimonios coordinados por el 
Taller de Género y Memoria ex-Presas Políticas 


Editorial SENDA 



Ilustración de portada: Pintura de Hilda López de la Serie “Los adioses” 
Fotografía y diseño de portada: Beatriz Battione 
Diseño y armado interior: Sonia Mosquera 


© Taller de Género y Memoria ex-Presas Políticas 
memoriapararmar@hotmail.com 
Hecho el depósito que marca la ley 
Impreso en Uruguay - Printed in Uruguay 
Primera Edición: noviembre 2001 - 1500 ejemplares 
Todos los derechos reservados 
ISBN: 9974-39-354-X 



Agradecemos: 

A la Universidad de la República y al Rector Ing. Rafael Guarga su 
auspicio generoso. 

A las Profesoras Graciela Sapriza, Rosario Peyrou, Lucy Garrido y 
al Profesor Hugo Achugar su invalorable colaboración y amistad. 
A Cotidiano Mujer que nos acogió en su casa fraternalmente. 

A Sonia Mosquera, Beatriz Battione, Elena Fonseca, Edda Fabbri, 
que nos entregaron desinteresadamente su saber técnico. 

A Artes Gráficas y Dot Digital, nuestros impresores. 

A la Comisión de Cultura de la Intendencia Municipal de Monte¬ 
video, a la Comisión de Derechos Humanos de la Junta Departa¬ 
mental de Montevideo, Serpaj, y demás instituciones amigas y a 
compañeras y compañeros que apoyaron con entusiasmo nuestra 
esperanza y esfuerzos. 




Nuestro homenaje: 

A todas las que partieron y nos dejaron sus banderas. 
Alas que hicieron de la solidaridad una razón de vida. 
Alas que supieron criar a sus hijos bajo el terror para 
que fueran libres. 

A las que fueron capaces de sentarse a escribir ven¬ 
ciendo el dolor o la timidez. 




Presentación 


La edición que presentamos es la primera que lleva a cabo el Taller 
de Género y Memoria ex-Presas Políticas y es inicial de una serie de 
publicaciones a realizar, destinadas a recoger testimonios, reales o 
Accionados, de todas las mujeres que vivieron la dictadura uruguaya 
en cualquiera de las situaciones posibles. 

Nuestro propósito es contribuir en varios niveles a la recuperación 
del pasado durante el gobierno de facto, vivido por las mujeres de modo 
característico y propio. 

Los testimonios conservan para las generaciones presentes y futu¬ 
ras, hechos, pensamientos, alegrías, angustias y valores que integran el 
acervo histórico, y por eso mismo, aportan lo suyo a una tradición na¬ 
cional que busca un perfil de lo que somos como pueblo. Constituyen 
una reflexión de mujeres, pocas todavía, sobre sí mismas, sobre su ma¬ 
nera de enfrentar situaciones límites y acercan al trabajo de 
concientización del género, vivencias profundas, conmovedoras y tre¬ 
mendas que enriquecerán a todos. 

Esta es una historia de emociones y verdades internas, de lucha en 
todas formas, en que muchas voces no se han dejado oír todavía y por 
eso, como toda historia, es incompleta. 

Este no es un libro más; aquí pensamientos y sentimientos de mu¬ 
chas mujeres se conjugan para recomponer el pasado, para reafirmar 
con orgullo o con modestia, que tenemos que dejar para las generacio¬ 
nes venideras las vivencias de aquellos años dolorosos, y valientes, ejem¬ 
plo y protección en el futuro. 

Estamos convencidas que este libro, en el que hemos puesto nuestro 
amor y nuestra confianza, también será leído así, así se releerá, se rega¬ 
lará, se prestará, en una siembra sin fin. 

Taller de Género y Memoria ex-Presas Políticas 




Prólogo 


Participar de la Comisión (que no Jurado, porque esto no fue un con¬ 
curso) que trabajó en la selección preliminar de Memoria para Armar 
fue una experiencia difícil de transmitir en toda su dimensión. Signifi¬ 
có enfrentarse durante varios meses a lo que habían vivido las mujeres 
de este país desde la cárcel, el exilio, los barrios, los lugares de trabajo, 
en esos años que marcaron a fuego a tres generaciones uruguayas. Fue 
revivir lo que habíamos pasado nosotros mismos, y nuestros familiares 
y amigos, pero mucho más que eso, descubrir cosas que ignorábamos, 
o de las que apenas teníamos noticias, vistas ahora desde la experiencia 
concreta, desde la afectividad de quienes las habían protagonizado. 

En una reunión de las muchas que tuvimos mientras hacíamos el 
trabajo de selección, una de nosotros contó una anécdota que 
transcribimos porque nos parece representativa de lo que sentimos to¬ 
dos: "Un día, mientras yo leía originales mi hija menor entró en la habi¬ 
tación y se quedó mirándome. ¿Qué te pasa, mamá? Le expliqué que 
esos papeles me conmovían porque tenían que ver con un pasado que 
no había terminado de cerrarse, porque muchas historias eran tristes, 
pero sobre todo por la emoción de descubrir con qué coraje, con qué 
dignidad, con qué entereza, y con qué humildad, las mujeres habían 
contado cosas dolorosas que tenían que ver con nuestra historia, con la 
de mi madre, con la mía y también con la de ella. Le expliqué como 
pude, que eso también me daba alegría, y me hacía sentir orgullo. No 
se lo dije, porque tuve miedo de ser grandilocuente, pero me acordé de 
un versículo del libro de Judit: "¿Quién se atreverá a despreciar a este 
pueblo que tales mujeres tiene?" (Judit, 10,19)". 

Porque valía la pena saber cómo vivieron las mujeres en ciudades y 
pueblos del interior en el páramo de esos años, conocer las dificultades 
de las madres para pagar los paquetes de los presos, la solidaridad ca¬ 
llada de un vecino, de un conocido; el dolor de una exiliada que duran¬ 
te años no pudo ver a sus hijas ni comunicarse con ellas; escuchar el 
silbido bajito de un muchacho que le envía a una presa desconocida 
para él, un abrazo cómplice escondido en una melodía prohibida; saber 



de un viejo que aprendió a escribir para poder comunicarse con su hija 
en la cárcel; constatar que también hubo momentos de alegría, reimos 
con el humor con que las mujeres podían burlar los rigores de los 
represores y establecer redes de afecto por encima de ideologías y dife¬ 
rencias de edad y formación. 

Estos papeles muestran hasta qué grado de inhumanidad llegó la 
dictadura, las cosas terribles que llegaron a hacer los represores, pero 
mucho más importante: muestran lo que NO pudieron hacer, porque 
hubo mujeres y hombres que resistieron en medio de la destrucción. 
Estos testimonios plantaban un límite, el límite que impone la digni¬ 
dad, y que explica, como el plebiscito de 1980, la medida del fracaso de 
la dictadura militar. 

Esto no es un concurso, claro. Se dice fácil, pero fue muy difícil elegir 
los textos para este primer tomo, porque todas las historias valen lo 
mismo, todas llevan la carga de una experiencia vivida y superada con 
coraje. Todos los testimonios exhiben la valentía adicional de haberse 
animado a compartir esas memorias personales para que integren la 
memoria colectiva. Leimos y releimos, y volvimos a leer, intercambiamos 
opiniones, y buscamos que esta primera entrega reflejara una variedad 
suficiente como para trazar un retrato válido de lo que fue la resistencia 
de las mujeres ante la injusticia y la arbitrariedad. 

Han pasado más de dos décadas de las historias que cuenta este li¬ 
bro. Tal vez por eso, ahora puedan escribirse, y tal vez, por fin, estemos 
preparados para leerlas. No está mal que aparezcan ahora, en este año 
de desaliento, en que muchos parecen dudar de la viabilidad de un 
país que no termina de encontrar su lugar en el mundo. En una de ésas, 
ayudan a descubrir que más allá de las dificultades económicas, de la 
globalización y sus secuelas, de los discursos repetidos y de las ilusio¬ 
nes que se desmoronan, este país tiene sentido porque tiene esta gente, 
y fue capaz de generar ese caudal de generosidad, de entrega y sensibi¬ 
lidad del que este libro es un claro testimonio. Ojala, estemos, como 
comunidad, a la altura de ese desafío. 


Graciela Sapriza 
Rosario Peyrou 
Lucy Garrido 
Hugo Achugar 



Las voces 


Las versiones son fieles a los testimonios entregados por las autoras 




Alguien 


Alguien no dijo 
Alguien no vio 
Alguien no pensó 
Alguien llamó 
Alguien escuchó 
Alguien sabe 
Alguien se va 
Alguien regresa 
Alguien no quiere 
Alguien debe hacer 
Alguien calla 
Alguien no siente 
Alguien oculta 
Alguien miente 
Alguien 

TODOS 


Ana Laura 


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Mirada 


Te vi. Era en el fresco temprano de una mañana de verano. Quizás, 
primavera, aunque podría haber sido otoño, sería más lógico. Hace tanto 
tiempo... ¿Treinta años? ¿Un poco menos? ¿Quién sabe...? 

Era de esas mañanas en que la promesa del calor venidero anima a 
levantarse, a estar afuera, para sentir en la piel ese resto piadoso de aire 
nocturno. Y respirar hondo, como para guardar un poco. 

Era además, mañana de adolescencia sin liceo. Pequeña libertad que 
abre la puerta a un paraíso de posibilidades. La mayoría queda en eso, 
posibilidades, pero es suficiente. No simplemente levantarse, sino hacer 
volar el camisón, mientras aletea hacia cualquier lado. Lenta inspección 
en el espejo y rápido el peine, pensando en todas esas cosas que sugiere 
la misma imagen de cada mañana, la misma, pero otra, como cada día y 
como siempre, en esa edad en que es posible transformarse en una noche. 
¡Y cómo duele mirarse, y a veces no quererse! Y cómo duele querer mirar 
y no querer. Haber visto ya. Haber crecido ya. 

Y ver el mundo, y crecer ya. Intentar compaginar dos engranajes 
que no se detienen. Y aprietan. Y apresuran. Y apuran tanto, que esa 
ropa vacía, abandonada al salir, seguramente no queda igual, no sienta 
bien cuando se vuelve a entrar. 

¿Ayudar a mi madre a barrer la vereda? Sí... ¿Por qué no? 

Estar en la calle, el alboroto de cientos de pájaros en la copa del ár¬ 
bol, el silencio de las casas que todavía no se habían abierto...Y ahí estᬠ
bamos, mi madre y yo. Dos escobas, dos mujeres, el cordón de la vere¬ 
da de una calle de barrio. 

Y entonces te vi. Sorprendida por el ruido del motor, que ya se aleja¬ 
ba, miré. Y te vi. Tú no me viste. No podías. ¿Me escuchaste? Yo no 
podía. Tú no hablabas. 

Tus manos en la espalda y tu espalda contra la caja de un jeep mili¬ 
tar. Rodeada de cascos, armas, uniformes verdes. De aquel verde... Ver¬ 
de como la lona trasera levantada, arrollada sobre el techo. ¿La lona 


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levantada? Y sí... ¡la lona levantada! Arrogante prepotencia, patética 
pedantería de los que se creen impunes, que te descubrió a mis ojos. 
Tenías el cabello muy rubio, dividiéndose sobre los hombros y también 
sobre las sienes, estrangulado por la venda que cubría tus ojos. Lleva¬ 
bas un pantalón vaquero y un saco, como de lana, rojo. Pequeña ima¬ 
gen desvalida y frágil, expuesta, muchacha, entre ellos, sola. 

Entonces el grito: 

-¡¡Mamáá, miráü ¿La viste?, ¿la viste? 

-No llores, m'hija, no llores... 

-¡Hijos...! 

Y el abrazo que cierra. O encierra. ¿Consuelo o silencio? Tristeza e 
impotencia en su mirada aguada. Y después la oí susurrar algo a mi 
padre. Pero ella y yo jamás volvimos a hablar sobre ti. Ella ya no está. 
¿Tú estás? ¿Qué te pasó? ¿Qué hicieron contigo? 

Nada sé sobre ti, o casi nada. Todos estos años te he acunado en mi 
memoria, con tu saquito rojo, cada vez más rojo, y tu pelo claro, que no 
adquirió canas, y por eso mismo, doloroso. Porque no puedo modifi¬ 
carlo, no puedo sacarte de aquella caverna verde, que como una bocaza 
siniestra mostraba lo que estaba a punto de engullir. Un bocado dema¬ 
siado delicado para el hediondo aliento de una bestia que recién empe¬ 
zaba a rugir. Así te balanceabas, entre sus dientes, desvalida en la oscu¬ 
ridad de tu mirada obturada, desamparada y sola entre los que te ro¬ 
deaban. Pero te vi. Y estuve contigo. De tu lado. 

Absurdo, inútil sinsentido. Yo te vi. Pero tú no podías verme. Y a ti te 
taparon los ojos, seguramente porque ya habías visto y entonces, ya 
sabías. ¿De qué te servía mi mirada? Vano esfuerzo de una impotencia 
desconsolada, que no se resigna. Pero es que aún hoy, quisiera saber. 
¿Dónde estuviste? ¿Dónde estás? ¿Estás? 

Eras mayor que yo. Como mi hermana mayor, quizás. Mayor que mi 
hija ahora. Pero ¿envejeciste como yo, como mi hermana? ¿Encaneció 
tu pelo? 

Muchas veces me he preguntado, de dónde te traían, dónde tu casa, 
tu familia, dónde tu madre. Tu casa tendría también ese olorcito maña¬ 
nero de café y pan tostado... Tendrías un dormitorio, una cama, un cuarto 
que contuviera tus cosas, tu música y los libros... Un compañero ¿un 
marido? ¿Dónde quedó ese alguien desesperado, ese que apela al telé- 


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fono, a los otros? ¿Cómo contarle que guardo un retacito de tu vida? 

¿Cómo contar del horror, del sufrimiento tan fuerte que marea y 
entorpece? ¿Cómo hablar de mí, desgarrada y avasallada por una ima¬ 
gen, a quien ya está desgarrado? Aún hoy, me ha costado acercar a mi 
hija a este relato. Recordar tu imagen una vez más y pensar en ella me 
provoca algo difícil de describir. Es como si quisiera elevar una muralla 
de tiempo, de distancia... ¿de historia? 

Sí. Hacer una muralla imposible de otra historia. Porque cada acon¬ 
tecimiento de la historia anterior era más, y más y más terrible. Era, 
diría, casi paradójico, una historia de lo inhumano, de lo no escrito y no 
dicho. Y mientras no se podía decir, ni escribir, ¿cómo no?, cada vez que 
volvía a mi casa, aquella ropa vacía no se acomodaba bien a una dueña 
modificada, se negaba a llenarse de mí. Pero eso, ya no importaba. Y la 
imagen en el espejo, tampoco importaba tanto. Y fui creciendo, empe¬ 
zando a envejecer, entre noticias susurradas, miradas de reojo y algu¬ 
nos libros enterrados. Por las dudas. 

Entre las cosas perdidas y tanta pregunta sin respuesta, tu saquito 
rojo y tu cabeza torturada... ¿Te mareaban? ¿te confundían? ¿te nega¬ 
ban sus rostros? ¿la calle por donde te llevaban? ¿te tenían miedo? ¿por¬ 
que aún no habían hecho las capuchas, apuraron una tela sobre tus 
ojos? 

¿Qué hacer con todo esto? Quizás se trate de una especie de pobre 
resarcimiento de mi pena inútil, un pequeño homenaje para ti, una vana 
gotita de consuelo tardío, y quizás, algo de venganza... Tal vez una 
modesta manera de crear otra historia... 

Quiero decirte, que la calle se sigue llamando Asamblea. 


Argo 


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El bote 


y\quella tarde me tocó ir entre las primeras. A las mujeres nos lleva¬ 
ban a bañar a la enfermería, que quedaba bastante lejos del barracón, 
donde nos habían trasladado, pasado poco más del primer mes. Nos 
separarían dos cuadras o tal vez tres, no puedo establecerlo con preci¬ 
sión, cualquier distancia resultaba fatigosa, para alguien que pasaba 
todo el día en custodiada inmovilidad. 


A esta altura, por lo menos para los que estábamos en el barracón, 
el baño era un acontecimiento, si no diario, frecuente y ya incorporado 
a la rutina de aquellos días, que empezaron siendo de pesadilla, de 
caos, siguieron interminables, y ahora eran sencillamente de espera. 

Es curioso, pero así, sentado de cara a la pared, los ojos vendados, 
incomunicado, uno espera, más que algo trascendental, algo nimio, 
pequeño, apenas capaz de posibilitar un cambio de posición, la comi¬ 
da, la ronda del enfermero, el baño. 

El baño era obligatorio y contra-reloj 

-Rápido, ¡¡tenes diez minutos y van nueve!! 

Nunca llegué a ubicarme con cierta satisfactoria exactitud en aquel 
inmenso cuartel de Colonia; a mi naturalmente escaso sentido de la 
orientación se sumaba la ceguera de la venda. Sin embargo, la enfer¬ 
mería me resultaba inconfundible. Allí había pasado el primer mes, y 
evidentemente algún misterioso mecanismo de conservación hacía que 
la reconociera. El baño estaba pegado al consultorio del médico. En¬ 
frente a la puerta de entrada estaba la bañera, a la izquierda, un retrete, 
y contra la pared del medio, una pileta. Una vez adentro, sin la venda, 
las manos sueltas se deshacían con rapidez de la ropa, la camisa colga¬ 
ba del picaporte, tapando el ojo de la cerradura, una toalla se extendía a 
modo de cortina, colgada de un alambre que -pasando por delante de 
la bañera- atravesaba la pieza. 

Algunos soldados, no todos -es justo recordarlo- matizaban la guar- 


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día con incursiones al baño de las "pichis" . Nos afanábamos en defen¬ 
der una privacidad que ya no existía. 

Un preso es un invadido, deciden por él el momento de ir al baño, 
le eligen la ropa que puede usar, leen y censuran sus propias cartas, lo 
desnudan, lo golpean y tratando de penetrar en sus secretos más que¬ 
ridos, le rompen el alma. 

Bordeando o atravesando el casino de tropa, se llega, siempre dema¬ 
siado pronto, a la sala de tortura. Se puede reconstruir el camino que 
lleva hasta allí, pero nunca el de regreso, no recuerdo haber vuelto 
una sola vez, sobre mis pies. 

Han dejado de trompearme la cara, el tibio sabor de la sangre que 
me llega hasta la boca, es lo único familiarmente humano en aquella 
atormentada oscuridad. Desnuda, las manos atadas en la espalda, miro 
con los ojos vendados hacia la voz que me interroga, sonora, inconfun¬ 
dible, correcta dicción de un oficial. 

Una patada me sorprende de atrás, levantándome hasta hacerme 
caer, pero ya me levantan para atarme -ahora sí hasta inmovilizarme 
totalmente- a un tablón; trampolín de la muerte, el tablón me sumerge 
en el horror del submarino, me inundo, me ahogo, pero la muerte se 
detiene... 

-¿Sabés qué son estas gomas?, otra vez la voz. -Aire comprimido, 
no te va a poder coger ni un elefante -sentencia inconfundible, sonora, 
prolija, la correcta dicción de la voz del torturador. 

Marzo recién empezaba, caluroso ese año, el calor estaba a mi favor, 
caminaba despacio, el soldado no me apuraba. Robándole siempre una 
rendijita a la venda, mis ojos saltaban de un escalón a una zanja, del 
pasto a las baldosas, un olor me distraía hasta la cocina, que debía 
estar allínomás, el ruido de un motor que se aleja, voces de soldados 
cerca y lejos... 

-¡¡Hay tuco!! ¡¡qué tuco!! ¿cómo la metiste? -grita la voz de un 
bayano- 

-Como con arroz, responde entre risas la voz del que me lleva. 

En el 4 o Batallón de Infantería de Colonia funcionaba un centro de 
instrucción de reclutas (CIR). Pululaban por el cuartel soldados de to¬ 
dos los rincones del país, por supuesto, no todos teman contacto direc¬ 
to con los presos, pero para la gran mayoría los presos éramos una atrac¬ 
ción, un pasatiempo. 


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A los compañeros hombres los humillaban por estar presos, en el 
caso de la mujeres, no sé si nos humillaban por presas o sencillamente, 
por mujeres. 

-¿Cuántos años tenés? -oigo la pregunta en el mismo momento en 
que me levantan la capucha. 

-Diecinueve, -contesto mirando la cara del oficial que tengo enfrente. 

-¿Cuánto te dieron? continúa el oficial visiblemente molesto. 

-De seis a dieciocho años, -respondo. 

-¡Estas son cosas para hombres! ¡¡No te das cuenta!! -termina gri¬ 
tándome, con incomprensible indignación, al tiempo que me hace des¬ 
aparecer nuevamente debajo de la capucha. 

Subí los tres últimos escalones que me separaban del piso rojo de la 
enfermería. Doblamos a la derecha, caminé por el ancho pasillo de dis¬ 
tribución de los consultorios, de repente, mis ojos se toparon incrédu¬ 
los con un bote. No podía darme vuelta para confirmarlo. ¿Un bote? 
La idea quedó dándome vueltas en la cabeza. ¿Un bote? No, no podía 
ser, el infierno tiene también su coherencia, y estaba segura de no 
tener una alucinación (¿de qué color era?, el piso de la enfermería es 
rojo, el bote ¿verde?). Llegamos a la puerta del baño. 

-Mirá la pared -ordena el guardia- mientras se separa para meter la 
cabeza y medio cuerpo adentro del baño, para inspeccionar. 

-Entrá, -dice- y dame la venda. Sale y se ubica del otro lado de la 
puerta. 

Estaba nerviosa, la idea del bote me inquietaba más a cada momen¬ 
to. El agua caía ruidosamente, el jabón, como un pescado, resbalaba 
entre mis manos distraídas, ¿un bote?, mi cabeza recorría el camino del 
regreso. 

-Guardia, estoy pronta -avisé golpeando la puerta. El soldado abrió 
la puerta. -Date vuelta, indicó, y me colocó la venda. -Vamos, ordenó 
con aburrimiento. 

Mis ojos, una cámara fotográfica a punto de ser disparada, enfocan¬ 
do cada tramo del lado izquierdo del corredor de la enfermería, por la 
rendija de la venda. 

Ahí estaba, casi sobre mis pies, no lo habían sacado, lo pude reco¬ 
rrer en todo su largo, ¡un bote!, ¡cómo no lo vi desde el primer momen¬ 
to! ¿cómo se me ocurrió pensar en un bote? 


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Tal vez no quise verlo. ¡Asesinos! ¡Bestias! 

Sigo caminando con aquella imagen aplastándome el corazón. Como 
una piedra cae rompiendo la superficie del agua en círculos de estupor, 
la imagen del ataúd me llegó hasta el fondo, trastocándome, dejándo¬ 
me rota, perpleja. Una pregunta empezaba a ocupar toda mi cabeza 
¿quién? ¡quién! Sabía una sola cosa, y aquella única certeza, dolía más 
que cualquier duda. 

Uno de nosotros había muerto en la tortura. 


Carmela 


(Dedicado a "Chiquito" Perrini, detenido en Carmelo en 1974, trasladado al 
cuartel de Colonia, donde fue torturado hasta la muerte.) 


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Retrato de mujer en el techo 


Empezó todo de una manera simple y sin darme cuenta. A pesar de la 
crudeza de este invierno montevideano fui obligadamente al campo 
tres días. Durante la ausencia se iban a ocupar en arreglar el techo de 
mi dormitorio al que se le estaba cayendo el revoque. 

Al regresar di un vistazo un tanto distraído al remiendo y me pare¬ 
ció que el trabajo estaba prolijo y bien hecho. 

Una mañana que no me decidía a levantarme siento unos ojos, me¬ 
jor dicho un ojo que me mira. Es la sensación rara de una mirada agria, 
malevolente. Experimento un desasosiego y miro alrededor del dormi¬ 
torio convencida que no hay nada y pienso: la locura toma otro rumbo 
del acostumbrado. Pero mis ojos miran al techo y ahí un trozo de revo¬ 
que prefiguraba la cara de una mujer. 

Sé que me va a dar trabajo describirla y no sé si lo lograré. Es ella la 
parte blanca del revoque anterior, el nuevo la rodea con una melena 
espesa que se viene sobre la frente y algún mechón se deshilacha sobre 
una mejilla. Y están los ojos. Uno grande, oscuro con ojeras como la 
vampiresa del cine mudo, mas con un punto fino como un estilete o 
como el ojo de un pájaro prehistórico pronto a abalanzarse sobre su 
víctima. El otro más pequeño y no a la misma altura es como esos ojos 
que tienen una nube, blanquecino, espectral. Y más abajo, la boca, una 
caja casi cuadrada, cerrada, apretada, que nunca se abrirá, para no dar 
a conocer sus secretos antiguos y terribles. Luego sigue el cuello, ro¬ 
busto, de mujer que sabe lo que quiere y lo lleva a cabo por cruel y 
doloroso que sean los resultados. 

Permanecí un rato mirándola. No, mirando el ojo, el importante, el 
mágico. 

Durante el resto del día con muchas ocupaciones se desvaneció la 
cara misteriosa aunque, en algún momento resplandeció como un as¬ 
tro tapado rápidamente por una nube espesa. Al regresar, después de 
las tareas acostumbradas me atrapó la lectura del príncipe de la muerte 


23 



y continué leyendo hasta muy tarde. 

Me dormí cansada, pero inquieta. 

A la mañana siguiente mis ojos van a su ojo que ha cambiado, está 
más oscuro y me señala que algo, al caer el día, la noche engendradora 
de monstruos y vampiros, va a suceder. 

Aunque no creo en esoterismos, allá en el fondo de la razón, como 
viniendo de mundos lejanos en el tiempo y espacio, siempre hay algo 
muy tenue que percibe el misterio aunque luego se desvanezca con ra¬ 
pidez. Entonces, titubeante entre mi razón y los legados antiguos me 
digo: ¿qué me anuncia ese cambio que hoy se percibe en el ojo? 

Paso el día en mis tareas habituales pero con insistencia se presenta 
el peligro ignorado, por lo tanto, imposible esquivarlo. Pasan las horas 
de luz y todo entra en la oscuridad. Se inicia una larga espera. De pron¬ 
to una llamada cruel y perversa me envuelve en el horror de la voz de 
mi hija desaparecida en 1976. 

Qué manera tan sutil de deshacerme... 

Miro el ojo, está entrecerrado pero me mira fijo y con malicia. Ahora 
sé que cada mañana me anunciará un hecho cruel. 

Yo no podré vivir uno y otro día esperando que me caiga una des¬ 
gracia. 

Enloqueceré. 

No puedo continuar así. 

Mañana temprano llamaré para que me vuelvan a picar el techo. 


Inchalá 


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Una luz en la dictadura 


Cuando mi madre comunicó a la familia que se había integrado a un 
club de tejedoras que se reunían por las noches, todos quedamos un 
poco sorprendidos, porque nuestra madre nunca fue una gran amante 
de las labores de ese tipo, ni tampoco aficionada a las reuniones de 
señoras. Sin embargo, la noticia nos produjo un gran alivio. Habíamos 
visto con orgullo y satisfacción su creciente interés e integración a la 
realidad nacional, pero en esa primavera del año 72, la integración a la 
realidad nacional solía ser bastante peligrosa. Los uruguayos habíamos 
aprendido por triste experiencia los peligros de expresar opiniones, de 
tener ciertos amigos o integrar determinados círculos. Y mi madre no 
tenía ninguna experiencia en las lides políticas. Frecuentemente expre¬ 
saba lo que pensaba, y a menudo provocaba situaciones que nos tenían 
a todos bastante preocupados. Nos llevó bastante tiempo descubrir que 
en realidad las tales reuniones de tejedoras eran un pretexto para salir de 
noche a pegar carteles en las paredes: "Navidad sin presos políticos". 

Había un gran abismo entre la señora que nos crió, y la militante 
actual. Nacida en Paysandú en una familia quizá poco adinerada pero 
de gran prestigio social, nuestra madre había seguido los pasos espera¬ 
dos: estudió de maestra, se casó con un prometedor estudiante de me¬ 
dicina, y luego abandonó su carrera para dedicarse a su marido y a sus 
hijos. Si bien vivió en Montevideo desde que se casó, formó un hogar 
correspondiente al de su juventud en Paysandú. Tuvo cuatro hijas mu¬ 
jeres y luego un varón. A todos nos crió de acuerdo a sus pautas mora¬ 
les y religiosas. En su casa se iba a misa todos los domingos, las hijas 
formaban parte de las Hijas de María, y el control moral era estricto, 
como correspondía. Cuando una de nosotras entablaba una nueva amis¬ 
tad, rápidamente se pasaba al interrogatorio sobre si la familia era "bien", 
qué apellido tenían, etcétera. En los años sesenta, en plena época de la 
liberación de la mujer, las hijas teníamos prohibido salir solas con los 
novios, y debíamos estar en casa a las ocho de la noche. Por supuesto 



eso provocaba bastantes desacuerdos que cada hija asumía según sus 
características: Laura, mi tercera hermana y yo nos rebelábamos y dis¬ 
cutíamos, Gilda, la segunda, un ser dulce y callado, aceptaba teórica¬ 
mente todas las normas y luego hacía lo que quería. Pero de alguna 
manera siempre nos ingeniábamos para tener a los padres lo suficiente¬ 
mente distantes de nuestras actividades y mantener así la paz familiar. 

La política era un tema intrascendente en nuestro hogar, y los pro¬ 
blemas sociales eran vistos a través de alguna obra de beneficiencia a la 
que Mamá se entregaba, ocupando sus horas libres. Ella tenía clara su 
posición: votaba a la Unión Cívica y no había necesidad de 
cuestionamientos. Sin embargo, se atisbaban algunos rasgos indicadores 
de un carácter más tolerante del aparente. Un día yo declaré abierta¬ 
mente mi ateísmo y de paso mi militancia en el FIDEL, aquel primer 
intento de reunión de partidos políticos que creció en el Uruguay a par¬ 
tir de la Revolución Cubana. Esperaba una reacción furibunda y sin 
embargo la decisión fue aceptada por mis padres con resignación. 

La situación política del país fue cambiando rápidamente en aque¬ 
llos años, lo que hacía difícil la adaptación de las mentalidades de mu¬ 
cha gente acostumbrada a vivir en el paisito sin grandes sacudones 
políticos. 

En nuestro hogar, la evolución fue bastante rápida. Gilda se recibió 
de maestra. Nuestra madre, que aún añoraba su abandonada carrera, 
fue poco a poco integrándose a las actividades profesionales de mi her¬ 
mana, que consiguió su primer cargo en un cantegril de Montevideo. Y 
allí, a través de Gilda, Mamá fue viviendo una realidad nacional bas¬ 
tante diferente a la de nuestra protegida Punta Carretas. 

También es cierto que la Iglesia, de la que ella formaba parte activa, 
fue cambiando, y Mamá se fue integrando paulatinamente a los cam¬ 
bios. 

Y así, en las elecciones del 71, a nadie sorprendió que Mamá votara 
por el Frente Amplio, abandonando definitivamente la tradicional Unión 
Cívica. En nuestra casa ya no se hablaba de apellidos y la escala de 
valores a nivel familiar se fue alterando rápidamente. 

Gilda, que vivía con su marido militar, sin hablar jamás de política, 
pero bebiendo día a día los problemas de sus alumnos y sus familias, 
seguía siendo su mejor compañera. Hasta que una tarde en que mi ma- 


26 



dre estaba de visita en su casa, apareció un camión de las Fuerzas Con¬ 
juntas y se las llevó. Esa misma noche nos llevaron a toda la familia, 
incluyendo a mi hermano de doce años. Y fue así que en una fría noche 
de invierno, encapuchados y con los brazos en alto durante doce horas, 
nos enteramos que Gilda y su marido eran Tupamaros. Nos enteramos 
porque desde el patio en que nos tenían, oímos los gritos, las amenazas 
y las torturas de ambos. 

Mi madre no dijo nada ese día. Pero la mujer que salió del cuartel ya 
no era la misma. Las Fuerzas Conjuntas lograron la culminación del 
cambio. Rápidamente comenzó a interesarse por los distintos grupos 
de apoyo a los presos políticos y a sus familias. Día a día iba a la Jefatu¬ 
ra a indagar por su hija y su yerno y volver siempre con las manos 
vacías. Nadie sabía dónde estaban. Cuando podíamos, nosotros la acom¬ 
pañábamos y así la vimos crecer. Su carácter, que siempre había sido 
alegre, pasó a ser "alegremente combativo". Nada la detenía y poco a 
poco se fue convirtiendo en un referente, en una líder. Y levantaba su 
bandera de optimismo por donde iba. 

Cierto día, esperando en la interminable cola de la Jefatura, apareció 
una mujer modestamente vestida. Llorando se acercó a un policía a im¬ 
plorar noticias de su hijo que se lo habían llevado esa madrugada. Rogó 
y suplicó, le besó la mano al policía, pero éste, imperturbable, la echó. 
Mamá salió de la cola, se llevó a la mujer a un bar cercano le compró un 
café y se dedicó a alentarla con palabras tales como: "Levante la frente, 
señora, nunca llore ante un milico, su hijo es un idealista que se aver¬ 
gonzaría si la viera". Sólo más tarde, al volver a su puesto en Jefatura, 
se enteró que el "idealista" era en realidad un conocido punguista dete¬ 
nido esa mañana. 

En esos tiempos difíciles, un día se encontró con una de sus aristo¬ 
cráticas amigas del pasado, que tenía un hijo militar. Con aire compasi¬ 
vo la señora le preguntó por mi hermana. Aún no había noticias. Y siem¬ 
pre con el mismo aire de maternal comprensión, su vieja amiga la con¬ 
soló diciéndole que no desesperara, que su hijo le decía que mucha de 
esa muchachada era "recuperable". Pasó el tiempo. Gilda salió del cuar¬ 
tel y fue a parar a una cárcel. Pudimos verla. Nuevamente mi madre se 
encontró con la misma señora que otra vez le preguntó por las noveda¬ 
des. Su contestación fue rápida: "Sí, ahora sabemos dónde está. Fue 



muy golpeada y torturada y sin embargo me dice que no todos los mi¬ 
litares son torturadores, que hay algunos, aunque pocos, que son "re¬ 
cuperables". 

Y ese fue el fin de una amistad de muchos años. 

Poco a poco se integró a los distintos comités de izquierda, de fami¬ 
liares de presos, de apoyo a los desaparecidos, y todas sus otras activi¬ 
dades y amistades fueron dejadas de lado. Seguía siendo católica, pero 
ya no era una católica de ritos y rosarios, su religión se convirtió en una 
doctrina de vida, de solidaridad. Se consiguió una gran cruz de madera 
y llevaba su quiosco ambulante, al que llamaba "Nuestra Cruz" por 
todos lados en la ciudad vendiendo artesanías hechas por presos políti¬ 
cos, acomapañada por Felipe, su hijo menor, de 13 -14 años. Se procura¬ 
ba ayudar sobre todo a los presos del interior, ya que sus familias te¬ 
nían más dificultad de acompañarlos y llevarles lo que necesitaban, 
donaciones, postres, fiambres, dulces, que les permitía hacer el "bolso" 
o pagar los pasajes a los familiares para ir a ver a los presos de Libertad 
o de Cárcel de Mujeres. Los fondos servían para ayudar a los que salían 
de la cárcel, o para comprar las cosas más necesarias de las que priva¬ 
ban a los presos políticos. 

Había algo en su carácter que le permitía hacer y decir cosas que a 
otros les podía haber resultado caras. Nunca supimos si se debía a la 
sonrisa y naturalidad con que enfrentaba los hechos, o a su edad, o a 
algo más profundo, implícito en su personalidad optimista y 
avasalladora. Eso llevó a muchas anécdotas que en esa época nos te¬ 
nían a todos bastante preocupados. En una ocasión llevó su quiosco a 
la misa de once, donde un conocido militar en actividad salía, luego de 
comulgar muy santamente, rodeado de familiares y amigos. "¡Ay, que 
suerte, coronel X, saber que usted es católico! Usted mejor que nadie 
conoce la situación de los presos políticos y sus carencias. Esto que ven¬ 
do cubre sólo una mínima parte de lo que necesitan y presiento que 
usted está dispuesto a colaborar con tanta gente que sufre". Y el coronel 
compró gran parte de la mercadería a precio más que adecuado. 

Mamá aprendió rápidamente a tocar todos los resortes, a conocer 
con cuáles funcionarios se podía hablar, cuáles había que evitar. Y así 
llegó a convertirse en una especie de vínculo entre la dirección de la 
cárcel y los distintos comités que integraba. Ella averiguaba qué ropa 


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se precisaba, qué remedios faltaban, quiénes saldrían y precisarían ayu¬ 
da. Se enteró, por ejemplo, que había muchas presas católicas, pero que 
nunca habían recibido una comunión. Habló con unos y con otros y 
logró finalmente un permiso especial de la dirección. Ella traería las 
hostias en una cajita de metal, que sería controlada sin tocar, y en pre¬ 
sencia del director, daría la comunión a quien la quisiera. Y así sucedió. 
Pero en el momento crucial de sacar las hostias, ella propuso una ora¬ 
ción y pidió que el director la acompañara. La oración comenzaba así: 
"Oremos Señor, para que exista justicia en este mundo, para que no 
existan más torturas ni seres desaparecidos, para que todos los niños 
uruguayos puedan disfrutar de sus padres sin miedo, ..." E increíble¬ 
mente, el director se limitó sólo a decir "Amén". 

En 1973 la represión recrudeció y nuestra madre, estando en una 
reunión del Comité de Familiares, cayó en una redada y fue transpor¬ 
tada a un cuartel, donde pasó tres meses. ¿De qué se le acusaba? Su 
marido y sus hijos acudieron a todas las puertas hasta que llegaron al 
coronel que dirigía el cuartel, y éste explicó detalladamente la situa¬ 
ción. Estaba acusada de graves delitos: 

-En primer lugar, forma parte del Comité de Presos Políticos. 

-Pero... ¡esa es una organización legal! 

-Eso depende de cómo se mire, para mí, no existen los presos políti¬ 
cos, son sólo delincuentes comunes, y por lo tanto, la organización es 
ilegal. En segundo lugar, su mujer se reúne con distintos grupos en la 
Asociación de Bancarios, y en una Parroquia, y se dedica a conseguir 
muestras gratis de remedios con distintos médicos. En mi criterio, la 
Iglesia, la Asociación de Bancarios y la Facultad de Medicina son los 
grandes enemigos de la Patria y habría que eliminarlos a todos. Y quien 
participa en sus actividades es un criminal. 

Ante tan irrefutable lógica no existían argumentos, de modo que la 
familia regresó a la casa derrotada y Mamá siguió en el cuartel. Pero no 
era tan sencillo. Primero estaba en un lugar común con toda la juven¬ 
tud, pero al poco tiempo fue aislada. Cuando preguntó la causa, se le 
explicó que ella se dedicaba a politizar a los soldados y era un elemento 
peligroso. Entonces fue a parar a un sótano con piso de tierra, sin baño, 
sin luz. La única comida que se le daba, era la que le traían en una olla 
grande, que con un cucharón servían en un plato de lata, comida que 


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recuerda como "un guiso pasado" y "una fruta podrida, la mayor parte 
de las veces".. Y "el hambre te hacía comer cualquier cosa", recuerda. 
"Si seríamos fuertes que ninguna de las que estábamos ahí del Comité 
nos enfermamos". 

El calabozo era chico, tenía una cama sólo con un "jergón" sin col¬ 
chón en el piso y una frazada. Y el problema de la falta de luz y aire se 
agravaba porque ella sufría de claustrofobia. El resultado fue una crisis 
hipertensiva y no hubo más remedio que atenderla. Tampoco era una 
situación fácil para el cuartel. Una cosa eran las desapariciones de gen¬ 
te joven, políticamente activa, y otra, la muerte de una mujer de 62 años, 
sin cargos legales aparentes, que además era bastante conocida en el 
ambiente de izquierda y de iglesia. Optaron por dejarla en el sótano 
pero con la puerta entornada y un soldado cuidando. Y allí se daban 
largas charlas con el soldado de turno. Pero no siempre era así. Había 
uno que solía hacer la guardia de noche, y su mejor broma nocturna era 
abrir su pantalón y orinar hacia adentro por la puerta entornada. Pasó 
una vez, dos, y a la tercera. Mamá se acercó y mirando con aire mater¬ 
nal el chorreante bulto que asomaba por la puerta, le dijo: "Pobre mu¬ 
chacho! Tenés una enfermedad venérea, yo sé porque mi marido es 
médico, vení, dejame que te revise". El soldado salió despavorido y esa 
fue la última orinada a través de la puerta. 

Durante todo ese tiempo no pudimos verla. A pesar de que dos ve¬ 
ces por semana, según lo permitido, íbamos al cuartel con comida y 
ropa, no lográbamos saber de ella. Sólo una vez, de lejos, la vimos pa¬ 
sar, con la misma ropa con que había sido llevada, y empujada por un 
soldado que le ponía una metralleta en la espalda. Ella nos sonrió, con 
la frente en alto, haciendo gestos que indicaban que estaba bien, que no 
había problemas. Esos gestos eran en parte destinados a nosotros, pero 
en gran parte destinados a los propios soldados. Su mayor preocupa¬ 
ción por ese entonces era demostrar que ella estaba por encima de las 
peripecias del cuartel, que nada podría quebrarla o llevarla a suplicar. 
Y otra vez que logró hacernos llegar una nota, comunicando que estaba 
muy bien, pero que avisáramos que había visto en el cuartel a Juan 
Pablo Terra y su grupo. Más tarde supimos que de toda la comida que 
le mandamos sólo le llegaban las naranjas, y éstas, sólo cuando habían 
llegado a tal estado de putrefacción que eran ya incomibles. 


30 



Y una noche a las tres de la mañana, fue liberada del cuartel, aún sin 
explicaciones, y con varios kilos de menos, pero siempre con la misma 
sonrisa. Antes de liberarla la habían amenazado y le habían dicho que 
si bien saldría, era por poco tiempo. La próxima vez sería la definitiva, 
dijeron. Pero ella retomó su vida habitual, con los mismos comités y el 
mismo quiosco de ventas. Dos semanas más tarde, un sábado de noche 
en que toda la familia estaba reunida, sonó el timbre. Yo fui a abrir y 
aterrada vi un muchacho de unos 25 años que, si bien iba vestido de 
particular, llevaba impreso en la cara su profesión de soldado de cuar¬ 
tel. Preguntó por Mamá. Todos quedamos mudos. Ella se levantó lenta¬ 
mente y se acercó a la puerta, pero al llegar, su cara se encendió con una 
amplia sonrisa y, sorprendidos, la vimos abrazarlo cariñosamente y 
hacerlo pasar. Dirigiéndose a mi padre explicó que el recién llegado era 
Raúl, un muchacho bueno que se hizo soldado porque no tenía qué 
comer, pero ella le había prometido que Papá le buscaría un empleo y 
así podría hacer una vida decente. Y aparentemente Raúl había acepta¬ 
do, ya que había renunciado a su puesto y esperaba esperanzado el 
prometido empleo, que luego mi padre se vió en bastantes dificultades 
para conseguirle. 

Quizá lo más interesante que sucedió luego de su retorno fue su cam¬ 
bio con respecto a nosotros. Muy confidencialmente me contó que en 
realidad el cuartel había sido una experiencia muy importante, que de 
toda experiencia cruel se puede sacar algo positivo. Según ella, el con¬ 
tacto con tanta gente joven le había enseñado mucho: 

"Fue increíble ese tiempo que pasé con los muchachos. Una juven¬ 
tud tan sana, tan idealista. Yo pensaba, cuando yo tenía su edad, que las 
preocupaciones eran cuál sería el vestido a estrenar en el Club Uru¬ 
guay, y cuál era el último tango de Gardel. Y estos muchachos, tan lle¬ 
nos de ideas sobre el mundo, sobre la vida, me parecía estar viviendo 
algo completamente nuevo. Y entonces pensé cómo me había equivo¬ 
cado con mis hijas. ¿Cómo yo, que viví una juventud totalmente distin¬ 
ta hace tanto tiempo, en Paysandú, pretendía dictarles normas de con¬ 
ducta a seres que viven hoy en día con una realidad que jamás me ima¬ 
giné? ¿Qué derecho tengo yo, aunque sea su madre, a meterme en sus 
vidas? 

Y realmente su actitud cambió totalmente. Llegó un día en que la 


31 



hija menor, Beatriz, llegó a hablarme muy preocupada porque Mamá 
había salido "rara" del cuartel. Ya no preguntaba más con quién salía, a 
qué hora volvía, como si nada le interesara. Y eso en ella no era normal. 
¿Habría que consultar a un psicólogo? El hecho fue que cuando cesó el 
control, cuando Mamá pasó a comprender ciertos problemas, las hijas 
nos sentimos más cerca, empezaron las confidencias y la familia pasó a 
ser menos ritual, se crearon lazos diferentes, de confianza y respeto 
mutuo, como nunca habían existido. 

Gilda fue liberada luego de varios años de prisión y tuvo que refu¬ 
giarse en el extranjero. Su marido siguió en la paradojalmente llamada 
Cárcel de Libertad hasta el fin de la dictadura. Mamá siguió en la lucha. 
Cuando al fin el país volvió al régimen constitucional, ella se integró al 
Frente Amplio y siguió militando activamente. Hoy, ya por cumplir 
noventa años, aún acude a las manifestaciones y trata de mantenerse 
en contacto con su partido y la realidad del país. Sus piernas fallan, y 
también su memoria, lo que no le impidió exigimos este año que la 
lleváramos a firmar el Referéndum el 18 de febrero. 

Nuestra madre no es un ejemplo único. Hubo muchas familias uru¬ 
guayas que vivían dormidas y aisladas de la problemática del país. Los 
cambios sociales en la segunda mitad del siglo veinte fueron tantos y 
tan bruscos que a muchos padres les costó adaptarse lo suficiente como 
para comprender a sus hijos. Y de pronto, vino la dictadura, que sacu¬ 
dió todos los pilares de esa sociedad dormida, y le abrió los ojos a la 
vieja generación, unió familias, creó seres vivos y centrados en su pro¬ 
pia sociedad. Tendremos que decir, como dijo Mamá al salir del cuartel: 
"De toda experiencia cruel se puede rescatar algo positivo". 


Shufa 


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Recordando... 


Junio de 1972. Paysandú se despierta con noticias que asombran a la 
sociedad sanducera. El Telégrafo, a grandes titulares en su tapa: Sub¬ 
versivos, sediciosos, tupamaros... fue realmente impactante. ¿Cómo 
era posible que los tupamaros también estuvieran en Paysandú? ¿Quié¬ 
nes eran? ¿De dónde salieron? ¿Qué los hizo llegar a integrarse a ese 
grupo que quería destruir la "democracia"? ¿Por qué?, ¿se olvidaron 
que tenían familia, trabajo, que eran profesionales, obreros, jefes de fa¬ 
milia, para integrarse al movimiento? 

Estas eran las preguntas que los que miraban de afuera se hacían. Se 
olvidaban de pensar que esos "innombrables" habían elegido un cami¬ 
no duro, por luchar y darse a aquellos que menos tenían, aun teniendo 
en cuenta que tal vez ellos mismos no los comprenderían, como no lo 
comprendían la mayoría de los soldados que los cuidaban en el cuartel. 
Soldados, que muchas veces eran obligados a realizar los trabajos su¬ 
cios que sus oficiales no hacían. Pero... también entre ellos, simples asa¬ 
lariados a los cuales les servían un rancho que no era el que comían los 
oficiales, se encontraban algunos a los cuales no habían logrado quitar¬ 
les sus sentimientos. Como aquél que cuidaba la puerta donde estába¬ 
mos presas, y que al saber que teníamos hambre, con un movimiento 
rápido, nos tiraba barras de chocolate. Sabíamos que si lo veían sería 
duramente sancionado; imagínense, ayudando nada menos que a los 
"subversivos". 

O como aquel otro, que en una madrugada, cuando todo era silencio, 
cuando descansaban los "torturadores" y no se escuchaba el grito de los 
compañeros cuando "suavemente" los interrogaban, me lleva al baño y 
me coloca delante de alguien, me arranco la venda y me encuentro ante mí 
con mi compañero, que también se la había arrancado. ¿Saben lo que sig¬ 
nificó, después de siete u ocho días que no sabíamos nada el uno del otro, 
vemos, saber que estábamos vivos y enteros? Este simple hecho, simple 
para algunos, sin embargo con cuánto valor para nosotros, cómo nos ayu¬ 
dó para seguir soportando lo que vendría después. 


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Además, estas cosas simples, con tan poco significado para algunos, 
pero con mucho para nosotros, nos hacía pensar, que a pesar de todo lo 
que estábamos pasando, valía la pena luchar por un mundo mejor. 

Estamos prisioneros carcelero, 

Yo de estos torpes barrotes, 

Tú del miedo... 

Han pasado los años y aún resuenan en mis oídos esas estrofas,. 
estrofas que escuché una noche de Navidad del 72. Estábamos en los 
galpones del Puerto, éramos los derrotados, los prisioneros, los subver¬ 
sivos, los innombrables... Había tristeza en el ambiente, cada uno in¬ 
merso en sus propios pensamientos, en sus propios recuerdos, imagi¬ 
nando cómo estaría la familia en cada casa, quién armaría el árbol de 
Navidad, quién compraría los regalos, quién haría los asados, quién, 
quién... De pronto, está llegando la medianoche, todo es silencio y cuan¬ 
do menos lo esperábamos, se sienten las bombas que anuncian que son 
las doce y justo ahí, en ese gran recinto, con la tristeza y la nostalgia de 
los abrazos y el "feliz Navidad" se escucha aquella voz del compañero 
González Perla que canta esa canción. El silencio se aumenta y aun aque¬ 
llos que caminaban haciendo sonar sus botas y sus armas, quedan en 
silencio y permiten que la canción se escuche toda. 

No puedo decir lo que fue para cada uno de los que estábamos com¬ 
partiendo esa noche. De todas las Navidades de mi vida, siento que fue 
la que realmente me conmovió y la que jamás olvidaré, y cada vez que 
veo al compañero debo agradecerle lo que me hizo y nos hizo sentir esa 
primera Navidad entre rejas. 

Navidad de presos, presos de conciencia, y también como el carcele¬ 
ro, preso, preso de su deber. 

Quiero recordar... pero es como si no hubiera sucedido, el viaje de 
Paysandú a Paso de los Toros, como una nebulosa, tengo la noción de 
un viaje en camión, todo cubierto con un toldo de lona, que no nos 
permitía ver por dónde íbamos... ¿Saben ustedes lo que se siente estar 
en movimiento, pero no saber dónde se está? 

Es imposible contar todos los sentimientos que nos acompañan, mie¬ 
do, miedo y miedo. Realmente los "puros" sabían muy bien cómo tra¬ 
tar de quebrarnos; eso lo entendíamos, pero... lo que no entendíamos y 


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dolía, dolía mucho, era el sentir de nuestros propios compañeros, cre¬ 
yendo que nos habían doblegado, que nos habían convertido en sus 
propias orejas; simplemente por conversar con los soldados, tratando 
de hacerles entender que no éramos sus enemigos, que los enemigos 
eran otros, los mismos que a ellos también los explotaban. 

Continuar con la misma conducta, a pesar del aislamiento, y al lle¬ 
gar a Paso de los Toros, encontrarme con un gran cambio, ya no era la 
"oreja" de los otros, se habían equivocado, se pedían las disculpas del 
caso... aceptadas, pero quedan las cicatrices... es difícil olvidar el sufri¬ 
miento, cuando viene de aquellos que creemos nuestros pares. 

El tiempo transcurre, nuestra conducta es la misma, no atropella¬ 
mos a nadie, y un día nos encontramos con que aquellas compañeras, 
que tan duro nos juzgaron, son las que rompen la colectivización del 
celdario. 

En aquel momento en que cada una compartía lo poco que se tenía 
con todos, era difícil entender esa actitud. 

Hoy que el tiempo ha pasado, ha borrado y cicatrizado heridas, mi¬ 
rando desde lejos este episodio, nos permite comprender que el deseo 
de sobrevivir, lleva a veces a los seres humanos a realizar acciones que 
en otras circunstancias no se harían. Igualmente quiero dejar constan¬ 
cia que la confianza que se pueda sentir, por más que uno quiera, no es 
la misma; siempre queda en un rincón del pensamiento esta pregunta: 
¿Cómo sería la actuación si se repitiera? 

Paso de los Toros existió. No sé qué pasa, pero siempre se recuerda 
sólo a Punta de Rieles y a Libertad. 

Nunca he sentido mencionar a Paso de los Toros, sin embargo allí 
también había una cárcel para mujeres subversivas. Allí nos dividieron 
en recuperables e irrecuperables. A mí me tocó vivir en el sector de las 
irrecuperables; no tengo idea qué estudios nos hicieron para poder 
catalogarnos así, pero ésa era la realidad; además, imagínense ustedes, 
no nos permitían hablar con las "recuperables", porque si no corrían 
las sanciones; había mucho miedo de que las volviéramos "irrecupera¬ 
bles" también. 

Allí viví cuatro largos años, donde reímos, lloramos, vivimos, sí, ¿por 
qué no? vivimos... pues a pesar de "ellos" vivimos, compartimos ale- 


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grías y tristezas, de cada compañera y sus familias. Vimos a nuestros 
hijos llegar cada tanto al penal y compartir nuestro celdario, donde cada 
"tía" les hacía y los esperaba con un regalo, y ellos con su inocencia nos 
traían una brisa nueva y fresca, que luego, cuando llegaba la hora de 
irse, nos dejaba un gusto amargo y los brazos no querían deshacer los 
abrazos, alargando esos momentos de ternura. 

Allí también, en ese recinto carcelario, estudiábamos, leíamos, tra¬ 
bajábamos, discutíamos, sí, discutíamos la problemática de todos los 
días, la vida misma allí adentro, por qué debíamos hacer tal o cual cosa, 
qué actitud tomar frente al asedio constante de aquellas "femeninas 
soldados de la patria", que tan bien sabían cumplir con su deber. Mi¬ 
rarlas y verlas con sus pieles curtidas y sus bocas desdentadas, tenien¬ 
do valor porque se escudaban detrás de un uniforme, dar órdenes y 
órdenes, sintiéndose muy importantes porque tenían bajo su pata a pro¬ 
fesoras, maestras, médicos, enfermeras... 

Sentíamos que eran más presas que nosotras, porque eran presas del 
miedo, mientras que, a pesar de estar tras las rejas, éramos libres, libres 
de pensamiento, y seguíamos soñando con el mañana. 

Vivir la alegría y la ternura cuando se iba alguna de nosotras, sin¬ 
tiendo que cada una "éramos todas", también un cachito nuestro salía 
en libertad; ver cómo la que se iba sentía la alegría de partir, pero 
también la tristeza por las que quedaban, las compañeras que quién 
sabe en qué momento volvería a ver; y como dijo la Nico cuando par¬ 
tió: "aunque me vuelva a sentar en el cordón de la vereda, el vino no 
tendrá el mismo gusto, cuando pasemos el vaso de boca en boca, hasta 
que no estemos todas en libertad". 


Oso Yogui 


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Afiladoras de flechas 


Cuando sonaba la campana en la radio siempre prendida de la casa, 
con un sonido agudo, o no sé bien cómo, el oído y los movimientos de 
la Abuela Buela se condicionaban, "A toda hora informa El Especta¬ 
dor" y la mantenía en vilo hasta que escuchaba la noticia de último 
momento. 

Inmediatamente, la Abuela llamaba a las cuatro hermanas y nos daba 
instrucciones: a Leticia le decía que ordenara sus papeles, que pusiera 
sus cuadernos de la escuela dentro del portafolio y que se quedara cer¬ 
ca de ella, a la Rochi, que fuera a hacer pichí, a mí, que era la mayor, que 
cuidara a mis hermanas y sobre todo, me preguntaba si había levanta¬ 
do volantes en la calle y los tenía escondidos. Ahí, yo me atacaba con la 
Abuela, porque a mí me encantaban los volantes, los juntaba de las ve¬ 
redas, los llevaba a casa y lo volvía a tirar en otro momento. En reali¬ 
dad, me gustaba verlos flotar como plumas en el aire. 

A la Mage, que era muy chica, no le decía nada, ella seguía jugando 
con sus piedras y con Monito, el perro chico, y parecía ajena a todo, 
pero cuando la Abuela volvía a la cocina, juntaba las piedras afiladas en 
la bolsa de tela a cuadritos que mamá le había cosido, levantaba al pe¬ 
rro chico y la perdíamos de vista. 

Y no se olviden que no saben nada, nos advertía la Abuela ya rumbo 
a sus quehaceres. 

La vida continuaba para nosotros, casi normalmente, pero no podía¬ 
mos salir a la calle, ni a la placita, ni a lo de nuestras amigas de al lado, 
y no lo podíamos hacer porque se sabía, se sabía, que vendría un alla¬ 
namiento. 

Nos allanaron la casa muchas veces, tantas, que era imposible con¬ 
tarlas. Los primeros allanamientos fueron muy seguido, a veces, más 
de uno por día. Eran en cierto modo previsibles, a partir de las noticias 
que daba la radio al instante; después, no tanto, y nos tomaban despre¬ 
venidas. Esta situación duró por años. 


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Los hombres de particular llegaban dando portazos en los autos y 
tocaban insistentemente el timbre. 

La Abuela Buela siempre los demoraba en el zaguán, que a qué ve¬ 
nían, que si tenían orden de allanamiento, que cómo sabía ella que eran 
de la Policía si estaban de particular, que bien sabían que lo que hacían 
no estaba bien, hasta que no tenía otro remedio que franquearles la 
puerta. Eran hombres grandes, que hablaban fuerte, tenían revólveres 
en la mano y metralletas colgadas al hombro. 

Nosotras, que escuchábamos la discusión desde adentro, nos prepa¬ 
rábamos para decir "no sé" a todo. 

Si era temprano en la mañana, había que levantarse corriendo y po¬ 
nerse cualquier cosa arriba. 

¡Vístanse y salgan!, nos gritaban desde la puerta del cuarto. 

A mí me daba mucha rabia cuando me despertaban, lo único bueno 
que tenía ese horario de allanar, era que mamá todavía no se había ido 
a trabajar, pero en general, estábamos solas con la Abuela. 

Nos mandaban al comedor mientras revisaban la casa: abrían los 
cajones, sacaban la ropa de los roperos, destendían las camas, revisa¬ 
ban papeles. 

Buela, que temía que nos pusieran volantes o armas en algún lugar y 
después dijeran que nosotros las teníamos escondidas, los seguía por la 
casa y vigilaba sus movimientos sin descuidarnos a nosotras. 

Después de la casa, revisaban el patio. Antes, había que atar al perro 
grande. Ellos revisaban el aljibe y el galponcito. 

¡Qué nabos, mirá si papi va estar escondido en casa!, decía la Rochi; 
a ella, era a la que más le costaba entender que buscaran a papá en casa, 
porque él estaba requerido por Tupamaro y vivía en ese otro mundo 
que era la Clandestinidad. 

¿Dónde está tu padre? ¿Lo viste? ¿Cuándo fue la última vez que lo 
viste? ¿Dónde lo ven? 

Una por una nos preguntaban, con voz fuerte, imperativa. 

A la Leti la apabullaban la velocidad de las preguntas y el tono ame¬ 
nazador de aquellos hombres. 

No, no. Sí. El otro día. No, no. Nunca. 

Ellos se aprovechaban de su confusión y el de la metralleta le apura¬ 
ba la respuesta con el caño del arma sobre el pecho. 


38 



Y ese era el momento en que la Abuela se convertía en una leona, 
grande como era, desmelenada. 

¡Abusador!, y tomaba con sus dos manos el caño de la metralleta y 
se lo llevaba al pecho. ¡Abusadores! les gritaba a todos con la voz trans¬ 
formada. ¡No le apunten a la niña! ¡mátenme a mí, si quieren, pero a la 
niña no le apunten! 

Nos daba miedo su desboque, porque estos hombres eran de mala 
leche, y ella parecía que no podía parar, y era un duelo de miradas, 
porque ella era tan grande como ellos y nosotros teníamos miedo de 
que la mataran. 

¡A mí, a mí me tienen que preguntar, no a estas inocentes! 

Al final dejaban tranquila a la Leti y seguían conmigo o con la Rochi: 
"¿Dónde está tu padre? No sé. ¿Cuánto hace que no lo ven? Nunca lo 
vemos. ¿Dónde lo han visto últimamente? ¡El lugar! ¿Tu padre vino a la 
casa? No. ¿Dónde se ve con tu madre? Ellos nunca se ven. ¿Cómo que 
no se ven? ¡No mientas! Ellos están separados. No, ellos no están divor¬ 
ciados. Bueno, pero están separados". 

Volvían a preguntarle a Leticia, ¿tus padres están separados? No sé. 
¿Cómo que no sabes? Sí, vos sabés. No, no, no sé. 

Yo trataba de soplarle a la Leti: Decí que sí. 

Cuando le llegaba el turno a la Rochi, ya había pasado por todos los 
miedos, se repetían las preguntas y ella contestaba tajante. A veces, el 
grado de violencia era tan grande, que se orinaba, otras veces, lloraba, 
pero jamás se equivocaba, no perdía el hilo de las respuestas, no caía en 
las trampas, para ella, todo se reducía a monosílabos, o era sí, o era no, 
simplemente. 

Cuando mi padre cayó preso, siguieron viniendo, aunque un poco 
menos. Algunas veces, venían con fotos para que las reconociéramos. 

¿Lo conocés? ¿La viste alguna vez? ¿Quién es? No sé. 

A mí siempre me gustaban los de la foto, en general, eran fotos de 
hombres jóvenes, a veces, alguna mujer, me parecían todos lindos, con 
cara de buenos, pero, bien que se sabía. ¡No sé! 

Si tienen que preguntarnos a nosotros, muy inteligentes no son, por¬ 
que no saben nada, sacaba en conclusión la Rochi, después de los 
interrogatorios. 

Pero eso de hablar era después, bastante después que ellos se habían 


39 



ido, porque quedábamos mudas y quietas en el lugar en que nos ha¬ 
bían puesto, sin atrevernos a mover, por miedo de verlos aparecer de 
nuevo. 

La Abuela Buela cerraba la puerta de calle, se aseguraba que partían 
y nos mandaba a ordenar todo y a buscar a la Mage, que vaya a saber 
dónde estaba. Ella siempre se escondía con el Monito y la bolsita con 
piedras y nadie, ni ellos, nadie la encontró nunca. Era muy pequeña en 
esos tiempos, muy flaca, finita, y sabía de táctica defensiva, porque nunca 
la descubrieron. 

"¡Mage! ¡Mage! ¿Adonde estás? ¡Mage!" 

Inútil llamarla, ya regresaría. Se escondía en lugares insólitos, atrás 
de las herramientas, en un cajón de verdura, en el techo del galpón. 

En medio de la tarea de arreglar las camas y doblar la ropa, aparecía 
el perro chico, atrás venía la Mage. No decía nada, se tiraba en el piso a 
jugar con el Monito o se iba al patio a sacarle filo a las piedras, que ella 
decía, cuando hablaba, que eran puntas de flechas para jugar a los in¬ 
dios. 

Ellos no dejaron de venir hasta el final, cuando allanaron la casa de 
nuestros amigos de casa por medio, y mi madre vio cómo los iban su¬ 
biendo a un "camello" del Ejército, a punta de fusil y encapuchados. 
Dijo decididamente: "Nos vamos ya, con lo puesto", y nos hizo salir a 
las dos más grandes con la bolsa de la feria, a esperarla en la panadería 
de Millán y Reyes, mientras ella se encargaba de las dos más pequeñas. 

Como en el teatro, mientras el despliegue del Ejército se concentraba 
en nuestros vecinos, nosotros nos retiramos de la escena disimulada¬ 
mente, temblando, dejando todo lo que queríamos: la Abuela, nuestras 
amigas, el Monito y el Tico, la escuela, la placita, el patio de la casa, 
rumbo al exilio. 

La Abuela ya no tira flechas con sus palabras, ni con sus miradas, la 
Mage perdió, después de tanto exilio y tanta andanza, su bolsa de pun¬ 
tas de flecha, pero las cuatro hermanas y mi madre seguimos, tan cóm¬ 
plices como antes, afilando flechas imaginarias para defender del mie¬ 
do a la tribu. 


Lina 


40 



Abuela, ¿me contás un cuento? 


/Abuela, ¿me contás un cuento? Así empieza siempre la conversación 
con mi nieta los días en que la voy a buscar para llevarla al jardín de 
infantes. 

Son las mañanas más lindas de la semana; le dan un "no sé qué" a 
mi complicada y larga jomada; un no sé qué de frescura, de aventura. 

Y, a veces, hasta de sana locura. 

En los cuentos, Catalina y yo, recreamos juntas personajes de mi in¬ 
fancia, algunos bastante reales como la "Niña Fany" y otros no tanto. 
Por lejos el más solicitado es la Niña Fany, famosa hasta en su jardín. 
Un día, la maestra intrigada, me preguntó ¿quién era esa tal "Fany" 
que le hacía tantas maldades a Catalina? Sucede que la Niña Fany mu¬ 
chas veces intenta quitarle a Catalina sus juguetes más preciados cuan¬ 
do ella no se deja peinar, otras, quitarle el cariño de la abuela cuando 
ella se niega a dar besos. A veces, es grande y malísima, otras, es chica y 
caprichosa; a veces, no quiere ir a la escuela y entonces nunca va a apren¬ 
der a leer; otras veces no quiere ir al club y entonces nunca va a apren¬ 
der a nadar. 

La constante es que las travesuras de la Niña Fany se parecen mu¬ 
cho a las de la propia Catalina. La diferencia es que Catalina siempre le 
gana a la Niña Fany, porque ella sí se deja peinar, sí da besos a su abuela 
y sí quiere ir a la escuela. 

Los otros personajes son "El Blanquito", un perrito callejero, líder de 
todos los perros del barrio que siempre anda al rescate de algún cacho¬ 
rro que se mete en problemas: como por ejemplo, entrar en el jardín de 
"Doña Thelma", que odia a los perros, menos al Blanquito. La mariposita 
"Abril "que era muy traviesa y arriesgada y siempre iba más allá de lo 
que su mamá le permitía y también se metía en líos que siempre termi¬ 
naban bien. El "Señor Cuervo" que era un viejo y respetable cuervo de 
voz ronca, dedicado a cuidar de los niños del barrio y siempre dispues¬ 
to a buscar ayuda cuando veía a alguno en peligro. 


41 



El recorrido hasta la escuela lo alargamos todo lo posible "¡para po¬ 
der estar juntas, abuela!" me dice ella y me obliga a estacionar el auto a 
una cuadra, así tenemos tiempo de charlar otro ratito. A veces llegamos 
a la puerta y hay que terminar el cuento de apuro por que si no Catalina 
se empaca y no quiere entrar. 

En cambio los sábados tenemos más tiempo. Llega tempranito con 
su carita de sueño y su pelo recién lavado; la trae mi hija, claro. Ya en la 
puerta Catalina la despide con un expeditivo "chau, mamá", como para 
que se vaya rápido y nos deje solas. Aprovechamos la mañana hasta 
que se levantan los demás integrantes de mi familia: mi marido y mis 
hijas "nuevas". Estas hijas, ya adolescentes, que nacieron en esta nueva 
etapa de mi vida y que a veces compiten un poco con Catalina. Esta 
familia que marca un antes y un después en mi vida, un antes y un 
después que casi coincide con un antes y un después en la vida de mucha 
gente, en la vida del país. 

De golpe los recuerdos se aparecen y su inevitable presencia me obliga 
a un reencuentro que trato de evitar por doloroso. Me encuentro con 
aquella que fui y que hoy casi no reconozco por lo lejana. Me encuentro 
con aquella "yo" de otras épocas, por la que siento una mezcla rara de 
sentimientos. Desde una gran ternura porque vivía hasta ese momento 
entre sueños e ilusiones y una enorme pena porque no tenía ni idea de 
todo lo que le iba a pasar ¡de cuánto iba a sufrir! 

Mis memorias se remontan a la época en que preparaba mi tesis de 
grado y mi primera hija tenía tres años. Me las arreglaba para armoni¬ 
zar la maternidad con la vida de estudiante y la militancia. Casarme a 
los 21 años, tener una hija a los 22 y al mismo tiempo estudiar, era como 
un juego de roles que creía llevar bastante bien y que por sobre todas 
las cosas disfrutaba mucho. Con el flamante título de Asistente Social 
me presenté a varios llamados y empecé a trabajar enseguida. Me costó 
decidir lo del jardín de infantes, estábamos todo el día juntas y de pron¬ 
to yo con dos trabajos y ella en una guardería. El desgarro fue grande, 
la extrañaba todo el día, me dolía su mirada cuando venía la camioneta 
a buscarla. No me animaba a decirle que yo también me quedaba llo¬ 
rando por dentro cuando ella se iba. 

Catita, en este cuento los personajes somos nosotros. Pasaron algu¬ 
nos años y ya éramos cuatro en la familia. Tu mamá, que era una nena 


42 



de cinco años, como vos; tu tía, que era una beba más chiquita que tu 
hermano; tu abuelo, Jacinto, ese que nunca llegó a ser, porque se murió 
con 28 años recién cumplidos y yo. 

Es un cuento donde la clásica magia de las hadas se transforma en 
un terrible maleficio que, desde la boca de un enorme dragón, amenaza 
con arrasar nuestro pequeño mundo. Al principio no creíamos en sus 
amenazas, todos pensábamos que sólo nos asustaría un poquito como 
otras veces y después se iría. O vendría el "Señor Viento", ése que a 
veces ayuda a volar al "Señor Cuervo" cuando anda algo cansado y le 
apagaría las llamas de un soplido al "Odioso Dragón". 

Pero esa vez no fue así. Nos dimos cuenta un día en que una llamada 
telefónica nos avisó que los soldados que salían de la panza del "Odio¬ 
so Dragón" vinieron de noche, muy enojados y se llevaron a mi herma¬ 
na y su esposo, dejando a su bebé recién nacido en manos de los abue¬ 
los. Se los llevaron no se sabía a dónde, ni tampoco hasta cuándo. No 
había a quién preguntarle, nadie sabía nada, nadie los conocía, nadie se 
hacía responsable de su desaparición, como si se los hubiera tragado la 
tierra. O el "Odioso Dragón". 

Todos andábamos muy nerviosos en esos días. Con miedo. El "Odioso 
Dragón" andaba cerca; se contaban a diario terribles historias acerca de 
que a muchas personas les pasaba lo mismo. Se los llevaban de noche, 
los metían en cuevas donde los soldados del "Odioso Dragón" les ha¬ 
cían cosas espantosas. Los encerraban, los ataban, les tapaban los ojos 
para que no los miraran, les pegaban, les decían que los iban a matar, 
que nunca más iban a ver a sus hijos. 

Nosotros teníamos miedo de que nos pasara algo igual. De noche 
estábamos atentos a los ruidos de la calle y esperando con miedo los 
golpes en la puerta. ¿Sería posible que se llevaran a alguno de noso¬ 
tros? ¿Y si nos llevaban a los dos? ¿Qué pasaría con nuestras hijas? ¿Se 
las llevarían también? Eran preguntas que nos hacíamos sólo con los 
ojos, pero que no nos animábamos a dejarlas pasar por nuestras bocas. 
Decirlo podía convertirlo en realidad y el solo pensar que podían sepa¬ 
rarnos se nos hacía insoportable. 

También de día empezó el miedo. Porque de día podían seguirte 
hasta tu trabajo, llevarte sin que nadie se diera cuenta, hacerte desapa¬ 
recer sin dejar huellas. 


43 



Tampoco había a quién preguntarle; preguntar era volverse visible, 
sospechoso. 

Si el "Dragón" te miraba y se daba cuenta que estabas ahí, podía ser 
peligroso. 

Yo rezaba para que los cuatro nos volviéramos invisibles; pero, como 
había dejado de rezar hada mucho tiempo, nadie me escuchó o si me 
escucharon nadie pudo hacer nada para evitarlo. 

El 21 de junio, día de mi cumpleaños, transcurrió casi inadvertida¬ 
mente, salvo por un buzo amarillo que me trajo Jacinto de regalo y que 
nunca pude estrenar. 

No teníamos ánimo de fiestas. Estábamos entre tristes y nerviosos 
por lo de mi hermana y su esposo, por el hijo que a los dos meses se 
quedó sin sus padres; por el miedo a los golpes en la puerta y los ojos 
que te seguían por la calle; porque nuestra vida ya no iba a ser nunca 
más como antes. 

Al otro día, en el trabajo, mis compañeras me habían preparado una 
pequeña sorpresa, con la mejor intendón de arrancarme una sonrisa. 
No las pude complacer, agraderí las flores y el chocolate y con lágrimas 
en los ojos les conté las últimas notidas. Mi sobrino no se adaptaba a la 
leche enlatada, mis padres lloraban todo el día, no había noticias, no 
sabíamos dónde los tenían, no lograba convencer a ningún abogado 
para que se ocupara del caso. ¡En fin, todo era un desastre! 

Llegué a mi casa a media tarde, con tiempo para ir a buscar a tu 
madre a la escuelita. Venía cansada, desanimada y con mi triste ramo 
de flores por la calle Ituzaingó. De pronto vi un montón de gente para¬ 
da frente al edifido en que vivíamos. ¡Qué raro! pensé y mientras me 
acercaba reconocía cada vez más y más caras amigas, caras de los compa¬ 
ñeros del sindicato de tu abuelo, caras de sus compañeros de trabajo. 

Porque tu abuelo, no sé si ya lo sabés Catalina, trabajaba en un ban¬ 
co. Un banco es un lugar donde la gente va a guardar su platita. ¿Viste 
esa alcancía que dice Caja Nacional de Ahorro Postal?, bueno, era del 
banco en que trabajaba Jacinto, la compré un día en la feria de Piedras 
Blancas y la tengo como recuerdo. 

Trabajaba en el banco, militaba en la Asociación de Bancarios y ade¬ 
más hacía algo de periodismo escribiendo notas y artículos para el dia¬ 
rio "El Popular". 


44 



Hoy ya no existe ese diario, como no existe la Caja Nacional de Aho¬ 
rro Postal y tampoco tu abuelo. Todo desapareció; lo disolvieron, lo 
clausuraron, se murió. 

Seguía acercándome al edificio donde vivíamos, pero mis piernas 
cada vez más lentas se negaban a avanzar. Miraba sin entender el por¬ 
qué de esa presencia, negándome rotundamente a presentir la tragedia 
que anunciaba. 

Entonces, dos compañeros salieron a mi encuentro y me lo dijeron: 
¡Jacinto se mató! 

Recuerdo ese momento como te lo vengo contando Catita. Es como 
si esa escena se proyectara en cámara lenta una y otra vez con mecánica 
precisión: la calle Ituzaingó, la gente en la puerta, las flores, y aquella 
terrible frase que cambió nuestras vidas para siempre: ¡Jacinto se mató! 

Después todo se me confunde; me contaron que me llevaron al apar¬ 
tamento de una vecina, que entre familiares y amigos se ocuparon de 
mis hijas. Los que me rodeaban querían saber: ¿qué quería hacer?, ¿dón¬ 
de quería estar?, ¿dónde quería hacer el velorio? Todo me parecía ab¬ 
surdo y sin sentido. ¿De qué velorio me estaban hablando? Sólo cuan¬ 
do la gente se acercaba a saludarme me daba cuenta de lo que realmen¬ 
te estaba sucediendo. Cuando me encontraba con otros ojos tan incrédu¬ 
los como los míos me decía a mi misma que era cierto. ¡Jacinto se mató! 

En la mecánica del procedimiento un compasivo policía me pregun¬ 
tó el porqué sin esperar respuesta. No se lo dije, pero sabía que el "Odioso 
Dragón" tenía algo que ver con esto. Jacinto era muy impulsivo, siem¬ 
pre iba al encuentro de los problemas. No sabía esperar a que las cosas 
ocurrieran, el paso del tiempo a él le resultaba insoportable. También 
los dos sabíamos con certeza que para nosotros era cuestión de tiempo. 
En cualquier momento nos iba a tocar ser mirados por el "Dragón", y 
cuando eso sucediera no había donde esconderse y lo de hacerse invisi¬ 
ble era sólo una ilusión. No sé, pero quizás en su apurado intento de 
conjurar el maleficio, no pudo esperar a despedirse. 

El impacto que su muerte nos causó fue inmediato, nuestro mundo 
se inundó de caos y dolor. Yo no podía dejar de esperar, a cada instante, 
el sonido de su llave en la puerta; mi hija mayor se empecinaba en pre¬ 
guntar, buscando una respuesta que nadie podía darle; la bebé de dos 
meses se aferraba a un chupete que sin pensarlo le ofrecí. 


45 



Después, vino el gran silencio, representante implacable de su au¬ 
sencia. 

Por mucho tiempo deambulé en un mundo sin sonidos, la vida trans¬ 
curría y yo la miraba desde mi ventana de la calle Ituzaingó. Era como 
si hubiera perdido momentáneamente la potencialidad de mis sentidos. 

Los años fueron pasando, mis hijas crecieron y sin decírmelo me iban 
ayudando a recuperarme. Juntas logramos reconstruir aquellas pare¬ 
des que la muerte de Jacinto había derrumbado y volvimos a tener un 
hogar. Disfruté con ellas cada uno de sus logros y también lloramos y reí¬ 
mos. 

Años después nos fuimos de la calle Ituzaingó. Mucha gente se fue 
del país. 

Las calles y los boliches se quedaron sin caras conocidas. Ya no era 
posible encontrarse con nadie ni por casualidad, y menos reunirse a 
tomar un café o a charlar un rato. Ya no se hablaba ni por teléfono, 
porque podían escucharte y seguía siendo peligroso. Montevideo se 
iba quedando cada vez más vacío y más triste. Mi hermana y su marido 
salieron de la cárcel y también se fueron muy lejos y por mucho tiempo, 
en un viaje que los alejaba cada vez más de nosotras, del cariño de toda 
la familia, de los pocos amigos que a lo mejor les quedaban. 

Fue una época extraña, porque por un lado había tristeza y soledad, 
pero por otro lado la fuerza que tiene la vida, te lleva también a hacer 
nuevos amigos, a reírte, a estar alegre: ¡a vivir!, Catalina. Y continuamos 
viviendo. Aprendí a sonreír de nuevo, porque nuestras hijas se lo mere¬ 
cían y aprendí a esconder el miedo, porque el "Odioso Dragón" seguía 
allí, rondando, amenazando. 

Catalina, este cuento tan corto, pero que recorre una parte muy larga 
de nuestras vidas, también tiene un final feliz. El "Dragón" derrotado 
volvió a su cueva. Pudimos volver a vivir sin miedos, pudimos volver 
a encontrarnos con los amigos que hada tantos años no veíamos; la 
vida de todos empezó de a poquito a parecerse en algo a la de antes. 
Nuestra familia ha crecido y se ha enriquecido con los nuevos integran¬ 
tes. Tu llegada al mundo significó muchas cosas para todos y cada uno 
de nosotros. Inauguraste una nueva generación; sos la primera hija de 
mi primera hija y yo vivo a diario la gran felicidad de ser tu abuela! 

Abuela Dolli 


46 



Verdad para cimentar el futuro 


"La destrucción del pasado, o más bien de los mecanismos 
sociales que vinculan la experiencia contemporánea del 
individuo con la de generaciones anteriores, es uno de los 
fenómenos más característicos y extraños de las postrime¬ 
rías del siglo XX. En su mayor parte, los jóvenes, hombres 
y mujeres, de este final de siglo crecen en una suerte de 
presente permanente sin relación orgánica alguna con el 
pasado del tiempo en el que viven." 

Eric Hobsbaivm 

Lo que plantea Hobsbawm lo he sentido muchas veces entre los jóve¬ 
nes que me rodean y fundamentalmente en la generación que me pre¬ 
cede inmediatamente; pero no todos los jóvenes podemos dejar en el 
desván nuestro pasado, como un trapo viejo pasado de moda y, seguir. 
Muchos hemos tenido que retroceder, hurgar, en lo público y en lo pri¬ 
vado, para poder recomponer nuestro presente y proyectarnos hacia el 
futuro. 

Quisiera relatar cuál es mi historia, que me vincula a la dictadura, 
para que se pueda comprender por qué ese período de la historia no es 
algo que se pueda olvidar fácilmente o que yo pueda evadir si quiero 
recomponer mi presente. 

Cuando yo tomé conciencia de mi existencia, vivía con mis abuelos 
en un pueblo del centro del país, en un pueblo de esos que parece que 
la historia les pasa por el costado. Un pueblo como tantos del interior, 
con sus 80 manzanas, sus veranos tórridos y sus inviernos de vientos 
que cortan como cuchillos; sus borrachos, sus beatas de lenguas afiladas, 
su cura fascista, sus empleados públicos, sus jubilados, su pequeña bur¬ 
guesía de profesionales, comerciantes y pequeños productores rurales, sus 
"grandes familias" decadentes y la población de las "orillas" del pueblo 
que trabajaban como asalariados rurales y como domésticas. 

Pero en aquellos años, la historia no le pasó por el costado a mi pue- 


47 



blo. De cada uno de los estratos sociales que lo componían salieron "bo¬ 
tones", más conocidos como "tiras", algunos llegaron a hacer carreras 
estelares y otros no pasaron de tristes alcahuetes. El comisario, el poli¬ 
cía, pasaron de lidiar con los disgustos entre vecinos, a sufrir una meta¬ 
morfosis "kafkiana", a convertirse en personajes temidos. 

Otros en cambio, enmudecieron, quemaron sus libros entre lágri¬ 
mas y la sal de las lágrimas pareció quemar sus risas; entonces apren¬ 
dieron el lenguaje de los ojos, de lo no-dicho pero que se oye a gritos. 

En esa atmósfera crecí. Ahora, como adulta, puedo darle nombre a 
esos personajes, pero en aquel entonces yo intuía, como sólo lo saben 
hacer los niños. No sé cuándo me lo dijeron pero desde que yo recuerdo 
sabía que quienes me criaban eran mis abuelos, que mi madre estaba en 
otro país que no sabían dónde y que mi padre estaba muerto. Recuerdo 
que esa versión me fue suficiente en mi infancia, porque lo que le im¬ 
porta a un niño es quién le da de comer, lo cuida cuando está enfermo y 
le da amor a diario, te reta y enseña, juega contigo. 

También recuerdo que en la esquina de mi casa por muchos años 
hubo un milico parado y que cuando yo preguntaba qué hacía me de¬ 
cían que estaba cuidando; nunca entendí qué cuidaba, pero a mí me 
daba lástima el pobre tipo parado ahí con sol, con lluvia, él siempre 
firme ahí. 

Alguna vez escuché, que los adultos de mi casa comentaban, que a 
veces, habían venido los milicos a preguntarle a mis abuelos de dónde 
habían sacado esa niña, y ahora asocio lo que mi abuela me decía 
recurrentemente mientras jugábamos:" si vos te me perdés, yo te voy a 
identificar por ese lunar que tenés ahí escondido". 

Recuerdo cosas de mi infancia que me parecían absurdas pero que 
en aquel ambiente enrarecido (que por otra parte era el único que yo 
conocía), adquirían estatus de normal a medida que pasaban los años. 
Muchas de esas cosas se le han quedado pegadas a la sociedad y hoy 
creo que con agua sucia, como la ley de caducidad, nunca se van a lim¬ 
piar. 

Pero quiero contarles otras anécdotas e impresiones de mi infancia, 
relacionadas con aquel período oscuro. 

En mi pueblo cada octubre se conmemora una fecha patria, que en 
aquellos años se hacía con un fastuoso desfile. Para esa fecha se arregla- 


48 



ba la calle principal, este punto era el hazmerreír del pueblo; se pasa¬ 
ban todo el año arreglando la calle y cuando llegaban a una punta, la 
otra ya estaba rota, y no era precisamente porque la calle fuera tan larga 
sino por incapacidades obvias. En octubre se desplegaba un gran es¬ 
fuerzo para que estuviese pronta. Entonces las escuelas y el liceo desfi¬ 
lábamos junto a todo un despliegue de guerra. Nos tenían horas espe¬ 
rando al sol, de modo que cuando llegaba la hora de desfilar un núme¬ 
ro importante ya había desertado por desmayos y malestar; los que 
seguíamos éramos una columna desprolija de moñas desatadas y caras 
sudorosas. Pero lo que más recuerdo de estos eventos, era cuando pa¬ 
saban los milicos desfilando, que me parecían todos iguales como mu¬ 
ñecos y me impresionaban sus botas perfectamente lustradas y que siem¬ 
pre parecían un número más del pie que las calzaba. Aún hoy tengo 
grabada la imagen de los movimientos de los pies y cuando se apoya¬ 
ban todas juntas haciendo temblar el piso de infinitas capas asfálticas 
superpuestas. 

Cuando yo aún no desfilaba porque iba a las clases chicas, que estᬠ
bamos exoneradas de tan "alto privilegio", asistí con mi tía al evento. 
Ella antes de salir me pedía que me apurara que llegábamos tarde y 
que había que ponerse en un lugar visible. Cuando pregunté por qué 
tanto desespero, si a ella no le gustaba y vivía puteando por tener que 
ir, me contestó que todos estábamos obligados a ir porque si no los 
milicos se podían enojar. Después supe que de uno de esos desfiles se 
llevaron mucha gente presa. 

Un día recibí unos regalos artesanales de presos. Yo no entendía por 
qué los adultos que me rodeaban le daban tanta importancia a aquéllo 
y entonces me explicaron que había presos buenos y presos malos. Con 
seis años supe que Uruguay estaba gobernado por los milicos, y que 
por eso mi madre no podía venir a Uruguay. Para ese entonces, mis 
abuelos ya habían tenido noticias de ella, y creo que fue a partir del año 
1977 que empezamos a recibir correspondencia más asidua. 

El cartero pasó a ser un personaje central en mi vida. Con mi abuela, 
después de cada mediodía nos sentábamos en la vereda a esperar al 
cartero. Lo recuerdo doblando la esquina en su bicicleta con una gran 
cartera de cuero negra y blandiendo la carta en su mano; pero también 
hubo muchos días que no llegaba nada, hubo cartas abiertas, rotas, cen- 


49 



suradas. Esas cartas hicieron a mi madre un personaje más real. 

La asociación entre el gobierno militar, la ausencia de mi madre y la 
destitución de mi tía, fue suficiente para entender que aquello andaba 
mal. 

Nunca me especificaron que había cosas que se hablaban dentro de 
casa que no se podían repetir afuera, pero percibía actitudes (tal vez 
olía el miedo), que me indicaban que determinadas conversaciones no 
se repetían puertas afuera. De alguna forma me daba cuenta que lo que 
se hablaba en la casa de algunos amigos tampoco se comentaba con 
extraños o con determinada gente. Nadie tenía una marca en la frente 
pero igual sabías con quién se hablaba qué y con quién no. 

De todas esas visitas hay una que fue especial y que me quedó gra¬ 
bada. Fuimos de noche con mis tíos a la casa de Clara, habían soltado al 
padre. Recuerdo la cara de aquel hombre, en su silla de ruedas; "libre", 
porque en unos días la muerte lo vendría a buscar. Yo tendría unos 
cinco años o menos, pero recuerdo que sentí miedo sin saber muy bien 
por qué. 

A partir de las conversaciones cuchicheadas en esas reuniones, em¬ 
pecé a sospechar que muchas de las cosas que se hablaban allí, tenían 
algún vínculo con mi pasado, con mi origen. Era obvio que en mi pasa¬ 
do había algo raro, yo no tenía unos padres como mis primos, no sabía 
por qué no estaban, por qué no podía estar con mi madre como todos 
los otros niños. Aunque el ambiente me indicaba que era mejor no sa¬ 
ber, decidí preguntarle a mi abuelo, porque ese ser me irradiaba toda la 
confianza que el resto del mundo me quitaba. Él me contestó que sí, 
que habían pasado muchas cosas feas y que aún estaban pasando, que 
cuando yo tuviera edad para saberlo sin duda lo iba a saber, pero que la 
respuesta a muchas cosas las iba a tener que buscar en muchos lados. 
Esa respuesta solucionó mi inquietud infantil por el tema y me permi¬ 
tió disfrutar mi infancia sin el agobio de ese pasado enrevesado. 

Pero el mundo fuera de casa a veces podía ser hostil, aunque yo no 
lo atribuyera a las particularidades de mi historia. 

Una de las cosas que me llamaba la atención era que a ninguno de 
mis amigos los padres los dejaban venir a jugar a mi casa, ni a mis cum¬ 
pleaños; yo lo atribuía a que eran muy represores pero ahora sé que 
eran reprimidos. 


50 



Tengo la impresión de que gran parte del pueblo me veía con una 
mezcla de lástima y de odio, un sentimiento confuso. Para muchos de 
ellos yo encarnaba el mal que había que aniquilar, pero por otra parte 
se les hacía difícil odiar una niña y optaban por la lástima, esperanza¬ 
dos de que cuando llegara a adulta me convertiría en un monstruo dig¬ 
no de odio. 

Cuando estaba en segundo de escuela, recuerdo que vino a visitar¬ 
nos una inspectora. Esta mujer pidió a la maestra para quedarse a solas 
conmigo durante el recreo. Una vez a solas en el salón, me preguntó 
cómo me llamaba y respondí mi nombre con mi apellido materno (que 
era el que figuraba en mi Cédula de Identidad); la mujer comenzó a 
pegarme y a decirme que yo me llamaba de otro modo. Nunca comenté 
esto en mi casa, porque ante tales garrotes, supuse que había hecho 
algo muy malo, pero la cara de esa mujer la reconocería aún hoy con las 
arrugas que debe tener si vive. 

Mucho tiempo después, supe que el nombre que me atribuía la mu¬ 
jer era mi apellido paterno. Además de esos garrotes, tuve que comer¬ 
me unas extrañas sesiones donde me ponían en una silla rodeada de 
focos, una escena de interrogatorio policial, y me hacían posar de fren¬ 
te, perfil, patas arriba, patas abajo para que el ojo maestro de aquellos 
señores y la erudición de los abogaduchos de turno, determinaran que 
mi padre era mi padre y yo pudiera llevar su nombre. A los 12 años 
supe que el nombre que había llevado hasta entonces estaba mutilado, 
a los 12 años descubrí que me llamaba de otro modo. Se tomaron su 
tiempo para identificarme, cuando en otros casos resultaron tan eficien¬ 
tes para identificar a la gente. 

Pero mi segundo año escolar tuvo otras particularidades más intere¬ 
santes, lo comencé en julio de 1979. Desde febrero de 1979 a julio de ese 
año estuve en Bélgica, donde me llevó mi madre y donde la conocí a 
ella, a su nuevo esposo y un hermanito de una semana. Viajé con mi 
abuela; y en uno de los primeros aeropuertos en que hicimos escala le 
advirtieron que mi pasaporte estaba mal. Nunca supe si lo hicieron mal, 
para que no volviera o para que no me fuera. 

Nos esperaba mi madre con su familia y un amigo. Cuando llega¬ 
mos, mi abuela y mi madre se abrazaban y lloraban; yo pensaba, me 
hice no sé cuantas horas de avión, durante las cuales no logré retener 


51 



nada en mi estómago para que estas dos pelotudas se pongan a llorar. 
Luego salimos del aeropuerto de Bruselas para Lieja y tengo muy pre¬ 
sente las manitos de Sebastián asomando del rebozo, envuelto por las 
luces amarillentas de la autopista. 

Europa, una decepción. A mis siete años me imaginaba que iba a 
llegar a un mundo donde todo desafiaba la ley de la gravedad, y me 
encontré con un cúmulo de cosas viejas. Algunas me gustaron por su 
belleza, los vitraux de la iglesia de Colonia, Alemania, o los encajes de 
Brujas, otros me impactaron por su carga histórica como un museo de 
herramientas domésticas y médicas de antes de Cristo o los impactos 
de balas de la Segunda Guerra Mundial en las paredes de la iglesia de 
Colonia. Pero la sarta de iglesias y museos que me hizo visitar mi abue¬ 
la me aburrieron tremendamente. Mi diversión preferida, era salir cada 
mañana al balcón del apartamento y gritar todas las malas palabras 
que se me ocurrieran porque supuestamente nadie entendía; hasta que 
descubrí que los vecinos que se reían eran italianos. 

Un recuerdo curioso que tengo de Bélgica, es que cuando salía a ju¬ 
gar a una plaza frente al apartamento yo hablaba fluidamente con los 
otros niños. Obviamente ellos hablaban francés y yo español, pero esto 
no recuerdo que fuese una barrera, no recuerdo darme cuenta que ha¬ 
blábamos idiomas distintos. Esos niños me preguntaban de dónde era 
y, cuando les dije que era de Uruguay, preguntaron dónde era eso, en 
América respondí y se rieron, vos sos italiana si no tendrías que hablar 
inglés. Confieso que me sorprendió la ignorancia geográfica de los 
belguitas. Esto me ha hecho pensar muchas veces que la especie huma¬ 
na tiene una capacidad innata para comunicarse y entenderse, que hay 
algo en nuestras culturas que atrofia una de las capacidades más mara¬ 
villosas del hombre. 

En Bélgica también conocí muchas cosas de Uruguay. Un día mi ma¬ 
dre y mi abuela se pusieron en preparativos de artesanías, de salsas 
picantes y de unos seudochorizos; los latinos exiliados preparaban un 
acto en solidaridad y denuncias de las cárceles uruguayas y de la situa¬ 
ción de sus presos políticos. En aquel acto, entre unos cuantos latinoa¬ 
mericanos y unos pocos belgas, escuché cantar a los Olimareños. Por 
supuesto que no tenía ni idea de quiénes eran y mucho menos me ima¬ 
ginaba que años después, esos dos hombres serían ovacionados por 


52 



una multitud en el estadio Centenario. Pero en aquel acto, también vi 
fotos horrendas de las cárceles uruguayas, sacadas por la Cruz Roja. 
Ahora sí entendía que bajo la apacible siesta de mi pueblo, existía el 
infierno. 

Pero la ironía era pan de todo los días en Uruguay. Un día recibimos 
un recorte de un diario uruguayo, donde hablaba que la señora Tanto y 
su nieta se encontraban en viaje de placer por Europa. 

El día que regresaba a Uruguay, recuerdo que en el aeropuerto me 
subí al revés a la cinta transportadora para subir al avión, quería ver a 
mi madre, a mi hermano y a Hugo, hasta que se perdieran de vista y 
traerme esa imagen conmigo. 

Cuando llegué a Uruguay, me asaltó la certeza de que cuando yo 
estuviera en segundo de liceo, mi madre estaría en Uruguay; así que el 
tema dejó de inquietarme, sólo era cuestión de paciencia. 

Mi tía, maestra destituida, hizo uso de toda su pedagogía y pacien¬ 
cia, y con fervor militante, me puso al día con el medio año de escuela 
perdido. Tiempo después, supe que mi maestra de segundo año fue 
objeto de fuertes presiones para que no me dejara pasar de año. Esa 
mujer, que no estaba comprometida con nada, puso todo en juego por 
lo que ella consideraba justo y ético. Esa mujer no me vio con lástima y 
antepuso su dignidad al miedo y la injusticia. Hoy aprecio y valoro este 
gesto, de alguien que más allá de tintes políticos, no se dejó avasallar y 
demostró más coraje y dignidad que muchos que la señalaban por no 
ser de izquierda. Esa batalla que ella libró sola, más allá de que yo puse 
el cuerpo para recibir los palos de la inspectora, me enseñó más que 
todas las horas de aula escolar. 

Pero la dictadura fue implacable con todos los niños, como una man¬ 
cha de aceite que se extiende y todo lo ensucia, todo lo asfixia. La histo¬ 
ria que aprendimos de Uruguay era una sucesión de dictadores y sus 
"brillantes obras"; aquella historia carecía de presidentes constitucio¬ 
nales, no tenía causas sociales que generaran hechos, era una línea recta 
con muchos baches. Pero hubo algo peor, se prohibió utilizar disfraces 
en toda representación que realizáramos en la escuela. 

Siendo yo muy pequeña, vino una compañía de teatro para niños a 
un club de mi pueblo. Aquello fue magia para mí, sabía que los actores 
eran hombres y mujeres de carne y hueso, pero en el escenario, eran 


53 



conejos, eran coyotes, allí sólo contaban los colores, mi imaginación po¬ 
día volar tan lejos como yo quisiera. Desde este hecho, estuve esperan¬ 
do llegar a las clases más grandes de la escuela para poder hacer magia, 
para que bajo un manto de colores yo y mis compañeros fuéramos tan 
lejos como nuestra imaginación nos permitiera volar. Pero la dictadura 
ordenó que los niños no podían soñar, no debían tener imaginación, 
debíamos implacablemente llevar la simbólica túnica blanca con moña 
azul, porque si no éramos amarrados con los colores de la patria podía¬ 
mos errar nuestro rumbo. Lo que nunca supieron los milicos, es que no 
pudieron evitar que yo me disfrazara y declamara sobre la mesa del 
patio de mi casa, torturando a los adultos que me rodeaban. 

Mi tía, debido a su condición de maestra destituida, no podía ingre¬ 
sar a la escuela, por lo que sus hijos debieron comenzar cada año esco¬ 
lar sin la mano de su madre. Pero ella se las arregló para pasar a través 
de los muros. Nos hizo galletitas con formas ingeniosas para la merien¬ 
da, nos hizo los magros chirimbolos que podíamos vestir en las fiestas 
de fin de curso, nos corrigió los deberes y nos ayudó a superar todas 
nuestras dificultades escolares e infantiles. Mis tíos hicieron que yo de¬ 
jara de envidiar a mis compañeros de escuela que tenían hermanos, mis 
primos fueron y son mis hermanos. Con ellos jugué, peleé, reí, lloré, cons¬ 
piré inventado todo tipo de cagadas y aventuras infantiles, con ellos crecí. 

Llegó el plebiscito del 80 y recuerdo que mi abuelo había puesto un 
cartelito que decía "No", pegado en la parte de atrás del asiento de su 
bicicleta, con la que trillaba todo el pueblo vendiendo dulce de leche 
casero. La crisis económica se llevaba su tambo, uno de los más gran¬ 
des de la zona, y ahora al viejo caudillo blanco sólo le quedaban una 
serie de vinculaciones que lo miraban torcido; tragó su orgullo y buscó 
la forma de que sobreviviéramos, de modo que yo nunca percibí la 
angustiante situación económica. Lo vi envejecer cuando perdió todo 
lo que había construido a lo largo de su vida, lo vi llorar cuando vendió 
su yegua y lo vi cuidar con amor desmesurado las pocas vacas que 
conservó. Pero esa noche en que el pueblo uruguayo dijo ¡basta!, lo vi 
reír, y con mi prima Andrea saltamos y gritamos sobre una vieja cama 
de elástico festejando algo que entendíamos a medias. 

Uruguay comenzó a despertar. Vino la época de los semanarios que 
tenían que cambiar de nombre cada semana porque eran censurados. 


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Los jóvenes liceales que aparecían en el informativo porque se negaban 
a usar sus uniformes. El Uruguay pasaba de tímidas manifestaciones 
de rebeldía a un "Río de Gente". 

Con la primavera de 1984 comenzaron a florecer algunas de las res¬ 
puestas a mi pasado. Debería de ser una noche de noviembre, porque 
ya hacía calor y mi madre aún no estaba en Uruguay. Recuerdo que mi 
tía me llevó a la plaza, a la de la pérgola, allí en el banco que da la 
espalda a la calle Artigas donde la plaza hace diagonal con 19 de Abril 
y Artigas. Allí comenzó a contarme cómo lo habían matado, como se le 
escurrió la vida cinco días después que yo nací. Hablaba con una jerga 
que yo nunca le había escuchado, "... en una acción, para tomar, com¬ 
pañeros..."; era como que alguien dentro de ella la impulsaba a hablar. 
De pronto se detuvo y me llevó a s u casa. Me preguntaban qué pensaba 
y mi cabeza giraba a una velocidad mucho mayor de lo que yo podía 
hablar; luego empecé a llorar. Lloraba porque recién había entendido 
que había perdido algo que para mí hasta ese momento no había existi¬ 
do; lo descubría y tomaba conciencia de su pérdida a la vez. 

Fue como que esas lágrimas hincharon mi odio y entonces descubrí 
que una personita de 11 o 12 años puede tener un monstruo dentro, un 
monstruo que quiere matar, que quiere vengar. Comencé un largo ca¬ 
mino de búsqueda, de reconstrucción. Lo único que sabía hasta entonces 
era que había muerto un 28 de enero de 1972, que daba clases en un cole¬ 
gio, que estudiaba veterinaria y que su madre había perdido a su bebé 
más preciado, no sabía su nombre, su fecha de cumpleaños ni su edad, no 
sabía que lo habían matado y no creía que había muerto, como dice su 
madre. Parecen datos tontos, pero es una miscelánea de sentimientos inex¬ 
plicables que cualquiera pueda saber más de vos que uno mismo. 

Empecé a buscar cómo recuperar eso que había perdido. En el vera¬ 
no de 1985 mucha gente que volvía del exilio, de la cárcel, de debajo de 
las piedras, me hablaban pero eran imágenes que yo no buscaba; eran 
imágenes de amigos, de amores, de hijo, ninguna de padre. Hoy sé que 
esa imagen no la perdí porque me la dieron otros; pero sé que el hom¬ 
bre que me dio la vida será para mí un fantasma que no tiene voz, que 
no tiene un rostro que el tiempo curta, que no tiene un pecho en el que 
pueda apoyar mi cabeza. Yo quería respuestas, ¿quién, cómo y por qué 
me habían robado aquéllo? 


55 



Como lo había presentido, en diciembre de 1984 unos meses antes 
de que comenzara segundo de liceo, regresaba mi madre a Uruguay; 
trayéndome ahora dos hermanitos y algunas respuestas. 

Con ella me zambullí en el convulsionado Montevideo de 1985, con 
ella viví aquella noche en que toda la solidaridad mundial cantó en la 
Explanada Municipal, en las plazas. Con ella también me zambullí en 
la multitud que gritaba liberar a los presos frente a jefatura. Con ella vi 
cuando liberaban a las mujeres; con las mujeres que salían vi aquella 
mujer que giraba su cabeza a la multitud y sus puños que golpeaban 
los vidrios del vehículo, aquella imagen era la que pintó Edvard Munch 
en El grito, aquella mujer era Beatriz. 

Por ese tiempo conocí a Carlitos, debe de haber sido en el otoño del 
85, porque fue poco tiempo después que salió de la cárcel y eso había 
sido en marzo de ese año. Recuerdo aquél hombrón, con voz de trueno, 
siempre dando la espalda a la pared, con la cabeza pelada y la mirada 
de un miedo infantil. Recuerdo que le pedí a mi abuela que le tejiera un 
buzo de muchos colores porque yo creía que así le iba a sacar el miedo 
de los ojos y el invierno que llevaba prendido al cuerpo. Yo que apenas 
le llegaba al ombligo sentía que debía protegerlo de no sé que frío de un 
largo invierno; que según escuché, había ocurrido en el segundo piso 
de algún infierno del que nunca ha podido hablar. 

Allí, en la cocina de la primer casa de Montevideo, viendo aquel 
hombre tierno y arisco, gané mi primer batalla. Allí, entendí que no 
había lugar para venganzas personales. Sentí, que no había sido un único 
hombre al que habían triturado, sino que era una máquina monstruosa 
que había arrasado con todo lo que se interpuso en su camino, con los 
padres y madres de muchos, con la juventud y utopías de toda una 
generación. Yo no iba a regar el odio que me habían sembrado; yo iba a 
poder dominar mi odio e iba a canalizar mi energía para hacer crecer lo 
que la sangre de ese joven de 22 años buscó sembrar en mí. 

Pasaron varios años, en que no hablamos más de él con Carlitos, 
hasta una noche en que tomábamos vino en su casa de Montevideo 
hablando de cualquier cosa, y de pronto me dijo que cuando yo me iba 
él hablaba con su amigo y le contaba de mí, de que mis manos y mi risa 
se lo recordaban y de pronto, después de casi 20 años, por primera vez 
lloró a su joven e inmaduro amigo. 


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Para ese entonces, yo adolescente, ya había vivido las "razzias" en 
Montevideo, había "militado" en la campaña del Voto Verde, en el gre¬ 
mio del liceo, pero para entonces, ya había entendido que toda América 
Latina había estallado en fuego libertario y que habían querido apagar¬ 
lo con "guanacos" lanzando mierda. 

El tiempo, y mi vida de estudiante en Montevideo, me fue contes¬ 
tando "el porqué" y, aunque hoy pueda criticar muchas cosas, ese jo¬ 
ven me enseñó que en la vida cuando se sueña hay que entregarse has¬ 
ta los huesos, que para ver claro el camino no se puede ser indiferente, 
que hay que mantener la brújula orientada hacia la ética, porque lo que 
nos mata de muerte bien muerta es ir a contrapelo de uno mismo. 

Pero esto que uno elabora en su interior para convertir el pasado en 
fuerza que se proyecta al futuro, no es tan fácil de sobrellevar en el 
mundo público. Ese pueblo que en el 85 bailaba en las calles, ovacionaba 
a los Olimareños, recuperaba a sus presos, regresaba sus exiliados, ese 
mismo pueblo, le puso una lápida amarilla a ese pasado. 

Ese pueblo que no pudo poner sus pústulas al sol para que cicatriza¬ 
ran, no puede exigirle memoria a las nuevas generaciones. Lo que plan¬ 
tea Hobsbawm, ¿es un problema de las nuevas generaciones o es que 
las viejas ocultan sus vergüenzas, sus miedos? 

Para los que nuestra salud síquica depende de recuperar y entender 
ese pasado, es doloroso sentir que mucha gente de tu edad ignora, ob¬ 
via, desprecia ese pasado. Pero más doloroso es ver la actitud de mu¬ 
chos militantes del MLN; más incomprensible es ver cómo muchos que 
pasaron por el infierno, por las situaciones más injustas, hoy reniegan 
de ese pasado. Muchos están sólo preocupados de admitir ese pasado 
como un delirio juvenil y prenderse de la "torta"; otros han confundido 
las expropiaciones en nombre del pueblo con "expropiar" para su bol¬ 
sillo, llegando hasta la delincuencia común. Esto lo he visto con mis 
ojos de adulta, no es historia, es presente. ¿Es que han olvidado que ese 
pasado se regó con sangre, que muchos somos diferentes sin comerla ni 
bebería? 

Con esto no pretendo involucrar a todos los tupamaros, pero los 
idealismos estúpidos no sirven para cimentar el futuro. Sí creo que el 
peor error político del MLN fue engordar y no crecer, que se masificó 
sin generar conciencia política. Me arrogo el derecho de juzgarlos, por- 


57 



que necesito explicarme por qué pasó lo que pasó y en lo que están hoy. 
Me arrogo el derecho de juzgarlos, porque no quiero sentir vergüenza 
en la calle al decir que mi padre fue un tupamaro, y que cualquiera se 
atribuya el derecho a emitir juicios sobre cosas que atañen aspectos muy 
personales de mi vida. Por supuesto que condeno mil veces a esos que 
se quedaron sentados en sus casas, viendo cómo pasaban las cosas, y 
hoy se creen con derecho a juzgar. Admito que se pueden tener errores 
políticos pero de ninguna manera se puede perder el rumbo y atribuir 
ese pasado a una simple rebeldía juvenil, no se pueden perder valores 
éticos y morales; y no estoy hablando de la moral de las beatas. Es feo 
que se permita que la gente hable con tanta liviandad y juzgue cosas 
que a muchos nos salieron muy caras. 

Creo que en el movimiento hubo y hay mucho personalismo. Que 
fue una generación que dio su vida por causas muy altruistas pero que 
paradójicamente fue muy individualista, mucho culto al héroe, y se ol¬ 
vidaron que en su entrega involucraban mucho más que su persona. 
Fueron "voluntaristas" y muchas veces ingenuos, pensaron que podían 
cambiar el mundo pero nunca pensaron que los iban a masacrar como 
lo hicieron. 

Sin duda que el mundo cambió, no tanto como ellos quisieron, no 
siempre en el rumbo que ellos quisieron, pero en parte sí lograron mo¬ 
ver viejas estructuras; algunas por su voluntarismo, otras por la propia 
inercia de la historia. 

A todo esto, veo que mi generación creció sin caudillos, sin grandes 
"iluminados" a quien seguir, sin más paradigma que la brújula del sen¬ 
tido común; pero menos frívola que la generación que fue adolescente 
en la dictadura. La generación del 60 nos metió en la montonera antes 
de que empezáramos a caminar; pero seguramente el mejor legado que 
nos dejó esta generación es el obligamos a pensar por sí solos. Esa ge¬ 
neración que llegó, y fue llevada, hasta los límites de lo inimaginario, 
nos dejó un mundo en que ya no se puede seguir pensando en forma 
binaria, las cosas dejaron de ser buenas o malas, blancas o negras, divi¬ 
didas en dos "bloques"; nos obligaron a caminar en el mundo apostan¬ 
do a la diversidad. Así, el crecer orejanos, nos permitió ser más amplios 
en nuestras visiones, ser menos sectarios. 

Pero la dictadura nos dejó una gran incapacidad de organización. 


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un gran miedo a hacer en conjunto, una desconfianza que raya muchas 
veces con el escepticismo. Somos una generación que camina en tinie¬ 
blas buscando razones para creer en la especie humana; porque "no 
sólo de consumir vive el hombre". 

No reniego de la memoria de mi padre, de lo que fue e hizo, mi odio 
lo transformo en mi "cañón del futuro", mi lástima es para los hijos de 
los torturadores. 

De hoy, quiero contarles, que la vida me ha provisto de un olfato 
muy fino para rodearme de los mejores amigos, de los mejores amores, 
y de una buena capacidad para disfrutar de las "pequeñas grandes co¬ 
sas" de la vida. 

Probablemente esta historia, que les he contado, carezca de la objeti¬ 
vidad y precisión profesional de un historiador, simplemente son las 
impresiones y vivencias de una niña. Seguramente suene egocéntrica, 
como siempre que se escribe sobre sí mismo; pero a este defecto no han 
podido escapar ni los mejores escritores. 

Sin duda, que el siglo XX está plagado de historias humanas mil 
veces más atroces que la que acabo de contar, pero el "sufriómetro" aún 
no se ha inventado, y no se trata de medir el dolor humano, sino de que 
la estupidez humana deje de generar situaciones como éstas. 



Poesía III 


iii 

Ya saben 

nuestros nombres 

y 

nuestras formas 

nuestras señas y nuestros santos. 
Lo saben todo: 
mis memorias 
y tus recuerdos 
mis lunares y tus resfríos. 

Han relevado 

nuestros gestos y nuestros genes. 
Estamos archivados, 
rotulados, 
envasados, 

(Pero nosotros sabemos lo que ellos 
no...) 

y eso... también lo saben. 


Marídala 

(22/10/1975) 


60 



Ensayos generales 


Botas, medias de lana, ropa muy abrigada, Edipita pasea por la vere¬ 
da, delante de la puerta de su casa. La vecina le dice qué linda estás, 
bueno, siempre sos linda, ese poncho es nuevo, también estás estrenan¬ 
do botas, te abrigaron mucho, no vas a sentir frío, etcétera, etcétera... La 
niña habitualmente conversadora, extrañamente no abre la boca, sigue 
caminando, unos pasos para allá, unos pasos para acá. Y la vecina, que 
vas a salir con tu mamá, que están dando una película de Walt Disney, 
van a verla, con este frío lo mejor es ir al cine, o van a pasear a... La niña 
se detiene, la mira y le dice, no puedo hablar, no puedo decirle adonde 
voy, prometí no contarle a nadie que mi papá está preso, en el cuartel... 
La madre de la niña, transpirando, da vueltas la llave en la cerradura 
de la puerta de calle, saluda a la vecina, buen día, toma a la niña de la 
mano y camina velozmente, casi arrastrándola. 

Al padre de la niña se lo habían llevado preso. Supimos rápidamen¬ 
te de dónde; en la esquina de su trabajo estaba informando la platafor¬ 
ma de las reivindicaciones laborales por las que hacían paro ese día. A 
él y a otros compañeros los metieron en un ómnibus azul de AMDET y 
continuaron deteniendo varones por la calle hasta que llenaron el vehí¬ 
culo. En la Plaza de Cagancha, veíamos todas las tardes a un hombre 
con una mesita donde disponía montones de papas, zanahorias, cebo¬ 
llas, manzanas, naranjas, para hacer las demostraciones que comproba¬ 
ran la utilidad de los aparatitos que vendía para pelar, cortar, rallar, 
rebanar, exprimir y una víbora (¿o serpiente?) grande, impresionante, 
alrededor del cuello, para atraer la atención de los posibles comprado¬ 
res. Hombre y víbora fueron empujados y subidos al ómnibus. ¡Hasta 
al hombre de la víbora se llevaron!, nadie se olvidaba de decirlo, lo que 
no sabíamos era adonde. Durante varios días y noches, la incertidum¬ 
bre nos llevó a muchos lugares, algunos verdaderamente insólitos y a 
personas físicas y jurídicas, conocidas o nunca vistas, en una nerviosa, 
inesperada, no deseada, pero necesaria tarea detectivesca, para ubicar 
a los desaparecidos, así los llamamos, así los consideramos. 


61 



La niña fue llevada con los abuelos porque empezó reclamando la 
presencia del padre en su casa, sin recibir explicación satisfactoria y 
continuó pidiendo la de la madre que también desaparecía para bus¬ 
carlo. 

Como todavía no se había producido la Inauguración Oficial de la 
Dictadura y se ensayaba con las Medidas Prontas de Seguridad, se de¬ 
nunció la desaparición del padre de la niña hasta en el Parlamento. 
Varios días después, logramos ubicarlo en el CGIOR, detenido, con un 
centenar más de hombres de diversas edades, profesiones, oficios, acti¬ 
vidades, condición social, económica y cultural. ¡Ah!, y no me olvido, 
el hombre de la víbora. 

No se puede visitar, no se puede ver, está muy bien, abrigadito, le 
damos un poncho verde de los nuestros, no se preocupe, si no está muy 
comprometido (no me dijo el capitán, en qué) va a salir pronto. Y muy 
pronto salió, una mañana tempranito, con rumbo y destino, otra vez, 
desconocidos. Algunos vecinos vieron a los detenidos subir en varios 
ómnibus de AMDET que partieron en caravana hacia no sabían dónde. 
Nuevas peregrinaciones, indagaciones y siempre el funcionamiento de 
la solidaridad, todos apoyándonos en todos, los sindicatos a nuestro 
lado con sus múltiples, invalorables aportes, incluyendo el económico 
que resultó fundamental para muchos bolsillos. 

El dinero que gastamos durante estos ensayos generales, desequili¬ 
bró los presupuestos familiares. Lo importante es que nuevamente ubi¬ 
camos al padre de la niña y a todos los detenidos. 

No es fácil elaborar una historia distinta a la real que sea creíble, 
verosímil, para una niña de cinco años, que no la lastime, que no la 
entristezca. Te duele la cabeza de pensar, tal vez, en un viaje inespera¬ 
do, muy conveniente, o yo que sé qué, para justificar la ausencia del 
padre, tiene que ser una mentira que se va a convertir en una cadena de 
mentiras que pueda sostenerse durante no sabemos cuánto tiempo, 
además contar con muchos cómplices, apartar a los indiscretos. No, no 
es nada fácil, así que decidimos, no, decidí, contarle la historia verda¬ 
dera, que también es difícil, empezando por el significado de las pala¬ 
bras, algunas las ha oído aunque su comprensión no sea total, por ejem¬ 
plo, paro, huelga, pero otras las desconoce totalmente, qué es un cuar¬ 
tel, qué es un soldado, no de los de juguete y especialmente qué es un 


62 



preso, qué es estar preso y por qué y para qué y hasta cuándo... 

Cuando volvió la niña a su casa escuchó la historia verdadera. Le 
hice prometer que no se la contaría a nadie, era un secreto que compar¬ 
tíamos sólo con algunos familiares confiables. Fue precisamente uno de 
éstos que le dijo, a tu papá lo van a fusilar. Es un chiste, una broma, una 
chanza, no sean necias, no se enojen, después de todo, acá, en este país, 
no pasa nada y a los que les pasa algo, algo habrán hecho, hay que 
poner orden y son los militares los que deben encargarse de evitar el 
caos, estos tipos subversivos quieren destruir la democracia, argumen¬ 
tó el bromista. Algunos compatriotas adoptaron esta postura, pocos, 
pero los hubo. 

Había poderosas razones de seguridad para tratar de mantener en 
secreto, o por lo menos no divulgar hasta donde fuera posible, la deten¬ 
ción del padre. Los integrantes de la JUP (Juventud Uruguaya de Pie), 
otras organizaciones paramilitares y otros desorganizados, eran muy 
peligrosos, no se identificaban, de incógnito, atacaban, agredían a los 
presuntos, posibles, comprobados o sospechosos de ser comunistas, 
tupamaros, sindicalistas, anarquistas, desocupados, amas de casa y todo 
bicho con una pizca de sentido crítico de que tenían noticia y a sus 
familiares, sin olvidarse de los niños que son el futuro de la Patria, bla, 
bla... tal vez a ellos, especialmente, iban dirigidas las bombas que tira¬ 
ron en algunas casas, porque ya se sabe, que árbol que crece torcido, 
mejor se arranca de cuajo desde chiquito. Hacía tiempo que venían pre¬ 
ocupándose por los niños, había que protegerlos del oso ruso, de los 
barbudos, de los que usan vaqueros, toman mate en alpargatas, no se 
cortan el pelo... Era necesario ocultar. Era necesario denunciar. Decir y 
no decir. Estoy consciente de las contradicciones, ahora. 

Edipita andaba por la casa como un fantasma, monotemática, sólo 
papá, papá, y si lo fusilaron, preguntaba. Había que llevarla para que lo 
viera, vivo. Primera visita al cuartel, domingo de julio, madrugón, baño 
diario, botas nuevas, medias de lana, ropa muy abrigada y el poncho 
rojo, nuevo, cubriéndola toda. Mamá, puedo esperarte en la vereda, 
preguntó, sí, contesté, pero no te ensucies, recomendación que hace¬ 
mos todas las madres, como si fuera lo más importante. 

Después de hacer una fila ordenada, bajo la mirada protectora de 
soldados bien armados con armas largas, los familiares de los deteni- 


63 



dos subimos a los ómnibus que habían dispuesto para nuestro traslado 
al cuartel de San Ramón. Fue una gentileza. Los ómnibus, armados en 
los talleres de Maricastaña, eran pequeños, estrechos, estaban rotos por 
dentro y por fuera, las chapas y los vidrios hacían ruidos premonitorios: 
pronto me desarmo. Marchaban a poca velocidad pero no aceleraban 
por no querer, sino por no poder. Para colmo, el número de unidades 
era escaso y tuvimos que comprimirnos más que sardinas en lata para 
viajar todos. Un anciano me dijo, hacen esto para molestarnos a noso¬ 
tros también, a los familiares, que no tenemos la culpa, yo qué tengo 
que ver con lo que hace mi hijo, y qué hace su hijo, le pregunté, bueno, 
respondió, yo no estoy de acuerdo con sus ideas pero tengo que verlo, 
tengo que visitar a mi hijo, Edipita miró hacia arriba y le dijo, y yo a mi 
papá. 

A una cuadra del cuartel, comenzó la fila, ordenada, constituida prin¬ 
cipalmente por mujeres, niños y ancianos, bajo la mirada protectora de 
soldados, bien armados con armas largas. Otros dos soldados recorrie¬ 
ron toda la fila interrogándonos. Uno llevaba una carpeta dura donde 
apoyaba papeles rayados en sentido longitudinal y transversal. Cuan¬ 
do me correspondió el turno, me pidió la sagrada Cédula de Identidad, 
miró, leyó de un lado y otro del documento, anotó. Parentesco con el 
detenido, esposa e hija, pruebas (menos mal que me habían prevenido, 
sin libreta de casamiento no se puede entrar), exhibición de la libreta 
del Registro Civil, registro de familia, acá está él (en el papel, el deteni¬ 
do), acá estoy yo (en el papel). Anotó. La hija, acá (en la libreta) está. 
Cuál es, allá está (fuera del papel) es aquélla, señalé (la que está juntan¬ 
do toda la tierra de San Ramón, jugando con otros niños). Domicilio. 
Profesión. Estas anotaciones las hicieron dos veces, dos domingos con¬ 
secutivos, por suerte, comentamos, era tan lento este registro. Los 
siguientes fueron para peor porque preguntaban el nombre y ¡tenían 
que revisar todas las fichas!, hasta que el abecedario llegó hasta San 
Ramón y hubo nuevo orden, alfabético. 

El dolor subía desde los pies, avanzaba a las piernas, las caderas, la 
espalda, el cuello, prohibido sentarse en el suelo, en qué otro lugar po¬ 
día ser, llevábamos cinco horas de plantón. 

Edipita había preguntado cien veces, y mi papá, dos o tres veces 
manifestó tengo hambre, tengo sed. Y pichí, mamá, pichí. pm para 


64 



ir al baño, no se puede entrar al cuartel, es por la nena, el soldado te 
apunta al pecho, no se puede entrar al cuartel, mirábamos a todos la¬ 
dos, no se puede perder el lugar en la fila, las fichas están ordenadas 
por ese lugar, bueno, aquí mismo bajar el pantalón de lana, la 
bombachita, agachada no se te ve nada, el poncho te tapa. 

Después se abría el portón, entrábamos diez por vez solamente. 
Nueva fila, filita. Revisación de lo que llevábamos. Sobre una tabla lar¬ 
ga dispuesta sobre caballetes quedaba alguna muda de ropa interior 
limpia, una prenda abrigada, un pedazo de queso, una pascualina des¬ 
armada ex profeso, que después entregarían al detenido. Por fin se cum¬ 
plía nuestro objetivo. En el comedor de oficiales habían colocado mesi- 
tas separadas con dos sillas cada una, en una estaba sentado el deteni¬ 
do, en la que tenía enfrente se sentaba el visitante, ambos con las manos 
sobre la mesa y los brazos cruzados junto al pecho, no estaba permitido 
acercamiento físico. Edipita logró darle un beso a su papá. Las conver¬ 
saciones, voz normal obligatoria, audible, ni murmullos, ni susurros, 
cómo estás, cómo has pasado, bien gracias y vos, y tu mamá y tu papá, 
y el perro. Todos bajo la mirada protectora de soldados, uno al lado de 
cada mesita, bien armados, con armas largas. 

Terminó la visita, los familiares deben retirarse. Cinco minutos. Con¬ 
vincentes, largas argumentaciones mediante, en no me acuerdo qué co¬ 
mando, logramos extender la visita a diez minutos, después a quince y 
finalmente a veinte minutos que fue el máximo tiempo concedido. 

Todavía no terminó, tuvimos que hacer otra fila, ordenada, protegi¬ 
da, para recibir una bolsa con la ropa sucia del detenido, que abierta en 
casa ofendía los ojos, la nariz y nos obligaba a ejercitar los músculos 
para cazar las pulgas que grácilmente saltaban, escapando del encierro 
para buscar alimento. Algunas bolsas terminaron directamente en la 
lata de la basura, otras vaciaron su contenido en hipoclorito casi puro. 
Eso era mugre de la mejor calidad, no hay eufemismo para encubrirla. 
Circulaban rumores que en las barracas de los detenidos había duchas, 
que estaban bien alojados, que... y qué queríamos, hotel de cinco estre¬ 
llas para esos pichis, bien ofendidos estaban porque se les prestaba el 
comedor de los oficiales para la visita. 

Como en este país todavía había trenes que transportaban pasajeros, 
en San Ramón había estación donde se podía ascender y descender de 


65 



ellos y muy especialmente, tratando de viajar con más comodidad, como 
si fuéramos seres humanos, después de tres o cuatro domingos, decidí 
no tomar más aquellos ómnibus que además cobraban el pasaje más 
caro que el tren. ¡Qué lindo! exclamó Edipita en cuanto subimos al va¬ 
gón en la Estación Central, no estaba muy limpio, ni era moderno, pero 
disfrutamos los asientos más grandes, confortables, separados, el pasi¬ 
llo por donde se podía caminar y el movimiento más parecido a acunar 
que a desarmar. El viaje de ida era un placer. Al regreso, el tren que 
venía de Meló pasaba por San Ramón a las 21 horas, teníamos aproxi¬ 
madamente dos horas de espera para la que podíamos optar entre dos 
lugares, la estación, mucho frío o el Club Social y Deportivo, muy aco¬ 
gedor, coca-cola,¿coca-cola con este frío? sí, coca-cola y masitas y abrir 
puertas para curiosear todas las habitaciones, instalaciones y corretear, 
libertades que se permitían generosa, cordialmente, a los "niños del 
cuartel", pobrecitos. 

El tren que nos devolvía a la Estación Central, con muchos 
quilómetros ya recorridos, había recogido suficientes viajeros para ocu¬ 
par todos los asientos y llenar los pasillos de pie, por eso Edipita dor¬ 
mía sobre una mesa, con almohadas improvisadas por los pasajeros 
que sabían que era una "niña del cuartel". Pudo haber sido casi una 
niña, a secas, niña, todos los domingos desde julio a diciembre, si vo¬ 
luntaria, empecinadamente, no hubiera resuelto ir a ver a su papá. Es¬ 
tás sacrificando a esa niña, me decían, lindo paseo dominical, dieciséis 
horas en la calle, entre viajes torturantes, para llenarse de tierra o de 
barro y ver al padre cinco minutos, diez minutos, quince minutos, vein¬ 
te minutos. Partíamos a las ocho de la mañana y regresábamos después 
de medianoche. En varias casas pudo haberse quedado, niña simple¬ 
mente, pero amenazó, si no me llevan voy sola, tal su determinación, 
había aprendido el camino y muchas cosas más, esta "niña del cuartel". 
Comparado con lo sufrido después de la Inauguración Oficial de la 
Dictadura o Proceso Cívico Militar, podemos decir ahora con certeza, 
sin ironía, pasadas más de tres décadas, que Edipita, en estos ensayos, 
realizaba un lindo paseo dominical. 

Ese año, previsiblemente, vimos las ramas de los árboles desampa¬ 
radas cubrirse de yemas que eclosionaron en tiernísimas hojas verdes 
claras, que crecieron hasta componer frondosa copa, generosa de som- 


66 



bra; fue entonces que inesperadamente, sin juicio, sin delito, sin habeas 
corpus, sin nada, tal como había sido detenido, fue liberado el papá, 
gran alegría de Edipita, a la que nuevamente no se le pudo dar ninguna 
respuesta satisfactoria, nosotros tampoco las teníamos. Así empezó. 

También en diciembre fue liberado el hombre de las naranjas. No era 
comunista, ni tupamaro, ni sindicalista, no estaba en pro ni en contra 
de nada ni de nadie, era simplemente generoso, este productor de Ca¬ 
nelones. Un día de julio, llegó con su camión cargado con sus naran¬ 
jas en cajones, a la puerta del cuartel. Donación para los presos, aclaró 
muy bien. Pase, le dijeron. Abrieron el portón, entró el camión, cerra¬ 
ron el portón. Adentro quedaron camión, cajones, naranjas y el produc¬ 
tor. Los detenidos, incluyendo el donante, no probaron ni una sola na¬ 
ranja. 

Meses después, una mañana muy temprano, golpes muy fuertes, 
apremiantes, en la puerta de la calle de la casa de Edipita, me hicieron 
tirar de la cama y salir a abrir descalza, con apenas un saquito de lana 
sobre la espalda, lo primero que encontré para ponerme sobre el cami¬ 
són. Como sospeché, era la policía. Sin una palabra, varios hombres 
entraron en la casa llevándome por delante. Abrieron cajones, puertas, 
dieron vuelta sillones, sillas, mesas, colchones. Como cualquier cosa, 
Edipita fue sacada de su cama por un brazo, sacudieron su colcha, sus 
frazadas, sus sábanas, sacaron la funda de su almohada, dieron vuelta 
su colchón, todo quedó en el suelo. Sólo faltaba revolver los libros, ob¬ 
servaron varios por las seis caras, hicieron correr las hojas como un 
mazo de cartas y los tiraron a la escalera; con los que quedaban en los 
estantes, que eran muchos, sin mirarlos siquiera, los arrojaron detrás 
de los primeros como si fueran pedradas. 

En ese juego estaban, cuando otro uniformado abrió la puerta de la 
calle, les gritó, por qué demoran tanto, encontraron algo: sí, señor, con¬ 
testó alguno, estos libros, vea, yo no sé inglés, pero acá dice marxismo. 
El libro en francés, era de física y en una solapa estaba escrito Marxisme, 
refiriéndose a otro libro publicado por la misma editorial. El 
subcomisario que había estado esperando en la camioneta, lo que me 
informaron después los vecinos, miró el libro y dijo, estos libros son de 
venta libre en cualquier librería o quiosco, estamos molestando a la se- 


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ñora, vamos, ordenó. Los subordinados, pisando y pateando los libros 
que cubrían toda la larga escalera, bajaron y yo detrás de ellos. Me de¬ 
tuve junto al subcomisario (lamento no recordar su nombre), que me 
advirtió suavemente, tenga cuidado con algunos vecinos, señora. Se¬ 
ñora, por segunda vez, ni eh che vos, ni pichi, ni tantos otros apelativos 
y vocativos que se pusieron de moda tiempo después, en el vocabula¬ 
rio policial y militar. Subí con cuidado, tratando de no caerme y no 
estropear más los libros y me senté desolada sobre una pila de ropa, en 
medio de aquel espectáculo que había visto sólo en algunas películas, 
roperos, cómodas, estantes vacíos; en el piso, cubiertos, platos, ollas, 
ropa de toda índole que parecía haber aumentado en cantidad, papeles 
y más papeles y dos patitas tiernas, bien formadas, ignoradas. Edipita 
abrió la boca, ¡qué relajo! dijo y empezó a transportar un libro por vez y 
colocarlo en un estante. Yo reaccioné ayudándola con tres o cuatro li¬ 
bros. De pronto, la niña caminando como entre escombros, fue a la co¬ 
cina y volvió con la bolsa que usábamos para hacer los mandados, aden¬ 
tro cabían diez o doce libros. 

Los amigos llegaron. Elogiaron la eficiencia de Edipita. Buscaron 
zapatitos. Trajeron leche y bizcochos. Comenzaron a ordenar la casa, 
rellenar estantes, cajones, armar una pila con papeles seleccionados. 
Hicieron comentarios: hay que lavar la ropa pisoteada, tuviste suerte, 
¡suerte!, sí, con ese subcomisario que va a durar poco, breve será su 
reinado, es muy blando para ellos, en todos lados hace la vista gorda, 
hay que limpiar la casa para la próxima denuncia que no va a venir este 
subcomisario, casi indignada les grité acá no hay nada subversivo, re¬ 
plicaron con firmeza, hay demasiado para estos tiempos. Y la pila cre¬ 
cía, con papeles seleccionados, sólo papeles. Está bien, consentí, me voy 
a deshacer de los volantes, convocatorias a marchas, asambleas, con¬ 
centraciones, insignias, banderines, retratos, fotografías y todo eso... pero 
de libros, ah no, eso sí que no. Que sí, que no, finalmente me convencie¬ 
ron. Dos palabras lo lograron: libertad y vida. Libertad opuesta a pri¬ 
sión, nada más y la vida estaba realmente en peligro porque en estos 
Ensayos Generales previos a la Apertura Oficial de la Dictadura ya con¬ 
tábamos los muertos y la impunidad de los asesinos. El problema era 
cómo y con qué hacer desaparecer todo ese material sin llamar la aten¬ 
ción. Un poco de combustible, fósforos, como la Santa Inquisición, como 


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los nazis, así lo sentimos, excepto por las lágrimas, encendimos una 
hoguera en la azotea. En este país de los vientos, volaban los papeles 
encendidos, vamos a incendiar el barrio, esto va a ser un desastre. La 
magnífica, brillante, única, idea nuestra, había brotado de las neuronas 
de casi todos los cerebros también en nuestra situación y convertido a 
Montevideo en Tierra de Fuego. Una simple vista aérea hubiera mos¬ 
trado las fogatas delatoras. Así que tuvimos que terminar la operación 
limpieza con más lentitud pero menos visibilidad, a consecuencia de la 
cual los artefactos del baño adquirieron manchones negros per sécula 
seculorum. 

En la casa aséptica, purificada por el fuego, hubo cuatro allanamientos 
más, pero uno de ellos fue particularmente relevante. Como siempre, 
comenzó con golpes matinales indicadores, abren rápido o derribamos 
la puerta. Tres mujeres dormían, una ya había cumplido seis años, otra 
adulta, joven, que llevaba a la tercera en su útero. No había más habi¬ 
tantes. En no sé qué operación, entraron corriendo, en fila, muchos sol¬ 
dados con armas largas apuntando a algo, se fueron separando y distri¬ 
buyendo en los diferentes ambientes en menos que canta un gallo, cua¬ 
tro o más, no me acuerdo, salieron por la puerta de la cocina y se para¬ 
ron en los ángulos de la azotea apuntando a algo. Con la protección de 
las armas largas de sus colegas, otros se dedicaron concienzudamente a 
revolver, desocupar, tirar, romper, repetían el festival que ya conocía¬ 
mos por haberlo presenciado anteriormente, lo que aumentaba era la 
saña. La ira impregnaba a aquellos hombres. Uno interrogaba, quería 
saber dónde estaba mi marido, no sé, no sabía, estamos separados, dije, 
él miraba mi vientre, un embarazo de seis meses es notorio, no me cree, 
no me creía, no me creyó, yo decía la verdad. Edipita, pelitos largos, 
rubios, escasos, sobre la almohada, de perfil, dormía o tenía los ojos 
cerrados cuando el interrogador levantó el arma y la apoyó en su meji¬ 
lla. Apuntó el arma sobre la cara de la niña. Una voz, aquella voz, que 
era mi voz, susurró, por favor, es una niña, tiene seis años, por favor, 
por favor, por favor... la boca se reseca, es de papel, la lengua apenas 
logra moverse, tiemblan los labios, las piernas, todo el cuerpo, las rodi¬ 
llas se ablandan, la emoción, la angustia, la súplica, la taquicardia, la 
cabeza da vueltas, por favor, por favor, mezclado con la pregunta, dón¬ 
de está su marido. Mucho dolor, miedo, terror, angustia, desesperación. 


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impotencia, inseguridad, vivimos después, yo, sentí después, pero nunca 
con la intensidad de aquel momento infinito. La imagen todavía está 
clarísima. La colcha celeste con muchos dibujos del Topo Gigio hacien¬ 
do travesuras, cubría la cama, ocultaba el cuerpo de la niña; el hombre, 
uniforme, botas negras, sostenía firmemente, con las dos manos, el arma 
que apuntaba a la cabecita apoyada en la almohada; la mujer con el 
vientre prominente, suplicante, temblorosa, aterrorizada. Dónde está 
su marido, si lo hubiera sabido, se lo hubiera dicho. Creo. Aunque la 
verdad, que supe tiempo después, sobre las actividades y el lugar geo¬ 
gráfico que ocupaba ese hombre por el que me preguntaba, los hubiera 
conocido y dicho en ese momento, no me hubiera creído tampoco, por¬ 
que nada tenían que ver con lo que sospechábamos tanto el soldado 
como yo. 

Edipita despertó o abrió los ojos, giró la cabeza, quedó boca arriba y 
sonrió, como si no pasara nada, al hombre que le apuntaba con el arma 
sobre la cara y le preguntó dónde está tu padre. La niña contestó, acá, 
movió sólo el brazo derecho, metió la mano debajo de la almohada, 
sacó una fotografía chiquita, de las de tipo carné, que el soldado tomó, 
miró detenidamente y metió en uno de los bolsillos de su camisa, des¬ 
pués de bajar el arma. 

Los hombres del ejército se fueron. Dejaron un revoltijo, una casa 
que había que volver a armar, una mujer embarazada que lloró y lloró 
y una niña muy enojada que gritaba, ellos son malos, ellos son malos, 
se llevaron a mi papá. Ellos son malos. Los malos, también la obligaron 
a revelar parte de su secreto de niña, dormía con su papá debajo de la 
almohada. Sólo parte de su secreto, nunca dijo cómo y de dónde tomó 
esa fotografía, que por eso era suya y otra no la pudo sustituir. Ellos son 
malos, los malos, nosotros sufrimos, resistimos, pero no todos éramos 
buenos. Un revoltijo. 

La mujer aterrorizada era yo y no soy ese yo, la niña ha crecido, era 
tú, ahora también es ese tú y otro tú que conserva imágenes, algunas 
imágenes, en blanco y negro, el tren, un soldado grandísimo, uno solo, 
el único que le habló en el cuartel, el Club Social y Deportivo de San 
Ramón, la escalera de su casa sembrada de libros, una fotografía, el 
arma que le apuntaba a la cara, el soldado que apuntó... un revoltijo. Si 
la mujer que era yo hubiera sabido dónde estaba su marido, lo hubiera 


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podido probar y convencer al que era soldado, éste hubiera podido 
demostrar la baja calidad moral de los zurdos, de los pichis, no impor¬ 
taba que fuera uno solo, o muy pocos, entre tanta infamia, una vulgar 
generalización no hace mella. Pero como lo privado no era político y no 
quebrantaba el orden establecido, lo más probable es que se hubiera 
divertido, reído, gozado con solidaridad masculina. Aunque política¬ 
mente en las antípodas, eran dos machos, uno aterrorizaba, acosaba, el 
otro engañaba, traicionaba, mentía a la mujer que era yo. Un revoltijo 
que la memoria tratará de ordenar, armar. 

Una Mujer 


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Crónicas de una calle 


La calle José Ellauri nace en Punta Carretas, atraviesa este barrio y 
Pocitos, y termina en Gabriel Pereira. Cerca de cada uno de esos dos 
extremos de la calle están los escenarios de esta crónica: el Penal de 
Punta Carretas, (hoy Shopping, prisión de otra dictadura, la del 
consumismo) enfrente a la calle Héctor Miranda, y la Parroquia San 
Juan Bautista, de Pocitos, exactamente en la esquina de Luis Lamas (hoy 
Domingo Tamburini) y Ramón Masini, a diez pasos de la esquina con J. 
Ellauri. 

Algunos de estos relatos no corresponden a la época de la dictadura, 
sino al período anterior, probablemente a los tiempos de Pacheco Areco. 
Tiempos de muchas "chanchitas" y "camellos" por las calles 
montevideanas. Sin duda que la memoria me jugará malas pasadas: 
recordaré como próximos, hechos acontecidos en tiempos diferentes, y 
sin duda será imposible rescatar del olvido sucesos y caras tal vez rele¬ 
vantes. 

Había caído preso mi hermano Fito. Después hubo un allanamiento 
en nuestra casa de Punta Carretas (ubicada exactamente frente al Pe¬ 
nal) y fueron llevados detenidos dos hermanos más y mi cuñada. Eran 
días de mucha angustia y temores en la familia. Prácticamente no reci¬ 
bíamos información alguna sobre ellos. Finalmente fueron liberados 
todos, menos Fito. Dónde estaba no se supo en un comienzo, luego se 
nos dijo que en Jefatura (San José y Yi), y más adelante, que lo habían 
pasado a Punta Carretas. ¡Qué ironía! Pensar que nos separaba sólo 
una calle, y sin embargo, qué abismo infranqueable constituían esos 
pocos metros. Era fácil cruzarlos y averiguar, por ejemplo, cuándo ten¬ 
dría visita Fito, o qué cosas podíamos hacerle llegar, pero no era posible 
aún verlo, darle un beso o abrazarlo. La visita sería los sábados de ma¬ 
ñana. Pero las visitas fueron suspendidas porque algunos días antes de 
ese primer sábado ocurrió la fuga de varios tupas del Penal. 


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Durante esas dos o tres semanas que mediaron entre que supimos 
que Fito estaba enfrente, y el día en que lo vimos por vez primera en 
una visita, es que ocurre lo que ahora me propongo relatar. 

Salía yo de casa, -imposible recordar si era de mañana o de tarde, 
verano o invierno o si me iba al trabajo o a estudiar- cerré con llave, 
atravesé el corto espacio entre la puerta y la vereda, y en ese último 
paso, antes de doblar a la derecha hacia la parada del ómnibus, miré 
hacia el Penal: allá, en una ventana estaba Fito, sentado en una posición 
aparentemente cómoda, distendida; se distinguía una venda en la mu¬ 
ñeca y ningún otro detalle, pero era él, sin duda; ése era su cuerpo jo¬ 
ven, delgado. El impacto me hizo frenar en seco la marcha. Sin mucho 
pensar, sin siquiera mirar si había "chanchitas" o algo similar por la 
cuadra, levanté el brazo en un saludo. Sentí como si lo estuviera abra¬ 
zando. Fito contestó el saludo, también con su mano en alto, el brazo 
extendido; también me estaba abrazando. Volví a la casa y entré a los 
gritos: "Ahí está Fito, enfrente, en una ventana". Subimos corriendo la 
escalera con mis padres y salimos al balcón de su dormitorio. Saludᬠ
bamos nosotros tres desde el balcón y Fito contestaba desde su venta¬ 
na. Se había puesto de pie, y ahora saludaba con los dos brazos. Por un 
rato hicimos desaparecer el abismo entre la casa y el Penal. 

Me tenía que ir, y finalmente me fui. La imagen de aquellos dos bra¬ 
zos fraternales saludando me acompañó todas las horas de ese día. Re¬ 
gresé a casa por la noche. Todos dormían. Ya lo había pensado: le haría 
señales con las luces. Las habitaciones que daban a la calle eran el hall 
de entrada y el escritorio en la planta baja, y arriba, el baño y los dormi¬ 
torios de mis viejos y el mío, también se veía desde el frente la luz de la 
escalera. Le fui indicando con las luces lo que iba haciendo, por si que¬ 
ría acompañarme. Comí algo en la cocina, apagué todas las luces de 
abajo, subí la escalera, la rutina habitual; ya en mi cuarto, pronta para ir 
a dormir, encendí y apagué varias veces la veladora de la mesa de luz. 
De la ventana del Penal me respondió dos o tres veces una pequeña 
llama de encendedor. Buenas noches, que descanses, nos dijimos. 

Ahora no puedo recordar si en los días siguientes volví a verlo en la 
ventana, pero sí estoy segura de haber seguido varias noches el mismo 
ritual con las luces. 

Las visitas seguían suspendidas, pero un día nos entregaron una carta 


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de Fito. En el reverso del sobre, estaba escrito el número de celda: no 
era el mismo número que yo había leído, mirando con los binoculares 
desde mi ventana. Me quedé como paralizada. ¿A quién le habría esta¬ 
do haciendo señales de luces? No lo hice más, casi ni miraba hacia la 
ventana, sin embargo alguna noche vi la lucecita del encendedor. Me 
dio pena; ¡pobre tipo! 

Finalmente un sábado tuvimos la primera visita. Al contarle algo de 
esto Fito me dijo: "Nosotros no vemos la calle, esos son todos comu¬ 
nes". Creo que me sentí un poco tonta, pero tal vez también tuve algo 
de miedo. 

Este segundo relato bien puede ser la continuación del anterior. No 
porque haya relación entre los sucesos, sino porque este último ocurrió 
enseguida del primero. Ese sábado en la visita, mi hermano me pre¬ 
gunta si me animo a "sacar algo" que después debía entregar al Cha¬ 
rrúa, uno de sus compañeros, hermano también él, de otro de los pre¬ 
sos. Pasaron muchos años antes de que yo me preguntara por qué no 
era el Charrúa mismo el que se ocupaba de esa tarea militante. En ese 
momento ni se me ocurrió. Dije que no en "esa" visita, expliqué que 
quería ver cómo era la revisación a la salida. Por cierto que la revisación, 
al entrar y al salir era cualquier cosa menos agradable. Las mujeres de¬ 
bíamos pasar a una habitación sobre el lado derecho del edificio, -la de 
los hombres estaba a la izquierda- y allí éramos minuciosamente revi¬ 
sadas por (tal vez dos) mujeres. Mi memoria sólo retiene una. La otra u 
otras, si existieron no dejaron rastro alguno por mis neuronas. Esta mujer 
tendría unos cuarenta o más años, era fea, tenía la cabeza grande, la 
piel de la cara llena de unos raros lunares o manchas que llamaban 
mucho la atención, a pesar de lo oscuro del cutis, y el pelo lo teñía de un 
color entre marrón y rojo. Lo peor no era el aspecto físico, sino sus mo¬ 
dos. Dicho sin rodeos, nos basureaba. Era además obsesiva buscando 
pequeños escondrijos en la ropa o el cuerpo donde pudiera haber algo 
oculto. Sólo a modo de ejemplo, recuerdo la fuerza que hacía intentan¬ 
do "destornillar" los palitos de mi montgomery, maderitas de una sola 
pieza, absolutamente "indestornillables". 

Un día en la revisación de salida comprobé otra de sus característi¬ 
cas: le era muy difícil reconocer un error. Al entrar no había habido 


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ninguna situación particular. La mujer revisó mi chaqueta de cuero, 
supongo que incluso los bolsillos, nada especial, la rutina de siempre. 
Durante la visita Fito me "pasa" algo para sacar; era como una pastillita 
de forma y tamaño parecido a un supositorio, sólo que un poco más 
grande; el interior era papel escrito, pero estaba forrado de nylon, pen¬ 
sado para llevarlo en la boca, así me lo sugirió mi hermano. A mí la idea 
no me pareció buena y lo coloqué dentro del soutien, en la parte más 
baja, pegado al (y sostenido por el) elástico que rodea el costillar. Calza¬ 
do en el pliegue entre el seno y la musculatura yo percibía ese pequeño 
cuerpo y sentía que lo tenía bajo control, como si fuese un liceal que ha 
ubicado su trencito en un lugar perfecto. 

Salí tranquila, sin temores. La "manchada" empezó a revisarme y al 
sacar su mano de uno de los bolsillos de la chaqueta, sacude en el aire 
un papelito. "¡¿Y esto?!", chilló. Todas las mujeres se volvieron hacia 
nosotras dos, se hizo un silencio grande. Metí la mano en el bolsillo, 
recién ahí noté que había un pedazo descosido, la mano pasaba por el 
agujero y se tocaba con el dorso la parte interior del cuero, y con la 
palma de la mano la tela que forraba la chaqueta. Saqué el bolsillo para 
afuera y mostré el agujero. La mujer estaba fuera de control y sólo repe¬ 
tía que el papel yo no lo tenía cuando pasé por la revisación al entrar. 
En el papelito había algo escrito, una suma como de almacén, unas po¬ 
cas cifras, y estaba coloreado con el marrón del cuero de la chaqueta. 
Cualquiera podía darse cuenta que llevaba días, semanas, tal vez me¬ 
ses entre el cuero y el forro. Fueron saliendo las demás mujeres a medi¬ 
da que eran revisadas; yo debía esperar. Recuerdo que transpiraba 
muchísimo, pero por ningún motivo quería sacarme la chaqueta. La 
revisación de la ropa más próxima al cuerpo y del cuerpo mismo, había 
quedado suspendida ante el hallazgo. Sentía la transpiración particu¬ 
larmente bajo los dos senos, pensé en la pastillita pero no me preocupó 
que pudiera mojarse, si estaba preparada para la boca esa humedad no 
podía hacerle nada. Fui llevada a algún otro lugar y continuó la espera. 
Finalmente, acompañada de la mujer entré a un despacho grande. Allí 
estaba un hombre de civil, que sin decir palabra escuchó la explicación 
histérica de la mujer, que seguía poniendo el acento en que ella me ha¬ 
bía revisado a la entrada y que ese papel yo no lo tenía. Mi boca estaba 
totalmente seca, toda la humedad de mi cuerpo salía por los poros; yo 


75 



estaba realmente muy asustada y nerviosa. La mujer debe haber repeti¬ 
do tres o cuatro veces su relato casi con las mismas palabras y entona¬ 
ción. Creo que yo dije algo, pero eso la puso más enardecida. Finalmen¬ 
te el hombre con mucha calma le agradeció y le hizo un gesto como 
para que saliera del despacho. Quedamos el hombre y yo solos, sobre 
su escritorio estaba el cuerpo del delito, el papelito. El otro cuerpo del 
delito, la pastillita, seguía en su lugar, la sentía en cada inspiración, 
presionando contra una costilla. 

Sin la presencia de la mujer pude hablar tranquilamente, de todos 
modos me parece ahora que no fue necesario, el hombre tenía clara 
toda la situación. Creo que dijo muy poca cosa después de escucharme, 
tiró el papelito o me lo dio, francamente no recuerdo eso, y me hizo 
salir. Cuando pude respirar el aire de la calle sentí un alivio enorme. En 
casa me estaba esperando el Charrúa, al que le di la pastillita. Estaba 
charlando muy animadamente con mi viejo, no parecía que nadie estu¬ 
viese preocupado. Me dio mucha bronca, pero ni se me ocurrió decir 
"la próxima la sacás vos". Y por cierto que seguí sacando varias más. La 
"manchada" no encontró nada en mi ropa ni en mi cuerpo jamás. Nun¬ 
ca la vi por la parada del ómnibus, ni cruzando una calle, o en el bar de 
la esquina o en la panadería. 

¿La reconocería ahora si la viera? 

Meses después tuvimos el aviso por alguna vía oficial, probablemente 
judicial, de que Fito sería liberado. Gran alegría en casa. El tema se ha¬ 
bló, recuerdo, en un almuerzo. Mi hermano menor, tres o cuatro años 
de edad, escuchaba con atención. 

Durante las visitas y, dada su edad, él podía entrar a la "jaula" don¬ 
de estaban los presos, y alrededor de la cual nos sentábamos los restan¬ 
tes visitantes, y estar durante la visita sentado en la falda de Fito. Al fin 
de la visita algún familiar de cada niño o bebé que estaba dentro de la 
jaula, se acercaba a la puerta de ésta, y lo recibía en sus brazos directa¬ 
mente de los del preso. Esto era aprovechado por quienes no tenían 
niños, para poder besar o abrazar a su familiar. Mi hermano menor fue 
"prestado" varias veces con ese fin; en particular recuerdo que más de 
una vez, sobre el fin de la visita, salía a la puerta en brazos de otro 
compañero preso, y era recibido por su esposa (se habían casado estan- 


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do él preso) y no por ninguno de nuestra familia. El gurí estaba bien 
empapado de la situación, a pesar de sus pocos años. Pero lo que segu¬ 
ramente no sabía era qué significaba exactamente "a Fito le dan la liber¬ 
tad". 

Después del almuerzo mi hermano se esfumó. No estaba en la casa. 
Lo encontré afuera, a medio paso de la puerta de entrada de la casa, 
sentado en el escalón, mirando hacia la calle. Estaba esperando a Fito. 
Me costó bastante hacerle entender que no lo iba a ver llegar en cinco o 
diez minutos, cruzando la calle, como si viniera de la rambla, o de la 
parada del ómnibus; que lo sacarían de Punta Carretas seguramente en 
un vehículo, y lo llevarían a otro lugar por algunos días. Parecía sordo 
a mi explicación y repetía: "Yo lo voy a esperar aquí". 

Por suerte entendió justo antes de que yo me pusiera a llorar de im¬ 
potencia. 


Elisa Mármol 


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SlC. LO JURO 


Dicen que durante el Proceso Cívico Militar, Aristóteles desapareció 
de librerías, bibliotecas públicas y clases, que eran sus lugares de con¬ 
currencia habituales. No sabemos si era comunista, anarquista, 
tupamaro, sindicalista, gremialista; si atacó la moral de las fuerzas con¬ 
juntas o se asoció con otros usuarios de la lengua escrita para delinquir. 
Algo habrá hecho. Ahora desapareció el Proceso Cívico Militar y reapa¬ 
reció Aristóteles, que en su "Poética" dice: "Lo imposible verosímil se 
ha de preferir a lo posible inverosímil". Como la necesidad de ser fiel a 
la realidad, tiene cara de hereje, voy a relatar "lo posible inverosímil" y 
no precisamente porque lo prefiera. 

En una de sus visitas de fiscalización, la Señora Maestra Inpetora 
(sic) de zona, solicitó a la maestra de clase. Señora de González su 
cronograma de tiempo (sic). De aquí en adelante, basta de (sic) y nada 
de comillas, cuando me parezca increíble, en un conveniente ejercicio 
visual, volveré los ojos al título. 

Desde las ocho hasta las doce horas, la Señora Maestra Inpetora o 
Impetora y la Señora Maestra, permanecieron en la clase de esta última, 
con los niños, los educandos. Finalizado el horario escolar, los alumnos 
se retiraron, algunos a sus hogares, otros al comedor que funcionaba en 
la escuela a ingerir la polenta, el arroz o la sopa, lo que correspondiera 
ese día. Ya solas, la Señora Maestra Inpetora o Impetora se dispone a 
hacer la crítica del trabajo de la Señora Maestra de clase. 

-Señora de González, si usted tiene problemas con su esposo, ¡no se 
asuste!, no le pregunto, la vida privada no me interesa, a nadie le im¬ 
porta la vida privada de nadie, pero debe saber que mientras esté casa¬ 
da, si es casada, ¿es casada?, los niños deben llamarla Señora de 
González. La llaman María, ya sé que es su nombre, pero enseñe a res¬ 
petar, que la llamen Señora de González. ¡Ah!, no se firma de González, 
es muy moderno. Así comienza a destruirse la familia que es la célula 
de la sociedad, el cimiento, el pilar de la sociedad. Hay que respetar al 


78 



esposo que es el jefe. Oí también, que algunos niños la tutean. Sí, es 
falta de respeto, no importa lo que usted crea. Claro que la tutean como 
a la madre, pero entienda que antes, cuando los hijos no tuteaban a los 
padres, la sociedad era de verdad respetuosa. Además, de la familiari¬ 
dad, se pasa a la confianza y a ser confianzudo. Los que educamos que¬ 
remos que los jóvenes traten de usted a todos los mayores, a los padres 
también. Eso es educar. Usted es maestra, eduque. No se ponga nervio¬ 
sa, no lo voy a poner en el informe. Voy a hacer de cuenta que no los oí, 
veremos si esto cambia, yo soy muy amplia, le voy a dar la oportuni¬ 
dad de corregirse, eso sí, lo tendré muy en cuenta en la próxima visita. 
Póngase en campaña mañana mismo. Enseñe a respetar, eduque. Seño¬ 
ra de González. Hablamos de lo más importante, pasemos a lo técnico. 
Cronograma de tiempo. No trabaja todas las asignaturas todos los días, 
con media hora cada una le da el tiempo y no descuida nada. Faltan 
asignaturas importantes, todos los días debe trabajar Educación para el 
Hogar y la Salud, la familia, maestra, la familia es la célula de la socie¬ 
dad y también Educación Moral y Cívica, con mayúscula, todos los días 
y acá entra lo que ya conversamos, respeto, mucho respeto por la auto¬ 
ridad, Señora de González. Veamos los objetivos operacionales, están 
todos, ya los conté. Sé, sé, sabemos que da mucho trabajo hacer tantos 
objetivos operacionales y escribir todos los días, todo lo que se va a 
decir y nos alegra que se acueste de madrugada, muy cansada, nos ale¬ 
gra mucho saber que las maestras ocupan sus cabecitas con el plan dia¬ 
rio, interesadas en la clase y en los niños, no como antes, organizando 
paros, huelgas, asistiendo a asambleas que terminaban más tarde y ser¬ 
vían nada más que para perjudicar a la escuela. Vamos a ver este obje¬ 
tivo operacional: "Dados 4 triángulos, medir los ángulos, con un mar¬ 
gen de error del 25% en 15 minutos". Muy bien. Ha utilizado el verbo 
correcto, permitido: medir. Usted ya habrá leído la lista de verbos, la 
Circular llegó a esta escuela. Sería conveniente que los memorice. Us¬ 
ted entendió porqué, pensar, reflexionar, analizar, interpretar, meditar 
y los otros de la lista están prohibidos, se da cuenta que el empleo de 
ciertos verbos en los objetivos operacionales resulta ambiguo, en cam¬ 
bio los verbos permitidos, como medir, trazar, contar, escribir, leer, su¬ 
brayar, son claritos, quiero decir concretos, los niños saben lo que tie¬ 
nen que hacer, no tienen dudas. Uno de los prohibidos, por ejemplo 


79 



pensar, se pueden pensar tantas cosas, hasta disparates, puede haber 
confusiones, usted entiende, tiene que haber verbos prohibidos, benefi¬ 
cia a los niños. En este poema que copié de los cuadernos de los niños 
hay un verbo interesante, le explico, maestra, besar no está en la lista de 
los prohibidos ni de los permitidos, es un verbo optativo, depende del 
beso, si lo da una madre a su hijo, es permitido, otros besos, usted en¬ 
tiende, esos son prohibidos. Lo importante es terminar con la corrup¬ 
ción de las costumbres y consolidar a la familia, la autoridad del padre, 
que es el jefe, el que manda, la madre da cariño, ternura, mimos, besos. 
Por esto mismo, también son optativos acariciar, abrazar, mimar. Hay 
que tener claro, distinguir muy bien entre buenas y malas costumbres, 
reconocer y respetar la autoridad. Acá, en estos versitos: 

La primavera besaba 
suavemente la arboleda 
y el verde nuevo brotaba 
como una verde humareda. 

no es la madre la que besa, es la primavera, ¿o la arboleda?, bueno, no 
importa, igual es un beso inocente como el de la madre. ¡Ah!, estos 
versitos los copiaron nada más que para aprender la terminación "aba" 
con b, pero se olvidó de las excepciones, ¿cómo cuáles?, ¡maestra!, lava, 
por ejemplo. 

Lo que voy a decirle ahora, es grave, pero puede arreglarse. Yo no lo 
vi ¿entiende? Un poema muy lindo, el de la placita y la fuente, ¡es de 
Antonio Machado! ¡Maestra! Arranque la hoja del cuaderno de los ni¬ 
ños. No, usted no, los niños, cada uno de su cuaderno. ¿Cómo les va a 
explicar qué? No tiene nada que explicarles, que arranquen la hoja y 
yastá. En la clase usted es la autoridad, nosotros se lo permitimos, no 
tiene nada que explicar. Pero como yo soy muy amplia, a usted se lo 
voy a explicar. A nosotros, los directores y los inpetores nos dieron la 
clase en la sala 18 de Mayo, por eso sabemos tanto, a las maestras tam¬ 
bién les van a tener que dar clases, queda todo tan clarito, tienen que 
enseñarles igual que a nosotros. Fíjese, maestra, que este señor, Anto¬ 
nio Machado, hace años, no quería que hubiera orden. En España, como 
acá ahora, era un caos, como siempre, la culpa la tenían los comunistas, 
los anarquistas y todos esos. Bueno, este señor se fue de España porque 


80 



no quería el orden en su Patria y se murió. Las maestras aprovechan 
para hablar de la gente que se va de acá, ahora, la mayoría para hacer 
plata y desprestigiar al país con mentiras; claro, están también los que 
tienen que disparar porque son subversivos que hicieron cosas horri¬ 
bles, como crímenes, robos y saben que van a ir presos. Las maestras 
comparan la situación de estos señores con la de Antonio Machado, no 
es por los versitos, que son tan lindos; como nos enseñaron, es por el 
manejo político malvado que hacen. Pero hay otro peor. García Lorca. 
No se preocupe no vi nada de este señor en los cuadernos, pero igual le 
voy a explicar. Empiezan por decirle a los niños que es una barbaridad 
que a García Lorca lo hayan fusilado. Algo habrá hecho ¿no? ¿Usted 
sabía que lo fusilaron? Lo que se entiende, es que a nosotros, nos cho¬ 
que la pena de muerte porque somos muy humanos, somos el país que 
tiene el mayor número de presos políticos con vida, presos, claro, como 
corresponde, pero no los matamos como hacen en otros países, y está 
bien si así terminan con esa gente. Lo que pasa es que nosotros somos 
más humanos, más sensibles, puro corazón. Esto también nos enseña¬ 
ron en las clases que nos dieron en la sala 18 de Mayo. Yo no lo sabía, 
ahora que usted también lo sabe téngalo muy en cuenta. Los educado¬ 
res tenemos la obligación de educar. Tengo más que decirle de ese se¬ 
ñor García Lorca, no era nada respetuoso de las buenas costumbres, se 
la llevó al río a una mujer casada. ¿Señora de González, usted que es 
casada, se iría al río, para hacer "aquello" con otro hombre? No me 
conteste, porque hay más barbaridades. García Lorca no era muy 
hombrecito. ¡Qué ejemplo para los niños, un rarito de esos! Hay moti¬ 
vos suficientes para prohibirlo ¿no le parece?. 

No se levante, que se tiene que ir, que trabaja en otra escuela, priva¬ 
da, que también tiene que cumplir con el horario como en la escuela 
pública, que ya llega tarde, no, señora de González, usted no se va, 
todavía no terminamos.¡Siéntese! ¡Siéntese! No se vaya. Por supuesto 
que voy a hacer lo que quiero, yo soy la autoridad. Mañana, acá, a las 
ocho en punto continuamos. 

(Aclaración superflua. La señora de González pudo haber llegado 
tarde a la escuela privada considerando que estaba con la señora ins¬ 
pectora). 


81 



Día siguiente, ocho horas en punto, en un salón, inpetora e inspec¬ 
cionada, solas. 

Buenos días. Usted, maestra, como tema planificado ayer, en mi 
presencia, trabajó historia, viajes de Colón. ¡Maessstra! ¡Usted no pue¬ 
de decir Cuba! ¡No diga Cuba! ¡No se dice Cuba! Que Colón llegó a 
Cuba, ya sé, pero no lo diga, no puede decirlo. ¡No se dice Cuba! Está el 
comunismo y todas esas cosas. Igual van a aprender los viajes de Co¬ 
lón. Otra cosa, es suficiente que diga Juana. Habrá notado cómo se ríen 
los niños con Juana la Loca que se casó con un hombre lindo, esas risas 
son una falta de respeto a la autoridad, a las figuras importantes de la 
historia. Recuerde, Juana, nada más y de paso no tiene por qué decir 
Cuba, tampoco debe decir costas de Venezuela, todo lo demás está muy 
bien con respecto a Colón. 

Pasemos a otros aspectos importantes. Muy bien, los cajones del 
escritorio, están vacíos. Por la biblioteca podría hasta felicitarla, muy 
ordenada. Los maestros ya están aprendiendo y no encontramos más 
aquellas bibliotecas tan desordenadas y llenas de cosas que no se sabía 
para qué las usaban, material didáctico decían, perdone la expresión, 
eran suciedad. Ahora, hay poquitas cosas, bien colocadas, da gusto ver- 
las. Habrá notado que le dije que podría hasta felicitarla, pero no puedo 
hacerlo por estos libros que retiré, acá están, son libros prohibidos. ¡Ah! 
los iba a retirar, bueno, está bien. Lo grave sería que los niños ya los 
hubieran leído. Dice usted que no, vamos a comprobarlo. Seleccione 
tres niños de la clase, uno muy bueno, otro bueno y otro malo o muy 
malo. ¿Cómo que todos son buenos? Acá veo que todos tienen diferen¬ 
tes calificaciones que usted misma les puso. Está bien, los selecciono 
yo. Esta niña con sobresaliente, este varón con bueno muy bueno y éste 
con bueno regular. No se mueva, usted no, la empleada de servicio los 
va a ir a buscar a la clase que está atendiendo la Señora Directora. 

Buenos días, niños ¿cómo están? Les quiero hacer algunas pregun¬ 
tas nada más. Antes miren bien estos libros. Vuelvan a mirarlos. ¿Leye¬ 
ron alguno? Las tres cabezas se movieron varias veces de derecha a 
izquierda, de izquierda a derecha. No, muy bien. ¿Los vieron alguna 
vez en algún lugar? Las tres cabezas volvieron a oscilar, de derecha a 
izquierda, de izquierda a derecha. Pueden retirarse. 

Bien, Señora de González, ahora puedo felicitarla por la biblioteca. 


82 



estos libros se quedan acá y hay que hacerlos desaparecer. 

La Señora de González vuelve a su clase. Los niños le preguntan. -¿Es¬ 
tuvimos bien?- ¿Qué dijo la inspectora? Los tres llamados especialmen¬ 
te por la Inspectora, desordenadamente hablan de su experiencia: -es¬ 
tábamos tan nerviosos -temblábamos de miedo- no podíamos hablar 
-hicimos todo mal- creimos que el señor CONAE (Consejo Nacional 
de Educación) nos iba a echar. Los niños le temían al poderoso Señor 
CONAE. La maestra piensa (verbo pensar prohibido) -muy bien Seño¬ 
ra de González, se porta muy bien, educa, miente, felicita a los niños 
que mienten, muy bien señora maestra. 

En el informe que envió la señora inpetora no mencionó ningún 
aspecto negativo, consideró correcta la labor de la señora de González. 
Malas lenguas opinaron que la cobardía le impidió enfrentarse a infor¬ 
mes anteriores. En las conclusiones manifestó: los alumnos buenos, tra¬ 
bajan bien, los alumnos malos, trabajan mal. 

Al año siguiente, en julio, a las once y media de la mañana, la señora 
de González fue llamada a la dirección. Era urgente. Nunca había ocu¬ 
rrido. Algo malo pasó en mi casa, pensó, mientras cruzaba el patio. 
¡Qué frío! dijo, extendiendo el brazo para tomar el papel que le ofrecía 
la directora. Leyó. Algo así se decía: cesa el contrato de trabajo entre el 
Estado y la señora de González... bajó el papel mientras se recostaba a 
la pared, murmuró, me echaron, me tocó a mí. Corresponde mencionar 
el estado emocional doloroso de la maestra destituida y la reacción de 
triste rebeldía, impregnada de sentimientos y refrenada por la impo¬ 
tencia de sus alumnos y los padres. Hubo llantos, amagues de hacer 
algo... dominó la impotencia. 

La tarde de ese día de julio, en la Inspección de Escuelas, le mostra¬ 
ron a la señora de González el expediente de destitución, más volumi¬ 
noso que el de Jack el destripador. En todas las hojas había sellos rec¬ 
tangulares, cuadrados, circulares, ovalados, con firmas ilegibles. En una 
de las hojas escribieron: "Se deja constancia expresa que la interesada 
registra 63 días de faltas por paros magisteriales...". "Sin desestimar la 
actuación técnico docente, se hace constar..." "...que registra 63 días de 
paros...". 

Ahora debe constar, que fueron más de 63 días de paros; que la 
huelga es un derecho garantizado por la Constitución y por convenios 


83 



internacionales; que esos días de paro (más de tres meses), tal vez fue¬ 
ron (no se aclaró en el expediente, tampoco las fechas) los que se hicie¬ 
ron para oponemos a la Ley de Educación aprobada en 1972; que no 
trabajamos y trabajamos más que nunca, estudiamos e interpretamos el 
Proyecto de Ley, diariamente hubo asambleas con el gremio e informa¬ 
tivas con los padres de los alumnos; que rodeamos el Palacio Legislati¬ 
vo todas las veces que deliberaban diputados y senadores y hablamos 
con todos los que quisieron escucharnos; que manifestamos por las ca¬ 
lles, que abordamos a todos los ciudadanos que se interesaban, en la 
calle y en sus casas...; que la Ley de Educación fue aprobada con todas 
las de la ley, de manera que en asuntos de educación, de enseñanza, la 
dictadura tuvo su soporte legal aportado por la democracia y su autor 
fue un Ministro de Educación. 

Nuestra inpetora tipo, promedio, modelo ideal de su especie, tras¬ 
mitía y reproducía el saber y la ideología de la dictadura sin hacer uso 
de verbos tales como pensar, reflexionar, meditar, discernir, observar, 
porque estaban prohibidos. Nunca concursó para ocupar ningún car¬ 
go, formaba parte del personal de confianza, de absoluta confianza, le¬ 
galmente, por Ley de Educación de 1972. 

Se oye reiteradamente: la dictadura lo jubiló. Gran error. La dicta¬ 
dura destituía, destituyó a miles de docentes (y a miles de no docentes), 
los puso de patitas en la calle, sin desconocer las condiciones técnico 
docentes (con sentido del humor), sin importarle antecedentes ni con¬ 
secuencias. Lo que ocurrió es que los que lograban el puntaje suficien¬ 
te, que se deduce de años de edad y años de trabajo, se jubilaron legal¬ 
mente, haciendo sus trámites, con la colaboración de algunas emplea¬ 
das de la Caja de Jubilaciones, actual BPS. Así se jubiló la señora de 
González. Después la dictadura, igual que a 31 mil jubilados más, le 
congeló los haberes. Puede leerse en las observaciones de los recibos 
hasta 1985: Usted no tiene derecho a recibir aumentos. 

En otra hoja del expediente de destitución, la señora de González, 
leyó que su destitución fue aconsejada por el ESMACO (Estado Mayor 
Conjunto). Es un verdadero honor que tan distinguido Señor ESMACO, 
haya encontrado motivos suficientes para apartarla de tamaña infamia 

Verosími 


84 



Espantando la impunidad (i) 


La Largo-Largo y un día de trabajo: 

-¡Salgan, rápido! Vayan bajando. Rápido sector E, atención, rápido les 
dije: 021, 016, 102... ya tendrían que estar abajo, vamos saliendo, no 
hagan tiempo. 

-Me estoy calzando, soldado. 

-¿Para qué es, soldado? 

-No tengo por qué darle explicaciones a una reclusa. Usted, baje. 

-Ya va, soldado. 

-Ya va no. ¡Ya! Coordinadora, avise que hacen tiempo, que no se 
apuran en salir. 

-Estoy desayunando, soldado. 

-Ya tuvo tiempo así que baje, ¿o quiere que la mande al calabozo? 
Mire que hay lugar ¿eh? No se haga sancionar. 

-Tengo que pasar al baño, soldado. 

-No, no pasa. Tuvo tiempo, así que baje y no le digo más, es la últi¬ 
ma vez que se lo digo. Rápido, a paso ligero, largo, largo. Soldado abra 
la reja que bajan del E. Formen de a dos, cállensen, dejen de murmurar. 
¿No tienen todo el día para hablar? ¿De qué se ríe 102? Siga nomás 541. 
Siga que se va a reír en el calabozo. ¿Qué mira, se le perdió algo? No 
mire para el otro sector. Ustedes ya saben. No les repito más. Anótelas 
soldado, a todas por morosas, por mirar a otras detenidas de otros sec¬ 
tores, por pedir explicaciones que no corresponden, por intentar comu¬ 
nicarse, por hacer señas... 

-¿Viste? Llevan a una compañera al calabozo. 

-¿Quién es? No la puedo ver bien. 

-¡Se callan! ¡No miren! ¿Qué miran ustedes? ¿Qué les importa? Se 
ponen todas mirando a la pared. ¡A la pared, dije! 

-Soldado, avise que salen. Guardia, traiga las herramientas. Volun¬ 
tarias, para cargar las herramientas ¿nadie? Ah, muy bien, anótelas, sol¬ 
dado, por falta de voluntad. Usted ¿es voluntaria? ¿usted tampoco? 


85 



Bien, todas sancionadas. Se hacen sancionar, peor para ustedes, usted 
qué mira, pichi... 

-No me insulte, soldado. No estoy haciendo nada. No tiene por qué 
hacerlo. 

-Yo la insulto todo lo que quiero, pero qué atrevida esta tupa. 

-No me insulte, ni me grite. 

-¿No le griten? Ah sí, claro. Pero, qué se creen. Cállese y caminen 
más rápido, trabajen, vamos. Usted agarre el rastrillo, usted el pico, 
usted la azada, 021 tome... trabajen, vamos, usted ¿qué mira? No le¬ 
vante la cabeza, ¿o quiere que se la baje de un toletazo?, ¿eh? ¿Qué 
quiere? Usted ¿a dónde va? 

-A tomar agua, soldado. 

-No puede. Dónde cree que está, esto es una cárcel, ubiqúese, está 
presa, así que siga trabajando y no proteste. 

-Pero, soldado, tengo sed. 

-Qué sed, ni qué sed, yo le doy la orden y usted la cumple. 

-Usted 049, agarre esa bolsa y póngase a juntar puchos... vamos, 
¿qué hacen? No hacen nada, sólo tiempo, están paradas, pero, qué se 
creen, trabajen. O tal vez, ¿quieren quedarse sin visitas? Usted, ¿qué hace? 
Devuélvale la herramienta a su compañera, no se pueden cambiar. 

-Soldado, el pico pesa. 

-No importa, devuélvale la azada. Las órdenes las doy yo. 

-No soldado, la compañera se siente mal. 

-Y a usted qué le importa, siga trabajando. Vamos, acá mando yo. Ya va 
a pedir para pasar al baño en el calabozo y va a pasar, sí... ya va a ver y baje 
la cabeza, no mire, quédese allí. Póngase firme, no salude, no se toque. 

-Que día lindo ¿no? 

-Sí está precioso ¿estás cansada? 

-Un poco. ¿Y vos? 

-También. Me duele la columna. ¿Terminaste el libro? 

-Sí, me pareció bueno, voy a pedir otro de Roa Bastos. Son como las 
12, ¿no? 

-¡Ustedes! Se callan. ¿Qué tienen que estar hablando? Usted no haga 
tiempo. Y carpa. ¿Qué se piensan? A palos van a aprender. Se van a 
pudrir acá dentro. 

-¡Soldado! La compañera se siente mal. 


86 



-Usted siga haciendo lo que estaba haciendo. 

-Che, cuando esto sea nuestro vamos a hacer una granja, la tierra es 
preciosa. Mirá las gaviotas. 

-Se callan, es lo último que les digo. Terminó. Pasen a formar. For¬ 
men ya. Caminen más rápido. No miren. Soldado, avise que del sector 
D de arriba están mirando. Que cierren las ventanas y que no silben. 
No miren ¿o son sordas? Ya empezaron las calandrias. No salude. No 
se toque la cabeza ¿o cree que no me doy cuenta? 

-¡Suben! -soldado, abra las rejas del E. 

-Anótelas a todas, por saludarse con las de arriba. Suban. Largo. Largo. 

-Hola, hola ¿cómo andan? 

-Muy bien ¿y ustedes? 

-Aquí volvimos... ¿está el mate? 

-Nuevito, con espuma. 

-¿Acá cómo están? 

-Bien. Traé la guitarra, vamos a cantar un rato. 

-Sector D se calla. No hablen alto. ¿O no saben? Pasen a las celdas 
hasta que yo les diga; no pueden pasar al baño. Así que adentro. Sector 
E no canten a coro, ¿o no saben? Cierren las ventanas. Bajen las rancheras. 
Comen y enseguida bajan a quinta 134,045... 


Verano de 1976 
Abriles 


87 



Te escribo desde el interior 


Te escribo desde el interior, hoy es 8 de marzo y todo el mundo habla 
del "Día Internacional de la Mujer", pero ¿sólo hoy?, qué loco... ¿sólo 
hoy tenemos que desearnos "feliz día"?, no, todos los días son nues¬ 
tros mejores premios, la vida es el premio. Pero quiero contarles cosas 
que están en mi memoria, ya que yo fui una de las personas que fui 
custodia de alguna de las otras mujeres que "se asociaban para delin¬ 
quir", teniendo ideas diferentes a las del gobierno de turno y no lo po¬ 
dían manifestar, había que aceptar pasivamente lo que sucedía, pero no 
protestar, no molestar, no se aceptaban los pedidos de cambios, yo ha¬ 
blo de años muy duros, de lo que sucedía de los dos lados, años en que 
había personas presas por tener ideas diferentes y personas que del 
otro lado, éramos las vigilantes de aquéllas, pero sin tener el más míni¬ 
mo conocimiento de lo que estaba pasando, ya sea por nuestra juven¬ 
tud, porque en mi casa no se hablaba de política ni de nada, en realidad 
porque "existía una dictadura moral ejercida por mi padre" pero que 
después, con el paso de los años también entendí..., en fin por muchas 
circunstancias, pero yo fui una de aquellas gurisas que aterrorizadas 
entraba a un Batallón sin arma, sin maldad, sin instrucciones, sólo cum¬ 
plía la orden que emanaba de la superioridad, la cual consistía en el 
caso que les voy a contar: mantener a una mujer parada con las piernas 
abiertas, durante horas, sin poder sentarse, recostarse, descansar de al¬ 
guna forma, esto como parte de lo que se llamaba "tratamiento" y la 
primer noche en la que fui por primera vez al Batallón yo debía contro¬ 
lar que esas premisas se cumplieran, y lo hice, sí, durante las horas en 
las que estuve de guardia, miraba permanentemente por el "agujerito" 
de la puerta de chapa de color gris en donde estaba aquella mujer de 
tremendos ojos azules, aterrados, que aún no puedo dejar de ver... pero 
en ningún momento, aún hoy recuerdo su cuerpo pequeño, su cabello 
rubio y aquellos ojos... que aún me preguntan ¿por qué? y... porque era 
mi trabajo, porque no tenía experiencia, porque la realidad mía era esa.... 


88 



hoy te pido perdón María del Huerto, es como que de alguna manera 
espero que me entiendas, yo también tenía miedo, mis ojos negros se 
fueron con todo tu dolor, no sé qué pasó después, pero ese día está 
grabado a fuego en mi memoria. 

Después, pero mucho tiempo después, cuando ya teníamos la expe¬ 
riencia, "usar la cintura", todos nos conocíamos, sabíamos con qué 
guardia y con qué soldado (los que también eran gurises y la mayoría 
del norte y con poca instrucción), podíamos estar distendidas y mante¬ 
ner charlas relativas al mundo y la vida, pero nunca hablamos de polí¬ 
tica, yo aprendí mucho en esa época, y lo que sólo les daba, era que las 
trataba humanamente, no como aquel día... y por ejemplo les contaba 
qué espectáculo se había puesto en escena en el Teatro, cómo estaba la 
ciudad, qué cambios habían habido, etcétera, yo aprendí mucho en esa 
época, me enseñaron a gustar de la lectura, a hacer todo tipo de 
manualidades, aprendí que la actitud positiva es lo más importante fren¬ 
te a cualquier situación por más difícil que ésta sea... por ejemplo, la 
que ellas vivían, que era estar privadas de su libertad por un ideal. 

Recuerdo a Margarita, y su sonrisa y su trato hacia mí con tanta ter¬ 
nura, ternura que hoy, cuando han pasado tantos años, sé que también 
su hijo, del cual guardo como un tesoro un pelito, sí, un cabello rubieci- 
to que luego de una visita, cuando se abrazaban, le quedó enganchado 
en una prenda... no saben qué alegría, qué tesoro tan preciado, fue aquel 
momento en que lo descubrió, y hoy, todavía hoy, no me he animado a 
decírselo... ya que lo conozco al chico, es Maestro de Escuela, como su 
madre, y nunca me he animado a acercarme y decirle estas cosas, pero 
ahora, tengo la oportunidad de decírtelo: Carlitos, tenés toda la ternura 
y la alegría de tu madre y también la entereza y la valentía de pintar 
con tanto humor la realidad tan cruda que vivimos, denunciando des¬ 
de tu lugar lo que hoy nos pasa. 

También recuerdo a Raquel, a Gladys, sé que falleció por un proble¬ 
ma renal, y luego comenzaron a venir "reclusas" de otros Batallones, 
las hacían rotar, vinieron muchas, pero nuestra relación con ellas ya no 
era lo mismo, existía una distancia con ellas, no sé por qué, a veces "las 
de este lado" pensamos que no eran detenidas, sino quienes controla¬ 
rían nuestra manera de proceder dentro de la Unidad. 

Quiero que sepan, que todo esto, lo vivido por mí en aquellos años. 


89 



siempre lo hablaba con mi hijo, que ahora tiene 20 años y sabe de polí¬ 
tica, lee, se informa, escucha mucha radio, es libre de tomar las decisio¬ 
nes por sí mismo, elegir el camino a recorrer sin que lo juzguemos. 

Son muchas cosas, todos opinamos en casa y buscamos siempre en 
algún momento del día para reunimos, tirados en la cama de mamá, o 
en el fondo, tirados en el pasto, y nos respetamos en cuanto a lo que 
pensamos, pero todos ellos, el de 20, la de 13 y la de 8, saben que tienen 
que ser auténticos, saben que hubo una época donde no se podía decir 
lo que uno pensaba, y también saben todo lo bueno que significa la 
democracia, vivir democráticamente... la libertad. 


Anónimo 


90 



Espantando la impunidad (ii) 


Tampoco tengo pruebas 

Creí que era el final. Sentía fallar todo en mí. La fiebre me trasladaba a 
un mundo sin fronteras, mi mente entreveraba realidad con pasado y el 
futuro bailaba un vals completamente desnudo ante mí. 

Durante el último plantón en la antesala de la Sala 8, me había des¬ 
mayado, y cuando me despertaron con aquel: 

-Responda, responda por favor al interrogatorio... -y había sentido 
las manos del "médico" levantándome la cabeza, y vi su cara agiganta¬ 
da respirándome cerca, no entendí nada. Por un instante había estado 
parada en una larga cola, en una esquina del Hipódromo esperando 
para votar. Me apoyaba en un muro y una señora me ofrecía una jarra 
de agua para beber, que nunca llegué a tocar porque esa cara me había 
despertado. 

Poco a poco cobró sentido lo que tenía a mi alrededor. Sentí algo así 
como un murmullo que se apagó ante el roce presuroso y arrogante de 
una bota y el sonido del garrote al pegar amenazante contra el barrote 
de una cama. El soldado, un bayano para el que todos los que estaban 
allí eran "pichis", iba y venía a lo largo de la sala. De a ratos se detenía 
en la reja que precedía la sala de presos para hablar con el guardia que 
estaba afuera. Y que afilaba su puntería apuntando a las camas para 
mostrar su disposición alerta ante el enemigo. 

Los enemigos yacían en las camas, con sueros, con vendajes, con los 
ojos amoratados, con la vida pendiente de la buena voluntad de la po¬ 
lítica hospitalaria dictada desde los cuarteles. Los enemigos, mujeres y 
hombres, casi niños muchos de ellos, estaban bajo la honda zozobra de 
las "altas" que los conducían a las "capillas" del 9 o de Caballería, del I o 
de Artillería. Allí el "alta médica" tenía el signo precedente de la conti¬ 
nuación de los interrogatorios, y estos implicaban sin duda las más di¬ 
versas torturas, físicas y psicológicas. 


91 



Paradoja de un tiempo metido en el Uruguay del 70, del 80, parado¬ 
ja de una ética que aún no alcanzo a descifrar. Paradoja de un tiempo 
donde el amor yacía bajo las vendas y capuchas, en la bolsa cargada del 
paquete, paradoja de un Uruguay sin cuentos de lobizones, porque los 
habían soltado a todos, como si fueran siempre noches de luna llena. 

Paradoja de las fachadas. Hoy, paso todos los días frente a la fachada 
del Hospital Militar y lo están poniendo a nuevo. El reciclaje histórico 
supongo habrá derrumbado parte de los calabozos que éste tenía, pero 
no la mentalidad. Allí nomás, cualquier día de invierno de no hace 
mucho entraba aquella soldado, que le decíamos "Largo-Largo", por¬ 
que era lo que nos decía empujándonos -por supuesto- con su palo. 


La sala era una extensa estructura que habían dividido con biombos, 
y separaba a las mujeres de los hombres en la que venían y nos tiraban 
sobre la camas con la orden estricta de : "No hable. No mire para nin¬ 
gún lado. Tápese la cabeza que va a pasar un detenido". Y más. 

Recorriendo toda esa sala, al fondo, estaban los baños. Por allí pasᬠ
bamos, portando colgados los sueros, con muletas o agarrados por los 
soldados. Los ojos se salían de sus cuencas. Tratando de ver al que esta¬ 
ba allí, mirando al frente pero tratando que sólo te escuchara el o la 
compañera del costado. 

A raíz de un accidente con agua caliente, en el cuartel, se le había 
desencadenado un tumor galopante, era piel y hueso cuando la traje¬ 
ron. La sacaron y llevaron muchas veces de esa sala, vinieron médicos a 
verla. 

La petisa, María Elena, siempre estaba allí trabajando debajo de las 
sábanas, haciendo rosas de migas de pan, que teñía con trozos de remo¬ 
lachas o zanahorias escondidas de las comidas que nos servían. Y con 
su eterna palidez fantasmal y lo más extraño: su sonrisa. 

Siempre estaba allí alentadora, protectora, como estaca porfiada ante 
la muerte de esa sala que recordaba más que un hospital un laboratorio 
de miedo y angustias. Ella se las ingeniaba para llegar desde su inmo¬ 
vilidad a todos los compañeros. Y cada vez que volvía la Flaca, con su 
angustia de tumores y veinte años para afrontarlo, la miraba y ella sen¬ 
tía que sí, que se podía aún. 


y: 



Entre los diferentes médicos que venían, un día cayó -de no se sabe 
dónde- uno que con sólo hablarle -hecho prohibido, por las reglas mi¬ 
litares- la alentó. Le buscó el tumor y le dijo: 

-Es difícil, pero se puede, tenes que poder vos... -El soldado se retor¬ 
cía nervioso, muy pegado a él, tratando de oír lo que éste decía, pero no 
atreviéndose a decirle nada, porque era doctor. Y a su vez mirando que 
nadie viniera y viera al médico hablar con una reclusa. 

De ahí en más, el médico venía a diferentes horas a ver a la "paciente 
número cinco"; los soldados le abrían la puerta, entraba y se sentaba y 
le hablaba de lo que le haría, de lo que le iba a doler y que él la iba 
ayudar. Un día le preguntó cómo se llamaba. Y de allí en más le llamó 
por su nombre. 

Los médicos no debían conocer nuestras identidades, operaban nú¬ 
meros no personas, daban las altas al "número 10 de Libertad", "al nú¬ 
mero 3 de Artillería", "al número 267 de Punta de Rieles". Eso tal vez 
haría más llevadero para la conciencia de ellos resolver que se conti¬ 
nuara torturando o se cayera en omisión de asistencia. 

El la operó. Fue terrible. La recuperación compleja. Los injertos 
tuvieron que ser realizados una y otra vez. Él venía más a menudo. Un 
día que no vino a realizarle la curación -porque había dejado orden 
estricta que no la tocaran después de la primera infección- le explicó 
que había sido el cumpleaños de su hijo. 

Al principio ella se encontraba pensando quién sería ese tipo, 
que querría, ¿sería el "bueno" de la película?, pero no. 

Poco a poco vio que él se la jugaba, y comenzó a confiar, lo saludaba 
y lo esperaba. En la aridez de ese mundo sus palabras eran bálsamo a 
su dolor. Lloró varias veces cuando la curó. Y poco a poco podía perci¬ 
bir la desconfianza hacia él de la guardia, el odio de las enfermeras de 
que ella fuera la "paciente" exclusiva de él, y no un número. 

Tres veces tuvo que intervenirla. Y estuvo siempre allí, venía a cual¬ 
quier hora que tenía un "hueco" y la curaba. 

Un día le dijo que era el último que venía, que lo "retiraban de esa 
sala". Ella lo miró, lo hubiera querido abrazar. Le dio las gracias y las 
lágrimas se le caían. El guardia le gritó que no hablara. 

El se arrimó y le apretó la mano y le dio un beso. Dijo: 

-Nos veremos. Suerte. Fuerza tenes mucha. Saldrás. -El soldado, casi 


QS 



se desmaya y aquel asunto de que "era el doctor" quedó de lado y pare¬ 
ció que el blanco de la túnica se convirtiera en gris y le gritó-: 

-¡Salga, doctor! -éste, lentamente, nos dijo a todos-: 

-¡Buenas tardes y suerte! -quedábamos allí y los hombros de ese 
médico se llevaban la cárcel, aunque no era conducido por nadie. Los 
soldados comentaron el hecho y venían a ver a ver a la Flaca como si 
ella algo terrible hubiera provocado, la controlaron durante días, repri¬ 
miéndola por todo. 

Teníamos la certeza que ese médico le había salvado la vida. Duran¬ 
te varios días nos impidieron ayudarnos, "sin hablar". Era cuestión de 
tiempo y paciencia. Ya vendría el "ablande". A los pocos días vinieron 
los blandengues y la "amabilidad" retornó. Podíamos sentarnos un poco 
más en las camas y mover las manos y sonreír prudentemente. Ellos 
parecían estar en medio de la disyuntiva de ser los blandengues de 
Artigas o aceptar que en esta guerra se enfrentaban a un enemigo que 
debían tenerlo siempre contra el piso y con las botas encima. Los esque¬ 
mas de la dictadura funcionaban a medias en algunos de ellos, aunque 
no se atrevían a violar ninguna norma, a veces con gestos demostraban 
no entender mucho esa historia de que eran presos políticos. Y había 
mujeres: eso era un agravante, fíjate que dejaron hijos para meterse en 
esto. Eso a sus ojos era intolerable. Algunas casi niñas... y eran: el ene¬ 
migo. Oscilaban entre la admiración y el "¿para qué te metiste?" . 

Eso claro, allí en la Sala 8. Lo cierto es que a los soldados les resulta¬ 
ba difícil entender por qué hacer flores de miga de pan y hablar era 
subversivo, y menos aun peligrosos si estábamos enfermos. Pero se tra¬ 
taba sólo de acatar órdenes, no de entender. 


Fue ante el Tribunal de Ética médica, donde me presenté para de¬ 
nunciar a un médico participante como asesor en las torturas, donde se 
desencadenó en mi memoria esta historia. Me lo topé en la traumatolo¬ 
gía de un importante centro de asistencia. 

Tal vez mi cerebro guardó la antítesis de una ética que lleva a absol¬ 
ver a algunos por falta de pruebas. Y se condena genéricamente estas 
prácticas y no nos atrevemos a decir: las pruebas son morales también, 
porque yo no tengo otros testigos, no puedo demostrarles hoy que en la 


94 



mesa de una sala de operaciones un médico diga: "Soy especialista en 
romper huesos, también de arreglarlos, si me mandan", o diga "seguí", 
"pará", "dejala que no da más", te suba a una camioneta militar y les 
indique "recauchútenlo, tiene que volver al confesionario ante el cura...". 

Claro, hoy, yo porque lo reconocí puedo optar y no ir a él, como 
médico. Pero otros, no. 

Mejor será que no baste sólo eso. Por eso fui al Tribunal y hoy vuelvo 
a él, para que me ayuden a localizar al médico aquel. 

Ah, y tampoco tengo pruebas de que como bicho raro apareció y 
salvó una vida, pero estuvo y hay testimonios vivientes. Y lo mismo 
que en el otro caso, conozco su nombre, apellido, su voz y su rostro. 

Prometo no tener que recordarlo, porque nunca lo olvidé. 


Abriles 


95 



Una historia sin final 


.Aquel día, cuando arrancó la camioneta militar, no sabía o no podía 
imaginar cuánto iba a cambiar mi vida a partir de ese momento. Lo 
último que pude ver antes que me sorprendieran con "la capucha" fue 
a mi madre, paradita en el patio de la casa, llorando en silencio, confun¬ 
dida, sin comprender nada, ni siquiera por qué no le habían dejado 
darme un beso de despedida. Esta imagen me acompañaría durante 
mucho tiempo. 

En el "camello" éramos varios, nunca supe cuántos, y de a ratos, 
aprovechando las frenadas, nos rozábamos con los pies para darnos 
valor y sentirnos menos solos. 

El viaje debe haber durado una hora o menos quizá. Mi mente se 
empeñaba en el desorden, se atropellaban recuerdos, suposiciones, in¬ 
certidumbres, miedos. Angustia por mi compañero que iba en algún 
sitio del mismo vehículo. ¿Y a dónde iremos ahora, cuándo llegaremos, 
qué pasará? Cómo duelen las manos esposadas atrás. Y dentro de ocho 
días, la Navidad. Con o sin nosotros, la Navidad. En enero el casamien¬ 
to y mi madre que amenazó al de bigotes si me tocaba. No estoy segura 
si quiero llegar pronto para terminar con las incógnitas o mejor no lle¬ 
gar nunca, seguir así, dando vueltas por todo Montevideo, seguir ima¬ 
ginando, recordando, soñando. Cuando lleguemos ya nada volverá a 
ser igual. Solo algunos sueños permanecerán esperando, ocultos, intac¬ 
tos, inviolables. 

Era el 17 de diciembre de 1974. En París mataban al coronel Ramón 
Trabal y poco días después cinco compañeros traídos de Argentina apa¬ 
recerían muertos en los alrededores del Aeropuerto de Carrasco. 


Fui una de los muchas detenidas por causa política, una más de las 
maltratadas y torturadas para finalmente terminar procesada y encar¬ 
celada por espacio de cuatro años y medio. Me casé en mayo de 1975 
en el 5 o de Artillería en una ceremonia civil que fue tan emotiva como 


96 



jocosa. El día que nosotros habíamos elegido para tal acontecimiento se 
había postergado cuatro meses. 

Llegaron los familiares más directos junto con la jueza en un auto 
que traía la valija ocupada con sándwiches, coca-cola, torta y alguna 
pizza casera. El novio iba de alpargatas y a mí me habían peinado unas 
trencitas. Algunos de los testigos estaban presos con nosotros. 

Firmamos el acta matrimonial, hubo besos, saludos, felicitaciones y 
mi hermana insistía en convidar con refrescos y sándwiches, cosa que 
no le permitieron. A nosotros, los novios, nos dieron treinta minutos de 
"luna de miel" encerrados en una oficina, mientras el oficial de guardia 
se paseaba de un lado a otro. 

Cuando llegó el momento de despedirnos teníamos claro que se abría 
un paréntesis bastante insalvable para cualquier pareja en similar si¬ 
tuación. El futuro se presentaba tan confuso como inexorable. Lo único 
cierto eran las promesas hechas de sobrevivir con dignidad y no olvi¬ 
darnos la alegría. 

De vuelta en las barracas del cuartel, cada uno de nosotros tuvo su 
propio festejo y regalitos varios que aún hoy conservamos y que mu¬ 
chas veces fueron curiosidades para nuestras hijas. 

Trasladada meses después a la Brigada de Infantería N° 1 compartí 
mi vida con una veintena de compañeras. Disfrutábamos media hora 
diaria de sol y aire, la lectura en grupo y los golpecitos secretos que nos 
comunicaban con la barraca contigua donde, junto a muchos compañe¬ 
ros, estaba mi flamante marido. En los vidrios pintados habíamos dibu¬ 
jado pequeñísimas lunas por donde vichábamos lo que sucedía en el 
patio de armas y por allí a veces también descubríamos la figura de 
algún ser querido.Teníamos un baño con ducha que hacía las veces de 
cocina porque nos servíamos de los enchufes para calentar agua con un 
"sun" para el mate o el té. Fue precisamente aquí que sufrí el accidente 
que obligaría a transitar mi vida carcelaria por otros carriles. 

Era pleno invierno. Esa mañana me había levantado indispuesta y 
decidí ducharme, cosa que hice sin percatarme de que alguien había 
puesto a calentar una gran jarra de agua. Las vibraciones del agua al 
hervir fueron poco a poco arrimando la jarra al borde del armario hasta 
que cayó sobre mi espalda. Al sentir mis gritos las compañeras corrie- 


97 



ron a auxiliarme: me bañaron con agua helada, me llevaron a mi cama, 
me pusieron boca abajo. Luego supe que las quemaduras eran de se¬ 
gundo y tercer grado. 

A pesar de esto no fui trasladada a ningún hospital, ni siquiera a una 
enfermería. Todos los cuidados me los prodigaron las compañeras que 
fueron logrando una lenta, muy lenta mejoría. Pero no fue fácil ni para 
mí ni para ellas. Permanecía todo el día desnuda, boca abajo, quieta, 
ocultando el dolor en un esfuerzo por mantener el equilibrio colectivo. 
Sólo contábamos con el agua helada y unas gasas especiales que trajo 
mi familia. Las curaciones se fueron tornando cada vez más traumáticas y 
no pudieron impedir que algunas heridas se infectaran. El tejido muerto 
me lo quitaban con pinzas de cejas. La responsabilidad, el esmero y el 
cariño que ponían las compañeras, fueron clave para sacarme adelante. 

Meses después me destinan al Penal de Punta de Rieles. Esto trajo a 
mi vida momentos de profunda satisfacción. Me refiero a la experien¬ 
cia de compartir continuas vivencias de solidaridad y lucha. A esta al¬ 
tura mi estado de salud seguía declinando: me sentía un poco débil y 
tenía molestias, secuelas de las quemaduras. Pero al comienzo la exi¬ 
gencia de tener que encarar una "nueva vida" basada en parámetros 
diferentes, desconocidos hasta ese momento, hizo que mi estado físico 
saliera momentáneamente del centro. Estaba en un penal, era una pre¬ 
sa, un uniforme gris más, para ellos un número. Un número sin historia 
y en lo posible sin futuro. Había que tenerlo claro desde el principio: 
era una guerra sin tregua, ellos por destruirnos, nosotras por sobrevivir 
y preservar aquello que nos había llevado hasta allí. 

Los días empezaron a transcurrir un poco más organizados y pro¬ 
ductivos. Teníamos que cumplir con distintos trabajos: huerta, cocina, 
limpieza, etcétera. Por otro lado y en un plano diferente, estaban las 
actividades que nosotras mismas nos fijábamos: charlas, lecturas, estu¬ 
dio, manualidades, deporte. Además las visitas, las cartas a la familia y 
a los compañeros, los festejos de los cumpleaños, todo un esfuerzo es¬ 
pecial por guardar en cajita de cristal ese mundo afectivo del cual que¬ 
rían despojarnos. Con todo esto me sentía espiritualmente reconforta¬ 
da, pero físicamente iba cada vez peor: me mareaba mucho, me dolía la 
espalda, me molestaban las cicatrices de las quemaduras y cada día me 
sentía más débil. 


98 



Luego de varias semanas de insistencia había conseguido que el 
médico del Penal, doctor Marabotto, me mandara a hacer análisis. "El 
Cuervo", como le decíamos nosotras, igualmente tomaba las cosas sin 
adjudicarle demasiada importancia. Un día me decía que sí, que era 
necesario hacerme atender con un especialista, y otro día que no, que 
aparentemente todo iba bien. Incluso en una oportunidad me había fir¬ 
mado el pase a un cirujano y me avisaron que en dos días iba para el 
Hospital, pero se les "traspapeló" la orden de salida y yo me quedé 
viendo cómo el vehículo que trasladaba a otras compañeras al Hospital 
se marchaba sin mí. Por lo menos tendría una semana más de espera. 

A los quince días me llevan por fin, pero sólo fue un paseíto, nunca 
supe si porque no estaba el especialista o no pudo o no quiso atender¬ 
me. Volví al Penal cansada y llena de bronca por el manoseo del que 
estaba siendo objeto. Era evidente que había una especie de forcejeo 
con mi salud, un intento de quebrar, de amedrentar o de utilizarme 
como castigo ejemplarizante -cosa que hicieron con muchas compañe¬ 
ras enfermas. Era como decir: no sos nadie, no contás, mandamos no¬ 
sotros y si queremos te morís uno de estos días. 

Entre idas y venidas, al cabo de algunos días más, me decidí a hacer 
una solicitud por escrito dirigida al entonces Director del Penal, coro¬ 
nel Barrabino, tristemente famoso por la saña con que llevaba adelante 
"su disciplina carcelaria". En la carta pedía la atención médica adecua¬ 
da que hasta el momento me había sido negada. 

No recibí ningún tipo de contestación, como si la solicitud nunca 
hubiera sido hecha. Sin embargo, al tiempo, una mañana me llamaron 
para que me aprontara. Tendría una consulta con un cirujano. A esta 
altura corrían los primeros meses del 76. La entrevista se desarrolló en 
un clima bastante más parecido a lo usual entre un médico y un pacien¬ 
te. El doctor en cuestión se mostró amable e incluso tuvo uíi entredicho 
con la custodia (policía militar femenina) que dijo tener orden de per¬ 
manecer en el consultorio mientras durara el examen. El diagnóstico 
fue casi inmediato: era necesario operar cuanto antes. Se podía apreciar 
lesiones de piel que por su aspecto daban la pauta de haberse transfor¬ 
mado en algo serio. 

Una mezcla de sensaciones extrañas me invadió de pronto. Sentí mie¬ 
do. Me encontraba sola en el umbral de algo que intuía iba a exigirme 


99 



mucha fortaleza. Tenía a mi favor la buena disposición del especialista 
que me iba a operar que, desde el primer momento, parecía ser más 
médico que militar. Quise interpretar esto como una señal afortunada 
en medio de tanta intención destructiva. 

Se coordinó la operación para la mañana del 26 de mayo. Días antes 
fui internada para la realización de los análisis previos. Estaba alojada 
en una celda grande que oficiaba de sala de hospital donde además 
había varias compañeras, algunas en estado delicado y otras viviendo 
sus últimos días. Allí adentro yo era la que estaba menos enferma. A la 
entrada de la sala-celda había siempre un custodia armado y la puerta 
se cerraba por fuera con alguna especie de tranca. No podría dar más 
detalles porque al salir de allí automáticamente nos vendaban y 
esposaban. Así concurría a los diferentes consultorios donde se practi¬ 
caban los exámenes. Así subía y bajaba escaleras, recorría pasillos, en¬ 
traba y salía de los laboratorios, tropezando todo el tiempo. Muchas 
veces me pregunté qué pensaría, qué sentiría la gente común que se 
cruzaba con nosotras, qué impresión les dejaría aquella visión en los 
pasillos de un centro de salud. 

Desde que me encontraba en el hospital, mi familia no había conse¬ 
guido verme y tampoco tenía mucha información de lo que estaba pa¬ 
sando. A través de la intervención de mi abogado defensor lograron 
saber al menos que iban a operarme. Todo parecía indicar, les dijeron, 
que sufría de un tumor de piel, posiblemente maligno. El único contac¬ 
to era el que se realizaba a través del intercambio de ropa sucia por 
limpia. Esto me mortificaba mucho. No tenía posibilidad de infundirle 
ánimo a mi madre, ya entrada en años, cuyo único consuelo era perfumar¬ 
me la ropa que me enviaba en un porfiado intento de estar a mi lado. 

Sin embargo, no todo estaba bajo control en el Hospital Central de 
las Fuerzas Armadas. Hubo alguien de allí dentro que al enterarse de 
que me operaban, y tratándose de una intervención delicada, se comu¬ 
nicó con mi familia y los puso al tanto hasta del día y la hora. Con 
mucha preocupación y no menos urgencia se apersonaron mi hermana 
y mi madre para intentar verme aunque fuese unos minutos antes de 
irme al quirófano. No pudo ser, no lo permitieron. Aunque, en un acto 
de extrema amabilidad, asintieron a que una de las dos se sentara a 
esperar en el banco de un corredor. 


100 



Fue allí, precisamente aquella mañana del 26 de mayo, cuando mi 
hermana vio aparecer rumbo al block quirúrgico algo parecido a un 
pequeño cortejo. Lo encabezaba un custodia armado que, muy cere¬ 
monioso, abría paso a la camilla. Atrás, algo más distendidas, iban la 
policía femenina con su correspondiente tolete, la enfermera con algu¬ 
nos papeles en la mano, y el camillero, muy joven, que miraba a todos 
lados como avergonzado de estar allí. Mi hermana algo adivinó y acer¬ 
cándose lo más posible comprobó que quien iba en la camilla era yo. 
Era su hermana que estaba siendo conducida a una operación. Así, de 
ese modo, esposada y con una venda negra en los ojos. Algunos años 
después yo le conté que también llevaba atados los pies. 

Sentí que gritaban mi nombre en un grito que además era bronca e 
impotencia. Fue como un disparo de ánimo. Imaginé a mi madre, al 
resto de mi familia, a mi compañero, a mis amigos. Alguien estaba allí 
para traer a mi memoria ese mundo prohibido para mí desde hacía 
tantos meses. Me decían que no estaba sola, que debía ser fuerte, que 
me esperaban, que resistiera, ganara la partida y viviera. 

En realidad, yo no pensaba, no pensé nunca en la posibilidad de 
morir. Con veintidós años me resistía a pensar con pesimismo mi futu¬ 
ro. Sabía que la prisión era un hecho transitorio y que en pocos años 
más podría estar libre a la búsqueda de los sueños postergados. Traté 
siempre de restarle tremendismo a mi situación y aunque el miedo por 
momentos me buscaba, aposté siempre a la vida. 

Momentos antes de entrar al quirófano me sacaron las esposas y la 
venda, los recuerdos y las reflexiones me abandonaron, sentí un gran 
desasosiego. Más que un lugar donde debían sanarme, aquello parecía 
destinado a algo diferente. Era la primera vez que me operaban y ni 
siquiera sabía el nombre completo de quien lo iba a hacer. La voz del 
cirujano que se acercó a mí, hablándome calmo, me infundió un poco 
de confianza.Tal vez intuyendo mis miedos me recalcó que allí estaba 
bajo su responsabilidad y que su misión era hacer todo lo necesario 
para curarme. La operación duraría un par de horas y después retorna¬ 
ría a la sala junto a mis compañeras. Ya comenzaba el anestesista a tra¬ 
bajar conmigo y todo empezó a darme vueltas. Antes de quedar dormi¬ 
da alcancé a ver, por encima mío, a la altura del techo, unas vitrinas 
cerradas por las que asomaban varias personas. 


101 



Cuando desperté, horas después, me sentía horrible. Todavía aton¬ 
tada no me daba cuenta de dónde estaba. Las compañeras de sala ha¬ 
blaban conmigo desde sus camas dándome todo tipo de recomenda¬ 
ciones. Debía permanecer dos o tres días boca abajo y sin moverme. 
Me habían hecho injertos con tejido extraído de mi pierna derecha. Esto 
dolía infinitamente más que la propia operación. 

Fueron días de verdadero calvario. Apenas me alimentaba por la 
incomodidad de mi posición y porque comenzaba el estómago a resen¬ 
tirse a causa de unos calmantes muy fuertes, muy usados con los pre¬ 
sos políticos en el Hospital Militar. Después supe que eran un derivado 
de la morfina, así que decidí evitarlos. 

El médico venía todos los días a verme pero no se mostraba muy 
conforme. Los injertos no prendían, la herida no cicatrizaba. Mi estado 
general era sencillamente desastroso. Decidieron hacer una transfusión 
de sangre para intentar combatir la anemia. El médico dejó la orden y 
se fue. La enfermera regresó al poco rato con un frasco de sangre que 
conectó a mi brazo izquierdo. A esta altura ya me movía libremente y 
caminaba hasta el baño. Habían pasado ocho días. 

La transfusión, lejos de ser un apoyo a mi recuperación, terminó 
menoscabando aún más mi salud. Apoco de comenzar a recibir la san¬ 
gre desarrollé una reacción alérgica. Rápidamente mi cara, mi cuello, 
mi cuerpo todo, se cubrió de un sarpullido que producía una picazón 
irresistible. No sé de dónde saqué fuerzas pero, incorporándome, me 
retiré la aguja y grité llamando a la enfermera. Las compañeras de sala, 
las que podían levantarse, golpeaban la puerta para que el guardia avi¬ 
sara que algo sucedía. Me sentía asfixiada, mi cuerpo parecía prenderse 
fuego. Llegaron una enfermera y alguien más que debía ser el médico 
de guardia gritándome por haberme quitado la aguja. Me examinaron 
y me inyectaron un antialérgico. Por fortuna reaccioné de inmediato y 
en pocos minutos me sentí más aliviada. 

Todo volvía a la normalidad salvo la taquicardia que persistió varios 
días más. Al otro día, con la supervisión del médico, que venía a cada 
rato, se hizo una nueva transfusión, esta vez con éxito. Nunca me die¬ 
ron una explicación concreta de lo que había sucedido. Una severa re¬ 
acción alérgica, fue todo lo que me dijeron. Yo no soy alérgica, nunca lo 
fui. 


102 



De a poquito iba sintiéndome más fuerte pero cuando se concreta¬ 
ban las dos semanas me informaron que era necesaria una segunda ope¬ 
ración. Algunos injertos se habían desprendido y además la anatomía 
patológica confirmaba el tumor maligno. 

Sentí que el suelo se abría debajo de mí y que caía en una especie de 
abismo. Aquello parecía no tener final. Volví a pensar en mi madre que 
no veía desde hacía semanas así que escribirle una carta a ella y otra a 
mi compañero fue la tarea que me devolvió a tierra firme. No podía 
plantearme ninguna tregua: estaba peleando a dos frentes: la enferme¬ 
dad y la cárcel. 

Tiempo después me daban el alta. Estaba ansiosa por regresar al Penal 
aunque parezca un contrasentido. Tenía ganas de estar con las compa¬ 
ñeras, ver a mi familia. 

La segunda operación había sido algo más profunda y esta vez me 
extrajeron de la pierna izquierda para los nuevos injertos. La recupera¬ 
ción había sido rápida y los dolores lentamente se iban atenuando. Cada 
pocos meses me hacían un control. 

Comencé una etapa nueva donde tenía que lograr el equilibrio justo 
entre no excederme físicamente y no sentirme una incapacitada. La 
operación había sido grande y en mi espalda, exactamente debajo del 
cuello, había quedado un hueco en el que entraba un puño. Parte im¬ 
portante del músculo trapecio había sido mutilado y eso me condi¬ 
cionaba el movimiento normal de ambos brazos. 

Al principio me eximieron de trabajos pesados, pero antes de que 
estuviera pronta para realizarlas fui incorporada a las tareas de huerta 
y otras de cocina y limpieza. Esto me acarreaba un gran cansancio y 
fuertes dolores, pero me esforzaba. No quería ser objeto de ningún tipo 
de consideraciones especiales. Estas tenían en ocasiones un precio muy 
alto. 

Formaba parte de un todo y quería correr la misma suerte que el 
grupo de compañeras. Me sentía bien en esta convivencia, en este ca¬ 
minar de a muchas. Quería estar presente en ese empeño colectivo. Aun 
enfrentando una situación límite madurábamos, avanzábamos, moldeᬠ
bamos un mundo rico en valores morales y humanos que en lo perso¬ 
nal me hicieron crecer. 


103 



El 19 de julio de 1979 recuperé la libertad, el mismo día que en Nica¬ 
ragua caía Somoza. Participar de tal acontecimiento le dio a mi libera¬ 
ción un tópico más hermoso. No obstante, la felicidad de verme de nuevo 
en la calle estuvo empañada por la tristeza que me causaba separarme 
de gente que quería entrañablemente, compañeras ejemplares con las 
que, sin duda, había compartido la etapa más importante de mi vida. 
Una etapa que grabó enseñanzas que aún hoy continúan siendo un re¬ 
ferente de vida. De nuevo en la calle, el gris había quedado atrás pero, 
de a ratos, alguna de aquellas experiencias ocupaba mi mente como 
relámpagos indicando el camino. 

Y era el reconocer a la gente, el redescubrir, el readaptarse a la vida, 
el mirar al futuro, un futuro tan especial para mí. Mi compañero seguía 
preso y yo no podía olvidar que había sido víctima de una enfermedad 
ladina. Hasta ahora le iba "garroneando" años de vida. Buenos años, 
fecundos a pesar de todo. Pero, ¿hasta cuándo? ¿Y si se le ocurría dar 
otro zarpazo? Estaba obligada a convivir con esta duda, con esa posibi¬ 
lidad. 

Trataba de encauzar mi vida de la manera más normal posible. 
Retomé las relaciones de familia, comencé a plantearme algún trabajo, 
pero el esfuerzo mayor lo volcaba en la relación con mi compañero, 
que concentraba cada quince días en treinta minutos de visita y dos 
carillas censuradas. Sin embargo, en esto no había misterios, el tiempo 
parecía no haber pasado, lo ensencial de nuestros sentimientos perma¬ 
necía intacto. Cada encuentro resultaba una gran felicidad a fuerza de 
años contenidos. 

Aún faltaba bastante para que la dictadura cayera derrotada. Persis¬ 
tía en sus intentos devastadores y cada vez que se presentaba la opor¬ 
tunidad, golpeaban. Como toda ex presa, debía presentarme semanal¬ 
mente en una unidad militar. La semana que coincidía con la visita al 
Penal de Libertad era particularmente difícil. Me hacían esperar largas 
horas para entregarme la autorización de ingreso al Penal, no sin antes 
someterme a algún tipo de interrogatorio sobre mi vida o sobre la visita 
con mi compañero. No pocas veces la conversación derivaba en sutile¬ 
zas que eran una forma de amenaza. 

Así una y otra vez fueron consiguiendo que yo entrara en un "stress" 
no recomendable para nadie y mucho menos para mí. Todo hacía pen- 


104 



sar en la posibilidad de una nueva detención. De manera que tomé una 
mochila, guardé en ella algunos afectos, las lágrimas de mi madre y la 
confianza de mi compañero y marché al exilio. Un destierro casi volun¬ 
tario que duraría cinco largos años y que otra vez me separó de mi 
mundo, de mi pueblo. 

Ya desde niña distintas circunstancias de la vida habían jugado siem¬ 
pre en contra, alejándome, privándome de mis afectos más inmediatos. 
Ahora, tomaba esta nueva etapa con la esperanza y anhelo de que en 
algún recodo del camino me estuviera esperando la vida en familia. 

Desde que me instalé en Suecia, cada tanto, me seguía haciendo che¬ 
queos. Así tomé contacto con un equipo de médicos de ese país que se 
interesaron por mi problema y se ocuparon de estudios más complejos. 
Estos, teniendo en cuenta el diagnóstico del Hospital Militar, me de¬ 
mostraron que yo estaba en muy buenas condiciones. 

Los suecos opinaban que había muchas posibilidades de un diag¬ 
nóstico equivocado. Y si esto no era así ¿por qué no se me habían hecho 
tratamientos posteriores que aseguraran un poco más mi curación (qui¬ 
mioterapia o radioterapia)? Me debatía entre dudas, miedos y broncas. 
Tuve que optar por un pensamiento consistente que me permitiera vi¬ 
vir en equilibrio. Lo importante era que estaba bien. El servicio de sa¬ 
lud de Suecia afirmaba que estaba sana y lo demás no estaba a mi al¬ 
cance averiguarlo. Firme en ese pensamiento, los cinco años los viví en 
una intensa actividad que me ligó a la lucha contra la dictadura en mi 
país. 

No sabía que quince años después aquellas dudas, aquellos miedos 
y aquellas broncas iban a reaparecer una vez más. Sucedió hace pocas 
semanas. 

La funcionaría que me estaba atendiendo se ausentó de la oficina en 
busca de alguna respuesta a mi pedido. Mientras esperaba, no pude 
evitar sonreírme recordando la cara de asombro de ella y el diálogo casi 
ridículo. 

-Vengo a retirar una historia clínica del año 1976. 

-¿Hizo la solicitud? 

-Sí, aquí está. 

-¿Cuál es el número de la historia? 


105 



-No lo sé. 

-¿Qué número de soda tiene? 

-No soy socia. 

-¿Carnet de asistenda en el Hospital Central de las Fuerzas Arma¬ 
das? 

-No tengo. 

-¿Número de registro? 

-Tampoco tengo. 

-Deme su nombre. ¿Fue un accidente? 

-No. Siendo presa política me operaron aquí dos veces ese año. 

Hubo un silencio sepulcral y enseguida, reaccionando, dijo: 

-Le ruego que me espere. Necesito consultar con mi superior. 

Fue allí que vinieron a mi mente esos últimos quince años. Un cú¬ 
mulo de acontecimientos vitales que forcejeaban unos con otros por 
aparecer en primer plano. La amnistía, mis últimos días de exilio, los 
primeros pasos en libertad de mi compañero. El reencuentro, el amor. 
El estrenar la vida de a dos, obstinadamente juntos. Los hijos, que no 
fueron cinco como nos prometíamos en aquellas cartas ahora ya amari¬ 
llas, sino dos. Dos niñas soles que todo lo revolucionan y que no escon¬ 
den su orgullo por nuestra historia. Valió la pena tanto tiempo de au¬ 
sencias y soledades. Tanto sufrir creyendo y creer luchando, luchar so¬ 
ñando. Siento que no tengo derecho a pedirle a la vida más recompen¬ 
sas, aún conservó viva la esperanza. 

La funcionaria, casi una hora después, regresó sacándome de mis 
pensamientos: 

-Señora, en Archivos no encuentro nada. Déjeme su teléfono que 
vamos a seguir buscando. Cualquier cosa la llamo. 

Le dejé el número, saludé y me retiré. En realidad yo no esperaba 
demasiado de aquella gestión. Es cierto que sentía la necesidad de po¬ 
ner punto final a un trámite pendiente, pero más que nada fue la insis¬ 
tencia de mi médico actual, Tabaré Vázquez, lo que me decidió a volver 
allí después de 25 años. 

Al salir me sentí reconfortada por el aire fresco de la calle. Había sido 
una espera larga y de una cosa estaba segura: no quería sumergirme otra 
vez en las profundidades de la incertidumbre. Mi salud había vuelto a 
sufrir un quebranto y en eso radicaba la importancia de esos papeles. 


106 



Un par de semanas después, la voz de la secretaria del director del 
Hospital trasmitía cierta ansiedad por terminar aquella conversación. 

-Señora, lo lamento mucho. El informe de Archivos dice que aquí 
usted no tiene historia clínica. 

-¿Puedo quedarme yo con ese informe? 

-No, señora, es un informe interno. 

-¿No puedo tener una respuesta por escrito? 

-Por favor, haga la solicitud. Buenos días. 

Permanecí reconcentrada un largo rato más, empecinada en descu¬ 
brir la frontera entre lo real y lo absurdo. ¿Habría imaginado, habría 
soñado aquella pesadilla de hace tanto tiempo atrás, qué era esto que 
aún dolía en mi espalda? Todavía sin colgar el tubo marqué otro núme¬ 
ro. Una voz más simpática que la anterior me confirmó la entrevista. Al 
fin lo he localizado. Dentro de tres días iré a ver al cirujano plástico. El 
mismo que dibujó las señales que llevo en la espalda desde hace 25 años. 

Flor de cardo 


107 



Hotel Pinot 


A mi hija 

El vapor de la carrera salía a las 10 de la noche. Tenía el tiempo sufi¬ 
ciente, por no decir justo, para después de pasar a buscar mis notas al 
liceo, volver a la casa de mis tíos por mis cosas y seguir viaje hacia el 
puerto. Era un 23 de diciembre de 1975. Todo había sido pensado de 
modo tal que el 24 se produjera el reencuentro. 

Unos días antes, por la mañana, todo parecía inalterable. Yo me en¬ 
contraba en el escritorio de mi tío, donde cada noche recostaba tor¬ 
tuosamente un colchón en diagonal entre el escritorio esquinado y la 
mesa de dibujo, sobre una superficie por la cual se caminaba zigza¬ 
gueando para esquivar los ángulos de los muebles, y donde milagrosa¬ 
mente encajaba aquel, mi reducto, mi colchón, que no era mío. Desde 
allá abajo, aquellas patas que me rodeaban al acostarme semejaban edi¬ 
ficios, altas torres habitadas por personas que surgían de mi fantasía 
adolescente y la complicidad de la oscuridad. Me dormía imaginando 
historias de vidas concretas, amores, familias. Mi mundo desarticula¬ 
do. Al día siguiente el colchón se paraba, la ropa de cama se guardaba y 
todo volvía a su estado natural. Aquí no ha pasado nada. Ni nadie. Sin 
embargo, parecía que hasta el aire que empujaba mi abundante y roja 
cabellera al moverme conmocionaba por completo la apacible existen¬ 
cia de los dueños de casa. 

Mis padres se habían ido para Buenos Aires a principios de año. Era 
por poco tiempo..."esto no va a durar... en seis meses volvemos"... En 
ausencia de mis padres, quedamos al cuidado de mi abuela materna en 
nuestra casa. Unos meses después un concilio de familia decidió mi 
"conveniente" traslado de la casa paterna a la casa de mis tíos. Mis her¬ 
manos, ambos varones, tenían 15 y 2 años. Yo 13. 

Durante ese año pasamos largos períodos sin noticias de Buenos 
Aires, hasta que aparecía una carta algo atrasada, sin remitente, mensa- 


108 



jera de sus vidas, portadora de sus huellas dactilares, testimonio de un 
estado ya pasado, pero testimonio al fin... 

Aquella mañana de principios de diciembre yo estaba, como de cos¬ 
tumbre, estudiando. Algo me hizo darme vuelta. No recuerdo haber 
percibido ruido alguno. Quizás simplemente lo supe, o quizás ya sabía 
reconocer el peso del amor sobre la piel y el pelo. 

Me di vuelta y estaba parado en la puerta, con su sonrisa bonacho¬ 
na. Se repetía la foto, la escena tantas veces vivida en la infancia, cuan¬ 
do nos disputábamos con mi madre su abrazo, corriendo ambas hacia 
él cuando llegaba del trabajo. Corrí hacia mi padre y me colgué de su 
cuello... 

Entonces, por primera vez en meses, lloré, chiquita y protegida en el 
abrazo. Seguramente mi madre alguna vez también así lloró contra él. 

Mi padre se llevó a los varones para Buenos Aires uno o dos días 
después. Yo me quedé unos días más para terminar mi año lectivo. Los 
adultos se encargaron de hacer coincidir mi viaje con el de una entrañable 
amiga de mi madre que también viajaba a pasar Navidad con su hija. 

No hubo despedidas.Todo fue rápido, silencioso. Que nadie se diera 
cuenta... casi ni yo. 

Aquella amiga de mamá quedó ubicada en el extremo opuesto del 
barco, y eso le daba a la situación una cuota de emoción y aventura 
muy valorada por mí, después de meses de claustro y a mis recién es¬ 
trenados 14 años. 

Yo estaba deseosa de reunirme con mi familia, necesitaba imperiosa¬ 
mente esa pertenencia, por lo que no recuerdo angustia en el momento 
de embarcar. La advertencia me la hizo Montevideo... 

"... si una vez me viste así, empequeñeciendo en la noche y apagan¬ 
do mi perfil en tu horizonte, pues así me recordarás estés donde estés. 
Te seguiré donde vayas y a mí querrás volver..." 

Adiós Montevideo... 

El Hotel Pinot quedaba sobre la avenida Díaz Vélez, Caballito. Ofi¬ 
ciaba de refugio y en cada cuarto se alojaba una familia. La nuestra, por 
estar constituida por cinco personas, rápidamente pasó de la piecita en 
el fondo con ventana al patio interior, a la del frente que era la más 


109 



grande. La mudanza significó un cambio sustancial para mi 
cotidianidad, fundamentalmente por un motivo: esa pieza tenía una 
gran ventana balcón, con una cómplice cortinita de "voile", que me 
aportaba a diario un paisaje humano siempre cambiante, el bullicio del 
tránsito porteño, el brillo de la vereda mojada después de la lluvia, la 
entrada del hospital Durand de impredecibles connotaciones ulteriores 
para mí. El temible pasar de los Ford Falcon... 

Fue desde esa ventana que descubrí que en el refugio de al lado vi¬ 
vía un joven chileno de mirada muy dulce, que me sonrojaba al coinci¬ 
dir con la mía. 

Por lo demás, yo seguiría compartiendo la litera inferior con mi her- 
manito menor por los meses que restaba pasar allí, ya que el número 
máximo de camas por cuarto era de cuatro. Una cama de matrimonio o 
dos de una plaza, más una cucheta. Por lo tanto la distribución era ob¬ 
via: los dos menores dormíamos juntos. 

A poco de estar allí, fui asumiendo una rutina. Mi hermano mayor 
empezó a hacer "changas" de albañilería y los viejos trabajaban. Yo 
amanecía sola y a cargo de mi hermanito menor. 

Mamá me dejaba a diario algún dinero para reforzar la alimentación 
que recibíamos en el refugio. Al despertar yo debía ir a la cocina a reco¬ 
ger una bandeja con el desayuno. Me ponía en la cola y esperaba el café 
con leche que una mujer de nivea blancura y cuyo nombre no recuerdo, 
servía con seria dificultad, tanto por el tamaño inapropiado del enorme 
cucharón de aluminio, como por el reuma deformante que se había 
adueñado de sus manos. Esa mujer me recordaba a otra, a la querida 
Azucena, limpiadora de mi escuela, barrendera de hojas contra el vien¬ 
to, de túnica blanca sobre su piel, más blanca que su túnica. 

El segundo paso era poner mi palangana de ropa en una fila, que 
avanzaba hacia la pileta de lavar del fondo. Me hice experta en el lava¬ 
do a mano sobre aquella superficie con ranuritas escalonadas. 

Era cuestión de estar alerta y a cada rato ir hasta el fondo a fijarse, no 
sea que perdiera el turno. Tampoco debía descuidar la ropa por mucho 
rato, ya que había quien se quejaba de que le hubieran faltado prendas. 
Cuando la palangana llegaba a destino, me entregaba por completo a la 
tarea. Como lo hacía a diario, no se acumulaba tanta ropa, pero siempre 
había un montoncito respetable. Éramos cinco... 


110 



La ropa de cama la lavaban en el "hotel", pero todo giraba en espeso 
chocolate en un lavarropas a vaivén. Hasta ahora puedo evocar el olor 
de aquellas sábanas todas juntas, decenas de sábanas colgadas, testi¬ 
moniando secreciones humanas, exhibiendo huellas de vidas que so¬ 
bre ellas reposaban, luciendo grandes remiendos, flameando al sol. 

Por este motivo, cuando la señora encargada nos lo permitía, ponía¬ 
mos jabón aparte y lavábamos nuestras sábanas. Pero esto no ocurría 
seguido, generaba "privilegios" que se querían evitar. Así que casi siem¬ 
pre... sí... me tocaba a mí. 

Años después entendí la simbología de tantos detalles... las ollas 
azules esmaltadas que mis padres compraron a pesar de la transitorie- 
dad de nuestra permanencia allí, nuestras toallas, nuestros paseos, los 
consejos de mi madre. La lucha por la dignidad en cualquier circuns¬ 
tancia. 

Muchas veces, parada junto a aquella pileta, recordaba una de las 
fotos que de mi abuela se conservaba en casa. En casa... 

Era la imagen de una esbelta mujer, muy erguida, en pantalones pes¬ 
cador con tajito al costado bajo la rodilla, blusa de amplio cuello bote 
que dejaba ver sus redondeados hombros, de negro cabello corto, con 
ambas manos posadas sobre una pileta de lavar. 

Sonreía enigmática, hermosa y bronceada al sol. 


Yo era alta y aún no había desarrollado formas de mujer, por lo me¬ 
nos en mi percepción y en comparación con amigas, como suele ser que 
se forma esa percepción. Algunas de ellas usaban soutien desde hacía 
dos años. Para mí era totalmente innecesario por el tamañito de mis 
incipientes senos. 

Y a esa edad, el soutien era un tema de prestigio. Poco antes de irme 
de Montevideo, me había cortado el pelo cortito y creo que eso me ha¬ 
cía más infantil. 

Al llegar a Buenos Aires mis padres me habían comprado unas san¬ 
dalias con plataforma que estaban muy de moda y yo las lucía todo lo 
que podía con una solerita, en mis paseos por la tarde. 

Mis paseos... 

Inicialmente yo simplemente organizaba juegos con mi hermanito y 
sus amiguitos en el patio del refugio. Claro, pronto se fueron sumando 


111 



niños y más niños a aquellas rondas y "Martines Pescadores". 

Los había desde los casi diez u once años hasta de dos años como mi 
pequeño. Pero yo a veces quería llevarlo a la placita infantil del parque 
que quedaba muy cerquita. Allí había hamacas... toboganes... y hasta 
una calesita. Me daba pena irme sólo con él y empecé a pedir autoriza¬ 
ción a los padres para llevarlos. 

Terminé con un trencito de casi diez niños a mi cargo todas las tar¬ 
des. Se portaban bien, sabían que era la condición para seguir yendo. 
Yo me sentía muy responsable de ellos y no les perdía pisada. A la calesita 
no podían subir porque no todos llevaban dinero y entonces no subía 
nadie. 

Allí trabajaba un muchacho al cual le llamó la atención mi numeroso 
grupo de "hermanitos" y me preguntó por ellos. Así supo que vivía¬ 
mos en el refugio y a partir de entonces teníamos garantizada una vuel¬ 
ta gratis para todos los chicos. 

Una mañana, cuando ya se habían ido todos y el chiquito aún dor¬ 
mía, al levantarme e ir al baño, descubrí mi ropa interior manchada de 
sangre. No reaccioné de inmediato. No lo esperaba. 

¿Estaba menstruando?... Sí, parecía que sí. 

¿Y era así de sencillo? ¿No debía dolerme algo? ¿Era tan natural? 

Me acosté para saber cómo estaba. Algo de mi interior se volcaba, se 
vertía y yo no tenía a quién decirle nada. Me sentía perfectamente bien 
físicamente. Pero algo importante me estaba pasando y yo no sabía muy 
bien a qué se debía mi alteración. 

La cadena se continuaba. Otra mujer en condición de procrear, re¬ 
cuerdo haber pensado. Acudieron los cuentos de mi madre, su abuela, 
los pañitos, la prohibición de bañarse, el miedo a la locura, la semana 
en cama, y todo el folclore popular que ya cargaba en mi memoria. 

Creo que sonreí orgullosa al contárselo a Mamá. 


Desperté con la sensación de que aquellos golpes participaban de mi 
sueño desde hacía rato. 

Reconocí el ruido de la cadena corriendo entre las rejas de la puerta 
cancel, y al abrir los ojos ya tenía un hombrón tamaño ropero junto a mi 
cama. El arma iba desde la axila hasta casi la rodilla. 


112 



Bufanda tapando su boca, gorra con visera. Miré entrecerrando los 
ojos, molesta por la luz que del comedor se colaba por la puerta que 
habían dejado abierta y deduje en voz alta: ah, es un allanamiento. 

Inmediatamente intenté taparle la cabeza a mi hermanito para evi¬ 
tar que se despertara, pero por suerte o por herencia de familia seguía 
dormido a mi lado sin enterarse de la intempestiva visita. 

El tipo martilló el arma al percibir mi movimiento por lo que enten¬ 
dí que esta vez no se trataba de un allanamiento más. 

-¡¡Documentos!! resonó una voz como navaja en nuestro somnoliento 
silencio. Ya eran varios en el cuarto, otros corrían entrando en la casa. 

-¡¡Ah... uruguayos... llamá a Fulano!! y se retiró como para seguir la 
"visita" por los cuartos. 

Estábamos inmovilizados en las camas y habían dejado a uno custo¬ 
diándonos. Se escuchaban voces de mando desde el fondo y la planta 
alta, y pasos fuertes por todo el lugar. Hablaban rápido y enérgicamen¬ 
te. Había apuro. 

De pronto en el cuarto apareció Fulano y dirigiéndose directamente 
a mis padres inquirió: ¿De qué barrio son?, ¿y de qué calle? 

No recuerdo quién respondió, pero intuyo que fue mi madre. Papá 
estaba enfermo y su aspecto realmente era de debilidad. Creo que lo 
aquejaba un principio de neumonía y sobre la mesa de luz estaban los 
inyectables y un arsenal de medicación. 

Fulano miraba nuestro pasaporte español, abría una carpeta y cote¬ 
jaba. Parecía buscar nuestro apellido en un listado, menuda tarea, ya 
que el nuestro es de los comunes. Salió del cuarto sin decir nada. 

Otra vez quedamos en silencio y custodiados. 

¿Qué pensarían mis padres, más conscientes ellos del peligro que 
nosotros? Cruzábamos miradas, esperábamos todos igualmente inde¬ 
fensos. Ahora que soy madre, imagino que aquellos sus ojos querrían 
cubrirnos de un manto impenetrable que nos mantuviera a buen res¬ 
guardo a los tres. 

De pronto volvió a entrar el primero y sus palabras rompieron aquel 
expectante silencio nuestro. 

"¡De acá nos llevamos al nene... vos, vestite, hijo de puta!". 

Frente a la puerta del cuarto empezaron a aparecer en fila, con las 
piernas bien abiertas y las manos en la nuca, los hombres del refugio. 


113 



Todos ellos desfilaron frente a mi vista para ubicarse en el lugar asigna¬ 
do. Pasaban como ante la ventanilla de un tren en movimiento las caras 
de los que están en el andén. Seguían sin detenerse ni ante la puerta ni 
mi mirada. Parado exactamente frente a nuestra puerta y mi cama que¬ 
dó Armando, un joven padre de dos preciosas niñitas, chileno, con el 
cual nuestra familia tenía una cordial relación y simpatía. 

Se los llevaban. Secuestro... aquello era un secuestro... 

Yo seguía mirando quietísima, haciendo conciencia de que mi her¬ 
mano ya se vestía y de que se lo llevarían junto a aquellos hombres, 
nuestros vecinos. 

¡Secuestrados! 

Armando encontró mi mirada por un instante y desde la fila, con la 
cabeza agachada, me regaló una sonrisa apaciguadora al tiempo que 
una diminuta guiñada acompañó el gesto. 

Creo que de haber podido hablar me hubiera dicho: no temas, nada 
malo ocurrirá. 

Ellos eran muchos, iban y venían casi corriendo, entraban una y otra 
vez al cuarto. Nos miraban, salían. ¿Buscarían reconocer a alguien...? 

De pronto irrumpen en el cuarto y mi madre no les dio tiempo a más. 

-¡¡No se lleven a mi hijo, llévenme a mí!!... rugió la leona defendien¬ 
do la cría. 

Llévenme a mí, repetía ella, ya levantándose de la cama. No recuer¬ 
do si mediaron palabra con ella. 

La respuesta de ellos fue la ignorancia. Se dieron media vuelta y 
siguieron en lo suyo. Se estaban demorando y el estado de nervios iba 
en aumento. 

Después de todo, era una operación clandestina, aunque actuaban 
con total impunidad. Algunos, hasta terminaron el operativo a cara des¬ 
cubierta. 

Yo sabía del carácter arrojado de mi madre. La sabía audaz hasta la 
inconciencia. La vi sobreponerse a la amenaza de muerte recibida y sa¬ 
lir al día siguiente a militar. 

-"Si me atemorizan estoy perdida"... le oí decir alguna vez. 

Pero esto no me lo esperaba, tampoco ellos. 

Quedamos solos en el cuarto. Mi hermano ya se despedía "bueno... 
chau". 


114 




-¡No te muevas de ahí!... le rogó mi madre. 

Se iban. Se iban... escuchábamos muchas puertas de auto... subían a 
los hombres a varios vehículos y se los llevaban. 

Mi hermano quedó mudo, inmóvil... olvidado. 


Minutos después mi madre y una chilena calma y solitaria madre de 
un chico de nuestra edad, organizaban una asamblea de las mujeres, 
para decidir los pasos a seguir. Entonces me enteré que habíamos sido 
amenazados. Si se denunciaba lo ocurrido tomarían represalias contra 
los secuestrados y volverían por los restantes. Algunas mujeres duda¬ 
ban de cómo proceder. Temían se cumplieran las amenazas. Mi madre 
y esta compañera lograron convencer a las demás de que el silencio 
sería el peor enemigo y cómplice de la situación. 

Rato después salíamos del refugio en delegación hacia la comisaría 
que quedaba a una cuadra. Se la podía ver desde la puerta del refugio, 
pero por supuesto no se habían percatado de que de cuatro vehículos 
descendió más de una veintena de hombres fuertemente armados, y 
que el refugio había sido asaltado. 

Al día siguiente las dos se presentaban ante Naciones Unidas para 
hacer la denuncia. 


Volvieron golpeados, picaneados... los habían torturado para "asus¬ 
tarlos". 

Los fueron soltando por diferentes lugares de Buenos Aires, descal¬ 
zos, semi vestidos. 

Yo vi llegar a Hugo... no olvidaré más la expresión de su cara. Se 
apoyó en el marco de la puerta como para juntar fuerzas para seguir 
hasta su compañera y su hija. 

Así fueron llegando todos durante el día. 

Unos días después salíamos rumbo al norte. Casi todos fuimos re¬ 
partidos por diferentes países de Europa. Alguno salió para Canadá. 

Adiós Buenos Aires... 

Yo iba muy seria y concentrada por la vereda, siempre pendiente de 
los movimientos de la cuadra al alejarme del refugio. En sentido con- 


115 



trario venía Sergio. Yo había oído que lo llamaban así, pero nunca ha¬ 
bíamos cruzado un saludo ni palabra alguna. 

Me miraba desde lejos y yo temblé. Él tendría unos veinte, todo un 
hombre para mis catorce. 

Al encontrarnos se detuvo para decirme algo. Yo también me detuve. 

-Hola... ¿cómo te llamás?... dijo con un acento que para mí ya era 
familiar. 

Contesté evidentemente turbada y arremetí con los recientes hechos. 
Le pregunté por ellos, los del refugio de al lado, si habían escuchado lo 
de aquella noche y si para ellos había tenido alguna repercusión lo acon¬ 
tecido. Él me explicaba y ninguno de los dos pensaba realmente en sus 
dichos. 

-¿Quieres que salgamos a algún lado mañana? 

-Mañana me voy... nos vamos. 

-Ah... y todo este tiempo por invitarte... y dime... tampoco podré 
escribirte, no sabes cuál será tu dirección... 

-No, no la sé. Qué pena, Sergio... Adiós... dije al besar su mejilla. 

Al día siguiente, al salir casi de madrugada del refugio rumbo al 
aeropuerto, a unos pasos estaba Sergio parado, mirando en silencio 
nuestra partida. 


La Bruja 


116 



LO DE LA ESTRELLA... 


Lo de la estrella no lo entiendo. Le pregunté a Karina pero dice que no 
sabe. El otro día yo tenía una figurita de esas que vienen con los chicles, 
que tenía una estrella amarilla. Mi madre la vio y me dijo que esa estre¬ 
lla la habían prohibido los milicos porque tenía cinco puntas y era de 
los Tupamaros. 

Yo no le pregunté más nada porque mi madre cuando habla de algu¬ 
nas cosas se pone medio rara, pero desde ese día empecé a encontrar 
estrellas de cinco puntas por todos lados, en la calle, en los libros de 
cuentos, en los carteles de la estación y en un buzo de mi hermana que 
tiene 17 estrellitas azules, y todas de cinco puntas. 

Y la verdad que no entiendo mucho. ¿Serán todas de los Tupamaros? 

Y los milicos, ¿no las habrán visto? O capaz que las vieron y como 
son tantas no les dio el tiempo de sacarlas. 

Mi padre dice que los presos políticos están en la cárcel "por sus 
ideas y no porque hayan asaltado o robado a alguien". 

Jorge está preso porque es Tupamaro, (y el padre de Manuel porque 
es Comunista. El hijo del vecino del séptimo no sé qué es, pero también 
es preso político). 

Jorge es amigo de mis padres, y a mí me conoce desde chica, pero yo 
no me acuerdo de él porque lo metieron preso cuando yo era bebé. 

A veces viene a casa la madre de Jorge, que se llama Dora y es de 
Mercedes. 

Una vez fuimos todos a Mercedes y estuvimos en la casa de Dora, 
pero yo me acuerdo sólo del jardín, que era chiquito pero lleno de flo¬ 
res. 

Dora es bien flaca y habla despacio y suavecito. Cuando viene a casa 
trae siempre unas manualidades que hace Jorge en el Penal para ven¬ 
derlas. 

Una vez Jorge nos mandó de regalo a mi hermana y a mí unas carte- 


117 



ras de tela de vaquero, que siempre usamos para ir a los cumpleaños. A 
mí me encanta mi cartera, pero mi amiga Karina dice que es medio 
rara. 

También hace unas cajitas de madera preciosas. Mi abuela tiene una 
que la abrís y se le saca un cajoncito chiquitito de adentro. A mí me 
gusta pila, porque además mi abuela guarda ahí las pulseras y las cade- 
nitas y cuando me presta la cajita, me deja ponerme sus pulseras para 
jugar. 

Con la plata de las manualidades Dora le compra cosas de comer a 
Jorge porque dice que la comida del Penal es horrible. (Para mí que les 
deben dar de comer mondongo todos los días, que es la comida que yo 
más odio.) 

La otra vez que vino nos contó que Jorge le había hecho un barco 
enorme todo de escarbadientes para su cumpleaños, que le había lleva¬ 
do no sé cuántos meses hacerlo y que los milicos se lo habían robado. 

Mi padre dijo como tres veces "¡qué hijos de perra!" (que es lo que 
dice siempre cuando se enoja mucho y no quiere decir malas palabras), 
mamá se quedó callada y a mí me dio una lástima... 

Ayer fui a votar con mis padres. Yo no voté, porque los niños no 
votan, pero igual los acompañé. 

El otro día mi hermana andaba cantando la cancioncita esa de "...sí 
por mi país, sí por Uruguay..." y mi padre nos explicó que ellos iban a 
votar el "no", porque los milicos querían reformar las leyes para seguir 
gobernando ellos. 

Mi hermana preguntó por qué no había una cancioncita del "no", y 
él nos explicó que estaba prohibido. 

Mi abuela dice que está todo acomodado y que va a ganar el "sí". 
Capaz que son exageraciones de ella, porque mi abuela no los puede ni 
ver a los milicos. Cuando aparece uno en la tele, empieza a rezongar, y 
siempre dice "cuándo reventarán todos juntos", y resopla, y a veces 
también dice malas palabras, o apaga la tele. 

De noche se pusieron a escuchar todos esa radio que me parece que 
es de Inglaterra y que se oye horrible. 

Mi hermana y yo nos fuimos a dormir como siempre, pero al hoy de 


1 I Q 



mañana despertarnos, mi madre entró al cuarto toda contenta y nos dio 
un beso, y nos dijo que había ganado el "no" y que eso era bueno, por¬ 
que quería decir que a lo mejor se terminaba el gobierno de los milicos. 

Yo también me puse contenta. 

Mi madre me contó que cuando vivíamos en la otra casa Jorge se 
había tenido que esconder en casa unos días, porque lo estaban buscan¬ 
do; que dormía vestido y que si los milicos llegaban a venir se iba a 
escapar por las azoteas. 

También me contó que Jorge me había hecho una canción y que cuan¬ 
do yo lloraba mucho me la tocaba en la guitarra para que me durmiera. 

El otro día estaba Dora en casa y hablaban de cuando Jorge saliera, y 
de que a lo mejor lo dejaban salir si en vez de quedarse en Uruguay se 
iba para otro país, y yo le pregunté cuántos años hacía que Jorge estaba 
en el Penal. 

Ella me contestó que nueve, y yo empecé a sacar la cuenta, porque 
son los mismos que yo tengo, y me puse a pensar en todo lo que yo 
había hecho en esos nueve años, desde que era bebé, y el jardín, y el 
otro jardín cuando nos mudamos, y la escuela, todo primero, todo se¬ 
gundo, todo tercero y ahora que estoy en cuarto, y mientras tanto él 
siempre preso, y me pareció tanto tiempo que le pregunté a Dora qué 
hace Jorge en el Penal, y cómo aguanta. 

Ella se rió y me dio un beso con ruido y después me explicó que él 
hace manualidades, y lee, y estudia y que charla con los compañeros en 
el recreo (porque en el Penal hay recreo como en la escuela, pero un 
poco más largo) y que con todo eso se entretiene. A mí no me convenció 
mucho, y me pareció que si yo estuviera todo el día encerrada no po¬ 
dría aguantar, pero igual no le quise decir nada porque me di cuenta 
que aunque se rió, Dora estaba medio triste. 

El otro día fue el cumpleaños de una amiga del otro quinto y nos invitó 
a todos. Era en la casa y en el medio del cumpleaños llegaron dos solda¬ 
dos, de esos que usan uniforme todo verde, con unas cajas llenas de comida. 

El padre de mi compañera es Coronel, y ella dice que por eso traen 
todas esas cosas. Además de las cajas había una bolsa con carne y otra 
bolsa enorme llena de rollos de papel higiénico. 


119 



El padre empezó a tirarnos los rollos, y se armó una batalla de papel 
higiénico, las niñas y el padre de un lado, los varones del otro. 

Estaba divertidísimo, pero llegó la madre y nos hizo juntar los rollos 
(algunos se habían desarmado y el comedor estaba lleno de tiras de 
papel) y nos trajo unas galletitas raras con brotes de soja y tallos de 
bambú (el padre nos explicó que eso se come en China y se puso a 
contarnos cosas de los chinos). 

El cumpleaños estuvo buenísimo, creo que nunca había estado en 
uno tan divertido, pero cuando llegué a casa me puse a pensar si el 
padre de mi amiga será como los milicos que me contó mi madre, que 
la corrieron en 18 de Julio con los caballos, o como los que les pegan a 
los presos. 

Ojalá que no, porque a mí, el cumple me encantó, y los cuentos de 
los chinos estaban bárbaros, y el padre de mi amiga me pareció buenísi¬ 
mo y simpático. 

Mis padres me mostraron una hoja que tienen escondida abajo del 
nylon del último cajón de la cómoda. 

Me contaron que todos los nombres que aparecen allí son de gente 
que los milicos se llevaron presa y la hicieron desaparecer. 

Había un montón de nombres, son dos hojas escritas a máquina y 
con fotos. 

Hay personas mayores y niños, porque se los llevaban con sus padres. 

Al lado de las fotos está el nombre y la fecha en que nacieron. Hay 
uno que nació en el setenta y dos, como yo. 

Al principio yo no entendía muy bien qué quiere decir que desapa¬ 
recieron y les pregunté si los tendrían presos en algún lado y no que¬ 
rían decir dónde, o si a lo mejor estaban muertos. 

Mi madre me explicó que ellos pensaban que los habían matado 
porque ya hacía mucho tiempo que se los habían llevado, y que no creía 
que los tuvieran presos a escondidas tanto tiempo. Me dijo que a lo 
mejor a los niños los habían dejado en algún hogar del Consejo del 
Niño, o se los habían dado a alguien. 

Ellos conocían a algunos, hay una maestra que era amiga de mi tío 
Walter, y un Doctor que atendía a mi madre cuando era joven, que era 
buenísimo, y se lo llevaron por comunista. 


120 



A mí me pareció horrible y me dio una bronca bárbara. 

Ellos me explicaron que no tengo que hablar con nadie de este tema 
y que no puedo contarle a nadie que esa hoja está ahí. Que me lo cuen¬ 
tan porque ya estoy grande y tengo que saber algunas cosas que pasan 
en el Uruguay. 

Yo ya sé que hay cosas que no se pueden comentar, que no se puede 
decir en la escuela que en casa caceroleamos (mi hermana y yo con las 
tapas de las ollas, mi abuela con el colador grande, el de los fideos). 

Que no conviene decir que vamos a los festivales de canto popular, y 
que cuando estamos escuchando esos casetes que nos mandan de México 
y suena el portero eléctrico, hay que apagar el grabador antes de aten¬ 
der, y otras cosas por el estilo. Lástima que no le pueda contar a Karina, 
que es mi amiga y estoy segura que no sabe nada de todo esto, pero ya 
sé que no se puede. 

El martes liberaron a Jorge. Era martes 13, pero parece que a él le dio 
suerte. Por suerte pude convencer a mis padres de que me dejaran fal¬ 
tar a la prueba final de Biología, para ir a buscarlo al Penal. 

Mi madre no quería que faltara, pero Papá dijo que después de 12 
años y pico y sabiendo que lo iban a largar, podía faltar hasta a la fiesta 
de fin de año. 

Así que marchamos todos en el Volkswagen, recontra nerviosos y 
con un poco de miedo, porque dicen que a veces a último momento 
deciden no soltarlos. Al llegar nos hicieron entrar por un camino de 
tierra, parar frente a una barrera, nos pidieron los documentos, tuvi¬ 
mos que dejar el auto parado frente a un portón grande y Papá tuvo 
que entrar solo a buscarlo. Demoró un ratito y nosotras estábamos me¬ 
dio nerviosas ya, cuando los vimos aparecer por el camino, los dos abra¬ 
zados y cargando a medias la bolsa de la ropa. 

Nos abrazamos todos, nos besamos. Mamá se pasó para el asiento 
de atrás y Jorge se sentó al lado de Papá. 

Nosotros pensábamos que lo iban a largar pelado, pero tiene un poco 
de pelo, cortado como un cepillo. 

Quedó justo delante de mí y yo le miraba la cabeza con ganas de 
tocársela y ver como se sentían esos pirinchos, pero me daba un poco 
de vergüenza. 


121 



Al final me animé, le pedí permiso y le pasé la mano por la cabeza. 
Es bien suavecito. Todos se rieron de mí, pero mi hermana aprovechó 
para hacer lo mismo. 

Cuando llegamos a casa, mi abuela lo abrazaba, y a Jorge se le caían 
las lágrimas; parecía que no lo iba a soltar más, pero ni bien lo largó, lo 
primero que hizo fue decirle que estaba muy flaco, y le dio una milanesa 
al pan (mi abuela siempre encuentra a todo el mundo flaco, pero la 
verdad es que Jorge está flaco en serio). 

Charlamos horas, creo que se contaron los 12 años en una tarde. 

Ahora se fue para Mercedes, a encontrarse con Dora, pero queda¬ 
mos que cuando vuelva me va a contar más cosas del Penal. 

La de Biología no me dejó hacer la prueba otro día. Se ve que no le 
convenció mi explicación de que había faltado por "motivos familia¬ 
res" (¿se habrá enterado que fui al Penal?). 

Cuando mi madre fue a buscar el carné, la adscripta le dijo, con su 
mejor cara de vinagre, que "era una lástima que no hubiese hecho la 
prueba de Biología, porque eso me había impedido mantener la nota", 
y que por eso no había pasado con seis a segundo. 

Mamá me miró y nos sonreímos; después nos besamos las tres con 
besitos fallutos y nos deseamos "felices vacaciones". 


Mavi 


122 



Cuando niña... 


La captura 

10 de agosto de 1970 


I 

-A mí no me agarran vivo-, había dicho mi padre más de una vez y 
esto no lo perdíamos de vista. 

Ese día, después de la escuela, almorzamos, fuimos al Parque Rodó, 
nos sentamos en la rambla, mi hermana Rocío, mi padre y yo, tres sabo¬ 
reando el mar. 

Las últimas libertarias de mi padre: 

-¿Qué etapa de la vida te gustó más? 

-Ésta, porque me siento útil, estoy luchando por lo que creo y en¬ 
contré el verdadero sentido de mi vida. 

Llegamos a la iglesia del padre Asiaín Márquez. Papá entró y noso¬ 
tras quedamos en la fuente del jardín del fondo. Estaban negociando 
por el secuestro de Dan Mitrione. Eso lo supimos después, por los dia¬ 
rios. El padre Asiaín y monseñor Partelli, obispo de Montevideo, fue¬ 
ron apresados en la misma iglesia. El padre Asiaín, para que liberaran a 
mi papá, declaró que él era tupamaro, no mi padre, que si había una 
cruz, tenía que cargarla él y no otro. En el juicio donde mi padre asumió 
como abogado su propia defensa, consiguió la libertad de quien se 
autoacusaba para salvarlo, usando el mismo método, autoacusándose. 
Asiaín debía quedar libre. Mi padre ganó el juicio quedándose como 
tupamaro preso. 

Estábamos esperando sentadas en la fuente del jardín del fondo de 
la iglesia. 

Mi padre volvió y nos despedimos del viejito Asiaín. Salimos de la 
iglesia buscando el auto, que había quedado estacionado en la esquina. 

Mi padre ya estaba en el volante, mi hermana en la ventanilla de 
atrás, yo tenía un pie adentro y el otro afuera. Cuatro tipos con metra- 


123 



lletas y de particular nos rodearon dando la voz de... ¡Alto! Mi padre 
miró a mi hermana, me miró a mí, puso el pie en el acelerador, él nunca 
se entregaría vivo. Miró a mi hermana... Entré rápido y cerré la puerta. 
Nos miramos... Salió lentamente con las manos en alto. La gente se 
amontonaba para asistir al espectáculo de nuestra detención. 

-Hay dos niñas-, corrían las voces rodeando a los que nos rodeaban. 

-Documentos, nombres... 

-Marino Pereira-, su nombre era el mío en la clandestinidad. Lo dijo 
bien alto para que nosotros lo repitiéramos. 

-Nombres... 

-Marina Pereira. 

-Rocío Pereira-, repetimos. 

Nos revisaron, no teníamos armas. 

-Son dos niñas. ¡Qué les van a hacer! ¡No se las pueden llevar! ¡So¬ 
mos testigos! 

Los vecinos, multitudinarios en la calle, nos defendían, nos salva¬ 
ban. 

-¡Desalojen! ¡Abran paso! 

Encañonando a la multitud nos subieron a un auto. Obligaron a mi 
padre a conducir hasta su propia cárcel. Casas de rostros vacíos, ciudad 
sin sentido, calles indiferentes de transeúntes... Mi hermana lloraba. 

Entramos en la Jefatura, ese pulpo que amenaza con tragarse la ciu¬ 
dad. Apuntaron nuestros nombres en un libro grandote. Fue entonces 
cuando entró un gigante gordo y le quitó la peluca a mi papá. Descu¬ 
briéndolo irrumpió en gigantescas carcajadas que hacían eco en toda la 
Jefatura. Los gritos de los presos, los gritos de dolor, de huesos quebra¬ 
dos, carcajadas, los ahogos de los gritos, la explosión de las risas, los 
ecos de esas voces salían por las ventanas pero nadie las escuchaba. 

-¡Pero miren a quién tenemos aquí! 

-¡Así que te estábamos buscando hace tiempo y mirá vos dónde te 
venimos a encontrar! 

Corrí hasta el gordo, le di piñazos en el estómago, era enorme y me 
tiró de un empujón. Fui a dar a los brazos de mi padre... Por un mo¬ 
mento fuimos a pasear al Prado, me nombró los árboles, de los pájaros 
el vuelo, hojas cayendo... Hojas cayendo sobre este momento infinita¬ 
mente sencillo en los ojos. 



- No llores Marina, ya nos volveremos a ver... entre rejas. 

"Ni una lágrima más", prometí en silencio y aprendí a ser fuerte y 
no hablar, aguantar pase lo que pase. Me abracé a la confianza serena 
de su mirada. 

-¡Ustedes, contra la pared! ¡No se muevan!-, nos gritaron. 

-¡Usted, venga con nosotros! 

Lo introdujeron por la pequeña puerta gris desde donde salían gri¬ 
tos cortando el aire como la carne. Miré a mi hermana con los ojos fijos 
en la pared. Desde el Prado de su nacimiento una hoja de otoño caía 
despacio, sola, desesperada. Permaneció el otoño del Prado en nuestra 
pared... y los rugidos de los presos. Salí corriendo y abrí la puerta. Mi 
padre estaba desnudo, sus ropas a los pies. Me vio, recogió algo del 
suelo y se cubrió. Se quedó mirando mudo. Un milico lo golpeaba par¬ 
tiéndole el garrote en la espalda. Se rompía el golpe en la espalda inmó¬ 
vil. Ni un gesto, ni una nada. En el hilo invisible de nuestra mirada 
pasaron siglos, horas, minutos en que la espalda detuvo no solo el gol¬ 
pe sino el ronquido seco del madero partiéndose en la piel. Luego todo 
siguió como si no ocurriera, el golpe se volvió invisible, el verdugo desa¬ 
pareció y quedamos solos paseando por el Prado junto al árbol de 
magnolias como en un ensueño de Jardín Botánico. Pasó la eternidad 
que la realidad rompió. El garrote se descargó, pero la terquedad de su 
espalda no se dobló. La manaza del gordo fue a dar asquerosamente en 
mi cara. Patié, arañé, mordí. Me convertí en un perro cimarrón. La pe¬ 
queña puerta se cerró a mi espalda y mi padre desapareció. Me levanta¬ 
ron en vilo de los pelos. Quedé con los pies en el aire. Recibí patadas y 
seguí arañando, patadas y seguí arañando, patadas. Decidí esperar. 
Habían cazado a mi padre y ahora estábamos en sus redes. 

II 

Nos llevaron a una pieza sin nada. Entró una mujer policía y dos 
funcionarios. Comenzaron las acostumbradas preguntas para las que 
teníamos premeditadas respuestas. Una emisora radial trasmitía los 
movimientos de la ciudad, aturdía: "En la Plaza Libertad una pareja 
conversa, llevan diez minutos allí, continúan hablando"... "En la esqui¬ 
na de Tristán Narvaja hay tres estudiantes hace quince minutos"... "En 
la Plaza Independencia, una mujer con un niño"... "Un obrero va por 



"El Entrevero", entra en El Día... "Detenidos en la Plaza Libertad"... 
"Detenido en una esquina escuchando a Viglietti"... "Detenida ama¬ 
mantando a su hijo"... 

Es un delito estar más de quince minutos en un mismo lugar. El si¬ 
lencio se mueve en la ciudad. Nos acompaña. Abrieron el portafolio de 
la escuela, revisaron, leyeron los cuadernos. Encontraron la 
redacción..."Retrato de un amigo: Ojos grandes, oscuros"... 

-¡¿Quién es?! ¡Contesten! 

-Artigas. 

-"Labios gruesos..." ¿A quién conocen así? 

-Artigas. 

-Pero déjense de joder... "nariz respingada". ¡¿Quién es?! 

-Artigas. 

-Mirá, nenita, vos tenés que colaborar, si se trata de un amigo de tu 
papá, tenés que decirnos quién es. 

-Artigas. 

Los funcionarios se fueron. Quedamos solas con la mujer. Volvió a 
su rutina de los papeles. Sin levantar la vista preguntó para anotar en el 
libro grandote: 

-¿Ustedes por qué están aquí? 

-Si usted no lo sabe, nosotras tampoco-, dijo Rocío. 

- ¿Por qué? 

-¿Por qué estamos presas?-, seguí. 

-¿Son tupamaras? 

-Somos niñas-, dijo Rocío. 

-Está prohibido llevarse a los niños presos-, dije. 

Uno de los oficiales volvió a entrar. 

-No se preocupen que enseguida se van a ir-, aseguró la mujer. 

-¡Acompáñenme!-, ordenó el oficial y nos encerró en un ascensor. 

III 

Cuarto piso encerradas en el ascensor. Me sujetan del brazo... Ayer 
en la fuente del Prado maté bichitos de luz. Cacé una largartija. Se des¬ 
prendió de la cola y escapó de mis manos. Si yo pudiera desprenderme 
del brazo y escapar..,, escapar... Estuve leyendo un libro sobre Van Troi, 
el vietnamita del Tío Ho. Cuando Van Troi cae preso le arrancan las 


126 



uñas. Van Troi se tira por la ventana tratando de escapar. Cae arriba de 
un camión en marcha y se rompe los huesos. Pero yo voy a tener suerte. 
Voy a buscar a mi padre que está en los pisos de abajo. Rocío me va a 
seguir y nos escapamos. No necesitamos tirarnos por la ventana, es una 
suerte. 

Cuarto piso. Inteligencia y Enlace. La puerta del ascensor se abre y 
salgo corriendo. Le grito a Rocío que me siga. Encuentro la escalera. 
Bajo corriendo. Le grito a Rocío que me siga. El que me sigue es el gor¬ 
do. No importa, después de rescatar a mi papá, vuelvo a buscar a Rocío 
que ya sé dónde está. La escalera de caracol no termina nunca. El gordo 
se me está acercando. Tengo vértigo, no puedo mirar para abajo y tam¬ 
poco mirar para atrás. Mis pies ya no tocan los escalones. Otra vez el 
gordo me levanta en vilo por el pelo. Me sube hasta el cuarto piso con 
los pies en el aire. Soy demasiado flaca y no peso nada. Prometo comer 
todo el plato y engordar, así no me podrán seguir levantando por los 
pelos. Bajé cinco pisos y no encontré la salida. Debe haber otra escalera 
que me conduzca a mi padre. Esto es un laberinto. 

IV 


-¡De rodillas contra la pared! 

Rocío llora, se agacha pegada a la pared y llora, es más chica. Hay un 
aparato mecánico donde gira una aguja de reloj. No sé qué es pero no 
importa. Hay una ventana pero está cerrada. Arranco la aguja que da 
vueltas. Rocío se levanta y me mira. No llora, está asustada. Rompo el 
aparato contra el piso. Cuatro policías armados nos rodean. Nos apun¬ 
tan con el revólver. Nos enfocan con una luz que encandila. Traen dos 
sillas y nos obligan a sentarnos. Me levanto como un resorte y me vuel¬ 
ven a sentar, me levanto, me sientan, me levanto... 

-A mí nadie me manda. 

-¡Cállese la boca! Está hablando con el comisario Otero. 

Es bajo y no se ve a contraluz. No lo vemos, sólo lo escuchamos... El 
comisario Otero es el mismo que sale en los diarios. 

-¿Dónde se encontraban con su padre? ¿Tus padres se ven? 

-No. Están separados-, por suerte Rocío se acordó de lo que había 
que decir. 

-¿Están separados? 


197 



-Sí. 

-¿Dónde estuvieron antes de ir a la iglesia? 

-En la escuela. 

-¿Y después? 

-En la escuela. 

-¡Después de la escuela! 

-En la iglesia. 

-A la iglesia llegaron dos horas más tarde. Ustedes seguramente 
quieren irse para su casa y que su madre las venga a buscar. ¿Dónde 
trabaja tu mamá? 

-No sé. 

-Número de teléfono. 

-No sé. 

-¿De dónde venían al encontrarse con su padre? 

-De la escuela. 

-¡¿Dónde fueron después?! 

-A jugar. 

-¿Dónde? 

-A un parque. 

-¿Qué parque? ¿El Parque Rodó? 

-Sí. 

-¿Qué hicieron? ¿Con quién se encontraron allí? ¿Quién vive en el 
Parque Rodó? 

-Los juegos. Fuimos a jugar y nada más. 

-¡¿Quién vive en el Parque Rodó?! ¿A quién fueron a visitar? 

-A nadie. 

Yo me callé y no dije más nada. Rocío siguió contestando. Yo había 
metido la pata. En el Parque Rodó vive mi prima Jaqueline que es más 
chica que Rocío. ¿Y si traen presa a mi prima Jaqueline que es más chica 
que Rocío? ¿Si le pasa algo a mi prima Jaqueline por culpa mía? Tengo 
que repetir lo mismo que Rocío, es más chica pero contesta mejor. Tene¬ 
mos que mentir, mentir, mentir. 

-¿En dónde estuvieron? 

-En ninguna parte. 

-¡¿A quién visitaron?! 

-A nadie. 


128 



-Número de teléfono del trabajo de tu mamá. 

-No tiene. 

-Nombre completo de tu mamá. 

-No me acuerdo. 

-Lugar a donde fueron antes de la iglesia... 

-Ninguno. 

-¿Se encontraban antes con su padre? 

-No. 

-¿En qué trabaja tu madre? 

-No sé... 

-No sé... 

-No sé... 

El interrogatorio siguió. Rocío los convenció, los dio vueltas en el 
Gusano Loco del Parque Rodó. Mi prima Jaqueline por suerte está sal¬ 
vada. A Rocío, aunque tiene nueve años, no logran aturdiría. Yo la sigo, 
repito todo lo que dice. Después, cuando por fin nos dejan tranquilas, 
Rocío no hace más que llorar. Me encañonan con un revólver en la sien. 
Me dicen que los calabozos están muy fríos y que me van a aplicar el 
hierro caliente para marcarme como hacen con los terneros en la yerra. 

-¡Y a mí qué me importa! 

Los desafío para que Rocío no se asuste. Ella contesta y no se equi¬ 
voca nunca. Yo no hablo y cuando me obligan, repito palabra por pala¬ 
bra lo mismo que ella, miento. Somos unas mentirosas. 

V 

Traen un montón de estudiantes. Los agarraron en una manifesta¬ 
ción. Los ponen de plantón durante horas. Yo los acuso... 

-Torturadores, asesinos. ¿Qué le están haciendo a mi padre? ¿Dónde 
está? 

Estoy planificando escaparme otra vez. En algún lugar debe haber 
una puerta que me lleve a mi padre. Estoy segura de que es así. Tengo 
la impresión de que está cerca. No sé explicarlo. Tengo la sensación que 
nos está escuchando. Yo siento que él nos está escuchando. Entonces no 
puede estar lejos. Lo voy a encontrar y nos vamos a escapar. 

Los muchachos están cansados. Les pegan cuando se mueven, les 
dan garrote. 


129 



VI 


Ponen a los muchachos contra la pared del fondo. El gordo da la 
orden... 

-¡Preparen!... ¡Apunten!... 

Rocío llora tapándose la cara. 

-Si me escapo, te prometo que te voy a sacar de aquí. 

-Calíate... 

-Vas a ver que vamos a salir, voy a encontrar la salida. 

-Nos van a matar, calíate. 

-¡Preparen!... ¡Apunten!... ¡Fuego! 

Oigo los disparos, los muchachos caen. No veo sangre porque no 
tengo los lentes. Es raro, algunos mueren de pie. Salgo corriendo, me 
escapo. Abro puertas, puertas, puertas. Detrás de alguna puerta está mi 
padre escuchándonos. Abro una puerta tras otra. Bajo corriendo las es¬ 
caleras. Sigo abriendo puertas. De vuelta mis pies no tocan el piso. Otra 
vez cazada por los pelos. Paso cerca de los estudiantes muertos. Muy 
lentamente se levantan. No hay sangre en el piso. 

-¡Asesinos! ¡Asesinos! ¡Ustedes son los asesinos de mi hermano! ¡Us¬ 
tedes mataron a mi hermano Alfredo! ¡Fueron ustedes! ¡Asesinos! 

Alfredo aparece desde la nada. Mi hermano Alfredo. Lo veo llegar 
desde la fuente del Prado, desde el Jardín Botánico, justo por el camino 
de las palmeras butiá. Desde donde me empapé porque me caí en la 
fuente en invierno, y él se rió. Se rió porque yo estaba haciendo pirue¬ 
tas en el murito de la fuente y no me di cuenta y me caí. Se rió y pescán¬ 
dome de la solapa me sacó de la fuente chorreando agua como las esta¬ 
tuas. Mi saco empapado pesaba. Salí con cara de musgo. Alfredo se rió 
salvándome porque hacía frío. Alfredo se rió y todas mis hermanas y 
mi padre, el agua, las palmeras, la fuente y el camino de la fuente fue 
una risa. Alfredo llega con el gesto de su risa y está aquí tan cerca, que 
nada me importa. Alfredo, mi hermano grande, ha venido a visitarme. 
Me va a cuidar, me va a ayudar, me va a defender... No sé cómo, pero 
estoy segura de que vamos a salir. Los muchachos, como si no estuvie¬ 
ran muertos, se van levantando del suelo. No entiendo nada. Me abra¬ 
zo a Rocío. 

-¿Qué pasó? 

-No sé, pero vas a ver que vamos a salir. 


130 



-Hijos de puta. Nos hicieron un simulacro de fusilamiento-, contes¬ 
tó uno de los caídos. 

Los milicos se mataban de la risa. 

VII 

Se llevaron a los muchachos y quedamos solas otra vez con los 
interrogatorios. Éramos responsables de nuestros padres. La vida de 
mi padre, la vida de mi madre, estaba en nuestras palabras. Dependía 
de lo que dijéramos el surco que haría la línea de la vida en nuestras 
manos. 

Habían pasado las horas y a esta altura nos podía pasar cualquier 
cosa. Ya era de noche y era tarde. ¿Qué pensaría mamá que no había¬ 
mos regresado de la escuela? ¿Cuándo volveríamos a casa? Mamá nun¬ 
ca se va a dar cuenta de que estamos acá. ¿Nos van a dejar presas? Por 
suerte ya no nos preguntan por mi prima Jaqueline, quiere decir, por el 
Parque Rodó. Es verdad que alguna vez fuimos con mi prima Jaqueline 
y con mi papá al Parque Rodó, pero eso no lo podemos decir. Si lo pre¬ 
guntan es porque no lo podemos decir. 

-Ustedes no nos pueden tener aquí. Tienen que dejarnos ir. Mi mamá 
nos debe estar buscando. 

-Señor, lléveme con mi mamá. 

-Rocío, ellos tienen la obligación de dejarnos en libertad. 

-Nosotros queremos llevarlas a su casa. Tenemos un patrullero es¬ 
perando afuera. Pero, para eso tienen que darnos los datos que les esta¬ 
mos pidiendo. Sabemos que ustedes viven en el Prado, pero no tene¬ 
mos el teléfono para llamar y que las vengan a buscar. 

-Usted dijo, señor, que había un patrullero para llevarnos. ¿Para qué 
quiere el teléfono?-, preguntó Rocío con la agudeza de siempre. 

Mi casa en la calle 19 de Abril es la casa más linda del mundo. Pienso 
en mi casa... pienso en el Prado... Se me olvidó mi teléfono... De verdad 
que se me olvidó y si quiero acordarme no me sale. 

-¡Hasta cuándo nos van a tener acá! Somos niñas, esto es ilegal. 

-¡Cállese la boca! Usted está hablando con el comisario Otero. 

-Usted no es nadie. 

-Limítese a contestar lo que se le pregunta. 

-Dígame dónde está mi padre y lléveme con él. Yo sé que lo están 


131 



torturando. Ustedes son unos torturadores, son unos asesinos. ¡Crimi¬ 
nales! Eso es lo que son. 

Ahora el interrogatorio fue distinto. Yo también preguntaba, acusa¬ 
ba. Ninguna de las dos contestaba más, nunca más. Apareció el gordo 
no sé ni de dónde y empezó a burlarse como si relatara un partido de 
fútbol... 

-Vietnam contra Estados Unidos, señoras y señores, esto se está po¬ 
niendo muy interesante, avanza Vietnam, avanza por el medio de la 
cancha. Sale al ataque Estados Unidos, retrocede Vietnam. Buena de¬ 
fensa la de Vietnam. Estados Unidos le va a cobrar penales, le lleva 
ventaja. Esto es sensacional, señores y señores. Imposible de creer. Viet¬ 
nam se recupera y avanza otra vez... 

Nosotras quedamos mudas y ellos como si le hablaran a las paredes. 

-¡Goool! ¡Goool de Estados Unidos! Esperen señoras y señores, no 
se impacienten, este partido continúa, veremos qué va a hacer Vietnam 
en el segundo tiempo... 

Me acordé de Van Troi, el héroe del Tío Ho. Me acordé de su plan 
para escapar. Mis intentos de fuga habían fracasado, pero ahí estaba la 
ventana, cerrada. Si abro la ventana, me tiro cuando no haya ningún 
auto en la calle, vuelvo a entrar, busco a mi papá, me voy con él y des¬ 
pués venimos a rescatar a Rocío. Evidentemente es un buen plan. El 
único problema es calcular la caída justito en la vereda, para que no me 
vaya a pasar lo mismo que a Van Troi. Entonces empecé a toser... 

-Por favor, podrían abrir la ventana. 

Abrieron una rendija de la ventana. Me acerqué a mirar. Estaba lleno 
de patrullas y chanchitas circulando o estacionadas. Había que esperar 
que se vayan a dormir. Entonces la calle quedará vacía. Hay que tener 
paciencia. 


VIII 

Vino una mujer policía y nos dijo: 

-Pasen por aquí, vengan conmigo, van a comer. 

Con el hambre se me olvidaron todas las ventanas. En un cuarto, 
arriba de la mesa, había dos tazas de café con leche y bizcochos. 
-Pobrecitas, están muertas de hambre. 

Tenía una voz suave. No nos preguntaba nada. Nos tranquilizaba 


132 



diciendo que nos iba a encontrar un buen colchón para dormir, con 
sábanas y todo. Después de comer se me cerraban los ojos arriba de la 
mesa. 

-No te duermas-, me decía Rocío dándome un codazo o una patada 
por debajo de la mesa. 

Fuimos al baño. Nos echamos agua en la cara. De repente apareció el 
gordo: 

-Recojan todo y vengan conmigo. 

-Con usted no vamos a ninguna parte. 

-Vengan, tu mamá las está esperando. 

IX 

Mi madre era la fuente de agua clara en el desierto del Principito. 

-Bueno, querida Isabelita, ahora estarás contenta, ¿verdad? 

-Es la tercera vez que vengo aquí y me decían que no estaban. Es la 
tercera vez. García, si no me encuentro con usted no me devuelven a 
mis hijas. 

-¿Te acordás, Isabelita, cuando íbamos al liceo, y estábamos en la 
misma clase? ¿Te acordás de mí? Yo me sentaba en el último banco. 
¿Quién iba a decir que nos volveríamos a encontrar aquí? Supongo que 
te acordarás de mí. 

El gordo decía todo eso mientras nos mantenía agarradas de la mano, 
sin soltarnos. 

-Por favor, señor... 

-García, podés tutearme. 

-Por favor señor, si usted quiere yo me quedo presa, dejo a mis hijas 
en casa y regreso para que me detengan. Por favor, ¡entrégueme a mis 
hijas! 

-Sería un buen trato-, dijo sonriendo, -pero... por ahora no es nece¬ 
sario. Antes de irte tenés que firmar aquí. Este documento dice que la 
atención para con las niñas ha sido impecable y que se encuentran en 
excelente estado físico. 

-Es mentira, mamá, él me pegó. A papá también le pegaron-, dije. 

-Esta es un tesorito, igualita a vos, pero la más grande es una leona, 
igualita al padre. Tené cuidado con ella. Seguramente la vamos a vol¬ 
ver a tener por aquí. 


133 



El gordo le acercó un documento. 

-Tenés que firmar. Si no firmas, no las podemos dejar ir. 

Mi madre firmó. El gordo nos soltó. Mamá nos agarró fuerte. 

-¿Ya nos podemos ir? 

-Sí, claro, cuando quieran. 

-No mamá, no podemos irnos hasta no ver a papá. Tenemos que 
verlo porque yo sé que lo están torturando. Yo lo vi. Usted me va a 
decir dónde está mi papá. Yo no me voy de aquí. 

-¡Vamos! 

Mi madre me agarró fuerte llevándome escaleras abajo. Yo iba gri¬ 
tando... 

-¡Torturadores!... ¡Asesinos!... 

Mis gritos taladraban las paredes para que mi padre sintiera y, des¬ 
de no sé qué lugar, respondiera. 

Cuando llegamos a la calle, afuera, empecé a llorar. 

-Marina, ¿qué te pasa? ¿Qué te hicieron? Si querés vamos a la pren¬ 
sa, vamos a Marcha y contás todo. Esto hay que denunciarlo. 

-Quiero ir para mi casa-, dijo Rocío y nos fuimos. 

X 

Rita, mi hermana melliza, y mi amiga Cecilia estaban sentaditas en 
el portón, esperándonos. Susana, la mamá de Cecilia y Leticia, también 
estaba en el jardín esperándonos. Leticia y mi hermana Gabriela juga¬ 
ban adentro, esperándonos, estaba la abuela en la cocina. Nos habían 
buscado todo el día, por todas partes. Cuando mi madre escuchó por la 
radio la noticia de la detención de mi padre, se le ocurrió que podíamos 
estar con él. Fue a la Jefatura y le dijeron que no estábamos. Fue por 
tercera vez y ahora estábamos en casa, abrazadas, abrazadas, abrazadas. 

XI 

La policía vive llamando por teléfono. Agarran a mi madre y le deta¬ 
llan las torturas que le están haciendo a mi padre. Le dicen que si quiere 
volver a verlo con vida tiene que decir todo lo que sabe. Mi madre dice 
que se acuerda de Haydée Santamaría, que es cubana, y piensa: "Si él 
está resistiendo y no dice nada, yo no tengo nada que decir". Cuando 


134 



suena el teléfono, mi madre levanta el tubo y dice que no sabe nada de 
nada. Pero si lo levanto yo, o cualquiera de mis hermanas, entonces la 
abuela aprovecha, nos quita el teléfono de la mano, y les dice hijos de 
puta y les dice de todo. 

Diez días después fuimos a ver a mi padre. 

Presentamos documentación. Pasamos por corredores. Nos detuvie¬ 
ron ante rejas. Abrieron la puerta y entramos. No había casi luz. No 
había nadie. Esperamos en un banco. Mi padre apareció escoltado. Le 
quitaron las esposas. Mi madre y mi padre se abrazaron. Apoyado so¬ 
bre mi madre se sentó en el banco frente a nosotras. Le colgaba el cuello 
de la camisa. Las mangas estaban rotas, la cara con moretones. Le cos¬ 
taba moverse. Le costaba hablar. 

-¿Qué te hicieron? ¿Qué te hicieron?-, repetía mi madre. 

-Me torturaron... Creo que tuvieron que parar porque la presión me 
subió a veinticuatro... Estuvieron toda la noche preguntando... No les 
dije nada... Les hablé de marxismo... 

-Esto hay que denunciarlo. Cuando salgamos de aquí voy a Marcha 
para que lo publiquen. 

-No... No hagas nada... Si quieren seguir,... van a seguir... Ni tú, ni 
Marcha, van a poder hacer nada... Hay que ser cuidadoso... Pueden to¬ 
mar represalia contigo y con las hijas.... Hay que pensar en las niñas... 
Esto no va a durar mucho... Dentro de poco me pasan a Punta Carre¬ 
tas... 

Me preguntó por la escuela. Hablaba muy lento. No sé ni de dónde 
sacó un papel, y me lo dio. 

-Es para ti, que no te lo vean-, me dijo al oído cuando nos despedi¬ 
mos. 

La visita terminó. Nos abrazamos y se fue, en su mirada, nosotras. 
En el puño de mi abrigo la carta se convirtió en invisible. Era un escon¬ 
dite demasiado evidente, pero la carta se había convertido en invisible. 
No me cachearon los puños. No terminaba de coordinar la visión de mi 
padre con la realidad. Tenía bronca. Tenía ganas de gritar. Tenía lo más 
importante: la carta. Aprendí que las cosas, muchas cosas, se pueden 
volver invisibles. Cartas, papelitos, mensajes. Yo misma me podía con¬ 
vertir en invisible. Esto era verdaderamente asombroso. Mi padre esta¬ 
ba adentro, preso, pero su carta, su mensaje, estaba afuera. ¡Libre! 


135 



XII 


Cárcel Central, 18 de agosto de 1970 

"Querida Marina: 

Recién hoy pude conseguir papel y lápiz para escribirte. Es ésta la 
primera carta que escribo desde la cárcel. Es para ti porque estoy orgu¬ 
lloso de tu conducta. Fuiste valiente frente a los esbirros, Rocío también 
se portó muy bien ante las circunstancias. Ella es más chica, pero tú, 
con sólo doce años, demostraste una combatividad ejemplar. Ganaste 
el título de ser llamada una niña rebelde. Capaz de reaccionar con ener¬ 
gía, con dignidad, frente a una docena de milicos que te acosaban para 
que tu padre lo sintiera desde una pieza contigua. No tuviste miedo a 
pesar de que eran hombres dentro de su propia fortaleza. Los acusaste 
certeramente. Les gritaste que eran los asesinos de tu hermano Alfredo. 
Preguntabas ¡qué crimen van a cometer con mi padre! (...) 

No pocos quedan en rebeldes. Mas la condición de revolucionario 
no se logra de golpe. Es el producto de un proceso en relación con la 
vida, o mejor dicho, con los hechos de la vida que devienen en expe¬ 
riencia. Es una capacidad para sentir o ser sensible acerca de esos he¬ 
chos o sistemática con esos hechos. Para ello es necesario: ser capaces 
de amar. No en un sentido egoísta. Me amo a mí misma, amo a mi no¬ 
vio, a algunos miembros de la familia, o aborrezco a otros dentro o fue¬ 
ra de ella. No. El amor auténtico es el que no es patológico, el que no 
está limitado por una estructura económica competitiva, en la que unos 
se clavan el diente a los otros para poder subsistir. El amor es más am¬ 
plio, es infinito. Se traduce en esto: amo en ti (a mi esposo, padre, ma¬ 
dre, hermano, abuela, etcétera) a la humanidad. Puedo y debo amar 
más intensamente o profundamente a los que tengo más cerca o a aque¬ 
llos con los que me relaciono más íntimamente. Pero este amor no sería 
sano si no es compatible con el amor al prójimo o con el sentimiento de 
sentirse hermano de cada uno de los que integran su pueblo y a su vez 
de cada ser humano que habita el planeta. Porque este es realmente el 
verdadero amor. El que corresponde a la virtud esencial del ser huma¬ 
no no degradado, no deformado, y por tanto en condiciones de cum¬ 
plir con los grandes fines de la vida en el marco de todas sus potencia¬ 
lidades creadoras. 


136 



Para ser revolucionario es necesario tener capacidad de amar frente 
a todas las manifestaciones de la vida. Amo en ti a la humanidad. 

Te abraza, 

tu padre." 

Amazona 


137 



La paisana 


INIació en un hogar con nueve hermanos; pasó hambre y frío; salió a 
trabajar a los diez años en las estancias para cuidar niños y lavar coci¬ 
nas. 

A los 13 años se vino a Montevideo como doméstica, vivía en Yi y 
Durazno. 

Conoció a un muchacho a los 16 años, para mí era un niño, me ena¬ 
moré y él también, pero yo tenía claro lo que quería y era entrar en las 
fábricas, para poder luchar en los Sindicatos. Cuando me vino a visitar 
ya no estaba, me fui, para no hacerle daño. 

Entré en las fábricas textiles, luché junto a Héctor Rodríguez, Gaetano, 
Garmendia y otros. 

En los primeros años teníamos que esconder el carné sindical para 
poder conservar el trabajo. 

Nuestro patrón era Pedro Saenz, el más reaccionario de los patro¬ 
nes. 

Y pasaron los años. Yo tenía mi compañero del cual nacieron dos 
hijas que se llevan 15 años, porque yo vivía a "campo", porque estaba 
siempre suspendida o presa. 

Cuando pusieron las Medidas Prontas de Seguridad en 1968, estuve 
presa en la Escuela de Nurses, con los compañeros de la Comisión de 
fábrica; mi hija mayor ya tenía 16 o 17 años y nos dijimos, vamos a 
luchar y la que caiga, mala suerte. 

Ella era estudiante, cuando llegó la dictadura en 1973 tenía una nena 
de cinco meses y con el esposo cayeron presos; tuve que hacer de mamá. 
También estuve presa pero pocos días. 

En una de las visitas que le hice a mi yerno, al Penal de Libertad, me 
pidió que ayudara a un muchacho que le estaban dando duro, no lo 
conocía, pero tuve que inventar algo para poder verlo y que me dieran 
la visita; fui como nueve o diez años a visitarlo y llevarle el paquete. En 
1976 cae mi hija de nuevo presa, estaba embarazada de otro bebé; nació 
el 11 de mayo de 1977, estaba en Punta de Rieles. 


138 



Yo iba a Libertad los miércoles, los jueves al Cuartel y los sábados o 
domingos a Punta de Rieles. 

Tenía tres nietos a mi cargo. 

El 24 de octubre de 1978, me echaron de la fábrica por notoria mala 
conducta, después de 26 años de trabajo, pero les gané el pleito en la 
dictadura y me tuvieron que pagar el despido. 

Cuando nació mi nieto, pedí para sacarlo del Penal; lo sacaba de 
mañana de Punta de Rieles y lo tenía que entregar antes de las 17 horas, 
caminaba 12 kilómetros por día para poder llevárselo al padre a Liber¬ 
tad. Tenía tres visitas con Walter, Eduardo y Alberto. 

En mi casa hacíamos 40 paquetes para los presos políticos, porque 
nadie se animaba a hacerlos por temor a la represión. 

Durante la dictadura estábamos muy pobres, yo sin trabajo y mi es¬ 
poso jubilado con una miseria, tuvo que dejar la jubilación y entrar en 
las curtiembres, para poder tener para llevarle el paquete a nuestra hija 
y poder visitar a los otros compañeros; no nos alcanzaba y comíamos 
de la basura para poder vivir, juntaba de los cueros de oveja, en la 
curtiembre, los rabitos, para hacerlos con arroz, para poder dejar el suel¬ 
do para llevarle el paquete a nuestra hija, darle leche a los niños y tener 
para los pasajes, bastantes veces me faltó pero teníamos compañeros de 
oro, como la compañera Iris Wolf, que muchas veces me pagó el pasaje. 

En 1973 nos sacaron de la fábrica y nos llevaron a la Base N° 1 en 
Carrasco, a siete compañeros, estuvimos presos con el Padre Luis 
Musetti, que era de la fábrica Textil Uruguaya. Quince días en la Comi¬ 
saría 17, en la dictadura caí tres veces detenida. 

Esto es parte de lo que pasé en mi vida y en la Dictadura. 

Hoy puedo decir que los mejores hijos de este país se mueren sin ser 
felices, por los malos gobernantes que tenemos. 


La paisana 


139 



El movimiento "hi" 


Para decir las cosas como son: cuando llegamos al Penal de Olmos, 
allí el aire se cortaba con cuchillo. Un grupo y otro se habían enemista¬ 
do; cosas del encierro y tal vez de la poca experiencia. Casi todas eran 
muy jóvenes. Las uruguayas, en cambio, teníamos entre cinco y diez 
años más que ellas. Pero sobre todo se notaba que veníamos de un gran 
revolcón. En el otoño de 1975, quien más quien menos, arrastraba ya 
una o más canas, tal vez alguna fuga, dos exilios -Chile, Argentina-, 
quizás dos golpes de Estado -Chile, Uruguay- y los sueños "un poqui¬ 
to" postergados. 

Como quiera que fuera, con la llegada de nuestro contingente al Pe¬ 
nal de Mujeres de Olmos las relaciones empezaron a cambiar para me¬ 
jor. Por tanto, ya adelanto que esta es una historia con final feliz, en 
plena época de crueles y desgarrantes desdichas. Es necesario explicar 
que las recién llegadas éramos mayoritariamente orientales, aunque 
también traíamos a algunas argentinas y a una chilena, para más datos, 
de distintas fracciones, lo que no se expresaba en fricciones políticas. 
Esto último quizás sucediera porque llegábamos de la misma desdicha: 
todas, en el error o en el acierto como suelen decir los cronistas, había¬ 
mos sido interrogadas por uruguayos, torturadas por uruguayos, con¬ 
sideradas uruguayas ¡en medio de la Provincia de Buenos Aires, Repú¬ 
blica Argentina! 

Daría para llorar, por cierto, pero podemos reírnos ahora, con el tiem¬ 
po, del craso error de la "legión extranjera" de nuestras uruguayas Fuer¬ 
zas Conjuntas de 1975. Cosas que tiene la historia, un buen día el Comi¬ 
sario que comandaba la Brigada de San Justo, donde nos habían guar¬ 
dado, cansado ya de los renovados interrogatorios de los uruguayos 
que le habían ocupado la planta alta de su dominio, su comisaría, deci¬ 
dió poner fin al asunto: no les dejó que nos tocaran más. 

-Ustedes, muchachas, ya sufrieron bastante -nos dijo-. De ahora en 
adelante están bajo mis cuidados. Nadie las va a sacar del calabozo si 


140 



no lo mando yo. Y si alguien quiere sacarlas, ustedes me llaman a mí. 

Nosotras no cabíamos en nuestro asombro; pero así fue, como había 
dicho el Comisario Britos: los represores de visita mostraban su impo¬ 
tencia del lado de afuera de nuestra celda colectiva amenazando con 
nuevas verdugueadas, mostrando la "parrilla" donde tantos compañe¬ 
ras y compañeros habían sido torturados con picana y amenazando: 
"Ya te vamos a agarrar de nuevo". Lo cierto fue que no pudieron. El 
Comisario Britos había hablado en serio: nos protegía. Entusiasmadas, 
pese a la situación, por aquel modesto triunfo de la ley y el orden, pue¬ 
de ser que haya sido que nos diera por cantar. (O habremos cantado 
porque sí, nomás; no hay que pedirle muchas explicaciones al buen 
humor.) ¿Qué cantábamos? Todo lo que nos salía a coro; no pusimos 
énfasis especial ni en canciones de protesta ni en resisténcias, cantar 
servía para... para cantar nomás. 

Si yo fuera forzada a escribir seriamente acerca de los orígenes y 
desarrollo del Movimiento "Hi", quizás dijera que todo empezó aque¬ 
lla noche de la llegada de nuestro contingente al Penal de Mujeres de 
Olmos, a fines del otoño de 1975. Habíamos salido por la tarde de la 
Brigada de San Justo con rumbo desconocido. Se nos acababa la protec¬ 
ción de Britos y aparecía de nuevo la intemperie, el fantasma de la ame¬ 
naza, la pregunta siempre presente: ¿será esto el traslado al Uruguay? 
Pero no. 

Nos dejaron en Olmos, que era un casco de estancia convertido en 
prisión para mujeres, en medio de la pampa húmeda, lo que después 
bautizaríamos "la estancia de papá". Las ya residentes se reunieron en 
la cocina para recibirnos con sus guitarras. Cada una cantó una o más 
canciones. Lindas todas, sinceramente sentidas... mucho "puño en alto", 
mucho "pueblo"; realmente conmovedor... 

Después nos preguntaron si no queríamos cantar algo nosotras. Creo, 
no me atrevo a aseverarlo, que aquellas buenas compañeras no creye¬ 
ron lo que sus ojos les mostraron y lo que sus oídos ingresaron a sus 
cerebros militantes: una fila compuesta por las recién llegadas, sin distin¬ 
ción de nacionalidad ni credo, se enfrentó a la asamblea compañera, 
cada una se ladeó suavemente, extendió el brazo derecho y -como en 
un acto de revista-, la fila fue entonando (con contoneos de cabeza, 
caderas y brazos que iban y venían); " Duerme, duerme, negritoooo, que tu 


141 



mama 'ta en el campo". Al llegar a esta parte, una porción del coro le 
respondía a la otra "Chacabún, chacabún, chacabún" y continuaba la can¬ 
ción. Era el fruto mejor de nuestros ensayos en la Brigada de San Justo, 
recién salidas de la biaba y en medio de las amenazas varias. Me parece 
que las compañeras quedaron realmente impresionadas; no lo espera¬ 
ban. Pasado el tiempo fueron dándose cuenta que nuestro ingreso 
distendía las relaciones porque, sin abandonar nuestras ideas, había¬ 
mos llegado con un irrefrenable deseo de reírnos. Lo bueno es que las 
demás compañeras del Penal nos siguieron. 

Pero se hace necesario mencionar en especial a Estela, nuestra 
"montonera oriental". En la Brigada de San Justo, a pocas cuadras de la 
casa donde había nacido, donde había habitado hasta hacía pocos días, 
había sido interrogada sobre cuestiones del Uruguay. Encapuchada, 
Estela fue verdugueada por error, por las Fuerzas Conjuntas de Uru¬ 
guay; ella no entendía qué le estaba sucediendo, ¡¡a la vuelta de su pro¬ 
pia casa!! El día que le quitaron la capucha y se vio totalmente rodeada 
de uruguayas, su asombro no tuvo límites. ¿Dónde estaba? ¿Quién era? 
¿Cómo se llamaba? ¿Qué era aquella pesadilla? Estela fue la única que 
tenía una mamá que llevó comida a la Brigada; ella la repartía entre 
veinte mujeres que no tenían ni un solo familiar por aquellos lugares. 
Ella se hizo la integrante más querida por el grupo, que después le can¬ 
taba -todavía en San Justo-: "De todas partes vienen los orientales". La 
negra, de sonrisa discreta y alma grande, nos miraba con su recia ternu¬ 
ra. Estela fue, -cómo podía ser de otra manera- una de las ideólogas 
del Movimiento "Hi". 

Por argentina, por cautiva de la legión extranjera de las Fuerzas Con¬ 
juntas y por participante de las luchas internas de la izquierda argenti¬ 
na, era un modelo para sus compatriotas; tenía motivos para fundar 
sola el Movimiento. Pero la acompañamos; creo que fuimos cuatro aque¬ 
lla noche, que nos sentamos en la cocina y nos pusimos de acuerdo en 
los postulados más básicos. Escribimos una declaración de principios, 
diseñamos un logo unitario que calzara correctamente con los diferen¬ 
tes grupos, (optamos por una V y arriba una estrella de cinco puntas 
que por debajo en semicírculo ostentaba la consigna: "Alegría vuelve"). 
Colocamos copias de la declaratoria fundacional en diferentes lugares 
visibles. 



Quedaba así fundado, aquella noche, "en algún lugar de Olmos" (nos 
guardamos discretamente el preciso lugar histórico de la reunión), el 
"Movimiento Hilarante Para la Liberación" (MoHiPaLaLi). El Movi¬ 
miento produjo tremendos festivales que hicieron las delicias de las com¬ 
pañeras. Me viene ahora al recuerdo aquella conferencia sobre el uso 
abusivo del papel higiénico y la obra de teatro para niños intitulada 
"Las Escuadras Pajaritas". Tremenda línea tenía aquella obra; cuando 
el personal carcelario se dio cuenta ya era tarde; estaba llegando al final 
la representación que -con entrada especial de nuestros niños-, había¬ 
mos montado para un día de celebraciones que quizás fuera el Día de la 
Madre. 

Cuando "las bichas", es decir las funcionarías, se enojaron por el 
contenido ideológico de la obra, nosotras ya estábamos en la escena 
final, -grandiosa ella-, en que todas desfilábamos con nuestras alas de 
papel de diario, entonando, con los acordes de la Marcha San Lorenzo, 
aquel texto que decía: "Las escuadras pajaritas/ todas juntas bien unidas 
triunfaremos/y a las águilas, las malditas/picotones, picotones les daremos./ 
Adelante, pajaritas/ adelante con la fuerza y el coraje./ Los caranchos, misera¬ 
bles,/ no podrán hacerle frente al que trabaje..." 

El MoHiPaLaLi representó también con mucho éxito, "La muerte 
del cisne". Era un ballet unipersonal, en que una compañera -de pollerita 
corta- aleteaba como una gallina moribunda, en tanto el "audio" había 
sido resuelto acudiendo a la voz de soprano de una compañera que 
entonaba "a capella" algo para que la otra lo bailase. Tuvimos cuidado 
de que la cantante no desentonara con el traje de la bailarina; ésta iba 
vestida con sábanas de lienzo del Penal, como una matrona romana y 
en la cabeza llevaba un montón de lana amarilla, destejida, arrugada, 
que parecía -talmente- una peluca de largos rulos rubios. 

No faltaron declamaciones infantiles, como la de aquella niña -que 
era una de nosotras- vestida con un camisoncito corto celeste, colorete 
rabioso en las mejillas, el cabello con moñas y una "puesta en escena" 
consistente en alaridos y corridas destrozando un poema de Juana de 
Ibarbourou llamado "El vendedor de naranjas". También introdujimos 
una actuación de murga interpretada con singular devoción por las 
habitantes de una y otra orilla del Plata. 

Entre número y número producíamos comerciales al uso del mo- 



mentó. Recuerdo aquel que, motivadas por la ardua polémica acerca de 
si podíamos encargar champú o no a nuestros familiares, resultó en 
una lucida puesta en la que dos chicas se presentaban en escena; una 
con una larga y brillante cabellera color avellana decía, con la cabeza 
gacha: "Yo uso el champú de la burguesía... y me autocrítico". En tanto la 
otra aparecía con el pelo hecho una mata inmensa, seca y sin brillo y 
decía: "Yo soy una verdadera proletaria y me lo lavo con jabón de la ropa"; 
entonces, sacudiendo la mata informe al aire con un gesto bien seco, 
exclamaba: "¡Shock!", (al estilo de la joven Susana Giménez). 

Fue tanto el éxito del Movimiento que con el tiempo y la masiva 
adhesión a la causa, le cambiamos el nombre -levemente-. Fue desde 
entonces el Partido Hilarante Para la Liberación (PaHiPaLaLi) lo que se 
dice dar un salto cualitativo. El PaHiPaLaLi sobrevivió todo lo que el 
pobrecito pudo, en aquellos tiempos difíciles. Cada vez que llegaba traía 
consigo la alegría y la unidad. ¡Linda pareja! 


Toddy 


144 



Nuestros años más difíciles 


A la memoria de Hugo. 

A mis nietos. 

s 

Eramos una familia de clase media: padres profesionales, cuatro hijas 
estudiantes. Vivíamos en el Prado desde hacía varios años. Estábamos 
a gusto y no pensábamos irnos de allí. En los años 60 y 70, como le 
ocurrió a tantos, cambiaron radicalmente nuestras vidas. No voy a enu¬ 
merar las situaciones de violencia, arbitrariedad, inseguridad, injusti¬ 
cia e incluso muerte que los uruguayos padecimos. Son muy conoci¬ 
das. Quiero dar testimonio de lo que mi familia y yo vivimos en esos 
años. 

En nuestra casa siempre se comentaba lo que ocurría en el país y en 
el exterior. Hugo y yo repudiábamos la injusticia y la explotación del 
ser humano en cualquier lugar del mundo que ocurriera. No teníamos 
dudas sobre de qué lado teníamos que estar. Cuando a fines de los años 
50 Argelia estaba luchando por conseguir su independencia de Francia, 
vino a Uruguay una delegación de varios argelinos y un sacerdote fran¬ 
cés radicado en Argelia para divulgar la situación de ese país y buscar 
apoyo para su causa. Almorzaron en casa y nos enteraron de la situa¬ 
ción, que en parte conocíamos por la prensa. Se formó un comité de 
apoyo a la lucha del pueblo argelino. Mi marido se incorporó ensegui¬ 
da a trabajar por la liberación de Argelia. De una u otra manera acom¬ 
pañamos y apoyamos los movimientos de lucha popular que surgían 
en distintas partes del mundo en aquella época. 

Hugo era abogado, especialista en derecho laboral. Desde el princi¬ 
pio de su carrera tuvo a su cargo la defensa de varios sindicatos. Toda¬ 
vía recuerdo cómo, recién casados, al mediodía se llenaba nuestra casa 
de obreros: ¿está Hugo, está Hugo? Venían a buscarlo a casa cuando él 
dejaba su estudio para venir a almorzar. Defendió a los obreros de la 
carne en la huelga del sindicato que duró seis meses. Y al sindicato de 
los cinematografistas. Y a tantos otros. 



Luego, cuando fueron detenidos y procesados los primeros presos 
políticos de la década del 60, asumió la defensa de varios de ellos. Fue 
de los primeros abogados que denunció en sus escritos y en Marcha las 
torturas y el trato degradante a que eran sometidos. Nunca recibió por 
ello ninguna observación de la justicia civil, mientras ésta pudo funcionar. 

Las objeciones por su posición y su trayectoria como abogado vinie¬ 
ron de otro lado. 

Una mañana de 1970 cuando salía para la feria encontré un sobre 
que habían dejado por debajo de la puerta. Contenía una foto del auto 
donde había aparecido el cuerpo de Dan Mitrione. Escrito a máquina 
decía: "Esto hacen los que usted defiende. Le va a pasar lo mismo si no 
se va del país". 

También aparecieron mensajes escritos con letras recortadas de dia¬ 
rios, y hubo varias llamadas telefónicas anónimas. De éstas recuerdo 
una de las que atendí yo: una voz citaba a Hugo a que fuera al cemente¬ 
rio del Buceo para hablar con una persona de la que daban el nombre. 
Ingenuamente lo anoté. Era el de un policía que había muerto en un 
enfrentamiento con tupamaros. 

Los allanamientos se hicieron frecuentes. En algunos se dieron si¬ 
tuaciones jocosas, que servían para distendernos. Un soldado, después 
de revisar toda la casa, apoyó su arma y el gorro en la pared y, sentán¬ 
dose en una silla, se puso a examinar los libros de una de mis hijas. 
Cuando dio por terminado su cometido y se retiraba, tuve que adver¬ 
tirle: mire que se deja sus cosas. Apresuradamente tomó gorro y arma 
y, sin decir palabra, salió como había llegado. En otro allanamiento un 
agente encontró una foto de Julio Cortázar. La estudió con detenimiento 
durante largo rato. Para abreviar la espera le aclaré que no era un 
tupamaro sino un gran escritor argentino. Su confusión aumentó cuan¬ 
do dio con un poema de Bertolt Brecht que una de mis hijas había ilus¬ 
trado con colores. Como pasaba el tiempo y el hombre seguía empeña¬ 
do en descrifrar aquello, le dije de qué se trataba; decidió no investigar 
más y salir del aprieto. 

Hubo otros episodios nada jocosos: las balaceras, al anochecer o du¬ 
rante la noche. Fueron cinco. No recuerdo las fechas. Un domingo de 
mañana acababa de levantarme y, al pasar por el living, vi que el piano 
tenía una capa de polvo. Me acerqué y encontré una latita abollada so- 


146 



bre la tapa. Se la llevé a mi esposo. Es una cápsula de bala, me dijo. 
Volví al living y descubrí, a la altura de mi cabeza, un agujero en la 
cortina de la ventana y otro en la pared de enfrente, a la misma altura. 

Otra vez fue al atardecer. Unas adolescentes que iban de camino al 
liceo Bauzá vieron que desde un auto disparaban tiros contra nuestra 
casa; se asustaron, volvieron a su casa y se lo contaron a su madre. Eran 
las hijas del senador Juan Pablo Terra. 

Una noche oí una ráfaga de disparos frente a la ventana de nuestro 
dormitorio. Yo salía del baño y al entrar al cuarto no vi a Hugo, que se 
disponía a acostarse. Pensé lo peor. Cuando entré al dormitorio él se 
incorporaba. Se había tirado al suelo. 

Al día siguiente de estos episodios hacíamos la denuncia en la 
seccional policial. Nunca vinieron a investigar. 

Pero hubo más: las bombas. Las primeras fueron de alquitrán, con¬ 
tra la fachada. Después pusieron una incendiaria, que quemó la puerta 
de entrada. Siguieron las bombas explosivas. Entre las dos y las tres de 
la madrugada nos despertaba el estruendo y el olor a pólvora. La pri¬ 
mera explosión hizo saltar la puerta de entrada y destrozó todos los 
vidrios. Fue el día que asumió Bordaberry, lo recuerdo porque vinieron 
a entrevistarnos a casa dos periodistas suecos que estaban en el país 
por ese motivo y se habían enterado del atentado por el semanario 
Marcha. 

Diana, mi hija mayor, dormía en una habitación de la planta alta 
justo arriba de la entrada. Cuando entré al cuarto ella salía medio atur¬ 
dida. No encontré vidrios en el piso. Habían quedado embolsados en el 
dobladillo ancho de la cortina. Eso la salvó. 

La segunda vez, con más saña, fueron dos bombas, una en la puerta 
de entrada y la otra en la ventana de la cocina, que daba a la calle del 
costado. La cocina quedó destruida: volaron el techo y la puerta de la 
heladera, y las puertas de los armarios, la cocina a gas fue arrancada de 
sus caños (por suerte teníamos la costumbre de dejar cerrada la llave de 
paso), la mesada de mármol, de 5 cm de espesor, se partió en dos. Fue 
en la madrugada del 15 de abril de 1972. 

Como culminación de estas jornadas, a los pocos minutos de las ex¬ 
plosiones, en medio de nuestra rabia y estupor, la casa era tomada por 
agentes de inteligencia que nos iluminaban con grandes linternas. No 


147 



hablaban. No nos interrogaban. Sabían más que nosotros. 

Nos costaba decidirnos a dejar la casa, a pesar de que nuestras hijas 
insistían: ¿qué están esperando para mudarse? Después del último aten¬ 
tado fuimos a vivir con familiares y amigos mientras se reparaban los 
daños. Todos nos decían lo mismo: no pueden seguir viviendo allí. Fi¬ 
nalmente, con dolor, Hugo y yo nos decidimos a dejar la casa. Allí ha¬ 
bían crecido nuestras hijas. Como balance, nos reconfortábamos pen¬ 
sando que estábamos todos con vida. Muchas otras familias no pudie¬ 
ron decir lo mismo. 

En junio de 1971 nuestra hija Edda fue detenida junto con un grupo 
del MLN. Dos soldados me avisaron que estaba en el Hospital Militar 
herida de bala. Le habían disparado por la espalda cuando ya la tenían 
de cara contra la pared con los brazos en alto. No me permitieron verla. 
Pude hablar con el médico que la atendió, que me dijo: "Su hija tuvo 
suerte, la herida sólo le interesó partes blandas". Con un disparo simi¬ 
lar, mientras corría, mataron a Líber Arce. No tuvo la suerte de Edda. Él 
se desangró y murió. 

Días después trasladaron a mi hija a Cárcel Central. Allí hablé con el 
inspector Campos Hermida, que me dijo que a uno de los policías se le 
había escapado un tiro debido a que tenía un defecto en el brazo. ¿Un 
lisiado agente de Policía? Ver para creer. 

Me autorizaron una visita de pocos minutos, donde pude verla, renga 
todavía, con buen ánimo. Después la trasladaron a la cárcel de la calle 
Cabildo, donde estuvo hasta la fuga de las presas en julio de 1971. 

Días antes de su detención, una mañana, mientras desayunábamos 
con Edda en casa escuchamos por la radio que en una sucursal de 
Manzanares acababa de ocurrir un enfrentamiento entre un grupo de 
tupamaros y un policía que vivía enfrente y que intervino, aunque no 
estaba de servicio. En el enfrentamiento murieron un tupamaro y el 
policía. No hubo detenidos. 

Cuando a los pocos días de ese hecho detuvieron a Edda, fue acusa¬ 
da de la muerte de aquel policía. Quienes la "reconocieron" fueron la 
esposa y un familiar del policía muerto. El juez rechazó la acusación por 
invalidez de la prueba. Más tarde, bajo la dictadura, la justicia militar des¬ 
conoció aquella decisión y la procesó por coautoría de homicidio. 



A una cuadra de casa había un boliche donde se reunían miembros de 
la JUP. Días después de la detención de mi hija aparecieron pintadas en los 
muros del jardín de casa: "Edda Fabbri asesina de tus hermanos", "Aquí 
vive una asesina". El comité de base del FA organizó un acto de desagra¬ 
vio en la esquina de casa y los jóvenes limpiaron los muros. 

En esa época yo daba clases de Química en el Liceo Francés y en 
varios liceos públicos. Una tarde de junio de 1972 al volver a casa des¬ 
pués de mis clases en el Bauzá no pude abrir la puerta de entrada. Insis¬ 
tí y por la hoja entreabierta pude ver a un soldado que me apuntaba 
con su arma. Me dijo que no podía entrar. Me identifiqué y me hizo 
pasar. Vi a varios soldados preparando comida en una gran olla en la 
cocina, adonde no me dejaron entrar. Me llevaron a una habitación en 
el entrepiso, donde estaba mi hija Helena que ese día había venido a 
casa con su hijo de once meses. Allí nos tuvieron custodiadas. En un 
momento le dije a un soldado que tenía que ir al baño. Me siguió y en la 
puerta me detuve y le pregunté: -¿Usted piensa entrar conmigo? Cuan¬ 
do salí, ahí estaba esperándome para conducirme de nuevo a la habita¬ 
ción del entrepiso. Al anochecer vinieron dos oficiales. A Helena la de¬ 
jaron irse; a mí, después de interrogarme, me llevaron en un jeep con 
destino desconocido y encapuchada. Mientras marchábamos me ha¬ 
blaban del desquicio de la enseñanza, de los estudiantes y profesores 
subversivos. 

Cuando llegamos, no sabía adónde, me llevaron a una celda peque¬ 
ña llena de dibujos obscenos en las paredes y con una lamparita eléctri¬ 
ca que no se apagó en toda la noche. Era uno de los calabozos para los 
soldados sancionados. Me acosté vestida. No sabía qué hora era -me 
habían sacado el reloj-, cuando intempestivamente se abrió la puerta 
de la celda y entró un militar alto y corpulento que me miraba con una 
horrible expresión de lascivia; se paró a pocos pasos de la cama y se 
quedó mirándome. Lo miré con todo el desprecio, el miedo y el odio 
que sentía. Pasaron unos minutos, no sé cuántos, hasta que se fue. Yo 
tenía 52 años. Hoy tengo 80. No olvido el odio y el sentimiento de veja¬ 
men y de humillación que padecí aquella noche. 

Al otro día pude ver de lejos a mi marido, que estaba en otro sector, 
cuando lo llevaban al baño. Después supe que lo habían ido a buscar al 
estudio. 


149 



Dos o tres días después, me llevaron al despacho del jefe de la uni¬ 
dad, el comandante Paz. Me interrogó sobre mis hijas. Me preguntó 
dónde estaban. Le contesté que no sabía. Me dijo con voz muy enérgica 
que él sí sabía siempre dónde estaba y qué hacía su hija. El interrogato¬ 
rio siguió en esos términos. Enseguida afirmó que en mi casa habían 
encontrado cuadernos con recetas de drogas. Me vino bien, me distendí: 
guardándome las ganas de reír le expliqué que yo era docente de Quí¬ 
mica, que enseñaba a los muchachos de tercero y cuarto años de acuer¬ 
do a los programas de Enseñanza Secundaria y que preparaba mis cla¬ 
ses y los trabajos escritos en esos cuadernos que le parecieron peligro¬ 
sos. El comandante había confundido las fórmulas químicas con rece¬ 
tas de drogas. O quiso asustarme. Me interrogaba con voz fuerte y la 
actitud de quien está seguro de su poder y lo usa para amedrentar a la 
indefensa persona que tiene delante. Y no lo consiguió. 

No recuerdo en qué momento me pusieron con otra compañera. Ella 
fue quien descubrió dónde estábamos: subida a la cucheta vio, por un 
pedacito despintado del vidrio de la ventana, que estábamos en el cuartel 
del quilómetro 14 de camino Maldonado. 

Las celdas daban a un corredor que se fue llenando con más presas, 
que dormían vestidas sobre colchonetas. 

Por la mañana teníamos que lavar el piso de la celda. Un soldado 
nos traía un balde con poca agua y una bolsa de arpillera para cumplir 
nuestra tarea. Le hacíamos cambiar el agua varias veces. Era nuestra 
pequeña revancha. También teníamos que limpiar el baño de las muje¬ 
res mientras la PMF de custodia se miraba al espejo. 

En esa época no entraban libros. Tampoco fruta. Un día mi compa¬ 
ñera de celda y yo nos encontramos leyendo con avidez el prospecto de 
un medicamento, tal era nuestra ansia de lectura. 

Cuando mataron al coronel Artigas Álvarez, hermano del Goyo, nos 
llevaron a todas las mujeres encapuchadas o con la cara tapada con una 
bufanda a lo que parecía ser un corredor grande y ancho. Allí estuvi¬ 
mos de plantón durante varias horas. Por detrás de nosotras sacaron a 
los hombres y apaleándolos los llevaron a otro lugar. A las mujeres nos 
obligaron a decir: "Estoy profundamente arrepentida por la muerte del 
coronel Álvarez, caído por nuestras manos asesinas." Era tal el absurdo 
y la indignación que lo grité a todo lo que me dio la garganta. Nos 


150 



hicieron arrodillar. Yo no lo hice. Me quedé parada moviendo conti¬ 
nuamente las piernas. No me observaron. Cada cierto tiempo venían y 
sacaban a alguna compañera de la fila, no sabíamos para dónde. 

Al cabo de varias semanas fuimos trasladadas a un vagón frigorífico 
que conservaba en el techo los ganchos para colgar las reses; los hom¬ 
bres fueron trasladados a otro. 

En el vagón dormíamos en el suelo, bajo la luz de la infaltable 
lamparita eléctrica, en colchonetas que de día doblábamos y usábamos 
como asientos. Habían construido una pared de ladrillo para separar¬ 
nos en dos grupos, pero por un pequeño espacio que quedaba pasába¬ 
mos al otro lado a hablar unos minutos con las otras compañeras. La 
puerta del vagón permanecía entreabierta, y afuera había siempre un 
soldado de custodia. Todas las noches oíamos la llegada de vehículos 
con presos y también los gritos de los torturados. 

Un día nos subieron a todas a un camión y nos llevaron por un terre¬ 
no accidentado. Nos hicieron bajar en medio de un campo, rodeadas 
por soldados que nos apuntaban. Allí estuvimos un rato hasta que nos 
hicieron subir otra vez al camión y nos condujeron nuevamente a las 
celdas y al vagón. Al llegar nos dimos cuenta de que en nuestra ausen¬ 
cia habían revisado nuestras pertenencias y se habían llevado cartas y 
fotos de nuestros familiares. Fue la única vez que salimos del encierro, 
y que pudimos sentir el aire y mirar el cielo. 

Durante un tiempo no permitieron la entrada de paquetes. La comi¬ 
da era mala y llegaba fría. A veces un enfermero nos repartía comprimi¬ 
dos de vitamina C que saboreábamos como si fueran caramelos. Pasa¬ 
mos un mes sin bañarnos. Nos higienizábamos en el baño con agua 
fría, como podíamos. También cantábamos hasta que nos hacían callar, 
ídabía mucho compañerismo y solidaridad entre nosotras. 

En setiembre de 1972 nos llevaron a todas las presas de Montevideo 
al 9 o de Caballería. Nos iban amontonando en un galpón que llamaban 
"la cuadra" a medida que nos traían por tandas desde los distintos cuar¬ 
teles. Llegamos a ser como 150. Allí me encontré con Lucía, mi hija 
menor, que había sido detenida en julio en el cuartel de La Paloma. 
Supe que en la enfermería, con otro grupo, estaba mi hija Edda, deteni- 


151 



da en mayo. 

Allí las condiciones mejoraron un poco. Permitían la entrada de pa¬ 
quetes con yerba, fruta y otros alimentos que repartíamos rigurosamente 
entre todas. Organizábamos cuidadosamente los turnos para poder 
bañarnos dos veces por semana de a tres o cuatro por chorrito bajo las 
tres únicas duchas que funcionaban en el baño. En la madrugada entra¬ 
ban las mujeres de la guardia policial e iban por todas las cuchetas 
iluminándonos con linternas. Una noche pusieron de plantón a Lucía y 
a otra muchacha porque las encontraron levantadas atendiendo a una 
compañera que venía del hospital. 

Un día me avisaron que me iba. Por única vez me permitieron ver a 
Edda para despedirme. Me llevaron al "14", donde había permanecido 
mi marido. De allí nos trasladaron al juzgado militar que funcionaba 
cerca de la Aduana y nos pusieron en libertad con sobreseimiento. Ha¬ 
bíamos estado presos tres meses sin ninguna causa. Dejábamos a dos 
hijas que seguirían allí por muchos años. No imaginábamos cuántos. 

Ya no volvimos al Prado. Hugo retomó su trabajo en el estudio y 
volvió a asumir la defensa de varios presos políticos, entre ellos nues¬ 
tras hijas. Yo pude reintegrarme a mis clases en el Liceo Francés, donde 
me habían mantenido el cargo. Pero no pude volver a dar clases en los 
liceos públicos. 

Cuatro años después, en 1976, Hugo fue nuevamente detenido y, 
esta vez, procesado. No me acuerdo exactamente la fecha. Una noche 
me llamó una persona que trabajaba en el mismo edificio que él, avi¬ 
sándome que unos militares se lo habían llevado. Llamé al procurador, 
pero no estaba en su casa. Le avisé a la esposa lo que había pasado. 
Llamé a la Jefatura de Policía y me dijeron que fuera hasta allí y espera¬ 
ra en la vereda de enfrente hasta que una persona de Jefatura viniera a 
buscarme. Me paré en la vereda del cine Coventry. Después de una 
larga espera apareció un agente de particular y me llevó a una oficina. 
La persona que me atendió me dijo que mi esposo no estaba allí. Que 
podía estar en otra dependencia en la calle Maldonado. Allí tampoco 
estaba. Volví a mi casa. Más tarde llamó el procurador y me dijo que 
Hugo estaba en la Seccional I a . Al otro día pude verlo. Había dormido 
sobre un banco. Al día siguiente lo llevaron al Juzgado militar de la 


152 



avenida 8 de Octubre. No sé cómo me enteré, pero fui allí y de pronto lo 
vi pasar esposado con las manos a la espalda. No pude hablar con él. 

Sé que lo interrogaron y le mostraron el último escrito que había 
presentado ante la Justicia civil en 1972, antes de que ésta fuera despla¬ 
zada por la justicia militar. En ese escrito Hugo había pedido la libertad 
para su defendida denunciando que sus declaraciones habían sido ob¬ 
tenidas bajo tortura. Entre otras presiones, la habían trasladado en heli¬ 
cóptero desde el interior hasta Montevideo amenazándola con arrojar¬ 
la en pleno vuelo. El juez había concedido la libertad. 

Los militares le preguntaron a Hugo si se retractaba de aquellas pa¬ 
labras. Se negó. Allí se jugó su carrera. Lo procesaron por "vilipendio" 
y "atentado a la fuerza moral de las FFAA". 

Hablé con el abogado de oficio, un civil al servicio de los militares. 
Él me comunicó la acusación y me dijo: "Su esposo sabe muy bien que 
aquí no se tortura a nadie." Y agregó que le correspondía una pena de 
por los menos 18 meses. 

Cuando días después pude ver a Hugo en Cárcel Central y le conté 
mi diálogo con ese señor, me dijo: "Los clientes no me van a esperar 
tanto tiempo". Tuve que levantar el estudio y tramitar su jubilación 
forzada. Él tenía 63 años y nunca había pensado en jubilarse tan pronto. 

Hugo era cardíaco. Pocos años antes había sufrido un infarto que le 
había dejado secuelas. Un día en Cárcel Central se sintió mal. Lo aten¬ 
dió un compañero que era estudiante adelantado de medicina y que 
insistió para que lo internaran. Lo llevaron al Hospital Militar esposa¬ 
do, en la parte de atrás de una camioneta. Cuando me enteré fui al hos¬ 
pital pero no pude verlo ni saber cómo estaba. La primera revisación se 
la hicieron de pie y muy pocos días después lo llevaron de nuevo a 
Cárcel Central. Logré averiguar la dirección del consultorio particular 
del médico que lo había atendido; lo fui a ver y me dijo que a mi esposo 
le habían dado de alta demasiado pronto. 

Al cabo de dos meses Hugo fue trasladado junto con otro preso a la 
Cárcel de Punta Carretas. La primera vez que fui a la visita yo tenía 
puesta una pollera abotonada adelante que dejaba una abertura de diez 
centímetros. Una señora que estaba en la cola de familiares, me advir¬ 
tió: "Así no te van a dejar entrar, andá a la casa de enfrente y pedí que te 
arreglen eso". Crucé a la casa indicada donde solidariamente me cosie- 


153 



ron la impúdica abertura. Cuando al fin pude ver a Hugo, a través de 
una reja y de pie, lo habían rapado. Viéndolo así me puse a llorar. Él me 
preguntaba: "¿Por qué llorás, Esperanza?" y se reía. 

En esas revisaciones previas a la visita, la guardia femenina nos mano¬ 
seaba descaradamente. Nosotras optábamos por no protestar ante la hu¬ 
millación para no perder aquellos pocos minutos con nuestros presos. 

Además de Hugo otros abogados de presos políticos fueron deteni- 
dos en aquel momento. Los hechos fueron denunciados 
internacionalmente y comenzaron las presiones. A él lo pusieron en li¬ 
bertad al cabo de cuatro meses. Pocos días después de ser liberado reci¬ 
bió una llamada del embajador de Estados Unidos en Uruguay para 
concertar una entrevista con un miembro del Colegio de Abogados de 
Nueva York y un abogado boliviano. En la reunión Hugo les proporcio¬ 
nó todo el material que tenía sobre las violaciones de los derechos hu¬ 
manos que se cometían con los presos políticos. 

El 16 de enero de 1973 trasladaron a todas las presas del 9 o de Caba¬ 
llería y de las otras unidades militares de Montevideo al Penal de Punta 
de Rieles. A mis dos hijas las pusieron en el mismo sector. 

El régimen de visitas era de 30 minutos cada quince días, salvo cuan¬ 
do las sancionaban -lo que ocurría a menudo- individualmente o con 
todo el sector. No teníamos contacto físico con ellas. En los primeros 
años estábamos separados por un tejido de alambre que después fue 
sustituido por dos vidrios pintados que sólo permitían ver las caras y 
comunicamos por un teléfono, por el que podía hablar sólo un familiar 
por vez. No había espontaneidad en la conversación por la presencia 
de las PMF, una al lado de la presa y otra al lado de los familiares. Nos 
ingeniábamos de todas maneras para pasar alguna noticia del mundo 
exterior, pero no era fácil. El mensaje debía de ser comprensible para 
ellas y pasar inadvertido para la custodia. A veces teníamos éxito en el 
intento. También tratábamos de que las cartas no se limitaran a los te¬ 
mas familiares -los únicos permitidos- y usábamos algunas imágenes 
rebuscadas con la esperanza de que fueran descifradas correctamente. 

Recuerdo especialmente una visita excepcional que nos dieron un 
fin de año. Al terminar los treinta minutos, permitieron a las presas 
pasar del lado nuestro y abrazarnos y besamos. Pero eso no era lo habi- 


154 



tual. Cuántas veces llegábamos con el paquete, la carta y la ilusión de la 
precaria visita, y nos encontrábamos con el escueto: "Está sancionada". 
Nos volvíamos con la desilusión y la amargura a esperar quince días 
más otra posible visita. Una vez la visita coincidió con el cumpleaños 
de Lucía. Yo le había escrito una carta muy especial, volcando allí todo 
lo que sentía y quería decirle. Y estaba segura de que a ella le gustaría. 
También le había hecho una torta, además del paquete con la fruta. 
Cuando entramos a la guardia para entregar la carta y el paquete, vino 
un soldado y se llevó a mi marido rumbo al edificio del celdario. Fui a 
entregar la carta pero no la recibieron. "Su hija está sancionada." Otra 
vez. Ahí mismo, delante del soldado, rompí la carta. Tampoco quisie¬ 
ron recibir la torta ni la fruta. Recogí el paquete, salí para afuera y con 
toda la pena y la rabia que sentía tiré todo al suelo. Había dos padres 
esperando para la visita, que me dijeron: "No haga eso" y recogieron lo 
que pudieron. 

Hugo había vuelto del interrogatorio. Me dijo: "Vamos, Esperanza, 
que te van a dejar presa". Cuando salimos del predio de la cárcel, de¬ 
lante del soldado de la barrera, tiré todo definitivamente. Unos niños 
salieron del ranchito que estaba enfrente, juntaron aquello y se lo lleva¬ 
ron. Ese día comieron torta y fruta. Y yo me alegré por ellos. Nunca 
pasé un cumpleaños con tanta amargura. 

Otra vez, en marzo de 1975, fuimos al Penal y Lucía no estaba. La 
habían sacado para interrogatorio a una casa particular que años des¬ 
pués supimos que está ubicada en Punta Gorda. La tuvieron allí diez 
días junto con otros ocho presos y presas que sacaron del Penal de Li¬ 
bertad, de la cárcel de la calle Cabildo y de cuarteles. Ese operativo, 
donde los volvieron a torturar, fue dirigido por Niño Gavazzo. Noso¬ 
tros íbamos todos los días a Punta Rieles a preguntar por ella, pero no 
nos daban ninguna información, el oficial que me atendía sólo me de¬ 
cía: "Tiene que caminar muchas cuadras, señora. No se moleste en ve¬ 
nir". Nunca me sentí tan impotente. 

Pasaban los años. Yo seguía dando clases, atendiendo mi casa, y re¬ 
pitiéndome cada día: ¿hasta cuándo? Había que hacer algo. Tenía que 
ser posible hacer algo. Nuestra ansiedad aumentaba con el tiempo. 

Después del triunfo del "No" en el referéndum de 1980, al mismo 


155 



tiempo que celebrábamos aquel indicio del debilitamiento del régimen 
militar nos preguntábamos qué pasaría con los presos. 

Un día leí un artículo del sacerdote jesuíta Juan Luis Segundo en la 
revista La Plaza. Recuerdo ahora que el título de la nota era "Clemencia 
para los vencidos", y que allí se hablaba de amnistía para los presos 
políticos. Sentí que ése era el camino que teníamos que transitar los 
familiares. Hablé con algunas madres, pero todavía había mucho te¬ 
mor. Decidí ir al SERPAJ. Sabía que ellos visitaban y les llevaban pa¬ 
quetes a los presos del Penal de Libertad que por distintas razones no 
tenían visita de familiares. Me recibió el sacerdote Jorge Osorio. Me 
presenté diciendo que iba en nombre de un grupo de madres de presas 
del Penal de Punta de Rieles. El grupo en ese momento era yo sola, pero 
pensé que valía la pena omitir provisoriamente ese dato. Le dije a Osorio 
que quería hablar con el padre Juan Luis Segundo. Me contestó que 
lamentablemente ya no estaba en Montevideo. Le expliqué entonces 
por qué había ido allí. Jorge me prometió hablar con sus compañeros 
del SERPAJ y llamarme a la brevedad. Anoté la fecha en mi agenda y, 
sin muchas ilusiones, me puse a contar los días. La llamada sin embar¬ 
go llegó. Corrí a conseguir otra madre y nos presentamos en el SERPAJ. 

Allí nos encontramos con tres familiares de presos del Penal de Li¬ 
bertad. En la reunión volví a plantear la idea de trabajar para conseguir 
la amnistía de todos los presos políticos. Jorge nos dijo que lo trasmiti¬ 
ría a sus compañeros y volvería a llamarnos. Días después llegó la res¬ 
puesta: que redactáramos el pedido de amnistía. 

Contentas y asustadas por el compromiso, apelamos a Hugo y su 
experiencia como abogado y defensor de presos políticos desde el co¬ 
mienzo. Él redactó el planteo jurídico y nosotras nuestro reclamo como 
madres. Había que contactar a más familiares y para ello necesitába¬ 
mos darnos cierta organización. Surgió lo que después llamamos el 
"grupo chico", integrado por siete mujeres, madres o hermanas de pre¬ 
sos y presas, cuyo principal cometido al principio fue contactar a los 
familiares, enterarlos de la idea y pedirles su adhesión. Teníamos que 
conseguir muchas firmas para presentar nuestro pedido de amnistía a 
las autoridades de gobierno. 

El 5 de julio de 1982, dos meses después de aquella primera entre¬ 
vista con Osorio, llevamos el pedido de aministía a la Presidencia, al 


156 



ESMACO y al Consejo de Estado. Habíamos juntado 384 firmas. Ese 
mismo día solicitamos una audiencia con el presidente, que reiteramos 
el 2 de agosto. El 15 de ese mes, no habiendo recibido respuesta alguna, 
resolvimos hacer conocer el documento dentro y fuera del país. Distri¬ 
buimos el texto a todos los medios de comunicación, a políticos de to¬ 
dos los partidos, a los sindicatos, a las autoridades religiosas, a las em¬ 
bajadas. A fines de octubre participamos en nuestro primer acto públi¬ 
co: fue en el "Encuentro del Silencio" que tuvo lugar en la capilla Jackson. 
Allí, emocionadas ante el público que llenaba el local, leimos nuestro 
pedido de amnistía. 

Tratábamos de estar presentes en cuanta reunión, celebración reli¬ 
giosa o acto público tenía lugar, para difundir nuestro reclamo. A partir 
de noviembre de 1982, tras las elecciones internas, hicimos llegar nues¬ 
tro planteo a las autoridades de los partidos habilitados. Acudimos tam¬ 
bién a la Iglesia, a la Conferencia Episcopal Uruguaya y a la Federación 
de Religiosos del Uruguay. Aprovechando las fiestas de fin de año, re¬ 
partimos volantes y tarjetas alusivas al pedido de amnistía en parro¬ 
quias y templos. 

En las entrevistas con los políticos nuestra suerte fue variada. Unos 
nos recibieron, otros no. 

Pivel Devoto era el presidente del Directorio del Partido Nacional. 
Nos recibió en su casa y nos invitó a concurrir a la Convención del Par¬ 
tido Nacional, que tuvo lugar en marzo de 1983. 

Zumarán nos recibió varias veces, siempre generoso en el tiempo 
que nos brindaba y atento a lo que le decíamos. Se mostró interesado en 
estudiar el proyecto de ley de amnistía de Brasil. 

Las mujeres convencionales del Partido Nacional presentaron una 
moción de pedido de amnistía en la convención departamental, que 
pasó a estudio de la Comisión de Asuntos Políticos y de Gobierno. 

Sanguinetti era muy esquivo pero alguna vez nos recibió. Nos escu¬ 
chaba y no hacía ningún comentario. Pero en diciembre de 1982 hizo 
declaraciones en Rio de Janeiro oponiéndose a la amnistía en Uruguay. 
En enero de 1983 enviamos a la prensa nuestra respuesta. 

Un día que andábamos atrás de Sanguinetti, vimos a Jorge Batlle en 
un café, sentado en medio de una rueda de amigos. Nos acercamos y 


157 



nos presentamos. Se levantó y nos llevó a otra mesa. Nos escuchó con 
mucha atención. Nos dijo, abriendo los brazos: "Pero señoras, a los pre¬ 
sos los podemos sacar del país." Nosotras le contestamos: "Son urugua¬ 
yos. Tienen derecho a permanecer aquí." "Después los traemos", argu¬ 
mentó Batlle. "Y a los militares les vamos a pedir cuentas", sentenció. 

El 9 de abril, en la Convención del Partido Colorado la Corriente 
Batllista Independiente (CBI) presentó una moción sobre la amnistía, 
que pasó a estudio de la Comisión de Asuntos Políticos. La sesión fue 
trasmitida por CX30 y radio Carve. Al día siguiente en su cobertura del 
evento, el diario El Día incluyó el texto íntegro de la moción, y La Maña¬ 
na también lo mencionó. 

Pronto se conocieron las posiciones de figuras destacadas del Parti¬ 
do Colorado: desde el semanario Opinar, Tarigo se manifestó contrario; 
Flores Mora, en un reportaje de La Democracia, y Flores Silva, en Aquí, se 
manifestaron a favor. 

Ibamos a dar charlas en los barrios, sobre todo en parroquias y en 
los comités de base del FA. Hablábamos de las condiciones de vida de 
los presos, de los problemas graves de salud de muchos de ellos, y tam¬ 
bién sobre por qué estaban presos. De todo eso se sabía muy poco. Hugo 
desplegó toda su capacidad en esa tarea de difusión. No sólo por sus 
conocimientos jurídicos y de la legislación internacional en materia de 
derechos humanos, sobre la que siempre estaba actualizado, sino por 
su pasión al explicar con claridad, sencillez y convicción temas que de¬ 
jaban de ser abstrusos para convertirse en algo vivo y cercano. Los jó¬ 
venes eran muy receptivos, escuchaban con avidez, preguntaban, in¬ 
tervenían, y todos salíamos de esos encuentros fortalecidos y felices. 

Mensualmente convocábamos a una asamblea para plantear inicia¬ 
tivas, dar cuenta de lo actuado y recibir propuestas. El movimiento por 
la amnistía se iba extendiendo, y el grupo de madres se convirtió en el 
Grupo de Madres y Familiares de Procesados por la Justicia Militar. 

Era importante también difundir el tema fuera del país y conseguir 
el apoyo de organismos internacionales, gobiernos y personalidades. 
En el año 1983 salimos tres veces al exterior. A fines de abril dos madres 
(las mismas de aquella primera histórica reunión en el SERPAJ) inicia¬ 
mos una gira de dos meses por doce países europeos: España, Francia, 


158 



Austria, Alemania, Bélgica, Holanda, Suiza, Dinamarca, Suecia, Norue¬ 
ga, Inglaterra y Grecia. 

La gira fue organizada por grupos de uruguayos exiliados en Euro¬ 
pa, que coordinaban entre sí. Gracias a su formidable trabajo fuimos 
recibidas por personalidades de gobierno, del Parlamento europeo, de 
las iglesias, de los sindicatos, de organismos de defensa de los derechos 
humanos, y tuvimos muchísimas entrevistas en radios, diarios y cana¬ 
les de TV. 

Comenzamos por España. Apenas bajamos del avión concurrimos 
al acto de clausura de las actividades del Instituto de Cooperación Ibe¬ 
roamericana (ICI) presidido por Felipe González, donde se trató el tema 
de los presos políticos en América Latina. Allí habló Wilson y al final de 
su intervención nos saludó y nos prometió un encuentro en Londres, 
donde residía.-—-- 

De noche trabajábamos en la preparación de las entrevistas del día 
siguiente, a las que concurríamos acompañadas por los exiliados uru¬ 
guayos. íbamos de ciudad en ciudad, subiendo y bajando de trenes, 
metros y ómnibus. Dormíamos poco, y cada noche en una cama distin¬ 
ta. Nos topábamos con un nuevo idioma cada pocos días, y nos defen¬ 
díamos como podíamos con nuestro francés liceal. Nos reíamos por las 
calles de Atenas descifrando carteles con el lejano recuerdo de las letras 
griegas aprendidas en matemáticas. 

En Londres, tal como nos lo había prometido, nos reunimos con 
Wilson, que vino con su señora a la casa donde nos alojábamos. Toda¬ 
vía lo veo entrar preguntando con voz fuerte y agitando un paquete: 
"¿Quién precisa yerba? ¿Quién precisa yerba?". Conversamos largo rato 
con él, y al despedirse nos dijo: "En un año sus hijos están en libertad". 
Meses después lo volvimos a ver en Buenos Aires, en un acto donde 
Wilson era el único orador. Cuando regresó a Montevideo, lo acompa¬ 
ñamos en el barco, desde donde vimos con tristeza cómo se lo llevaban 
detenido apenas llegamos al puerto. Me queda el recuerdo de un ser 
humano muy inteligente, solidario, y que se jugó cuando fue necesario. 

Como balance de la gira europea puedo decir que encontramos inte¬ 
rés y receptividad en todas las entrevistas y la promesa de mandar de¬ 
legaciones a Uruguay. Algunas de ellas vinieron. 

En el mes de junio recibimos una invitación para participar en un 


159 



congreso internacional de juristas que se celebraba en San Pablo. Desde 
Montevideo viajaron algunas madres, y Hugo, que estaba conmigo en 
la gira, viajó desde París para presentar una ponencia. 

La tercera salida al exterior fue en noviembre, a Buenos Aires. Allí 
nos entrevistamos con organizaciones de defensa de los derechos hu¬ 
manos y con autoridades del gobierno electo. Estuvimos con las Ma¬ 
dres de Plaza de Mayo y las acompañamos en sus rondas de pañuelos 
blancos. También estuvimos con el grupo de Abuelas. Un encuentro 
que me resultó particularmente grato fue el que tuvimos, en un anfitea¬ 
tro colmado, con los estudiantes de la Facultad de Química. 

El primer acto masivo en el que se reclamó públicamente la amnistía 
para todos los presos fue el I o de mayo de 1983. La amnistía fue uno de 
los principales puntos de la plataforma. Unos días después salimos otra 
vez a la calle, pero entonces la cosa no salió tan bien: doce familiares 
fueron detenidos en 18 de Julio por levantar un cartel de la amnistía 
ante el paso de los reyes de España que acababan de llegar de visita. 

Los estudiantes, organizados en la Asociación Social y Cultural de 
Estudiantes de la Enseñanza Pública (ASCEEP) también hicieron suyo 
el reclamo de amnistía incorporándolo en el manifiesto que leyeron en 
el acto de clausura de la Semana del Estudiante, el 25 de setiembre. En 
la marcha que se realizó ese mismo día, más de sesenta mil personas 
corearon, entre otras, la consigna de amnistía. 

Ese mes empezamos a trabajar en la redacción de un segundo pedi¬ 
do de amnistía, para el cual nos planteamos conseguir las firmas de un 
sector mucho más vasto que el núcleo de familiares. En octubre comen¬ 
zamos la campaña. Esta vez éramos un grupo numeroso de familiares 
y, además, solicitamos a los estudiantes de la ASCEEP y al PIT que nos 
ayudaran en la tarea. El apoyo que logramos fue variado. Del PIT no 
obtuvimos la respuesta que esperábamos, teniendo en cuenta la canti¬ 
dad de gremios que lo integraban: las hojas que les repartimos volvie¬ 
ron con muchas menos firmas de las que habíamos imaginado. En cam¬ 
bio tuvimos el apoyo invalorable de los comités de base del FA, de los 
estudiantes y de FUCVAM, que se movilizaron con entusiasmo y efica¬ 
cia. Y, sobre todas las cosas, del SERPAJ, que estuvo a nuestro lado per¬ 
manentemente y desde la primera hora; sin ese valeroso y entrañable 



grupo la gesta por la amnistía no hubiera sido posible. Con ellos estará 
siempre mi agradecimiento, junto al recuerdo imperecedero del ser ex¬ 
cepcional que fue Luis Pérez Aguirre. 

El 27 de diciembre entregamos en Casa de Gobierno el segundo pe¬ 
dido de amnistía. Habíamos reunido 23.398 firmas. 

Definitivamente el tema de la amnistía había dejado de ser tabú. Es¬ 
taba instalado en el debate público, en los ámbitos partidarios, en la 
prensa, en los sindicatos, en los barrios y ocupaba su insoslayable lugar 
en la recuperacióivde la democracia. 

Mnemosine 


161 



Fiebre de sábado a la noche 


^N^uchas mujeres uruguayas sufrieron bajo la dictadura: destitucio¬ 
nes, cárcel, exilio, pérdida de seres queridos, torturas, penurias econó¬ 
micas, y la lista sigue, interminable. 

Lo mío es distinto. A la distancia, hasta tiene ribetes cómicos. Ocu¬ 
rrió en mi ciudad natal. Fray Bentos, donde viví toda mi vida, salvo los 
años del IPA; allí ejercía el profesorado de Literatura desde 1954 y tenía 
muy buena relación con mis alumnos. Era en 1978 y ya habían destitui¬ 
do a varios amigos queridos por su militancia en el Frente Amplio. Yo 
era y soy colorada, pero esas medidas me hirieron profundamente, por¬ 
que viví de cerca las consecuencias. Cuatro de mis alumnos menores 
estuvieron presos, y eso marcó sus vidas para siempre. 

A otro amigo profesor de Filosofía, lo sacaron del local liceal a punta 
de bayoneta y durante trece años asistí al calvario de su madre, que 
muchas veces lo creyó muerto. Todo esto creaba una especie de clima 
enrarecido, en pueblo chico, donde arreciaban las denuncias, los rumo¬ 
res y se multiplicaban los miedos. 

Yo lo vivía con mi marido y mis cinco hijos, sin haberlo sufrido di¬ 
rectamente, excepto por el dolor compartido en la amistad. 

Entonces se estrenó una película exitosa: "Fiebre de sábado a la no¬ 
che", que hizo famoso al protagonista, John Travolta. La música de este 
film norteamericano se popularizó y los jóvenes imitaban al ídolo. Has¬ 
ta se organizó en el Gran Cine Fray Bentos, un concurso de baile, al que 
asistí con mis hijos y alumnos, y que ganó una pareja de la "barra". 

Cuando la película llegó a Fray Bentos hubo gran revuelo publicita¬ 
rio y todos queríamos verla, pues ya la banda sonora era bien conocida. 

Pero he aquí que la Jueza Letrada prohibió la asistencia de menores. 
Esta jueza ya se había singularizado por su apego "a la moral y buenas 
costumbres" y sus prohibiciones a los jóvenes. Por ejemplo, prohibió la 
música de la película, como fondo de un desfile de moda, calificándola 
de "sensual"; y no permitía en las calles fraybentinas el uso de shorts, 
en pleno verano. 


162 



En fin, yo oía los ecos de estas prohibiciones en el liceo y en mi pro¬ 
pia casa, centro de reunión habitual, porque tenía hijos adolescentes. 

Precisamente, uno de ellos, Nelson, estaba en el cine con cinco ami¬ 
gos de su edad, 17 años, y los obligaron a salir con la Policía. Allí me 
indigné, y fui con ellos a la casa de la Jueza, que residía en frente del 
cine y protestamos por lo sucedido. 

La consecuencia fue que nos llevaron entre policías a la comisaría. 
Luego de una "amansadora" de varias horas, los menores fueron reti¬ 
rados por sus padres. A mí me tuvieron 20 horas y poco después me 
destituyeron de mi cargo efectivo cuando estaba por cumplir 25 años 
de trabajo. Y estuve siete años marginada, vigilada; al principio, hasta 
con guardia policial en frente de mi casa. 

Como dije, tenía sus ribetes cómicos, pues yo salía con mi bolsa de 
compras a traer naranjas y veía al pobre funcionario anotando mis idas 
y venidas. Pero no era nada gracioso cuando venían amigos de 
Gualeguaychú y el Jefe de Policía de su ciudad les avisaba que estaban 
siendo investigados por mi culpa. Ni podía divertirme cuando nos de¬ 
cían que no íbamos a tener derecho ni a la jubilación. 

Además, con dos hijas estudiando en Montevideo y uno en la Escue¬ 
la de Lechería de Nueva Helvecia, añoraba mi sueldo, tan necesario. 

Luego, todo pasó. Volvió la democracia, fui edil del Partido Colora¬ 
do, me nombraron Directora del Liceo Departamental, y los siete años 
de desgracia quedaron en el recuerdo, sin que duelan demasiado. So¬ 
bre todo, comparando. 

Porque un amigo muy querido, inolvidable profesor de Historia, se 
suicidó cuando lo destituyeron en 1976. 

He vuelto a ver "Fiebre de Sábado a la Noche" y comparando con lo 
que cualquier menor ve ahora en televisión, parece inocente, ingenua. 
John Travolta conoce una segunda época de popularidad, reconocido 
ahora como buen actor, no ya como bailarín. 

Cuando escucho la música de aquella película que me fue fatal, re¬ 
cuerdo con una sonrisa condescendiente los años negros en que desaho¬ 
gaba mi rebeldía enseñando fervorosamente el Romance de la Guardia 
Civil Española, de mi bien amado Federico García Lorca: "Los caballos 
negros Las herraduras son negras...". 


Mima 



Todavía no eran las cinco 


T_Jna vez fueron las cinco en punto de la tarde. 

Pero no eran todavía cuando en la esquina de casa un general puso 
su mano sobre mi cabeza: ¿Y esta niña? 

El Cacique que me tenía agarrada de la mano respondió, "Una so¬ 
brina" y para mí el tiempo se detuvo ahí. 

Con mi hermano jugábamos siempre a hacer cosas extraordinarias. 
Teatro, por ejemplo. Pero también a liberar a todos los presos haciendo 
un boquete en el patio, arrastrándonos por un túnel como el del que 
hablaban las noticias. Nos cargábamos de mochilas que el Cacique nos 
traía de sus viajes y eso nos transformaba en héroes, como ese coman¬ 
dante que había escrito un diario y tenía unos ojos negros tan lindos. 

Bueno, pero el que estaba en la esquina era el General y de este Ge¬ 
neral se hablaba tanto en mi casa, que para mí era casi como si Dios me 
hubiera tocado la cabeza. Mi hermano se iba a morir de rabia cuando le 
contara lo que se había perdido. 

Desde muy temprano sabíamos que esa tarde iba a pasar algo mara¬ 
villoso, pero a mí ya me había pasado. 

Cuando fueron finalmente las cinco en punto yo ya estaba de regre¬ 
so y en el patio con mi hermano nos mirábamos muy fuerte escuchan¬ 
do cada sonido que llegaba desde la calle y el andar nervioso de mi 
madre y mi abuela por la casa. 

Fue en ese momento que la tarde estalló y al poco rato mi tía repetía 
sin parar que el Cacique no había vuelto. 

Todos íbamos de un lado para otro sin ir a ninguna parte y los gran¬ 
des se detenían cada tanto frente a la radio como ante un altar. 

Entonces el Cacique volvió para alivio de todos. Venía con otros hé¬ 
roes, amigos del teatro y casi detrás de él, una multitud invadió el edi¬ 
ficio. Subían escaleras arriba y entraban en los apartamentos que deja¬ 
ban la puerta abierta. A nuestra casa entraron muchos. Había hombres 
jóvenes y viejos, mujeres y niños que tenían los ojos muy irritados. 


164 



Años después iba a saber ¿jue todos venían de 18 de Julio, del "9 de 
Julio". ' 

Pero por ahora para mí venían sólo de la calle y allí había pasado 
algo que hacía llorar. 

Años después iba a saber cuántos habían llorado sin gas, cuántos 
habían rezado sin creer y cuántos habían sido tan valientes. 

La casa quedó cerrada y llena de gente que el Cacique fue repartien¬ 
do por habitaciones. Parecía conforme hasta que volvió al living y vio 
que todavía quedaban muchos allí. 

Los golpes en la puerta llegaron demasiado pronto para pensar y el 
instinto hizo que todos se apretaran contra un rincón casi sin respirar. 

Mi tía, sentada con unas señoras y un niño en los sillones que se 
veían desde la puerta nos hizo una seña a mi hermano y a mí para que 
abriéramos. Yo sentí que era una tarea que me había encomendado el 
General horas antes en la esquina y seguramente el comandante de los 
ojos lindos nos apoyaba en esto, así que por más horrendos que pare¬ 
cieran los golpes estaba pronta para enfrentarlos. 

Con mi hermano volvimos a mirarnos fuerte, que era lo que hacía¬ 
mos antes de cualquier misión, y abrimos. 

Mi orgullo herido debe confesar que dimos un paso atrás al ver aque¬ 
llos ojos desorbitados. Eran dos hombres muy grandes -o al menos eso 
nos pareció- y el sudor les corría por la frente que nosotros desde abajo 
podíamos ver a pesar de los cascos que les cubrían casi toda la cabeza. 

Uno de ellos optó por abrir de un golpe la puerta de la derecha de¬ 
jando al descubierto la cocina. Allí mi abuela tejía y mi madre tomaba 
un mate sin yerba, lo que la obligó a aferrarse a la bombilla mientras 
levantaba la vista con cara de sorpresa. Yo no podía parar de pensar en 
toda la gente apretujada en el rincón. Si estos hombres daban un paso, 
tan sólo un paso hacia delante estábamos perdidos, para no hablar de 
las otras habitaciones de la casa. Sabía que mi hermano pensaba lo mis¬ 
mo aunque por supuesto ahora no podíamos mirarnos, la misión ya 
estaba en curso. 

Pero entonces ocurrió el milagro: uno le gritó al otro "¡vamos! ¡va¬ 
mos que acá no hay nada!" y retrocedieron hasta quedar fuera de la 
casa. 

El resto del día fue de lo más entretenido. Como el Cacique dijo que 


165 



la casa estaba vigilada, estuvimos despidiendo a la gente en grupitos 
de a tres o cuatro. 

Con mi hermano bajamos todas las veces, con mi tía, mi madre o mi 
abuela que se turnaban y les hacíamos adiós con la mano gritando "sa¬ 
ludos a Pocho" o cosas así. 

Después de un día tan agitado caímos exhaustos en nuestras caini¬ 
tas y antes de que el sueño nos rindiera nos agarramos fuerte de la 
mano. 

Erna 


166 



Tenía cinco años 


Tenía cinco años en 1979, mi padre era preso político y se encontraba 
en el Penal de "Libertad" y mi madre estaba exiliada en Argentina. Mi 
hermana de tres años y yo vivíamos con mi madre, de modo que visi¬ 
tábamos a mi padre pocas veces al año, más o menos tres. 

Ese año en particular, lo recuerdo porque en una de las visitas que le 
hacíamos a mi papá sucedió algo que me marcó de una manera difícil 
de explicar y cada vez que lo recuerdo me envuelve el miedo. 

Mi abuela seleccionaba minuciosamente la ropa a utilizar para lle¬ 
var al Penal, ya que la censura no permitía determinados dibujos, así 
como los tajos en las polleras de las mujeres ni los escotes, etcétera; pero 
no se dio cuenta que me coloqué en brazo y antebrazo izquierdo tatua¬ 
jes que venían con los chicles. 

Amanda era la milica del Penal que nos revisaba antes de pasar a la 
sala de espera. Nos sacábamos los zapatos, las medias, nos tanteaba el 
cuerpo en forma muy bruta y siempre encontraba a alguien en falta; 
entonces ya estaban las mujeres bajando dobladillos, cosiendo tajos, 
cerrando escotes o pidiendo ropa prestada. Una vez a mi hermana le 
obligaron a darse vuelta la remera porque tema dibujado un timón.de 
barco, lo cual me confundió bastante ya que nunca entendí qué daño 
podía producir el inofensivo timón y nadie me pudo explicar lo inex¬ 
plicable. 

Ese verano de 1979 yo tenía cinco años, Amanda me estaba revisan¬ 
do y vio los tatuajes. Me dijo sencillamente que así no podía ver a mi 
padre (al que no veía desde las vacaciones de julio), al menos que me 
sacara los tatuajes. Entonces pidió que le trajeran un paño mojado y me 
lo refregó contra el brazo con fuerza, pero los tatuajes apenas se decolo¬ 
raban y mi brazo estaba rojo y yo lloraba de nervios y dolor y mi abuela 
le pedía que me soltara. Entonces me miró fijo y me dijo que me iba a 
dejar entrar pero no podía sacarme el saco de lana (que me había pues¬ 
to a las 6 de la mañana para ir hasta Libertad, pero era sofocante usarlo 


167 



a las 10 de la mañana de un caluroso día de diciembre). Me dijo tam¬ 
bién que no le podía mostrar los tatuajes a mi padre porque si no, lo 
iban a castigar a él. Luego me reuní con mi padre y le conté que le 
llevaba una sorpresa pero que no podía mostrársela. Ante mi visible 
desilusión mi papá insistió en que se los mostrara que no le iba a pasar 
nada, que se los mostrara a escondidas. Pero yo no pude mostrárselos, 
estaba aterrada por las amenazas de Amanda y la odié profundamente. 
La odié porque no me permitió darle una alegría a mi papá y también 
porque me sentí cobarde. La seguí viendo durante seis años más y siem¬ 
pre la reconocí como la persona que despertó en mí, sentimientos de¬ 
masiado tristes para una niña de cinco años. 


Roxana 


168 



Fotos 


En recuerdo de Gerardo 

.A.hí estaba tu foto. Tu mirada profunda y tierna, que parecía despren¬ 
derse del cartel en la pared y querer alcanzarme, alcanzarnos, abrazar¬ 
nos a todos como antes. Tu mirada suspendida en algún recodo del 
tiempo. Y tu sonrisa franca, la misma que siempre anticipaba el ade¬ 
mán de tu mano extendida en caricia generosa, en apretón solidario. Tu 
sonrisa, esa calidez tan tuya a que nos habíamos acostumbrado. Sólo el 
bigote cambiaba tu fisonomía, ese bigote alargado, extraño a tu rostro, 
como crecido a la fuerza, sin convicción, en el corto espacio que queda¬ 
ba entre tu nariz y tu sonrisa. 

No lo tenías en otros tiempos. No en los lejanos días de nuestra ju¬ 
ventud, cuando los veinte años de todos nosotros, los amigos de antes, 
maduraban en sueños, en esperanzas y certezas de un mundo mejor; 
cuando gastábamos largos veranos en caminatas, en cielos estrellados, 
en quemantes soles y coros gozosos; cuando el invierno se agotaba en 
charlas incansables sobre el último film de Visconti, el recién descubier¬ 
to libro de Buber, de Fromm, que alguno de nosotros acercaba triunfal¬ 
mente al grupo, el Brecht al que habíamos accedido compartiendo en¬ 
tusiasmos y las pocas monedas halladas en el fondo de nuestros fla¬ 
cos bolsillos de estudiantes. 

Vos amabas la poesía por encima de todo. Nos acercaste a Neruda, a 
Vallejo, el indio, el transido, el dolido de injusticia. Vos estabas dolido 
de injusticia. Por eso decidiste que nada valdría la pena en tu futuro 
sintiendo ese dolor en tu corazón; y supimos entonces que tu vida sería 
la lucha por aliviarlo. 

Ahora, aquí está tu foto. Junto a otras. Te miro y me duele mirarte, 
me duele el recuerdo. Me sonríes, y un sentimiento indefinido e incó¬ 
modo va creciendo dentro de mí hasta agolparse en la garganta. Nece¬ 
sito pedir que me perdones, aunque sé que es cursi, y además inútil. 


169 



Porque sé que para vos perdón era una palabra más en el diccionario; 
una palabra gastada y sin prestigio, una moneda de cambio y vos no 
pagabas ni comprabas amistades y afectos. Comprendías, aceptabas, 
amabas. Nada llegaba a ofenderte y por eso nada tenías que perdonar. 
Eras así, Gabriel. Pero hoy siento que estabas equivocado, que el per¬ 
dón puede ser mucho más que una palabra. Quiero que así sea, por este 
dolor y esta rabia que se me atropellan. Pero sobre todo, para poder 
hoy negárselo a ellos, con toda la fuerza. 

Recuerdo el día que llegaste a casa con Pedro, lejos ya aquellos vein¬ 
te años jóvenes. Debías quedarte con nosotros algunos días, me expli¬ 
có, no se sabía cuántos. Era indispensable que te ocultaras por un tiem¬ 
po. Nuestra casa era segura, nadie iba a sospecharlo. Acepté; cómo no 
hacerlo, cómo fallarle a un amigo tan querido. 

Te alojamos en el cuarto de la azotea, arreglado lo más cómodamen¬ 
te que se pudo, que no era mucho. Vos pedías poco, una radio, algún 
diario para saber noticias, la tranquilidad para pensar, estar al resguar¬ 
do de visitas indeseadas y curiosas. Tu presencia se hacía notar poco al 
principio y nos fuimos acostumbrando a la situación. 

Hasta nos sentíamos frívolamente orgullosos de nuestra hospitali¬ 
dad. En ocasiones bajabas a charlar con nosotros, a empaparte, ¿por 
qué no?, de presencias humanas. Después fuiste arriesgando alguna 
cena familiar, cuando no había peligro de extraños, y creo que las dis¬ 
frutabas mucho. Otras veces era Pedro que subía a matear contigo un 
rato. 

Fue pasando el tiempo. Afuera ocurrían cosas. Empezaste a salir a la 
calle, de vez en cuando, muy temprano; nos enterábamos cuando te 
veíamos volver, la gorra encasquetada y la bufanda tapándote la cara. 
Una leve inquietud comenzó a flotar en el aire de nuestra casa. Un día 
fue una vecina que dejó caer como al descuido, pero con sorna: "Ayer 
de mañana muy temprano vi salir a un hombre de su casa... Era su 
hermano, supongo... No sabía que usted tenía un hermano..." Otro día 
era un vecinito que, curioso, quería subir a ver cómo era la azotea... 

Llegó el día en que el sonido del timbre nos sobresaltaba; que una 
visita inesperada nos turbaba y confundía como a niños sorprendidos 
en una travesura. (¿Te habrías dado cuenta, Gabriel, de que había ex¬ 
traños? ¿Y si ahora se te ocurriera bajar?) 


170 



Entonces comprendí que ya no había lugar para frivolidades. Un 
vago sentimiento de hostilidad empezó a nacer en mí, me sentía irrita¬ 
da por todo lo que hacías, a mi entender imprudente e irresponsable. 
Pensé en mí y en mi familia. Me di cuenta que junto con vos se había 
colado en casa, sin advertirlo, otro huésped subrepticio, callado, pero 
cuya presencia se hacía cada vez más tangible. El miedo, ese animal 
agazapado que podía saltar en cualquier recodo del día; que de noche 
se ocultaba tras el sueño, vigilante, que nos despertaba de pronto ante 
cada murmullo extraño en la calle. Fueron los tiempos en que cada auto 
que frenaba ante nuestra puerta nos sacudía, nos mantenía en vilo, ten¬ 
sos, expectantes, y sólo respirábamos tranquilos cuando lo oíamos ale¬ 
jarse. El animal viscoso nos iba ahogando, parecía reptar por las pare¬ 
des de la casa. Ya no nos sentíamos dueños de nuestras vidas; ni siquie¬ 
ra de nuestro pasado. 

Aquel día me decidí. Tendrías que irte. Yo tenía que recuperar mi 
casa, mi intimidad, mi paz. Que a dónde irías, qué harías, no me impor¬ 
taba. Ese era tu problema, después de todo yo no te había metido en 
esto, no tenía ninguna responsabilidad. Bastante te había ayudado ya. 
No me importaba lo que sería de vos. Habíamos sido amigos en la ju¬ 
ventud. Bueno, ¿y qué? Ojalá no lo hubiéramos sido. 

Pasé la tarde en el centro. Quería alejarme del miedo, aunque no era 
fácil, porque fuera de mi casa temía siempre lo que encontraría al lle¬ 
gar. Quería darme el tiempo de pensar y de ver claro en mí, tal vez 
acostumbrarme a mis nuevos sentimientos, mis horribles e insospecha¬ 
dos nuevos sentimientos. Quería convencerme de que mi pasado no 
era mi pasado y que vos no eras mi amigo. Me estremecí, más que por 
sentirme atrapada, por enfrentarme a este nuevo, mezquino ser mío, 
desconocido. 

Llegué a casa hecha un embrollo, confundida, irritada. Pero vos no 
estabas allí. En cada uno de nuestros rincones preferidos, encontramos 
una esquela personal de despedida. Volcabas en ella tu inmenso afecto 
por nosotros, y por qué no, por el hombre. Recuperabas los recuerdos 
de los veinte años, perdidos en la memoria, y los recuerdos de los nue¬ 
vos tiempos, los detalles cotidianos y banales de la convivencia forza¬ 
da: la salsa especial que mamá te había preparado aquel día que bajaste 
a almorzar con nosotros, y que tanto te gustaba; el helado y los dulces 


171 



que rescaté para vos el primero de año, cuando la familia reunida cele¬ 
braba y vos estabas solo, allá arriba. ¿Qué haría tu familia verdadera, 
mientras tanto? Recién comprendimos cuánto había significado para 
vos, en tu forzado encierro. Junto a cada esquela, un regalito que te 
habías ingeniado en conseguir. Siempre guarda Pedro tu bufanda, esa 
que le gustaba tanto, y que vos le dejaste. 

Fue esa tarde que algo se anudó para siempre en mi garganta. 

Por largo tiempo, no supimos nada de vos. Leíamos con avidez las 
noticias de los diarios. Pero no, no estabas. Más tarde nos enteramos 
que te habías ido a Buenos Aires, pocos días después de haber dejado 
nuestra casa. Amigos comunes acercaban a veces una noticia. Que esta¬ 
bas bien. Que estabas detenido. No, si te habían visto en una calle cén¬ 
trica. Tal vez viajaste a Francia... Luego, el silencio. Largo, inquietante 
silencio. 

Ahora, aquí está tu foto. Junto a otras. Un simple papel en el muro. 
Gabriel Almeida, desaparecido en la Argentina. Una fecha. Tu mirada 
suspendida en un rincón del pasado. Tu sonrisa. Todo el dolor que cabe 
en un recuerdo. 

Toribia 


172 



Porque la noche me envuelve y estoy sola 
Porque en el aire pesado adivino jazmines 
Porque una voz lejana me trae una canción de amor y de abandono 
Porque no hay nadie que me quiera ni a quien querer... 
Porque no tengo sueños ni ilusiones y hay cautelosos recuerdos que 

tienen cifras y 
Personas irrecuperables 

Porque hay en las viejas calles figuras escondidas 

Por eso lloro... 


Inchalá 


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Un hijo desaparecido 


Provengo de una familia numerosa y heterogénea desde el punto de 
vista ideológico. Mi padre era un batllista progresista, de carácter su¬ 
mamente pacífico y conciliador; mi madre muy católica. Discrepaban, 
pero había mucho afecto y se relacionaban muy bien. Un día un cuadro 
de la Virgen salía al paso de una procesión y al día siguiente el retrato 
de don Pepe Batlle tenía asegurado el mismo balcón. Las hijas mayores 
fueron comunistas, hecho que a mamá hizo sufrir mucho, sobre todo 
cuando el papa Pío XII excomulgó a los comunistas. La salud de ella no 
fue buena, murió joven. 

Fuimos nueve hermanos, todos nacimos en el interior de la Repú¬ 
blica, la mayoría en San José, pero vinimos pronto a la capital, por lo 
que me siento totalmente montevideana. 

Yo fui católica muchos años, aunque en mi fuero íntimo comulgaba 
más con las ideas de mi padre. A veces pienso que me mantuve en la 
religión porque estaba en un medio de gente muy valiosa, muy preocu¬ 
pada por el bien colectivo. En ese aspecto no sufrí ninguna desilusión 
con la gente de iglesia. 

Estudié, tuve una profesión, me casé y tuve dos hijos. Hubiéramos 
deseado tener más, al punto que como hay años de diferencia entre 
ellos, luego del primero intentamos una adopción. Como recién inicia¬ 
do el trámite quedé nuevamente embarazada, mi marido quiso dejarlo 
sin efecto, en lo que estuve de acuerdo. 

Mi marido también era católico. Ninguno de los dos militaba políti¬ 
camente. Lo hacíamos en parroquias, con grupos de matrimonios o de 
adolescentes. En determinado momento me enfrenté con la realidad de 
mi falta de fe y a partir de allí dejé la práctica religiosa y las actividades 
en la Iglesia. En cuanto se refiere a la política, voté inicialmente a la 
Democracia Cristiana. Nunca me afilié a un partido de los que integran 
el Frente Amplio, me siento independiente dentro del Frente. 

Mi hijo mayor en los finales de su Secundaria comenzó una militancia 


174 



política. Advertimos que su escolaridad bajabá sensiblemente de nivel 
(hasta entonces era muy buen alumno). Era el 68, tenía 17 años. Empe¬ 
zó a tener reuniones a puertas cerradas, faltas a clase... en fin, muchos 
síntomas de que estaba asumiendo un compromiso y un compromiso 
que intuíamos peligroso. En determinado momento le planteamos una 
disyuntiva: que estábamos dispuestos a "bancar" su militancia siem¬ 
pre que no abandonara los estudios. En caso contrario debía trabajar, lo 
que le restaría también tiempo para lo que hacía. El lo aceptó, pero nues¬ 
tra preocupación crecía, aunque nunca soñamos que algún día nos en¬ 
contraríamos en la situación tan terrible que debimos enfrentar. Una 
mañana abrí el diario y vi que un amigo íntimo suyo había sido deteni¬ 
do. Lo desperté y le dije que tirara todos los papeles comprometedores 
que tuviera. Inicialmente negó que tuviera nada oculto o riesgoso, pero 
cuando le mostré el diario empezó a tirar papeles de todas partes. 

Al poco tiempo fue detenido junto con su novia en casa de ella. Los 
llevaron al Batallón Florida, en el Buceo. Cuando íbamos a preguntar 
por ellos, con ese lenguaje acartonado de los militares nos decían: "vues¬ 
tro hijo no tiene problemas, es la chica". Luego de unos días liberaron a 
ambos. Una noche él nos dijo: "estoy reflexionando si debo quedarme o 
irme". No tuvo tiempo de decidir, a la mañana siguiente vinieron a 
buscarlo y esta vez quedó detenido. Fue procesado por la Justicia Mili¬ 
tar y condenado por el delito de "Asociación para delinquir". Estuvo 
preso desde mediados de 1971 hasta fines de 1973. (Luego cambió la 
ley y las sanciones para los presos fueron mucho mayores.) Estuvo 
siete meses incomunicado. Nuestra primera visita fue en la Jefatura de 
Policía, todos los presos de un lado y los familiares de otro, separados 
por doble reja en un griterío en que nos costaba entendemos. No obs¬ 
tante vimos su sonrisa y oímos palabras tranquilizadoras con las que 
ocultaba sus penas para atenuar las nuestras. Cumplió la condena en 
cuarteles de distintos departamentos del interior, en algunos en pési¬ 
mas condiciones, particularmente en Durazno, donde estaba en un pozo 
que cuando llovía se anegaba. Los familiares en la visita debíamos es¬ 
perar en la vereda de enfrente, a la intemperie, lloviera o tronara. Allí 
había un grupo de religiosas que provenían del Sacré Coeur pero que 
en el momento integraban una comunidad de servicio, que nos acogían 
dándonos casa y comida el día de visita, con una gran solidaridad. 


175 



En Mercedes tuvo hepatitis y lo llevaban a la enfermería cuando íba¬ 
mos a verlo, el resto del tiempo lo pasaba en la celda. Nunca le hicieron 
un análisis de control. Allí se le inició un reproceso por "Vilipendio a 
las Fuerzas Armadas" y fue privado nuevamente de visita. El motivo: 
un dibujo de presos sentados en la caja de un camión espalda contra 
espalda atados y encapuchados con una leyenda que decía : "así nos 
trasladaron". Por una eficaz y rápida gestión del abogado (el doctor 
Adolfo Gelsi Bidart), del que quedamos eternamente agradecidos, el 
reprocesamiento no prosperó. 

Cuando quedó libre resolvió irse a Buenos Aires, no se sentía seguro 
acá. Allí obtuvo documentación como residente e incluso, curiosamen¬ 
te, en el Consulado uruguayo le dieron el pasaporte, aunque acá quedó 
requerido por ausentarse, ya que debía presentarse a firmar todas las 
semanas. En Buenos Aires trabajaba como dibujante en una revista (di¬ 
bujo humorístico) y hacía cerámica que vendía en la feria. 

En determinado momento un familiar militante comunista de jerar¬ 
quía me dijo que lo sacáramos de Argentina, pero él no aceptó irse, 
desgraciadamente. 

Cuando íbamos a verlo nos amargábamos mucho porque no nos dio 
el domicilio ni quiso ocupar un apartamento que habíamos consegui¬ 
do. Eso nos daba la pauta de la inseguridad en que se sentía. Si quedᬠ
bamos en encontrarnos en una esquina y no llegaba (no era demasiado 
puntual) me encontraba como una Magdalena, segura de que le había 
pasado alguna desgracia. Fue un tiempo atroz. 

Si tuviera que designar con una palabra la época de la dictadura, 
diría miedo, porque yo soy miedosa, tenía miedo a lo grave y hasta a lo 
banal; a las muertes y torturas o a la ausencia por una noche de mi hijo 
menor atrapado en una razzia, pero también a los chorros de agua con 
que se disolvían las manifestaciones y hasta a las marchitas militares 
que anunciaban los comunicados de las Fuerzas Armadas. 

A pesar de eso la desaparición de nuestro hijo nos agarró en un via¬ 
je; hasta el día de hoy me pregunto cómo se nos ocurrió semejante desa¬ 
tino. Combinamos con él que llamaría a casa todas las semanas y que 
nosotros también lo haríamos... Un día nos enteramos de que su llama¬ 
do no había llegado y de que figuraba en una lista de "desaparecidos " 


176 



en Buenos Aires. No teníamos idea de lo que realmente significaba la 
palabra "desaparecido", a tal punto que yo le dije a mi hijo menor: "bue¬ 
no, comenzará el peregrinar de la otra vez", refiriéndome a la incomu¬ 
nicación que había tenido en su detención o a otra oportunidad en que 
cuando fui a entregar el paquete de ropa no aparecía su nombre en 
ninguna lista y estuvimos semanas en medio de la locura buscándolo 
de oficina en oficina, hasta que un día tuvimos una llamada telefónica; 
era él; nos anunció la visita de una persona que me propondría algo, 
pero me aclaró que mi respuesta no incidiría en su prisión. Efectiva¬ 
mente se presentó un militar que dijo ser el capitán Cordero y que me 
planteó la posibilidad de que colaborara en el análisis de las declaracio¬ 
nes de impuestos de determinados políticos (citó el nombre del doctor 
Jorge Batlle) análisis para el que se me consideraba apta por mi profe¬ 
sión y trabajo. Yo evadí una respuesta. Ante mi actitud reticente me dijo 
que lo pensara mejor, que vendría al día siguiente, pero nunca volvió. 
(Era la época en que entre un sector de los militares y un grupo de 
presos existían conversaciones sobre el porvenir del país, lo que se lla¬ 
mó "la tregua".) 

Cuando llegamos a Montevideo, nuestro hijo menor, que tenía 18 
años ya había presentado en Buenos Aires un babeas corpus que tuvo 
resultado negativo, como los que luego presentamos nosotros. 

En la misma fecha que mi hijo, desapareció la nueva compañera que 
tenía. Su esposa había vuelto a Uruguay luego de acordar que se divor¬ 
ciarían, trámite que fue seguido por ella solamente, dada la situación 
de él. 

A partir de entonces supimos lo que era ser familiar de un desapare¬ 
cido, la desesperación de no dejar la casa sola nunca por si había una 
llamada telefónica, la esperanza y desesperanza de cada día. El miedo 
fue opacado por una desesperación desde las entrañas, una impoten¬ 
cia, una locura, una angustia de muerte. Pero durante un largo tiempo 
no imaginamos que se trataba de algo definitivo. Yo, a los meses, fui 
convenciéndome de la realidad; mi marido estuvo años pensando que 
estaría preso en alguna región remota. El siguió siendo creyente hasta 
su muerte, aunque decía que estaba enojado con Dios. Su carácter se 
vio sumamente afectado, se retrajo, perdió alegría, que por suerte recu¬ 
peró en parte años después con el nacimiento de un nieto. 


177 



La desaparición altera los vínculos familiares. Uno trata de que el 
propio dolor no invada a los otros hijos pero a veces eso produce que 
ellos se sientan excluidos, lo que también es terrible. Yo pensaba en el 
drama de los niños pequeños, ante la falta de su madre; ni siquiera 
puede explicárseles una muerte. Y los mayorcitos, con una abuela ofi¬ 
ciando de madre, pero no es una madre joven como las de sus 
compañeritos a quienes no saben explicar una ausencia que ellos mis¬ 
mos no entienden. 

Nosotros empezamos a recorrer oficinas civiles y militares en Uru¬ 
guay y Argentina. En Buenos Aires visité a un miembro del Centro de 
Estudios Legales y Sociales que me dijo con enorme tristeza que su hija 
había desaparecido hacía un año. Era totalmente pesimista y eso signi¬ 
ficó un golpe para nosotros, un golpe de realidad. Mignone, que así se 
llamaba, me dirigió al ACNUR (Alto Comisionado de Naciones Uni¬ 
das para los Refugiados) donde me dijeron que no fuera sola a Buenos 
Aires, que era riesgoso aun para los familiares, que me uniera a otros en 
igual situación. Ante mi desconocimiento me dieron el nombre y direc¬ 
ción de otra madre uruguaya de un desaparecido. Ella fue un elemento 
decisivo para vincularnos con otras. La visité y paulatinamente un nom¬ 
bre trajo otro nombre y así fuimos constituyendo un grupo para cami¬ 
nar juntos. Una madre se enteró y se acercó, un padre lo supo por un 
amigo, con otra señora nos encontramos en el Palacio Legislativo tra¬ 
tando ambas de hablar con algún miembro del Consejo de Estado de la 
dictadura... así fue formándose la cadena. Comenzamos reuniéndonos 
en nuestras casas y haciendo escritos a toda institución o persona que 
nos era sugerida. Recogíamos las firmas persona a persona, no tenía¬ 
mos local, no había organismo defensor de derechos humanos al que 
acudir, todavía no existía SERPAJ en Uruguay. En Argentina nos vincu¬ 
lamos con compañeros de nuestros hijos que, a pesar de que corrían 
serios riesgos, no tuvieron reparos en apoyarnos y nos fueron de gran 
valor cuando la Comisión Interamericana de Derechos Humanos fue a 
Buenos Aires en 1979 a recoger las denuncias. Allí se inició la consoli¬ 
dación del grupo. Esos mismos jóvenes nos dieron la dirección de fami¬ 
liares de presos en Uruguay con los que luego nos vinculamos. 

Más adelante, familiares de desaparecidos que estaban exiliados en 


178 



Europa y habían formado AFUDE (Asociación de Familiares de Uru¬ 
guayos Desaparecidos) organizaron el viaje de dos de nosotros para 
recorrer algunos países e informar a la colectividad uruguaya y a insti¬ 
tuciones públicas y privadas de la situación del país en materia de de¬ 
rechos humanos y concretamente de la que nos afectaba. 

Por el momento sólo nos habíamos agrupado los familiares de des¬ 
aparecidos en Argentina. Luego de su constitución en nuestro país, el 
Servicio de Paz y Justicia agrupó a los familiares de desaparecidos en 
Uruguay, que temporariamente funcionó en forma independiente, por¬ 
que consideraban que así convenía por la especificidad de su caso. Efec¬ 
tivamente era real que el método represivo de Uruguay era el de la 
tortura y la cárcel, no el de la desaparición, como en Argentina. 

Nosotros, a ejemplo de las Madres de Plaza de Mayo, intentamos 
reuniones en algunas plazas, con pañuelos blancos en la cabeza. Éra¬ 
mos tan pocas que inspirábamos conmiseración y además, en esos años, 
la gente que pasaba no se explicaba quiénes éramos y no se detenía a 
preguntar. Un señor dijo a una conocida: "¡Ay, pasé por una placita y 
veo a cuatro pobres señoras con un pañuelito blanco en la cabeza!". 

Después de las fugaces apariciones en plazas, fuimos con una pan¬ 
carta con las fotos de nuestros familiares a una iglesia. La gente se pre¬ 
guntaba de qué se trataba. Tomamos precauciones para no pasar frente 
al Ministerio del Interior. En otra ocasión, en que vino el cardenal chile¬ 
no Silva Henríquez, estuvimos en un acto con nuestra pancarta donde 
se hablaba de desaparecidos. Allí hubo quien nos preguntó si se trataba 
de los uruguayos que iban en un avión caído en los Andes, en Chile. 
Todo esto indica el total desconocimiento del tema que había en Uru¬ 
guay. 

Nosotros no sufrimos represión, sí eramos controlados. Recuerdo 
algunos ejemplos. En una oportunidad nos pidieron identificación y al 
ver el carné de una de nosotras en el que figuraba su apellido de solte¬ 
ra, quien lo pedía dijo: "ah, la señora Fulana", citando el apellido de 
. casada. Es decir que nos tenían bien fichadas. En otra ocasión en que 
vinieron dos médicos austríacos interesados en la situación del país les 
relatamos nuestro caso. Luego ellos fueron expulsados y la policía estu¬ 
vo en nuestras casas. Reconocimos que los habíamos visitado y mi ma¬ 
rido defendió su derecho con severidad, sin consecuencias. En una ma- 


179 



nifestación ante el Ministerio de Relaciones Exteriores detuvieron a una 
compañera, abuela y madre de desaparecidos para interrogarla. Ella 
tuvo una actitud muy digna y no pasó de eso. 

La constitución de SERPAJ en Uruguay significó para nosotros un 
cambio cualitativo. Nos facilitó un local para reunirnos. Además tuvi¬ 
mos más tranquilidad en nuestras manifestaciones en iglesias por su 
apoyo, aunque continuaba el control, la grabación de los testimonios 
dados en voz alta, la patrulla de la zona donde estábamos por vehícu¬ 
los militares, etcétera... Los 28 de diciembre hacíamos un recordatorio 
especial de los niños desaparecidos. 

Cuando una joven traída clandestinamente de Buenos Aires donde 
le arrebataron a su hijo recién nacido salió de la cárcel, una compañera 
le preguntó: ¿dónde creés que están, acá o en Argentina? A lo que ella 
contestó: "en ninguno de los dos lados". Fue otro mazazo de realidad. 
Sin embargo, los más optimistas siguieron pensando en un posible 
reencuentro. 

En nuestro andar hubo otras pérdidas... una madre... un padre muy 
trabajador al que queríamos mucho y que solía decir con humor: "no¬ 
sotras las madres..." 

¿Por qué nos llamamos sólo Madres? Un poco en imitación de las 
argentinas, otro poco quizás pensando que éramos menos vulnerables, 
por el mito de la madre... por la tradicional e ilógica distribución de 
tareas que atribuye a la mujer la responsabilidad de los hijos. En fin, 
sólo después y ya cuando nos habíamos agrupado los familiares de 
desaparecidos en Uruguay y Argentina cambiamos el nombre por el de 
Madres y Familiares. En el grupo no pesaron las diferencias político 
partidarias que pudieran tener sus miembros. Tampoco nos dimos nunca 
autoridades. 

En una época posterior nos reunimos con familiares de presos y de 
exiliados para dar charlas en parroquias, en salones de cooperativas, en 
todo lugar en que se nos abría una puerta. Decíamos que llevábamos 
pronto un disco que estaría rayado de tanto repetirse, porque ninguno 
de nosotros era orador ni expositor profesional. Trabajábamos juntos y 
se creaban lazos de afecto que nos permitían gran franqueza. Recuerdo 
que en una ocasión un joven a quien mucho quiero, que hablaba sobre 
los rehenes de la dictadura me dijo: "hoy hablaste un poquito... peor". 


180 



Éramos sólo gente que compartía sus problemas con la gente. Tal vez 
las charlas eran un poco frías, "Doctrina de la Seguridad Nacional" y 
todo eso. En parte porque creíamos importante tratar esos temas, otro 
poco para no conmovernos hasta las lágrimas hablando sólo de dolo¬ 
res. Sin embargo nuestro auditorio era siempre cálido y receptivo. íba¬ 
mos con algún video hecho por estudiantes, referido particularmente a 
los niños desaparecidos. Reclamábamos amnistía para los presos polí¬ 
ticos, verdad y justicia, aparición con vida de los desaparecidos, pues 
más allá de que nuestras convicciones fueran pesimistas, no seríamos 
nosotros los que los declaráramos muertos. 

Después vinieron los fines de la dictadura, la esperanza cifrada en la 
Concertación Nacional Programática donde participamos acompañan¬ 
do al SERPAJ, la Semana de los Estudiantes... el comienzo de la espe¬ 
ranza. 

Luego las decepciones. Empezó a gestarse la ley de caducidad, se 
pretendió que el perdón a victimarios sin siquiera juicio era equivalen¬ 
te a la reducción de penas computando tres días por cada dos a los que, 
por decisión de quienes ejercían el poder fueron juzgados por la justicia 
militar, mal llamada justicia y padecieron torturas y una cárcel terrible. 
El más significativo representante de esa posición fue el luego presi¬ 
dente Sanguinetti, aunque, como todos sabemos, lo acompañó la gran 
mayoría de su partido y gran parte del Partido Nacional. 

Vivimos las hermosas jornadas propulsoras del referéndum con un 
final que no les hizo honor. 

Tuvimos la emoción y la gran alegría cuando fueron liberados los 
presos, tuvimos la felicidad dé ver recuperados a muchos niños, vimos 
cómo algunos de ellos, que al principio rechazaban a la familia biológi¬ 
ca han ido acercándose a ella... pero todavía faltan etapas importantes. 

Hoy, el presidente de la República ha instalado la Comisión para la 
Paz. A pesar de que no conforma la limitación de facultades con que 
actúa, consideramos de fundamental importancia que el Estado, por 
primera vez, asuma el reconocimiento de las desapariciones y su res¬ 
ponsabilidad en las mismas. Pensamos que pueden ser valiosas las re¬ 
comendaciones posteriores, sobre la creación de la figura de "ausencia 
por desaparición forzada", como se ha hecho en Argentina, sobre la 
inclusión en nuestro Código Penal del delito de desaparición forzada. 


181 



Luego veremos cómo continuar el camino. Tenemos esperanzas de que 
se abra paso la Justicia, a la que tenemos derecho, como está ocurrien¬ 
do en otros países, y algunos de nosotros, que tenemos doble naciona¬ 
lidad, hemos iniciado juicios en el exterior. 

De nuestro hijo pasamos años sin ninguna noticia. En 1984,12 años 
después de la desaparición, nos llegó el testimonio prestado ante escri¬ 
bano y gestionado por vía consular de un ex preso radicado en el exte¬ 
rior. El declarante dice que fue detenido junto con él en un operativo 
realizado en un café de Buenos Aires comandado por el oficial urugua¬ 
yo José Gavazzo y que de allí fueron llevados a la cárcel clandestina 
"Automotores Orletti". 

También recibimos la declaración escrita de dos amigos de nuestro 
hijo, ambos ex presos, a los que el oficial Cordero habló de él y les dijo 
que había quedado en Buenos Aires y que su destino era la muerte. 

No teníamos ya ninguna ilusión sobre su vida. Sin embargo fue nue¬ 
vo y terrible el dolor que nos dejó esa helada confesión del asesinato 
impune. 


María Eloísa 


182 



Con Norma 


Llegué al Penal, a Barraca, en octubre del 77. Todo era muy extraño. 
Había gente de gris que gritaba, que daba órdenes. Gente de gris que 
hacía el ridículo, supremo privilegio de los verdes. Costaba asimilarlo. 
Era un mundo nuevo y entreverado. Imprevisible. Un señor Oficial des¬ 
filaba haciendo muecas con su caballo y una cantidad de mujeres de¬ 
bíamos, como girasoles, seguir con el cuerpo y la vista hacia donde él 
"alumbraba". Costaba asimilarlo. 

Había que formar y numerarse dos veces por día: 1,2,3, y de repen¬ 
te un grito ¡41 ¡cuatroooo!, como si fuera algo, como si quisiera decir 
algo. Había mucho de absurdo: uno estaba leyendo, o conversando, y 
de pronto otro grito destemplado ¡Atención bandera! y había que estar¬ 
se de pie, inmóvil, y brillaba una trompeta tururú... 

Un día gritaron que no se podía entrar al baño. Aglomeración en la 
puerta. Baño prohibido: ¿Norma? 

No se puede entrar. Entré. Entramos: una, dos, luego una tercera 
compañera. Desde la puerta del water, cerrada por dentro, colgada ¿de 
la banderola?, ¿de la cisterna?, estaba Norma Cedrés. Hacer que la 
cuerda no apretara. Entré al baño contiguo, me trepé al water, pasé por 
el murito hacia el otro lado. Abrí la puerta ¿o la abrió la compañera que 
estaba conmigo? La sujeté para que la cuerda no la ahorcara. Norma 
yacía muerta en mi hombro. La compañera trató de desatar la cuerda. 
No me acuerdo más. Luego Norma afuera tendida en el suelo. Gente 
que la atendía. Salimos de ahí. Ataques de nervios, llantos. Unas horas 
después el oficial del caballo llamó a formar y nos dijo que la muerte de 
Norma era nuestra culpa no recuerdo por qué, y que su muerte nos 
sirviera de ejemplo no sé para qué. Más ataques de nervios, más llan¬ 
tos. Me llamaron a declarar. Actas y más actas. La tercera compañera 
nos pidió que no declaráramos que ella había entrado. No lo hicimos. 
A los pocos días fui trasladada al celdario, previo pasaje de un mes por 
calabozo. La segunda compañera pronto salió en libertad. No la vi 
nunca más. Fue allí y será siempre mi hermana. 

Cecilia 


183 



IV 


Ya me quiero en casa. 
Loba herida, 
aúllo 

olfateando guaridas. 

Ya me quiero en casa. 
Soltaron los perros 
que rastrean 
mi sangre menstrual. 

Ya me quiero en casa. 
Estarme quieta, 
recogida, 
en silencio. 

Ya me quiero en casa. 
Buscaré aquel pozo. 

(el primero del mundo) 
y volveré a saltar. 

(22-12-74) 


Mandola 


184 



Intimidades 


"Así era mi pueblo 
cuando yo tenía pueblo." 

José Carbajal, "El Sabalera" 


Mi nombre es Glinca y tengo catorce años. 

Vivo en San Javier o Colonia Rusa desde que nací. 

Soy la menor de quince hermanos, mi padre es albañil y mi madre 
ama de casa. 

Mi casa es linda, con una gran estufa a leña en la cocina, donde nos 
sentamos a tomar mate cuando hace frío con familiares y amigos. 

Tiene muchas plantas y en primavera el jardín se llena de flores. 

En el fondo tenemos gallinas y otros animalitos, árboles frutales y 
algunas verduras. 

Aquí empiezo a escribir mi diario para acordarme cuando sea viejita 
de los años grises, largos y aburridos de mi adolescencia en San Javier, 
esperando que me pasen cosas lindas. 

De abril a abril 

16 de abril de 1984 

Entro con mis hermanos y me siento en una silla bastante rota, (la 
reconozco porque es la misma que usamos para sentarnos en las clases 
de inglés). Me saco la campera mojada por la lluvia, (hace mucho frío 
aunque recién empieza el otoño). 

Miro el ataúd oscuro y lustroso y siento más frío. Asoma sólo la cara 
muy pálida e hinchada, sombras violáceas debajo de los ojos, manchones 
oscuros; sólo la nariz, afilada como siempre parece reconocible. 

Cierro los ojos, después trato de mirar otra cosa. 

Recuerdo cuando tenía tres o cuatro años y me llevaron al médico 
por primera vez. Todavía puedo sentir el olor penetrante de los reme¬ 
dios. Yo estaba aterrorizada. 

El doctor me pedía una y otra vez: -Levántate la camisetita, Glinca, 
por favor. 


185 



Y yo: -¡No! 

Tenía mucha paciencia el fulano, y yo era muy terca. 

Era el hombre más churro y más limpio que había visto en mi vida. 
La piel muy blanca, el traje y los ojos de un azul profundo, las manos 
impecables, que en nada se parecían a las manos sucias y ásperas de los 
otros hombres del pueblo. 

Afuera Mary Zabalkin (mi teacher de inglés y esposa del difunto) se 
cae desmayada. 

Me acerco cuando piden a gritos un caramelo. Después mis herma¬ 
nos me dicen: -No molestes. 

Los más jóvenes nos encerramos en el cuartito de las clases de in¬ 
glés. Víctor Makarov, Vladimir Roslik (chico), Pepe Bozinski, Miguel 
Schevzov y Aníbal Lapunov acaban de salir del Penal de Libertad. Es¬ 
tán muy delgados y peladitos, mueven las manos con nerviosismo y se 
ríen todo el tiempo. Yo también porque llegó la hora de los chistes. 

Es extraño, nunca pensé que el miedo podía provocar risa. Ana Roslik 
está tan tentada que se cae patas para arriba de su silla. 

Es lindo estar juntos. Tomamos mate hasta el amanecer. 

De mañana temprano salimos a juntar flores para "Valoia", "el doc¬ 
tor Roslik", como le decía siempre mi madre. A media mañana lo ente¬ 
rramos. No puedo llorar, sólo tengo un nudo en la garganta. Pienso 
egoístamente, él murió, ellos sufrieron y yo estoy viva. 

Mayo de 1984 

Cuando iba a nacer el bebé, Mary era la mujer más feliz de la tierra. 
Charlábamos en clase sobre qué nombre ponerle. Si era niña se llamaría 
Larisa Irina, si era varón quizás Valery Roslik. 

-No sé -dudaba- Vladimir no quiere porque ya tenemos una sobri¬ 
na que se llama Valeria -decía. 

Nosotros opinábamos dándole nombres de nuestro agrado. A mí me 
gustaba Valery, como finalmente le puso. 

Yo creo que Vladimir presintió su muerte, porque cuando se lo lle¬ 
varon él dijo que una vez más no aguantaría. 

Junio de 1984 

Cuando llueve siempre me pongo triste y me acuerdo de mi amiga 


1 D4 



Paula. Decir Paula es decir lluvia. Sé que no tiene nada que ver pero 
para mí es así. 

Ahora vive en Paysandú con su hermano Dieter. Dice que cuando 
suelten a su padre (el tupamaro Henry Engler, que está de rehén), se 
van a ir a vivir a Suecia. 

Recuerdo cuando Paula llegó al pueblo, parecía un pollito mojado, 
muy delgadita, de piel blanca como las niñas de la ciudad, ojos grises y 
pelo corto (mientras que todas nosotras lo conservábamos largo para 
poder hacemos trencitas). 

En vez de carterita de cuero o mochila traía sus útiles en una bolsita 
de nylon rosada. Las maestras la trataban mal, no sé por qué. 

Yo, que me sentía siempre muy poco querida por el hecho de ser 
pobre, sentí una especie de solidaridad con ella y nos hicimos amigas. 

íbamos y volvíamos de la escuela charlando y demorábamos media 
hora o más en hacer unas pocas cuadras. 

Tiempo después me di cuenta que a Paula no le interesaba lo que 
pensaran los demás como a mí. Ella era muy feliz y a veces hacía cosas 
raras como ¡ir a la escuela de pijama!, (debajo de la túnica, por supues¬ 
to). 

-Es para ganar tiempo y dormir un rato más -me decía. 

Ella me enseñó a agarrar las víboras de la cabeza para que no me 
mordieran. Cuando encontraba una culebra en el pueblo la llevaba al 
río para que nadie la matara, porque los hombres son muy crueles y 
matan a las víboras porque sí. 

Julio de 1984 

Mi amigo Femando Dolyenko se fue a estudiar a Montevideo. Cuan¬ 
do viene en las vacaciones hablamos mucho, sobre todo de política. 

Él dice que allá a la gente del interior nos llaman "canarios". -Te 
desprecian -me dice- se creen el ombligo del Uruguay. 

¿Y a mí qué me importa? -pienso-. Yo nunca me voy a ir de San 
Javier. Yo amo este pueblo y no me pienso mover de acá. 

Él cuenta que allá se están poniendo de moda le» "candombailes". A mí no 
hay nada que me emocione más en el mundo que una melodía de bailes rusos 
en el sonido de un acordeón. Será porque hace años que no pódeme» bailados 
y, parece mentira, a mí siempre me atrae el fruto prohibido. 


187 



También me gusta el canto popular, lo escucho en CX 30 "La Radio". 

Para bailar me gusta Michael Jackson y para escuchar creo que no 
hay como una balada de los Beatles. 

12 de agosto de 1984 

Hoy vinieron los compañeros de ASCEEP, la asociación de estudian¬ 
tes de Young y Fray Bentos. 

Nos reunimos en el Club Atlético River Píate. Después fuimos al 
cementerio al homenaje a Roslik. 

Luego siguió la reunión de estudiantes en casa; cuando terminó nos 
quedamos sólo los del Frente Amplio y los compañeros de Fray Bentos 
nos repartieron semanarios y folletos prohibidos. 

23 de setiembre de 1984 

Me levanté a las siete de la mañana para limpiar la casa porque ve¬ 
nían tres chiquilines de Montevideo de la juventud de Democracia Avan¬ 
zada. Uno se llama Alvaro Villar y los otros dos no me acuerdo. 

Como a media mañana no venían pensamos que se habían perdido 
y mis hermanos salieron a buscarlos. 

Los vieron a los tres sentaditos en la Prefectura y pensamos que esta¬ 
ban presos. 

Por suerte no pasó nada, sólo se habían perdido. 

Dijeron cosas muy lindas pero la mayoría yo ya las sabía. 

Me da la impresión que a veces los compañeros de Montevideo di¬ 
cen cosas obvias y no se dan cuenta, eso es por su actitud, vienen al 
interior creyéndose Colón descubriendo América. 

30 de setiembre de 1984 

¿A qué no saben qué pasó hoy? Nada más y nada menos que la inau¬ 
guración de nuestro comité de base "Vladimir Roslik". 

Llegaron las delegaciones de Young, Paysandú y Fray Bentos. Vinie¬ 
ron Dieter y Paula de Paysandú y algunos amigos míos de Young. 

A las cuatro de la tarde salimos de manifestación por el pueblo con 
los más jóvenes, con banderas y gritando los estribillos más conocidos. 
Frente al consultorio de Vladimir cantamos el himno. 


188 



En la plaza se armó guitarreada. Los muchachos de Paysandú cami¬ 
naron por arriba del césped y cortaron flores. Eso me molestó mucho. 
Nosotros cuidamos nuestra plaza. 

En el acto hablaron Burgel por Paysandú y Alamón por Fray Bentos. 

6 de octubre de 1984 

En San Javier podrá uno sentirse mal por muchas cosas, pero nunca 
se va a sentir aburrido. 

Hoy me levanté a las seis de la mañana a estudiar para el escrito de 
inglés. Sólo saqué 98 puntos. Me dio mucha bronca, quería sacar 100. 

A las doce del mediodía llegaron las delegaciones de Montevideo 
con Germán Araújo y algunos artistas. 

Después del acto en el comité escuchamos un casete con un saludo 
que nos mandó Alfredo Zitarrosa. 

Fuimos a ver el río con Mario Carrero y Eduardo Larbanois. Son dos 
personas muy cálidas y tiernas. 

Ellos me dijeron que querían irse disimuladamente porque les pare¬ 
cía haber oído que habían venido más de lo previsto y no nos iba a 
alcanzar la comida. Yo les dije que no, que volviéramos que algo les 
íbamos a dar y volvimos a almorzar. 

Después fuimos al cementerio a la tumba de Vladimir y a la de Julia 
Scorina. 


20 de octubre de 1984 

Hoy me levanté a las siete de la mañana para estudiar pero final¬ 
mente no fui a clase porque me dijeron que el General Líber Seregni iba 
a llegar muy temprano y entonces me iba a perder todo. 

Fuimos a esperarlo con banderas y ya en el comité yo leí un poema y 
le di un ramo de rosas rojas. 

El General tomó mi cabeza entre sus manos, me acarició el pelo y 
cuando se acercó a darme un beso me di cuenta que estaba llorando. 
Ahí me dieron ganas de llorar a mí. Él dijo que quería seguir emocio¬ 
nándose siempre porque emocionarse era de hombres. 

También dijo algo así como que con mil miedos teníamos que hacer 
un coraje. 


189 



25 de noviembre de 1984 


¡¡Elecciones!! 

Estuve desde las siete de la mañana en el comité. De noche estaba 
muy cansada. 

En la plaza del pueblo se armó un baile con los blancos y los colora¬ 
dos, cada uno con sus banderas pero todos festejamos juntos. 

Eso me pareció muy emocionante. 

Los más jóvenes nos fuimos al puerto de madrugada y bailamos bailes 
rusos. 

2 de diciembre de 1984 

Hoy después de no sé cuántos años reabrió el cine Pobieda (que en 
ruso quiere decir Victoria). 

Fue una función organizada por la comisión multipartid^ria con el 
fin de obtener fondos para comprar una ambulancia para el pueblo. 

Las películas eran muy malas. Pero algo es algo ¿no? 

El cine fue muy importante en mi niñez. íbamos sábados o domin¬ 
gos, cuando era más chica con mi madre y luego con mi hermano Darío. 
Veíamos películas rusas en blanco y negro, y de las otras, francesas e 
italianas. 

Era delicioso sentarse en la sala oscura con calefacción en las noches 
de invierno, comiendo pepitas de girasol. 

Cuando volvíamos a casa el domingo de noche encontrábamos a 
mamá planchando la túnica y la moña. 

Era muy angustioso después de un rato de fantasía, pensar que al 
otro día había que volver a la realidad, a la rutina de la escuela. 

6 de diciembre de 1984 

Hoy después de tanto esperar, vino el doctor Gregorio Martirena 
con el secretario de la Federación Médica del Interior. 

Nos trajo los planos del futuro parque infantil "Vladimir Roslik" y 
nos dijo que pronto vendrían los agrónomos a buscar árboles, que te¬ 
níamos que modelar el terreno. 

7 de diciembre de 1984 

Hoy íbamos a ir con mi clase del liceo a pasar el día a Puerto Viejo, 


190 



una playa muy hermosa donde desembarcaron los rusos en 1913. 

A las seis de la mañana ya estábamos esperando a la salida del pue¬ 
blo y al rato llegó una profesora a decirnos que no podíamos ir porque 
estaba lleno de soldados verdes. 

Con una bronca bárbara decidimos pasar el día en la playa del pueblo. 

"Me quieren anochecer 
me van a morir." 

Alejandra Pizarnik 

30 de diciembre de 1984 

Cuando pienso qué difíciles y largos años he pasado desde que em¬ 
pezó mi adolescencia, me pregunto ¿qué he hecho en estos lentos y 
estúpidos años? 

Nada. No sé exactamente lo que es ser feliz, pero lo que es yo no lo 
he sido. 

Desde hoy me he propuesto luchar todos los días para intentar di¬ 
vertirme y ser feliz aunque sea un poquito; porque la juventud no es 
eterna y cuando sea vieja voy a estar muy estropeada. 

Después de todo recién tengo catorce años y estoy en plena edad de 
la estupidez. 


31 de diciembre de 1984 

¡¡Por fin terminó este maldito año!! 

Espero que el próximo sea mejor. 

Chau. 

Glinca. 

¡¡Año Nuevo!! 


I o de enero de 1985 

Hoy salimos de serenata por el pueblo para festejar el Año Nuevo. 
Fuimos cantándole a los vecinos que nos regalaban pan dulce y sidra. 
Después nos fuimos a la playa y se armó una guitarreada. 

Pusimos la bandera del Frente Amplio pero como está prohibido 
vino un marinero y nos la hizo bajar. 


191 



7 de enero de 1985 


Hoy viajé a la estancia "El Retiro" con mi hermano Darío. Allí vive 
una de mis hermanas casadas y mis sobrinitas. 

Ese lugar es el paraíso terrenal. 

Alrededor de la vieja casa hay una quinta de eucaliptus con el en¬ 
canto propio de esos árboles maravillosos, el olor de la madera, la hoja¬ 
rasca en el piso, los pájaros. 

También hay árboles frutales: ciruelos, durazneros, higueras, naran¬ 
jos, cuya fruta comemos directamente "al pie del árbol". 

Hay un viejo granero con una especie de friso pintado a mano que 
me hace pensar que anduvo un artista perdido por el campo y que dejó 
además su trabajo inconcluso. 

La casita está escondida entre cuchillas y no puede verse desde la 
carretera. 

Esas lomas cubiertas de trigo maduro en un mediodía veraniego son 
un infierno dorado. 

Los atardeceres y las tormentas también, son en este lugar, maravi¬ 
llosos regalos de la naturaleza. 

Te sentís indefenso ante tanta belleza. 

13 de enero de 1985 

Hoy cumplo mis quince. Es un día común. 

Me levanté a las cinco de la mañana para ir a trabajar en el futuro 
parque infantil "Vladimir Roslik", que estamos haciendo entre todos. 
Vamos a hacer jardines y a poner jueguitos para los niños. 

De noche me van a hacer una reunión en el fondo de casa. 

"Ahora sufro lo pobre, lo mezquino, lo triste, 
lo desgraciado y muerto que tiene una garganta 
cuando desde el abismo de su idioma quisiera 
gritar lo que no puede por imposible, y calla, 
las palabras entonces no sirven: son palabras. 

Siento esta noche heridas de muerte las palabras." 

Rafael Alberti 


192 



Young, enero de 1985 

Cuando nos internamos en ese parque de diversiones sentí que ha¬ 
cía un viaje en el tiempo. No hacia el pasado, sino hacia esa 
Latinoamérica que conozco sólo a través de los libros. 

Creía estar dentro de una película. La gente tan pobre y tan alegre. 
El olor de las calles mezclado con el dulzor del pop. 

Sin embargo, creo que eso sólo yo podía percibirlo. Todo parecía tan 
tranquilo. La gente tan apacible viviendo su miseria cotidiana. La ima¬ 
gen misma de la desolación. 

Me provoca curiosidad saber por qué el mundo es así, tan injusto. 
He leído obras de Marx y de Engels y creo que es muy inteligente lo 
que dicen. A mi casa llegan desde Montevideo infinidad de diarios, 
revistas, semanarios y folletines. Leo todo con avidez. 

También me gusta mucho leer Historia, lo que más bronca me da es 
el fenómeno del imperialismo. 

Lo que no me cierra es por qué vivimos con tanta pasividad en un 
mundo así. 

Pienso que tal vez a veces la gente se bloquea para poder resistir el 
(falta) 


21 de enero de 1985 

Hoy me pasó algo muy importante, me afilié a la UJC (Unión de 
Juventudes Comunistas del Uruguay). 

Fue muy emocionante para mí. 

2 de febrero de 1985 

Hoy fuimos a la colonia alemana "Gartental"(que quiere decir Valle 
florido) y que está a catorce kilómetros de San Javier. 

Me invitó mi amigo Albert Enss porque eran las bodas de plata de 
sus padres. 

Eso me sirvió para ver cómo son las costumbres de los alemanes 
para festejar. 

Primero hubo una ceremonia religiosa, luego una cena, obras de tea¬ 
tro, bailamos una marcha en la que van primero los novios y detrás 
todas las parejas. 


193 



Cuando querían que los novios se besaran golpeaban con una cu- 
charita el plato. 

Resulta divertido ser uruguaya pero vivir en una colonia en la cual 
la gente habla en ruso, algunos de nuestros compañeros de liceo en 
alemán, y yo debo aprender inglés. ¿Y el español para cuándo? 

15 de febrero de 1985 

Hoy se realizó la primera sesión de las Cámaras en el Palacio Legis¬ 
lativo. 

Por el Frente Amplio habló Cardozo. Se discutió un proyecto de 
amnistía para Vladimir Turiansky y para todos los presos políticos. Por 
los blancos habló Uruguay Tournée. 

Presidía la sesión Jorge Batlle. 

Estuvo interesantísimo. 

22 de febrero de 1985 

Hoy fuimos al cementerio a hacerle un homenaje a Julia, la militante 
comunista que fuera asesinada unos meses antes de la dictadura de Terra. 

Pintamos la tumba de rojo y escribimos con un palito lo que se había 
escrito antes y que había sido tapado por los milicos: 

"Aquí yace Julia Scorina, caída bajo las balas de la reacción feudal el 
22 de enero de 1933". 

Igual la gente se acordaba de lo que decía. Por suerte existe la me¬ 
moria de los hombres. 

Ahora entiendo por qué cuando era niña íbamos con mis hermanos 
a ponerle flores. 


I o de marzo de 1985 

Hoy fue un día como cualquier otro en San Javier. Pero en Montevi¬ 
deo hubo festejos por el retomo a la democracia. Se hicieron grandes 
escenarios, uno con gente de rock como Charly García, otro con gente 
de canto popular como "Los Olimareños", Carlos Mejía Godoy de Ni¬ 
caragua, Sivio Rodrígez y Pablo Milanés de Cuba. También vino el co¬ 
mandante Daniel Ortega. 

Escuchamos todo por la radio. 


194 



16 de marzo de 1985 


Inauguración del Parque infantil "Vladimir Roslik". 

Toda esta semana hemos llegado a casa sólo para comer y dormir. 

Estuvimos tres días haciendo un puerta a puerta por el pueblo para 
invitar a la gente. 

Durante el día trabajamos en el parquecito y de noche organizamos 
la fiesta. Estamos ensayando bailes rusos. Algunos días trabajamos sa¬ 
cando panes de césped en el estero, caminando entre el agua del baña¬ 
do. Hace dos días llegaron desde Montevideo los camaradas de la bri¬ 
gada "Líber Arce" de la UJC y pintaron un mural en el parquecito. Tam¬ 
bién armamos un escenario en la playa. 

Anoche llegó un periodista de Montevideo, se llama Emiliano Cotelo, 
vino a cenar a casa y estuvimos charlando un rato. 

La ingeniera que vino desde Montevideo a programar el parque se 
puso de novia con uno de mis hermanos. 

Germán Araújo y el doctor Martirena nos han apoyado en todo. 

Germán es uno de los seres más cálidos que he visto en mi vida. 
Habla con todas las personas como si las conociese de toda la vida. 

A mí me dice "chiquita" aunque soy más alta que él. 

La fiesta. 

Estuve toda la mañana recibiendo a los visitantes con otros amigos a 
la entrada del pueblo (nosotros vestidos de rusos). De tarde bailé y ayu¬ 
dé a vender comida. Como a las ocho de la noche fuimos para el Centro 
Cultural Máximo Gorki (que todavía está cerrado por los milicos). 

Pusimos un cartel y actuó una murga. Entonces se armó un gran lío 
y todo el mundo lloraba. 

"Quizá mi única noción de patria 
sea esta urgencia de decir Nosotros 
quizá mi única noción de patria 
sea este regreso al propio desconcierto." 

Mario Benedetti 

16 de abril de 1985 

Hoy vinieron el doctor Martirena y un cura por el primer aniversa¬ 
rio de la muerte de Roslik. 


195 



Fuimos al cementerio de San Javier que es lindo como no hay otro 
igual, con flores, muchos árboles y senderos muy limpios. 

Está junto al río, rodeado de gigantescas dunas de arena y monte 
nativo. A lo lejos se puede ver el río más hermoso del mundo, el Uru¬ 
guay. 

Del cementerio nos fuimos al liceo y llegamos como una hora tarde, 
pero no nos dijeron nada. 

Yo tengo pegado un póster del comandante nicaragüense Daniel 
Ortega en la carpeta. Por ese motivo se acercó la profesora de Dibujo 
(que es de Paysandú), y me dijo que yo era una persona muy politizada. 

Eso me dio mucha bronca pero me callé la boca. 

Al rato llegó a la clase el director del liceo Román Klivsov y me dijo 
que quería hablar conmigo. Yo me asusté pensando que me iban a retar, 
pero era para decirme que me iban a dar la bandera uruguaya, que 
tenía que llevarla al acto del 19 de Abril. 

Eso me dio mucho fastidio porque yo odio los actos patrióticos. 

Como yo tema puesto un pantalón verde, un buzo rojo y una boina 
en la cabeza, me pidió que consiguiera un uniforme y que me vistiera 
correctamente. 

Creo que voy a conseguir una pollera vieja con una de mis herma¬ 
nas, la corbata y el cardigan ya tengo los de mi hermano Darío. 

"Si había un río 
en el lugar 
donde crecimos 
lo oiremos siempre." 


Pasifae 


196 



¡Cómo imaginarlo! 


Era imposible pensar que en este país, tan chiquito y con tanta costa 
pasara algo así. La crueldad, que sí conocíamos por los libros, venía de 
otras latitudes en donde hasta era "esperable" que pasara, ¡eran tan 
fríos! Pero ¿acá?... ¡acá no!, imposible. 

Éramos uruguayos... los de la escuela de Varela... los de las liberta¬ 
des de José Batlle y Ordóñez, un pueblo culto... con playas públicas en 
donde nos bañábamos todos juntos. Además, éramos adolescentes y 
más allá de lo turbulento de la etapa, ¡qué etaaaapa! ¿Cómo se puede 
sentir con cada milímetro del cuerpo y no explotar de sensaciones? 

Y así llegamos al 71, con mucha fuerza, con muchas ganas y con la 
experiencia de vida correspondiente a los 15 años que muchos tenía¬ 
mos. Y participábamos en el movimiento estudiantil. Algunos con más 
conciencia, otros con menos, pero todos íbamos reaccionando frente a 
las injusticias que se estaban viviendo. 

Y empezamos a militar políticamente. 

Militar era una palabra que te definía, que te ponía claramente de un 
lado y que te hacía perder amigos, o por lo menos que se alejaran. 

Pero por suerte, te hacía ganar otros muchos, que te acompañan a lo 
largo de la vida. 

A mí, no me dejaban militar a mis anchas, me tenían bastante 
controladita. 

Recuerdo un día que me dejaron salir con el Comité de Base, había 
que colgar en los árboles unas latas pintadas. Dichas latas pesaban como 
10 toneladas según la información que me enviaban mis músculos, 
pero había que llevarlas hasta el lugar indicado sin decir nada. No co¬ 
rrespondía que demostrara mi debilidad. 

Así iba entre suspiros contenidos y resoplidos , hasta que alguien 
dice: "Ahí viene la Tota". 

Cuando escuché que venía la señora Tota mi alegría llegó a su colmo. 

Y digo: "¡ay que suerte!, otra más para ayudar". 


197 



En torno a mí provoqué las más variadas reacciones, algunos me 
miraron con cara de odio, otros se rieron a carcajadas, y yo quedé sin 
entender nada, hasta que un alma piadosa me contó que la “tota" era 
una camioneta policial. Todo esto pasó muy rápido y enseguida hice 
conciencia de que "tota", era igual a "chanchita" y que "chanchita" era 
igual a policía, y ahí me empezaron a temblar las piernas. Fue la prime¬ 
ra vez en mi vida que mis piernas se movieron sin que se lo ordenara, 
o por lo menos la primera vez que recuerdo. De ahí en más las piernas 
me temblaron muchísimas veces y no logré acostumbrarme. 

Se sumaron los temblores: Un gran tembladeral de piernas fue la 
manifestación del 9 de julio del973. ¿La recuerdan? ¡Fue impresionan¬ 
te! Ya estábamos en dictadura y en medio de la huelga general. "A las 
cinco de la tarde, a las cinco en punto de la tarde..." 

Cómo olvidar la voz de este gran locutor y periodista 1 , la tengo to¬ 
davía resonando en los oídos. 

Ese día no me dolió el estómago como siempre me pasaba antes de 
las manifestaciones, no me dolió porque me venía doliendo de forma 
ininterrumpida desde el golpe de estado, un dolor sordo pero constan¬ 
te (como queriéndome decir, estoy a punto del colapso, no me asustes 
más de lo que puedo resistir). 

Cuando largaron la manifestación, fue el corazón el que se hizo pre¬ 
sente, pensé que se me salía por la boca, éramos miles los que bajába¬ 
mos a la calle, de todas las edades, de todos los colores. Bajamos a la 
calle en el momento exacto. ¡Ahí estábamos todos!: judíos, cristianos, 
ateos, frenteamplistas, blancos, colorados e independientes, todos los 
que sentíamos que nos habían pisoteado el país. 

Y no pasó mucho tiempo para que llegaran a reprimir los guardia¬ 
nes del orden (léase del poder). La gente, los uruguayos, que son súper 
valientes, volvían a la calle a gritar por la democracia, a decirles que se 
fueran, volvían sin armas, sin nada, a cara descubierta. 

Yo no estaba dentro de los valientes, en cuanto aparecieron los "mu¬ 
chachos" y se empezó a dispersar la gente, estaba en mi casa. No sé 
cómo hice, porque vivía como a 50 cuadras del Centro. 

Después, empezó la angustia porque pasaban las horas y amigos o 
compañeros no llegaban y teníamos miedo que hubiera heridos, o muer¬ 
tos, o presos, o todo eso junto. Los momentos posteriores fueron muy 


198 



angustiantes; a cada instante nos íbamos enterando de los que habían 
caído, y fueron muchos; entre los conocidos, figuras prestigiosas 2 ; y los 
desconocidos, militantes de todos los días. 

La huelga general 

La gente aguantó a pesar de que se les decía que iban a perder los 
trabajos, ¡la gente seguía aguantando! Y no aguantaban los jóvenes so¬ 
lamente, sino los viejos, o sea, los de cuarenta, y también los más viejos. 
Y digo viejos no porque sienta que a los cuarenta años se está viejo, 
sino porque para buscar un nuevo trabajo no se es joven a los cuarenta. 
Esto no es lo que yo creo, es lo que marca la economía de mercado. 

Por eso, me parece ahora mucho más que antes, de una valentía y de 
una entrega haber resistido todo ese tiempo, por lo que entendían de 
principios: Defender la Democracia. 

Cosas que pasaron durante los primeros tiempos de la dictadura 

Una noche después de regresar de la ocupación de la Universidad, 
¡ah! porque no les conté que mis papás no me dejaban ocupar de noche. 
Entonces al caer el sol volvía a mi casa. Sin ánimo de crítica; creo que 
esto era mucho más peligroso que quedarse de noche en la Universi¬ 
dad, pero ellos sentían que si dormía en casa me protegían más. Y yo 
debía sentir lo mismo, porque si no me hubiera opuesto vehemente¬ 
mente. Y ahora viene la desilusión. 

Una de esas noches que yo dormía plácidamente en mi hogar bajo la 
protección de mis papás, llegó a buscarme el ejército. Después supe 
que no era el ejército, que era la aviación, pero para mí en ese momento 
lo que no era policía era ejército. 

Después, tristemente aprendí. 

Y me sacaron... sí... me sacaron de mi casa bajo la desesperación de 
mis padres que vieron irse a su hija de 16 años fuertemente custodiada 
por enormes hombres armados. 

Lo de "enormes hombres" es sólo un dato que hace referencia al 
tamaño. 

Antes de salir me pidieron que llevara una bufanda. Y yo, entre un 
poco inocente y un poco tonta pensé: "que amabilidad la de los seño¬ 
res". Pero la tupidita bufandita que elegí para abrigar mi friolento cue- 


199 



lio, fue la que ellos depositaron en mis desorbitados ojos. 

Fueron a buscar a otras personas, pero nadie fue tan prolijo de estar 
acostado a las diez de la noche en su cama. Por tanto tuve el displacer 
de viajar "cómodamente" sola, con los ojos bien tapados por la tupida 
bufandita. 

Lo que ellos no sabían era, que si me sacaban de Pocitos o del Cen¬ 
tro, era incapaz de reconocer otro lugar, ya que mi mundo empezaba y 
terminaba ahí. O sea que Carrasco, La Teja o el Borro, era todo lo mis¬ 
mo, sumado a mi desorientación espacial que no ha mejorado a través 
de los años. 

Me bajaron sin ningún cuidado de la camioneta, y me introdujeron 
en un lugar que no sabía qué era. Después vi que era como una burbuja 
de metal con ojos de buey como ventanas; y la puerta, creo recordarla 
como una escotilla, pero no estoy segura de que mi memoria no haya 
fantaseado un poco. Sí sé que alrededor había como una carpintería, 
(¡que feo! ¿no?, capaz que el golpe de los martillos apagaba otros ruidos 
o voces). 

Estuve toda la noche, me tuvieron un poco parada, pero muy poco, 
enseguida me hicieron sentar. Al tiempo, me interrogaron, ellos que¬ 
rían saber quiénes habían organizado una movilización en Pocitos. Y a 
mal aeropuerto fueron por aire, porque no tenía ni idea de qué me ha¬ 
blaban. Es más, no me había enterado de esa movilización. 

Esto me dio mucha paz a mí, y mucha bronca a ellos, pero igual 
guardaron la compostura. 

A la otra mañana trajeron a un muchacho, ese sí que no la pasó bien, 
nunca supe quién era. 

Al rato, trajeron a mi hermana y a la "Flaca", una amiga. Tengo que 
reconocer, aunque sea un sentimiento horrible, que me alegró verlas, 
perdón, oírlas; no olviden que estaba con la tupida bufandita. 

Interrogaron primero a mi amiga y después nos sacaron a las dos. 
Era la hora del almuerzo. 

Nos trajeron el almuerzo: "rancho". Nunca había comido un 
ensopado de esas características. En realidad nunca había comido un 
ensopado. Comí dos bocados y lo dejé, no lo podía pasar, entre que 
hacía poco que estaba, que estaba nerviosa, y que no me gustaba; fue 
imposible. Frente a mi asombro mi amiga me pidió mi plato y se lo 


200 



comió también. Hasta el soldado quedó maravillado del estómago de 
la "Flaca". 

Nos soltaron antes de que se cumplieran las 24 horas. Prolijos, ¿no? 

Creí haber adquirido experiencia... y mucha. En realidad, no sabía 
nada, nada. No había visto nada. Nada, nada, esto recién empezaba. 

La crueldad, el "método" todavía no había alcanzado popularidad; 
por ahora "ellos" lo reservaban para algunos "pocos" a quienes sí se lo 
aplicaban. 

Más tarde, mal que nos pese, se popularizó. Crearon un verdadero 
"socialismo", a cada cual según su necesidad y también según el lugar 
que ocupara en la organización a la cual pertenecía. Mucha pina, mu¬ 
cho submarino y mucho más que hasta duele ponerlo en palabras. Yo 
no lo viví, no viví en carne propia la tortura. 

Durante mucho tiempo me enloqueció el no haber corrido la misma 
suerte de mis amigos. 

Sentía que tenía un privilegio que no merecía, porque también había 
"conspirado". 

Fíjense que había tirado volantes y también había participado en 
movilizaciones diciendo "Abajo la dictadura". Era tan pero tan mala, 
como los miles de jóvenes que estaban presos. 

Después por suerte mi cabeza comenzó a andar mejor y a darme 
cuenta que mis amigos debían estar libres, y nunca debían haber estado 
presos. Que la dictadura no era la que impartía la justicia, sino la injus¬ 
ticia; y que la libertad no era un derecho que ellos otorgaban a quienes 
querían, sino que era un derecho que nunca debían habernos quitado. 

¡Ah!, me olvidaba, sí que estuve presa, pero nada más que cinco días. 
Les cuento. 

Fue muy al principio de la dictadura en el mes de mayo de 1974. Era 
de rigor que se conmemorara el I o de Mayo. Así que allí fuimos los 
estudiantes bajo la vieja consigna de "obreros y estudiantes unidos y 
adelante". El lugar de concentración que me tocó ya me puso nerviosa, 
era en La Teja, lugar que jamás había pisado y no tenía la menor idea 
para dónde correr. Antes de salir para el lugar indicado tuve el mal 
augurio de mi papá. ¿Qué me pudo haber dicho antes de que saliera, 
justo antes?... "¡Que Dios te proteja!" 


OA 1 



Me vino como un ataque. ¿Por qué me lo tuvo que decir antes de 
salir? Con sus palabras me confirmaba todos mis temores. Que él, mi 
papá, no iba a poder hacer nada por mí, y que quedaba librada a la 
voluntad de Dios, en el que yo ya no creía. 

Durante todo el trayecto a pie, de Pocitos a La Teja fui implorando, 
deseando, soñando que alguien diera la contraorden y volver a mi casa. 
Sobre todo cuando veía el helicóptero del ejército que nos sobrevolaba 
todo el tiempo. Pero mis ruegos no fueron oídos. Llegamos, y se largó 
la movilización. Dijimos las consignas, caminamos unas cuadras y lle¬ 
garon. Llegaron los convidados de piedra. Se dispersó, y... chin, pan, 
pum, caímos. (En el chin,pan, pum pasaron muchas cosas, pero lo abre¬ 
vio). 

Hubo muchos tiros, en el momento creí que eran balas de verdad, 
después pensé que serían de salva, si no estaríamos todos muertos. Tam¬ 
bién les voy a decir que éramos muchos los que manifestamos, a pesar 
de los comunicados que pasaban por radio y televisión (apoyados des¬ 
de las oficinas de algún señor que se dice periodista, y que declara aho¬ 
ra que se equivocó porque era muy "joven" en ese momento), comuni¬ 
cados que intentaban aterrorizarnos y amedrentar a nuestros padres. 

Y después de todas las vueltas correspondientes terminamos proce¬ 
sados; los menores fuimos a albergues. A las mujeres nos tocó el alber¬ 
gue Yaguarón, considerado "albergue modelo"(no quiero pensar lo que 
serían los otros). Llegamos de noche y era de rigor en el albergue "mo¬ 
delo" bañarse y ponerse la indumentaria del lugar, que consistía en 
una especie de jumper. Les cuento que como yo era alta, y el jumper me 
quedaba corto, lo consideraron un agravio a la moral del establecimiento 
y me permitieron usar mi ropa. 

Lo que me encantó, porque me hacía sentir más yo. 

Aunque del baño no me salvé... el agua que por supuesto estaba 
absolutamente helada recorrió muy pocas partes de mi cuerpo ya que 
hice malabarismos para aparentar mojada y no estarlo. Me vestí lo más 
rápido que pude para dar claras muestras de que cumplía con las nor¬ 
mas de convivencia del lugar. 

Después nos llevaron a nuestras habitaciones; eran cuartos muy gran¬ 
des con muchas camas. Ahí la celadora me dio un camisón que debía 
ponerme. Me lo puse. Pero entre el frío de una casa antigua con techos 


202 



altos (obviamente no calefaccionada), y el "chucho" que tenía, no po¬ 
día dormirme. Me levanté sigilosamente y me puse el buzo que había 
traído. En cuanto me acuesto entra nuevamente la celadora para con¬ 
tarnos una por una, a ver si no se había fugado ninguna. Y es ahí... 
cuando me ve con el buzo puesto y comienza a gritarme como una loca, 
que estoy sancionada por haberme puesto el buzo. Intento explicarle 
que tenía frío, pero no hay Cristo que la haga entrar en razón. 

En toda mi estadía no entró en razones (era una señora un poco difí¬ 
cil), y tampoco dejó de gritar. 

Antes de dormirme la vi tres veces más porque perdía la cuenta de 
las personas acostadas y comenzaba otra vez el recuento. Era la diver¬ 
sión de las chicas hablarle y distraerla para que perdiera la cuenta. 

Yo estaba deseando que se fuera. 

Luego que todo se tranquilizó se sube a mi cama una chica del alber¬ 
gue y empieza un ritual que me aterrorizó, se los confieso. Pero no fue 
nada grave, me estaba sacando los malos espíritus. Ahora sí que estaba 
completa, encomendada a Dios y limpia de malos espíritus, podía vivir 
tranquila. 

A la otra mañana no pude bajar a tomar la leche con todas "estaba 
sancionada". Así que conocí a mis compañeras de mesa al mediodía. 

Gran sorpresa me llevé cuando me enteré que la encargada de servir 
en mi mesa era la compañera de un conocido delincuente juvenil de la 
época. Ya le hubiera gustado a mi familia ver cómo me tomaba un gi¬ 
gantesco tazón de leche quemada sin decir ni "mu" y agradeciendo 
todo el tiempo. 

Después del almuerzo del primer día, llegó la hora de las activida¬ 
des. Las chicas se repartían en distintas tareas, algunas hacían escuela, 
otras tocaban piano, acosaban al pobre profesor al que se lo vio más de 
una vez arrinconado. Y a nosotras, que éramos casi todas estudiantes 
de preparatorios, nos tocó hacer manualidades. Y ahí sí se me terminó 
la vida fácil. La profesora de manualidades me mandó a bordar un pa¬ 
tito. ¡Un patito! Nunca había logrado aprender a bordar, tampoco a co¬ 
ser y menos a tejer, aunque había pasado por varias instancias de apren¬ 
dizaje. Cuando le entregué un animal absolutamente desestructurado 
y con agenesias múltiples, la profesora se desquició. Comenzó a gritar 
aun más fuerte que la celadora, temí por su laringe y también por sus 


203 



ojos que estaban como a tres centímetros de las órbitas. 

No creía que yo fuera capaz de hacer tremendo adefesio. Creía que 
le estaba tomando el pelo. Me increpaba, de cómo había llegado a pre¬ 
paratorios. Y yo le respondía que no hacía plan piloto y que mi 
plan de estudios, ¡por suerte!, no incluía manualidades. 

No me creyó y me echó, no pude entrar más a sus clases. ¡Qué ale¬ 
gría! 

Entonces me dediqué a hablar con una chica que lloraba todo el tiem¬ 
po. Se había quedado sin familia y la habían mandado ahí, a la selva. 
Qué buena ubicación para la huerfanita, ¿no? 

La visita 

Un día recibimos visita, vino mi mamá a verme y me preguntó si me 
habían gustado las costillitas de cerdo a la Villeroy (mi comida favorita) 
que ella me había traído. 

Mi primera reacción fue de vergüenza ajena frente a la falta de pu¬ 
dor de mi madre de traerme tremenda comida. Inmediatamente des¬ 
pués comencé a mirar a los ojos de cada una de las celadoras incluyen¬ 
do a la directora a ver cuál tenía cara de satisfacción por haberse comi¬ 
do mi comida favorita. La verdad es que más allá de la desinhibición 
de mi mamá, un mimo gastronómico me hubiera venido bárbaro. 

Estando en el albergue me enfrenté a la pérdida 

de argumentos más brutal 

Siempre conversábamos entre amigos de cómo solucionar los dife¬ 
rentes problemas que enfrentaba nuestra sociedad. Y una cosa es ha¬ 
blar e hipotetizar acerca de las diferentes soluciones, y otra muy distin¬ 
ta fue enfrentarse a la frondosa realidad. 

Había en el albergue un lugar llamado el "B"(si la memoria no me 
falla). Ese lugar era una especie de celda y dentro de ella había una 
niña de 12 años. Una niña realmente. 

Esa niña ejercía la prostitución y estaba ahí porque no quería dar el 
nombre de quién se beneficiaba con su trabajo. 

Intentamos hablar con las demás y convencerla de que cambiara de 
vida. Pero nuestros argumentos, que hasta el momento parecían de un 


204 



duro metal, se doblaban como pastitos frente a la realidad de esas chicas. 
¿De qué valores les estábamos hablando? Eran válidos para nosotras, para 
nuestra realidad, pero no para ellas. Ni siquiera se desdibujaban por lo 
que nos respondían. Iban perdiendo fuerza al salir de nuestras bocas, con¬ 
frontándose con la realidad que ahora conocíamos más de cerca. 

El albergue "modelo" la mantenía en una celda sin luz. Tenía 12 años, 
ejercía la prostitución y todavía no se había desarrollado como mujer. 


En el albergue iniciamos algunas rebeliones moderadas 

La primera o la segunda rebelión, no me acuerdo el orden en que se 
dieron, fue una campaña para que les dieran medias. Estábamos en 
mayo y hacía frío. La directora nos atendió en su escritorio de saco de 
piel y con estufa, y nos explicó (de saco de piel y con estufa) que las 
medias las bajaban en junio cuando entraba el invierno y realmente 
hacía frío. 

Ese fue un acto de habla absolutamente falso, el cual no mereció 
respuesta. 

Segunda rebelión o primera, sigo sin acordarme. Una mañana apa¬ 
reció un señor médico, él pretendía hacernos una revisación 
ginecológica, por tacto. Fíjense qué fabuloso, diez chicas nuevas para 
su práctica. Parece que estaban muy preocupados por nuestro estado, 
por si alguna de nosotras estaba embarazada. 

Nos pareció fuera de lugar tal preocupación, ya que en dos días nos 
iríamos y no les causaríamos complicaciones. Además, hay otras prue¬ 
bas de laboratorio que hasta son más seguras que la que el señor médi¬ 
co pretendía. 

Nos negamos y tuvimos éxito. Sentí que mi cuerpo me debía una, lo 
había salvado de ser toqueteado gratuitamente. 

Cuando nos fuimos decidimos volver a visitarlas y así se lo comuni¬ 
camos. Pero no nos dejaron entrar. Nunca más supe de ellas. 

En el relato del albergue olvidé contarles la infinidad de veces que 
pensé en mis padres y en mi familia y amigos. Cómo extrañé la cama 
caliente y el café con leche que mi papá me llevaba a la cama a pesar de 
mis 17 años. 


205 



Tampoco les conté, ni les voy a contar, que muchas veces tuve miedo 
de lo que me pasara, y de mí misma, de si sería capaz de soportar casti¬ 
gos físicos o psicológicos. 


Año 1975 

La risa atraviesa todo 

¿Ustedes se imaginan riendo en una situación de peligro, tristeza o 
miedo? 

Tal vez no si estamos en el epicentro de la situación, pero un poco 
corridos, ya sí. 

Los seres humanos sobrevivimos porque tenemos esa capacidad in¬ 
finita para la adaptación. Nos reímos porque apostamos a la vida y por¬ 
que podemos burlarnos de nosotros mismos para poder resistir lo peor. 
Cuando dejamos de reírnos es porque nos enfermamos. 

Por eso los presos se reían, festejaban todas las cosas que podían y 
las que no podían también. E intentaban estar bien, para poder salir 
bien. 

Y aguantaron. Lo que uno desde afuera diría "imposible de aguan¬ 
tar". Y hasta nos levantaban el ánimo a los que estábamos afuera. 

Un día recibí un mensaje de un amigo que estaba preso y me decía 
"no te preocupes, los tenemos boca abajo". A él le habían dado 10 años. 
Lo primero que pensé fue que la tortura le había hecho perder la razón 
y me angustié mucho. 

Después sentí que tenía razón, no importaba que todo pareciera tan 
oscuro y terrible, que ya no íbamos a poder hablar más en voz alta por 
miedo a que nos detuvieran, o las noticias cada vez más frecuentes de 
que otros habían caído. íbamos a aguantar 

Fue en ese año que cayó preso el que era mi esposo. 

No voy a definirles el amor, o el cariño, o las dificultades importan¬ 
tes que teníamos, voy a decirles que por sobre todo le tenía una gran 
confianza. ¿Y cómo no tenérsela? Si habíamos compartido tantas cosas 
y habíamos proyectado una familia en un mundo distinto. 

Pero él volvió. Volvió a los pocos días. 

Me alegró muchísimo encontrar su cuerpo igual que cuando lo lle- 


206 



varón, no había rastros de un aparente maltrato. Pero yo sabía que no 
había pasado bien porque lo había podido visitar. 

Pero había algo en él que yo desconocía, no me llegaba a dar cuenta 
qué era lo que había cambiado. Pasaban los días y yo seguía sin encon¬ 
trarlo totalmente. Comencé a sentirme mal, muy mal, estaba sintiendo 
algo que no podía decírselo a nadie porque era algo muy horrible. 

Me sentía muy mala; ¡cómo podía pensar eso! Me venían a la cabeza 
cosas que había visto cuando lo había ido a visitar, cosas que yo creí 
que habían sido olvidadas ahí, y tal vez habían sido dejadas a propósi¬ 
to, para que yo las viera. Todo esto se empezaba a armar en mi recuer¬ 
do; y no quería que se armara. 

No encontraba a quién decírselo, pensaba en nombres y todos me 
parecían inadecuados. 

A mi familia, ¡ni soñar!, más líos, no. Mis amigos, con los que com¬ 
partíamos la vida últimamente, estaban todos presos. Sí. Todos presos, 
y los que no, estaban fuera del país. 

Y los que estaban, no me podían ver. 

¡Seguro...todos presos! Y él y yo, no. 

Y cuando llegó la verdad, porque siempre llega, y cuando se confir¬ 
mó mi espantosa sospecha, creí que se me partía en dos la cabeza. 

Lloré mucho, mucho, no podía parar. 

Pero tenía mucha bronca, cómo lo había podido hacer. Le hubiera 
arrancado la piel con las manos. Pero estaba en el cuerpo del otro, del 
que cayó preso, del que era mi esposo. 

Lo habían devuelto vacío y relleno con una sustancia desconocida. 

Le hicieron lo peor, lo vaciaron y... ¡él creyó que se salvó! 

Como a un saco, lo fueron rellenando a través de todos estos años: 
de odio, de crueldad, de indiferencia. Hizo todo lo que siempre tuvo 
miedo que le hicieran a él, y más también. 

Entregó a sus amigos, con los que compartió años. Destruyó varias 
familias, incluida la que él intentaba formar. Comandó torturas y viola¬ 
ciones. ¡¡Violaciones!! ¡¡Qué increíble!! 

Los servicios de inteligencia hicieron un trabajo perfecto, sí, perfec¬ 
to. Lograron un robot a su servicio para toda la vida. 

Así es cuando hablan de la tortura como método. Así es. Esto es lo 
que intentan lograr. 


207 



No es tortura con odio, es método científico utilizado para la mal¬ 
dad. 

Por eso no pude leer el libro de Tróccoli, porque me explicaba sere¬ 
namente, científicamente cómo habían hecho para destruir a jóvenes 
estudiantes, a jóvenes trabajadores. 

A todos los que pacíficamente se habían opuesto a la dictadura. A 
mis amigos de 17 o 18 o 21 años. Contra este ejército desarmado es que 
se enfrentaban los "valientes" e "inteligentes"miembros de los servi¬ 
cios de inteligencia. 

A estos servicios de inteligencia con hombres (en eso sí, nos llevan la 
delantera a las mujeres) que optaron en libertad ser los artífices de la 
destrucción moral y física de otros seres, a ellos les debo el despojo que 
regresó a mi casa. A ellos... y a él. 

Y saben ustedes que ahora, él, es una persona pública que habla de 
la familia y del amor. Sí... de la familia y del amor. ¡Ah! y también del 
altruismo. 

Pero hace muchos años que no lo reconozco, ni en su esencia ni físi¬ 
camente. 

Cuando me enteré de sus discursos sobre el altruismo pensé en una 
posible locura, sólo un loco puede hablar de amor a la gente después de 
lo que él hizo. Pero esa hipótesis la elaboró la parte de mí que no puede 
terminar de convencerse de lo que tuvo a su lado. 

La otra hipótesis, la que ha dejado de serlo por confirmarse día a día, 
es que estamos frente a un saco con forma de persona, relleno de horror 
y de cinismo. ¡Cómo imaginarlo! 


Belda 


1. Sr. Rubén Castillo. 

2. Gral. Liber Seregni (entre otras figuras prestigiosas). 


208 



Miedo 


Ai abrir la puerta los vimos, era una pareja joven, era obvio que ese 
papelito (que llamaba a resistir, a oponerse a la represión de las FFAA), 
el volante que G. recogió y miraba perplejo ahora, lo habían pasado 
ellos, los admiré, (pero acaso, ¿no era lo que nosotros estábamos por 
hacer?). Nos dirigíamos a otra zona, cercana a La Teja, la cita había sido 
para volantear. 

La tarde invernal pero soleada nos había hecho dudar entre gozar 
de nuestro amor recién estrenado o salir llevados por nuestro sentido 
de justicia, de solidaridad. 

Ya entonces el miedo se había instalado como una lápida fría sobre 
nuestras almas y las de casi toda la ciudad. La desconfianza al hablar y 
opinar sobre los hechos de notoriedad, sobre los comunicados oficiales. 

Se palpaba en el aire desconfiado de todos la falta de seguridad: de 
noche nadie salía y si lo hacía se corría mayor riesgo de ser detenido 
arbitrariamente. 

Estábamos en dictadura, fue después del cierre de la Universidad, 
nuestra protesta y militancia era de corte estudiantil dentro de un par¬ 
tido no proscrito, pero todos sabíamos que discrepar era considerado 
un privilegio muy caro y no todo era claro para todos. 

Todavía mucha gente pensaba "si se lo llevaron algo habrá hecho", 
cada vez que alguien era detenido. La lucha armada contra el Movi¬ 
miento Tupamaro parecía justificar, para muchos, todos los desmanes 
de los militares. 

Hacía pocos meses que nos habíamos casado, nuestros padres no 
compartían nuestras ideas y no se nos hubiera ocurrido jamás decirles 
que seguíamos convencidos de protestar, hacernos oír; probablemente 
nuestra ingenuidad se debía a nuestra juventud, a nuestros ideales, 
donde todavía todo era blanco o negro y la falta de experiencia de lo 
que puede ser un régimen armado desatado y con poder. Pese a las 
advertencias que nos había hecho mi padre, que precisamente era mili- 


209 



tar: "si toman el poder no lo dejarán fácilmente". 

Despacio cerramos la puerta y de la mano fuimos bajando hasta la 
parada con miedo, sí, como todos los días pero un poco más aún. 

Bulevar España estaba linda para pasear, pero rara, había poca gen¬ 
te y a pesar del sol, algo indefinido se sentía vibrar, era el miedo, no sé 
si sería el nuestro o también el de las pocas personas que nos cruzamos 
camino a la parada. Al llegar a la esquina de la Embajada Rusa, por 
Ellauri, vimos venir rápidamente un "ropero" (aquellos vehículos como 
camionetas azules que solían usarse para detener a los manifestantes), 
que se detuvo al instante en forma espectacular, al vemos, en mitad de 
la calle. 

Se habían bajado con gran rapidez tomándonos por sorpresa, arma¬ 
dos, rodeándonos y empujándonos contra la pared, las manos en alto y 
separadas. A pesar de haber participado de varias manifestaciones, para 
mí era la primera vez que me veía expuesta a esta situación. 

-¡Contra la pared! ¡Contra la pared! -Nos gritaron, empujándonos y 
obligándonos a separamos, G. aún sostenía firmemente mi mano como 
para darme ánimo -¡Suelte la mano de la muchacha! -Le decían mien¬ 
tras lo golpeaban para soltar nuestras manos, obligando a G. a separar 
las piernas y registrándolo. 

Nos revisaron como era de rigor, exigiéndonos -"Los volantes, los 
volantes". Entonces comprendí desesperada, habían visto a la pareja 
que dejaron el volante bajo nuestra puerta ¿o alguien los había denun¬ 
ciado? 

Pensé en ellos, pensé en nosotros, nadie sabía que salíamos ni adon¬ 
de, vivíamos solos y nuestras familias tardarían en darse cuenta de nues¬ 
tra ausencia si nos llevaban. 

El milico al que le tocó revisarme me pidió ver la cartera, con temor 
la abrí lentamente y levanté la cara como invitándolo a que la revisara, 
me sorprendí ver sus ojos, como los míos, llenos de miedo, ¿de mí o era 
muy nuevo en esos procedimientos? 

Nunca lo sabré, pero no metió la mano, me pidió que le mostrara lo 
que llevaba dentro de la cartera, de a poco fui vaciándola, había pocas 
cosas y, por suerte, ningún papel que me comprometiera. 

G. tampoco llevaba nada encima que permitiera involucrarlo en nada. 

Éramos dos ciudadanos comunes, con sus respectivas cédulas no 
requeridas, ¡como si esto bastara!... 


210 



Quedamos esperando, nerviosos ellos, aterrados nosotros, con las 
armas apuntándonos, viéndolos y sintiéndolos moverse, con rabia y 
nervios alterados. El tiempo parecía suspendido, pero a la vez mi cora¬ 
zón latía con fuerza, mi cabeza trataba de no pensar en lo que nos podía 
suceder si nos detenían, no teníamos nada para decir. 

Dentro del "ropero" la radio los comunicaba con alguien a quien 
pasaban nuestros datos físicos, las cédulas, y algo más que el miedo me 
impedía sentir con claridad. 

Pero la orden esperada llegó: -¡Tráiganlos! 

Al momento, cuando nos despegábamos como alelados de la pared, 
silbó de nuevo la radio: "¡los encontramos, ¡los encontramos, pueden 
dejarlos"! 

No podíamos creerlo, ¿suerte?... ¿y ios otros?... No podíamos dejar 
de pensar en ellos mientras llegábamos hasta la parada, la tarde soleada 
había perdido todo su esplendor, se volvió plomiza de miedo en mi 
interior. Pensaba que la terrible fatalidad y el horror para aquellos va¬ 
lientes desconocidos resultaba en nuestro egoísta beneficio. 

Impactados aún nos dirigimos lentamente a la parada y allí la sor¬ 
presa supuso más horror, las personas que estaban esperando el ómni¬ 
bus y fueron testigos de los hechos, se separaron rápidamente de noso¬ 
tros, nos miraban con temor, con miedo a contaminarse. 

Automáticamente habíamos pasado a ser sospechosos, ¿de qué? 

Quedamos aislados y hasta casi avergonzados. 

Nos segregaba el temor, el miedo, el miedo que fue creciendo y se¬ 
parándonos a todos los uruguayos durante doce años. 


PRB 


211 



En el 306 


Iba sentada en el asiento continuo al final del ómnibus, en el lugar del 
medio, enfrentada al pasillo y con los libros en la falda. Como siem¬ 
pre... leyendo. 

Como todo en esa época, nos golpeó de repente, aunque paradójica¬ 
mente lo recuerdo exasperante, lento e increíblemente silencioso. Fre¬ 
namos frente a dos "roperos" que cortaban General Flores. Sólo estiré 
mi cuello, creo que el resto del reducido pasaje ni se movió. 

Eran tres, dos hombres y una mujer. Te dabas cuenta por los vaque¬ 
ros, que caen distinto según el cuerpo, ya que las capuchas les cubrían 
hasta la mitad del pecho. Se los llevaban en fila india, por el jardincito 
de la casa, pasando por el portón de la verja hacia la vereda que era un 
caos. 

Los verdes eran muchos, corriendo de un lado a otro, gritando todo 
el tiempo, tenían armas y perros. La sensación que trasmitían era de 
peligroso descontrol. Se establecía una marcada diferencia con la quie¬ 
tud y el mutismo de los vecinos parados, inmóviles, al igual que noso¬ 
tros: los pasajeros del 306. 

Por supuesto que fue sin pensarlo; quedé parada en el pasillo de un 
salto, como los vendedores ambulantes. Los libros por el piso... y mi 
voz fuerte, ronca y dolorida. Seguro que a través de mi voz otras grita¬ 
ron todo lo que parió ese silencio de todos. No sé... Aflojó un poquito el 
miedo y se produjo el estallido. Les reproché todo lo que me reprocha¬ 
ba a mí misma. Vomité lo que venía conteniendo, supliqué y ordené 
que hiciéramos algo. Las palabras retumbaban en el ómnibus con las 
ventanillas cerradas. 

Así como empecé, me callé de golpe. Quedé temblando, parada y 
con los brazos en alto, igual que ellos. Pobres todos. Ni una sola cabeza 
se dio vuelta, nadie me miró, ni habló, ni se bajó. Nada. 

Me agaché a juntar los libros mientras en mi cara corrían parejos el 
sudor y las lágrimas. Justo cuando me senté: arrancó. A la cuadra ya 
estaba petrificada como el resto. Abrí el libro y seguí leyendo. 

Daphne 


212 



Historia de desencuentros 


El 3 de noviembre de 1975 yo tenía 30 años, un buen trabajo, militancia, 
estudios, y estaba intentando formar una familia propia. 

Siempre tuve dificultad con los amores: los intelectualizaba, los com¬ 
plicaba y los desechaba antes de darles tiempo a consolidarse. 

Esta vez fue diferente. Apareció uno de mi pueblo. Creo que fue en 
Balzac que leí que habiendo identidad de orígenes y de objetivos el 
amor venía solo. Otro entrañable amigo, atizando el fuego, opinaba que 
la mujer y el buey deben ser de la misma tierra (me lo decía en italiano). 
Pero lo más importante era que el coterráneo siempre me había tenido 
en la mira y andaba en lo mismo que yo, con ganas de tirar anclas, pero 
con el aditivo de dos hijitos a su cargo. Me gustó el desafío. 

El 3 de noviembre a mediodía, hice una escapada de mi trabajo y 
me fui a nuestra casa, ubicada en el Centro a descansar un poco y poner 
horizontal mi panza de 9 meses de embarazo, recuperar energías para 
continuar con mis tareas, ya que la idea era tomarnos juntos los tres 
meses de licencia, después del parto. 

Era lunes y hacía calor, subí y me encontré con la ratonera, 
prolijamente armada; el living era la base de operaciones, con enormes 
radios instaladas y gente por toda la casa. Ya tenían bastante público: 
dos amigas del alma, que -cuando podían- venían a ayudarme a hacer 
las camas y ordenar un poco, el hijo adolescente de una de ellas, una 
vecina que no tenía teléfono y subía a cada rato a utilizar el nuestro -sa¬ 
bedora que la puerta se abría con solo un rodillazo-, llegamos a ser 
diez. La casa estaba patas para arriba, como no es necesario describir 
por repetido. Habían encontrado fundas de almohadas y vi cómo las 
fueron llenando con mis libros, los libros de mi compañero y los libros 
de otros compañeros que ya se habían tenido que ir y nos los habían 
dejado en custodia: "hasta su regreso". 

-¿Usted no lee Vosotras, señora, o Para Ti?, mire que tienen cosas 
interesantes... me dice uno de los... invasores. 

Cerca de las 16 horas, llegó mi compañero de trabajar, directamente 
a cambiarse de ropa para ir a hacer sus 100 quilómetros diarios de bici- 


213 



cleta, entrenándose para una competencia y teniendo, todavía sin sa¬ 
nar, los raspones de una rodada en la "doble Melo-Aceguá", corrida 
días atrás. Se le tiraron encima y recién ahí me di cuenta de que era a él 
a quien buscaban. Apenas pudo tirarme el fajo de dinero del sueldo 
recién cobrado (que atajé diestramente) y se lo llevaron en una Combi 
Volkswagen blanca, y los libros en un camión Leoncito naranja del que 
retuve por años la matrícula y justo hoy me olvidé. 

Dado mi estado, me permitían caminar por toda la casa, al resto de 
los huéspedes los tenían recluidos en mi amplia cocina. En una pasada 
por mi dormitorio, revisé una cajita donde teníamos guardado el dine¬ 
ro que íbamos ahorrando para el parto, todo esos gastos extra que sur¬ 
gen y para la inyección que debería ponerme por ser RH negativa, esta¬ 
ba vacía, me habían robado. Me dirigí al que suponía mandamás y lo 
responsabilicé del hecho. Le expliqué el problema que me causaba, que 
era mi único dinero, etcétera, a lo que me respondió que no me preocu¬ 
para, porque yo iba a parir en el Hospital Militar. 

Al cabo de tres días se fueron y comenzó a gestarse lo que siento que es 
la deuda más grande que la historia, la dictadura y mi compañero tienen 
conmigo: no haber podido disfrutar del parto de mi primer hijo. 

Los 20 días entre acontecimientos y acontecimientos, borré el emba¬ 
razo de mi cabeza, empezó la vorágine de cuartel en cuartel, falsas alar¬ 
mas, casona del Prado y yo apretaba las piernas para que no naciera 
todavía. La sentía protegida adentro de mi panza y además, allí, era 
un problema menos. 

En la tormentosa noche del 23 de noviembre de 1975 nació Paula, 
con 2,100 kilos de peso, pura piel suelta sobre los huesos de tanto que 
había adelgazado. Nació en el Sanatorio Pacheco de Asignaciones Fa¬ 
miliares, donde nos atendieron estupendamente bien y me pusieron, 
gratuitamente, la inyección para prevenir un segundo embarazo de los 
anticuerpos generados por mi RH negativo. Fue un parto fácil y sin 
complicaciones, ambas estuvimos muy bien y rodeadas de mucho afec¬ 
to, tanto de los familiares como de los entrañables amigos, que no nos 
dejaron ni un minuto solas, con una guardia protectora que jamás voy a 
olvidar. 

Apenas unos días y la vorágine continuó, renuncié a mi tan planea¬ 
da licencia posmatemidad y la búsqueda recomenzó. No me puedo acor- 


214 



dar de detalles, ni de la ropa, ni de gestos de la niña, solamente de los 
momentos que la amamantaba. Llegaba corriendo de_la calle, con los 
pechos por reventar de leche y me encerraba con ella, en una ceremonia 
única de simbiosis, ella a mamar y yo a llorar. Empezábamos y termi¬ 
nábamos juntas, en un intransferible acto de amor (aún hoy siento en 
cada fibra de mi cuerpo aquella sensación y también lloro). 

Por esos días aparece otro problema que hasta ese momento no lo 
era: no estábamos casados. La situación dio por tierra todas mis acalo¬ 
radas proclamas de que no se necesitaban papeles para consolidar afec¬ 
tos. Vaya si se necesitaban, por lo menos para hacer las cosas más fáci¬ 
les. Tuve que anotar a Paula como hija natural y empezaron los proble¬ 
mas con el trabajo de mi compañero y hasta con la casa, que era com¬ 
prada con préstamos sobre sueldo, para lo que hubo una arbitraria 
interpretación de que -al desaparecer el sueldo- debería devolverse el 
bien. Para ninguno de estos trámites yo era una interlocutora válida; 
aquí, conté con la colaboración de mi suegra, que viajaba desde el inte¬ 
rior, cada vez que la necesitaba para acompañarme. Con la casa tuvi¬ 
mos éxito, y se resolvió que yo aportara el valor de la cuota, directa¬ 
mente en las oficinas del Palacio. Así que -como plus- tuve que entrar 
todos los meses en el detestable mausoleo del Consejo de Estado. 

Mientras tanto continuaban desaparecidos, corrían todo tipo de ru¬ 
mores sobre torturas y muertes y seguíamos concurriendo al Museo 
del Prado para escuchar ansiosamente la lista de los nombres de los 
que iban apareciendo. Hasta que llegó ese día. Creo que era enero, ha¬ 
cía mucho calor. Me entregaron una bolsa de nylon con ropa, que me 
llevé -como un tesoro- a mi casa y recién allí la abrí. Estaba el pantalón 
vaquero que tenía puesto el día que se lo llevaron y una camiseta inte¬ 
rior. 

El impacto de ver ese pantalón fue enorme. Traía todos los mensajes 
imaginables, traía caca, pichí, sangre, barro. La tortura enviada en una 
bolsita de nylon. Pasé horas tocándolo, oliéndolo, centímetro a centí¬ 
metro. Envolví a Paula en el pantalón, le expliqué de qué se trataba, se 
lo hice tocar con la boca, con las manitos. Seguí revisando sin poder 
desprendérmelo, hasta que vi el dobladillo descosido, lo abrí y allí en¬ 
contré un montoncito de letras, pedacitos de cartón, tal vez, de pasta 
de dientes recortados a mano y unidos entre sí con hilachas. Los fui 


215 



acomodando sobre la mesa y apareció el gran mensaje: Paula amor nue¬ 
vo de papá. 

Siguieron dos o tres meses sin poder ubicarlo, hasta que llegó un 
telegrama muy formal, de invitación a una visita, con niños, en el cuar¬ 
tel de La Paloma. 

Avisé rápidamente a sus padres y a los niños. A esta altura ya había 
elegido al doctor Batalla como abogado y estaba tratando arduamente 
de conseguir el permiso para casarnos. 

Llegó la primera visita. Vino complicada. Apareció, en la puerta del 
cuartel, la madre de los niños de mi compañero, en un completo des¬ 
equilibrio, agobiada -tal vez- por la responsabilidad sobre los hijos que 
le cayó encima y para la que no estaba preparada y quería entrar a toda 
costa a la visita. Luego de idas y venidas y de parlamentos con un 
superior del cuartel, entramos todos, por tumos, siendo -el mío - el 
último. 

Obviamente no tuvo el encanto y la tranquilidad a que yo aspiraba, 
pero -al final- nos vimos un minuto, se conocieron con Paula y yo salí 
impresionada por los 20 kilos que había adelgazado. 

Esto fue por mayo. Ahora estábamos proa al casamiento. Batalla ha¬ 
bía conseguido el permiso y había grandes preparativos dentro y fuera 
del cuartel. Yo, por mi parte, dando miles de vueltas para conseguir un 
juez que fuera al cuartel y que se aplicara la ley Etchegoyen (creo que 
era así) por la que se incorpora el hijo natural en el mismo acto, se le 
anota en la libreta y se le cambia el apellido. 

Los presos lo habían tomado como un esparcimiento y hacían paro¬ 
dias y ensayos en cuanto momento podían. Se hablaba mucho de los 
casamientos en la cárcel, hasta me habían dicho que dejaban solos a los 
novios, y que -en algunos casos- se les había permitido brindar con 
bebidas. Yo no quería hacerme muchas ilusiones, pero -por las dudas- 
me había preparado una disertación de media hora, para ponerme al 
día y había resuelto no ponerme perfume, porque si podíamos estar un 
poco juntos, quería que sintiera mi olor natural, que -seguramente- 
estaba extrañando. 

La fecha se fijó para el 15 de junio a las 11 horas. Permitieron la en¬ 
trada a dos testigos por cada parte y una torta. Por mi compañero iban 


216 



su padre y la abuela Laura, de 90 años, formidable vieja, toda lucidez, 
solidaridad y coraje. Por mi parte, iba mamá y una entrañable amiga 
de ambos -que ya tenía fecha para asilarse en Francia- y tomaba esta 
oportunidad como despedida. 

Llegó el día. Dado el estado de desnutrición y hambre que tenían los 
presos, mi suegra resolvió hacer una torta tipo shock vitamínico. Le 
puso 24 huevos, 2 kilos de nueces, dulce de leche de manera que por 
menos que les tocara a cada uno, igual la porción resultara sustanciosa. 

Nuestra comitiva llegó en el ómnibus 133, la jueza en taxi, que tuve 
que pagar de ida y vuelta porque dijo que no le habían dado viático. 
Resultó ser una señora mayor, muy pintada, de pelo teñido de rubio 
claro, con aspecto realmente antipático y que nos miró con desprecio 
todo el tiempo. Cuando entregamos la enorme torta en la mesa de en¬ 
trada, nos informaron cortesmente que -por razones de seguridad- de¬ 
berían desmenuzarla. 

Nos hicieron pasar a la pieza donde habitualmente se realizaban las 
visitas. Había una sola mesa y ninguna silla. Los cinco, más Paula -en 
brazos- esperamos allí, parados, mientras la jueza preparaba sus pape¬ 
les sobre la mesa, y se ponía la banda. 

No demoró mucho y apareció mi compañero, radiante, con una cara 
que no podía disimular su alegría. Venía de punta en blanco, cada prenda 
que vestía era de un compañero distinto, que colaboró en el ajuar con 
lo mejor que tenía. Se le veía el cuello de una camisa escocesa en tonos 
de rojo, un buzo blanco -tipo "Manos del Uruguay"- y vaqueros. Pero 
no entró solo, venía esposado y no menos de seis soldados apuntándo¬ 
lo con armas largas. El superior nos avisó -muy respetuoso- que el re¬ 
cluso estaba en calidad de incomunicado, de manera que sólo podría 
responder a lo solicitado por la jueza, y que contaba con nuestra cola¬ 
boración para que no le dirigiéramos la palabra. Cuatro soldados se 
distribuyeron dentro de la habitación y no bajaron nunca las armas. 
Nos colocaron a los dos, sin tocarnos, en la mesa, frente a la jueza y ésta 
empezó con la ceremonia. 

Cuando terminó de leer e indicó dónde firmar, le quitaron las espo¬ 
sas y, en la última letra de su nombre, se las volvieron a colocar rápida¬ 
mente. La jueza se mandó un discurso larguísimo, sobre deberes y obli¬ 
gaciones, sin ahorrarse ni una sola frase. 


717 



Creo que estaba sintiendo placer. Le permitieron dar un rápido beso 
a cada uno de nosotros y se lo llevaron. 

Fue de los peores días de mi vida. Sentí mucho dolor, por haber pro¬ 
movido que mamá, mi suegro y la abuela pasaran por esa experiencia. 
Ellos quedaron destrozados. Papá y la amiga que cuidaba a Paula nos 
esperaban con un asado y -en mi trabajo- habían preparado un brindis 
para la tardecita. Yo, sólo atiné a sacarle una foto a Paula, como testi¬ 
monio del día del casamiento de sus padres, y en el que ella cambió de 
apellido, y me fui a trabajar. 

Tiempo después vino el traslado al Penal de Libertad, experiencias 
nuevas: los viajes en CITA, las cartas, esperar el cartero-ya un amigó¬ 
las fotos con la evolución de los niños, los libros censurados, la meticu¬ 
losa preparación de los bolsos, la asquerosa revisadón de Amanda y 
compañía, el llanto de los niños -cuando los dejábamos en manos ex¬ 
trañas- para entrar a nuestra hora de visita, los depósitos de unos 
"pesitos" en el "Banco" del Penal, las también meticulosamente prepa¬ 
radas "visitas especiales", las manualidades tan esperadas y orgullosa- 
mente exhibidas en el ómnibus de regreso, las levantadas de ánimo; los 
meses pasaban. 

Un día, la llamada inesperada de Batalla... "le firmaron la excarcela¬ 
ción, pero piden un millón de pesos de fianza, ¿los podrá conseguir ?". 
Claro que sí, que podía, había ahorrado día tras día, esperando este 
momento. 

Cuando fui al Juzgado militar de 8 de Octubre a entregar el dinero 
(por el que no quisieron otorgarme recibo), lo vi reflejado en los vidrios 
de una puerta, con su mameluco gris. Toqué el cielo con las manos. 

El día de la liberación, el regreso a casa. 

Para mí: tarea cumplida. 

Para él: alas, para salir a volar en busca del tiempo perdido. 

Lo del título: historia de desencuentros. 


La Flaca 


218 



Allá mi voz 


Numerosa y anónima es la noche. 

Debajo 

islas de lumbre ajena 
titilan 

distantes y pequeñas. 

Yo aquí en lo alto, sola y extranjera. 

La vida late oculta. 

Más lejos- 

pensativa de sombras se ovilla larga noche... 

Oigo extrañas palabras y las pierdo. 
Enmudecen la noche y lo que he sido 
alfabeto de vientos en el viento 
alfabeto de viento sin caminos. 

Supe mi voz y pronuncié palabras 
y estoy ante esta noche 
exiliada de mí 

muda 

y extraña. 



Gaviotas y glicinas 1 


Exilio 


M i exilio comenzó en mayo de 1972, el destino: Chile. Tenía dos hi¬ 
jas: una de seis, la otra de ocho años. La menor cumplía siete años dos 
días después de mi partida. Era dulce y silenciosa. Su hermana era su 
contrario: la acompañaba un torbellino de actividad y ruido... Con sus 
diferencias, ambas eran profundamente buenas y constituían un orgu¬ 
llo, propio de las madres. 

Mi primera intención fue partir con ellas pero en el último momen¬ 
to dudé, tuve miedo, miedo de que en esa salida algo me pasara, y en 
consecuencia, a ellas. Las dejé en casa de los abuelos y mi padre me 
acompañó hasta el aeropuerto; aún recuerdo su mano levantada salu¬ 
dándome mientras el avión se alejaba. 

En poco más de un mes empezaban las vacaciones de julio. Eran 
unas vacaciones especialmente esperadas porque me casaba por segun¬ 
da vez... La nueva casa estaba lista para emprender una nueva vida. La 
familia se ampliaba. 

Entonces, surgió, inesperada, la urgencia por partir... 

Besé fuertemente a mis hijas y les dije sólo: -Hasta luego. 

Los abuelos se ocuparían de lograr una salida legal, segura, después 
de hacer los respectivos acuerdos con el padre, y así poder juntarnos 
todos en poco tiempo. No había más que tener algo de paciencia y es¬ 
perar esas vacaciones tan próximas. 

Dos días después llegué a Mendoza; mi chiquita cumplía siete años 
y desde allí le escribí una tarjeta que redacté llorando. Era la primera 
vez que no estábamos juntas festejando la fecha. No imaginaba enton¬ 
ces cuántos otros cumpleaños nos separarían... 

Los meses pasaban y el plan de reencuentro se iba alargando dema- 


220 



siado. La ausencia de "las nenas" me tenía desolada aunque todas las 
voces me repetían: "Vivieron sus primeros años, que son los más im¬ 
portantes de la vida, contigo; van a ser buena gente. Tené paciencia, 
todo se arreglará". Era la forma por la que quienes me querían me daban 
ánimo y esperanza. Sin embargo, estas palabras no siempre lograban la 
paciencia, que a menudo me abandonaba, y me era seguida por empujes 
de angustia. Ambas, paciencia y angustia, me acompañaron durante diez 
años. El sufrimiento, por momentos, se me hacía insoportable. 

Todo para mí está y estuvo atravesado por esa separación. Sin em¬ 
bargo, como podría equivocadamente suponerse, mi vida no transcu¬ 
rría en una permanente tristeza. Muchas cosas lindas y gratificantes me 
pasaron en ese largo período: trabajé, conocí gente, hice grandes ami¬ 
gos, aprendí, y también supe reírme mucho. Pero lo más hermoso que 
me ocurrió fue tener otro hijo que nació en Buenos Aires en la Noche¬ 
buena de 1974. Él me dio el impulso que me faltaba para seguir adelan¬ 
te, para aferrarme a la vida y seguir peleándola. Aún hoy no sé si no 
quise o no pude contarle mi drama: la existencia de esas dos hermanas 
de las que sabíamos poco... 

Después los tres nos fuimos a México. 

Mi pareja, y mis amigos, la mayor parte nuevos, comprendían mi 
dolor y me ayudaron y este hijo del exilio me dio las fuerzas para co¬ 
nectarme con la alegría de seguir viviendo, desde el compromiso que 
como madre tenía de hacerlo feliz. 

Los nuevos amigos, gran parte de ellos también exiliados, pasaron a 
ser nuestra gran familia: eran "los tíos". La relación con ellos fue tan 
fuerte que hasta el día de hoy continúan teniendo tal carácter, algunos 
viviendo ya en otros lugares del mundo. Son los tíos elegidos por mi 
hijo, una gran familia que así se formaba, porque a la propia él no tenía 
acceso, pero la necesitaba... Yo también. 

Resultaban infructuosos todos los intentos de establecer un contac¬ 
to directo con mis hijas. Se me interceptaban las cartas, las fotos, los 
regalos que enviaba con cada viajero. El cerco incluyó a mis padres que 
tampoco pudieron verlas durante esos años. Pasaron por nuestras vi¬ 
das: juicios, abogados, institutos a cargo de la minoridad y la familia. 
Se seguía cada paso con ansiedad y los resultados siempre eran negati¬ 
vos: Yo podía volver por ellas... pero, yo no podía volver... 


221 



Mi familia se hizo cargo de los trámites jurídicos: intervinieron abo¬ 
gados, juzgados de menores. No había forma de ubicarlas por las vías 
legales. Los abuelos y mis antiguos amigos lograron averiguar de sus 
vidas. Lograrlo no resultó tarea fácil: costó mucho ubicarlas porque a 
su alrededor se montó un muro de silencio. Pero en Montevideo es di¬ 
fícil ocultar algo por mucho tiempo y más aun cuando manos solida¬ 
rias buscaban información: las noticias que pasaban de boca en boca 
finalmente me llegaban. La red de informantes nos permitía saber cómo 
estaban, dónde vivían, a qué escuela iban. Yo esperaba siempre con 
ansiedad saber un poco más... La abuela, una vez conocida la dirección 
donde ellas vivían, se paraba en la esquina, a veces horas, sólo para 
verlas pasar de lejos... También le estaba vedado a ella el contacto. La 
sensibilidad ante el caso fue ampliando cada vez más la dimensión de 
la red; toda ocasión era aprovechada por los amigos que vivíamos en 
México o los de mi país para saber más. 

Nueve años habían ya pasado cuando un amigo recibió de visita en 
México a un sobrino que tenía la edad aproximada de mis hijas. Le dio 
sus nombres y mi dirección por si en "alguna vuelta montevideana" se 
encontraba con ellas. Corría febrero de 1982 y en marzo, al empezar las 
clases, ese joven oyó el nombre de mi hija menor cuando el profesor 
pasaba la lista. Mi "pequeña" estaba por cumplir 17 años y cursaba 5 o 
año en el liceo Zorrilla. 

Las cartas 

De los múltiples intentos de conexión conservo la copia de una carta 
escrita por mí de la que tenía la certeza que había sido entregada. Decía 
entre otras cosas: 

"Hijitas queridas: 

Se sorprenderán al recibir esta carta si es que tengo la suerte de que 
llegue a ustedes... He sufrido mucho la separación y me ha mantenido 
la esperanza de volver a verlas algún día... ¡quisiera tanto estar con 
ustedes!, volver a conversar como antes cuando eran "mi gordita" y 
"mi Dulcinea". ¿Se acuerdan?... Lamentablemente este perro mundo 
hace que sea imposible que yo viaje a Montevideo. ¡Algún día será!... 
Pero, por ahora, ¿por qué no empezamos por cosas más chicas? ¿Por 
qué no empezamos a escribirnos regularmente?... Sé que ustedes de- 


222 



ben tener muchas dudas, mucho dolor, mucha bronca conmigo... En 
aquellos tiempos en los que vivíamos juntas nuestra relación se carac¬ 
terizó por la sinceridad; nunca hubo mentiras entre nosotras... la única 
vez que no les dije la verdad fue aquel horrible día en que me tuve que 
ir; esa verdad era muy dolorosa y no podía llenarlas de angustias y 
temores... Con el corazón apretado Ies pido perdón... Traten de escribir¬ 
me... Se los pido por favor... Si fuera posible quisiera tener una foto de 
ustedes. Las que tengo tienen un montón de años, las miro cada pocos 
días pero ¡ustedes están tan chiquitas...! ¡Me cuesta imaginarlas como 
son ahora!..." 

Nuevamente la respuesta fue el silencio. Entonces tomé la decisión 
de no escribir más porque supuse que, en pleno ingreso a la adolescen¬ 
cia, mis cartas podían conflictuar aun más a mis hijas. Tenía que seguir 
esperando... Una noche, diez años después de mi partida, llegamos a 
casa y debajo de la puerta había una carta de la menor. Me decía: 2 

"Mamá: 

Han pasado muchas cosas desde que recibimos tu última carta en 
agosto de 1979. ¿Sabés? Lloramos mucho, siempre te quisimos tanto y 
necesitamos tanto de tu amor de madre; siempre nos has hecho tanta 
falta... Culpar a alguien porque no te contestamos en aquel momento 
sería injusto; yo más bien lo adjudicaría a nuestra propia inmadurez 
para tomar decisiones... Quiero conocerte, yo sé que por el momento 
sólo nos podemos comunicar por carta pero algún día nos volveremos 
a ver... Con todo mi amor: M," 

No toda emoción se puede trasmitir con palabras pero la intensidad 
del día sigue hoy tan viva como si no hubieran pasado casi dos déca¬ 
das. Me reí y lloré a la vez, la compartí con todos los que quería: la di a 
leer, la leí por teléfono... Necesitaba festejar y bajé corriendo los dos 
pisos que me separaban del lugar más cercano donde vivían amigos. El 
brindis de esa noche era por la certeza del comienzo de una nueva eta¬ 
pa: el encuentro. 

Esa misma noche, la madrugada se me hizo escribiéndoles. En prin¬ 
cipio resolvimos reconstruir por correspondencia los diez años de se¬ 
paración. Dependíamos del correo. El teléfono no nos permitía más que 


223 



la conversación corta y banal porque había que combinar las horas y 
lugares de las llamadas: nuestros encuentros eran todavía secretos. Las 
cartas demoraban y hasta se perdían. Otra vez los amigos, y sus visi¬ 
tantes ocasionales, sirvieron de medio más rápido y seguro. El sistema 
tenía la ventaja adicional de que los sobres eran entregados en mano; 
entonces, ellos veían a mis hijas y después me contaban sus impresio¬ 
nes, sus aspectos físicos, sus intereses, cómo eran los amigos que las 
acompañaban a las citas. Ellas a su vez les hacían preguntas sobre mí, 
con el interés puesto en acercarse a nuestras formas de vivir, sentir y 
pensar. Yo también así me iba acercando más y más a ellas. Sus impre¬ 
siones quedaron así registradas: 

"Decís que no esperás de nosotras cartas amables, que tenemos que 
tener mucha bronca... Es verdad que yo sufrí mucho todo lo que pasó 
por no entender los problemas en su momento, porque era muy chiqui¬ 
ta, y los arrastré hasta mi adolescencia...Yo lo único que necesito es amor, 
creo que todos lo necesitan y en este mundo hay mucha falta de amor; 
todos se preocupan de tantas cosas que han olvidado lo verdaderamente 
esencial. Creen que la felicidad se encuentra en cosas materiales pero 
yo sé que se encuentra en el amor de los demás, en el amor de una 
madre. Por eso me ha hecho tanto bien saber que me querés... M." 

"...Se me hace difícil escribirte y no sé cómo puedo empezar. Hay 
muchas cosas que contar y un montón mucho más grande que olvi¬ 
dar... Nos dolía mucho menos no responder tus cartas, tratar de alejar¬ 
te, que alimentar esperanzas que costaría cumplir. Creo que fuimos un 
poco egoístas pero también sabíamos que no había otra salida... S." 

Pero siempre la esperanza: 

"...Decís que llorás por haber perdido el proceso de nuestro creci¬ 
miento pero si bien todo lo que pasó es muy triste, vale la pena olvidar¬ 
lo, pensar en el presente y en el futuro, pensar que ahora nos estamos 
escribiendo y que algún día nos podremos volver a encontrar. Debe¬ 
mos sentirnos muy felices y llenas de esperanzas... S." 

Y la necesidad de irnos reconociendo, hasta desde el aspecto físico. 


224 



. .Para darte una idea de lo que he cambiado te cuento que midol.64, 
peso 58 kilos, hace cuatro meses que me corté el pelo... Como no me 
parecen nada tontas tus preguntas te pido que me mandes esos datos 
de ti y además me cuentes a qué hora nací, cómo fue el parto y todo lo 
referente a cómo era cuando era chiquita porque esas son cosas que 
nadie supo nunca contarme... M." 

S. me cuenta sus intereses y formas de vida; hace de esta forma su 
retrato: 

"...No sé por qué me parece que me estás idealizando... no soy tan 
perfecta ni genial como te imaginás; tengo grandes defectos y no so¬ 
mos las únicas de este país con deseos de libertad e independencia. Me 
gustaría que conocieras a mis amigos; nos parecemos mucho en la for¬ 
ma de pensar y actuar... Nos gusta sentarnos a charlar con una botella 
de agua de por medio para humedecer la boca cuando se seca y un 
paquete de galletitas para ayudar a secarla..." 

"...Me gusta salir a caminar por las playas desiertas, ventosas y frías 
en invierno; sentir el viento de frente que te estira la cara e ir contra él, 
como cortándolo, como rompiéndolo en pedazos y demostrarle que 
tengo más fuerza que él. ¡Eso sí me gusta! Sentir esa soledad fría y a la 
vez maravillosa junto a mis pensamientos. Me hace sentir libre, llena 
de vida y me tranquiliza...Un día, no muy lejano, si a ti te gusta, tam- 
.. bién lo haremos juntas..." 

"... A veces me siento muy mal porque no logro dejar al mundo 
contento y lo que es peor, no logro estar bien conmigo misma... me sien¬ 
to muy confundida, tengo muchas ganas de llorar y de gritar, de enten¬ 
derme aunque más no sea un poquito... Muchas veces no logro ver las 
cosas más que negras pero pienso que es asunto mío y que no es tan así 
pero lamentablemente es que sólo lo pienso, no tengo ningún tipo de 
pruebas... quiero lograr muchas cosas en la vida entre ellas una familia 
con nenes y papá... pero me siento atorada con respecto a todo... S." 

Diez años después de aquel cumpleaños en que no estuve, recibí 
respuesta a mi saludo: 

"...Recibí tu telegrama de cumpleaños y eso hizo que fuera el más 


225 



feliz desde que tengo memoria. ¡Es tan lindo saber después de tantos 
años que tengo una mamá que me quiere!... Te voy a contar algo que 
nunca le conté a nadie: antes, cuando estaba angustiada, molesta o per¬ 
turbada por algo, me imaginaba entre tus brazos, que me acariciabas y 
me decías cosas lindas. Y entonces, me sentía en paz pero ahora que me 
escribís diciéndome que me querés, sé que no es sólo mi imaginación, 
sé que espiritualmente estás conmigo... M." 

Y la alegría trasmitida por el reencuentro trasmitida de este modo: 

"...Cada día estoy más contenta de haber empezado a escribimos. 
He contagiado esta locura mía a todos mis amigos que casi están tan 
pendientes como yo de la llegada de tus cartas... S." 

El conocemos también ponía de manifiesto la problemática por la ' 
que atravesaban: 

"...A veces me parece que hablo demasiado de mí misma pero de un 
mí superficial. Casi nunca le hago preguntas personales a nadie, ni si¬ 
quiera a mis mejores amigos... y es una manera de que no me pregun¬ 
ten nada... S." 

"...Necesito aprender a defenderme sola... Tengo ideas sobre la vida, 
la sociedad, la pareja, el sexo, la muerte, ideas que defiendo hasta lo 
último pero hay otros asuntos que me dan paz interior y los cuido hasta 
que se hagan fuertes adentro mío. Es mi forma de defensa, así como 
otras personas se defienden gritando o agrediendo... M." 

No resultó fácil reconstruir; las contradicciones se ponían en evi¬ 
dencia: 

"...Necesito poner en orden varias ideas para contestarte... Perdóname 
y teneme paciencia... necesito tiempo para pensar, enfrentar los proble¬ 
mas de uno por vez y salir adelante. Tú seguime escribiendo como de 
costumbre que cuando yo haya comprendido ciertas cosas te voy a con¬ 
testar... M." 3 


226 



Nuevamente la paciencia, aunque ahora ya sí era evidente que que¬ 
daba poco por esperar. A pesar de las dificultades, de las que las tres 
éramos conscientes, resultaba necesario emprender el camino de resca¬ 
tar la memoria del olvido. La relación de mis hijas con otros jóvenes 
ayudó a que se manifestara esta necesidad de enfrentar la verdad. Así 
reflexiona S. sobre el tema: 

"...O niega su pasado: es una manera de poder vivir mejor, de in¬ 
tentar solucionar lo insolucionable, de olvidar las cosas malas y tratar 
de vivir con un poco más de felicidad. Te da fuerzas. Te lo digo porque 
creo que nosotras también lo intentamos tratando de borrar un pasado, 
o por lo menos sin mencionarlo, ni aun entre nosotras, en todas las co¬ 
sas que teníamos presentes diariamente y en cada momento de nuestra 
existencia. Por eso no estoy de acuerdo con C., porque lo intenté y no 
sirvió. Pero tampoco se puede vivir una vida alimentada de recuer¬ 
dos... yo tiendo a pensar en el futuro, en cosas lindas, en todo lo que 
lograré... S." 

Y la reflexión sobre el mismo tema hecha por M. 

"...D. me regaló un llavero que dice: 'Confía en el tiempo, que suele 
dar dulce salida a muchas amargas dificultades' (Cervantes)... Voy a 
salir adelante, yo sé que puedo y más después de saber que tengo una 
mamá como vos... Todos mis amigos te quieren mucho sin conocerte; 
dicen que sos una tipa genial porque me hacés mucho bien. De ahora 
en adelante todos los días voy a escribir las cosas que hago y siento y 
después te las mando, así estamos más cerquita... Te quiero y te necesi¬ 
to tanto que no sé cómo escribírtelo... Contéstame dándome consejos. 
Los necesito... M." 

Las hojas, montones de hojas de cartas larguísimas, iban y venían y 
así fuimos tejiendo nuestras historias, desatando nudos y, al fin, lograr 
reconocernos después de tan largo silencio. La base de esta reconstruc¬ 
ción estuvo marcada por el amor y la verdad, la sinceridad a toda prue¬ 
ba. La verdad, la cosa dicha fue, desde entonces, y afortunadamente 
sigue siéndolo, la marca más fuerte de la relación con mis tres hijos. No 


227 



se me escapa que ella a veces duele, todos somos conscientes de ello 
pero también nos consta que sólo sobre la base de la verdad se logran 
relaciones profundas. Desde este principio practicado, es que fuimos 
construyendo la relación que hoy tenemos. 

El encuentro 

En una de las primeras cartas que envié expliqué las razones políti¬ 
cas por las que no podía volver a Uruguay; al mismo tiempo expresé mi 
compromiso de encontrarlas en cualquier lugar del mundo al que pu¬ 
dieran ir; fueran donde fueran yo estaría allí, esperándolas... 

Tantas ganas teníamos de estar de nuevo juntas que antes de un año 
se nos cumplió el deseo. Con la complicidad de otros, ellas organizaron 
un viaje por un fin de semana para el que consiguieron la autorización 
paterna. Llegaban a Buenos Aires el sábado de mañana y se iban el 
domingo ¿Por un viaje de dos días quién iba a sospechar? Total, la mamá 
estaba en el lejano México... 

El miedo del fracaso en este primer encuentro "de verdad" nos ace¬ 
chaba: 

"...Tengo miedo de que no nos encontremos en Buenos Aires, que el 
viaje no resulte, que las cosas no salgan tal como están planeadas... 
Mamá, te pido por favor que trates de ir, no sé si volveré después o en 
qué otro momento se hará el viaje; no hago más que pensar en ello..." S. 

Ellas también, al igual que yo, se habían sentido apoyadas por ami¬ 
gos durante este largo proceso; fueron ellos quienes las ayudaron a ar¬ 
mar el viaje y las acompañaron: 

"...Me gusta la idea que, además, sean mis amigos quienes me acom¬ 
pañen, va a ser un momento muy importante para mí y me gustaría 
que lo compartieran conmigo... han estado conmigo en todos los malos 
momentos y quiero que estén en los buenos también... S." 

Recibí el aviso del viaje cuatro días antes, justo en un momento en el 
que mi pasaporte no estaba en mi poder por trámites relativos a la re¬ 
novación de la visa. 

Lloré pidiéndolo, rogando, delante de mostradores ante funciona- 


228 



rios impávidos. Mi desesperación era total. Esa noche recurrí al repre¬ 
sentante ante el gobierno uruguayo de la colonia de exiliados. 5 Dos 
días enteros ambos deambulamos por corredores, oficinas, pasamos 
horas en salas de espera. Finalmente salí con mi pasaporte en la mano y 
viajé. 

El viernes llegué a Buenos Aires donde otros amigos me esperaban. 
Compartí con ellos la alegría, el miedo, la ansiedad. El sábado estába¬ 
mos pegados al teléfono esperando el aviso de la llegada. A las diez de 
la mañana sonó el teléfono... Me resulta imposible trasmitir la emoción 
del encuentro: ni las palabras ni las fotos pueden dar cuenta de lo sen¬ 
tido. 

La noción de tiempo me juega aquí una mala pasada porque esos 
dos días me fueron largos, larguísimos: hablamos, comimos, recorri¬ 
mos la ciudad, fuimos al cine. Mientras, nos abrazábamos a cada rato y 
los jóvenes que las acompañaban nos sacaban fotos. 

Cuando llegó la noche del sábado mis hijas no quisieron ir al hotel 
donde estaba previsto se alojaran con sus compañeros de expedición: 
querían dormir conmigo. Entonces nos fuimos a la casa de mis amigos 
y allí, tiradas en el piso del living, pasamos la noche. Yo, echada al me¬ 
dio, con un brazo tendido hacia cada una y ellas a su vez abrazándome. 

Al otro día de tarde nos despedimos en el puerto; lloré mucho cuan¬ 
do el barco se alejaba; tan cerquita y tan lejos: sólo un río nos separaba... 

Volví a México. El gran desayuno a la mexicana me esperaba servido. 

El lavarropas 

El tema de la conversación de esa mañana giró, como es obvio, sobre 
mis hijas y las anécdotas del reencuentro. Como ocurre en toda charla, 
se fueron mezclando otros temas cotidianos, entre ellos el del lavarropas 
que en mi ausencia se había descompuesto y se requería mi opinión 
sobre si valía la pena arreglarlo o comprar otro. 

Un asunto tan doméstico desembocó en mi estallido emocional. En¬ 
tre lágrimas dije que no pensaba comprar nada más para la casa, que 
me volvía al Sur porque estando cerca de Montevideo cabía la posibili¬ 
dad de ver a mis hijas más frecuentemente. Fue así que en ese desayu¬ 
no se pasó de las anécdotas y de los asuntos domésticos a tratar el tema 
de la vuelta y terminamos llorando porque se puso en evidencia que 


'no 



mi intención era hacer las valijas y partir. No me importaba más nada... 
Se intentó introducirme en la racionalidad argumentándome que se 
aproximaba otra etapa política: otra vez tenía que tener paciencia y "si 
era capaz de esperar" vería cómo mis hijas viajarían pronto a México. 

Me calmé un poco, de nuevo con la esperanza a cuestas. 

Desde ese día quedó establecido un chiste en nuestra casa, usado 
cada vez que se planteaba una difícil situación: de lavarropas aquí no 
se habla. 

Las visitas a México 

Efectivamente, había que esperar. Siguieron las cartas y antes de los 
seis meses del encuentro en Buenos Aires ambas conspiraban para ver 
cómo hacían para visitarme. Lo lograron y resolvieron que las salidas 
serían de a una; era la mejor forma de generar menos tensión con el 
padre que seguía obstaculizando el encuentro: 

"...En mi carta anterior te hablaba de la posibilidad de hacer un via¬ 
je con motivo de verte. Ya está confirmada. En ese momento todavía no 
le había dicho nada a papá de nuestra relación... el otro día hablé con él 
y le conté de la correspondencia y de la posibilidad de un viaje. Todo 
fue muy bien, mucho mejor de lo que te puedes imaginar... S." 

"...¿Cómo estás? Yo, radiante. Todo el mundo me pregunta qué me 
pasa que estoy tan contenta... Salgo de acá el sábado 2 de julio, para 
volver el 24... Así que, con suerte, el domingo 3 les estoy dando un 
abrazo bien fuerte... El asunto del viaje papá lo está tomando mejor de 
lo que yo creía pero, de todos modos, creo que tiene mucho miedo de 
que me vaya y no vuelva y eso le hace decir un montón de pavadas y 
tener la mirada triste pero sé que cuando yo vuelva y vea que todo 
sigue bien, va a mejorar mucho... M." 

Primero viajó la menor. Mientras tanto la mayor escribía: 

"...Mimá a M. por mí que después me vas a mimar a mí por ella... S." 

Recibimos a M. con una fiesta a la que invitamos a todos nuestros 
amigos. Allí estaba el montón de gente que me había acompañado en 
el difícil proceso. El chiquito de la casa manifestaba sus celos y malhu- 


230 



mor: una hermana desconocida se metía en medio y le arrebataba su 
protagonismo. 

Fueron quince días en los que paseamos mucho: recorrimos todo lo 
que ofrece la ciudad de México pero además fuimos a Cuernavaca, a 
Taxco, a la costa del Pacífico. Después: la partida. 

Mientras M. estaba en casa, la hermana me escribía: 

"...Cuando hablás de reconstrucción, creo que está bastante avanza¬ 
da, que no le falta tanto como tú sentís... Viajo el 10 de setiembre. Tengo 
muchas ganas de llegar y acurrucarme a tu lado y que nadie me mueva; 
sólo estar así y charlar mucho... S." 

A los pocos días de esta dolorosa separación, ella llegó e hicimos un 
programa similar al que se agregó la fiesta popular del Día del Grito de 
la Independencia con su maravilla de fuegos artificiales. Y entonces, 
otra partida... 

Lo político 

Resulta interesante dar a conocer la visión política de nuestro país 
hecha por dos adolescentes que habían vivido esta historia. La menor 
respondió con la militancia en reuniones y participación en los grupos 
que se habían conformado entre estudiantes secundarios. 

"...Hace una semana y media que recibí tu carta que me hizo llorar, 
quería ir corriendo hasta México, decirte que te quería, que no te pusie¬ 
ras triste, que muy pronto te ibas a levantar y que ibas a ver a tus hijas 
durmiendo en una cama de tu casa. Ya lo vas a ver... Acá la mano viene 
muy jodida, el sentimiento está cada vez en más gente y el choque es cada 
vez más violento. El precio, se sabe, va a ser alto, pero esto no lo para 
nadie... te voy a mandar una carta contando los detalles que aquí se vi¬ 
ven... No te cuento esto para que te asustes por mí, sino sólo para que te 
llenes de fe, de la fe que nosotros tenemos... Uruguay vive... M." 

La realidad de Uruguay y las primeras manifestaciones las narraba 
también M. de este modo: 

"...Te cuento un poco sobre el I o de Mayo. Fue increíble, yo nunca 
había ido a un acto así... todos nosotros, como el resto de la gente, me 


231 



imagino, teníamos mucho miedo de que se fuera a armar relajo pero 
por suerte no pasó nada. Fue increíble la compostura que guardó todo 
el mundo y al mismo tiempo todo lo que se cantó y se dijo... No te 
imaginás lo que fue el himno, en mi vida lo había escuchado cantar con 
tanto entusiasmo... Fueron más de 150 mil personas. No hubo proble¬ 
ma del país que no se tocara, desde los jubilados hasta el corte de pelo 
y el uniforme del liceo (ahí aplaudí como loca)... Bueno, como te darás 
cuenta me impresionó notablemente este I o de Mayo. Me parecía que 
toda esta fuerza del pueblo unido era la que iba a ayudar a que tú regre¬ 
saras más pronto... M." 

Y la consulta a la mamá "expedente": 

"...Quería preguntarte qué pensás de las pegotineadas, volanteadas 
y pintadas, cosas que llamamos hacer lo posible por ustedes y por to¬ 
dos... M." 

También M. hacía referencia a la realidad educativa: 

"... El liceo me tiene podrida; llega al punto que me pongo el unifor¬ 
me y me siento de mal humor.,, no aprendemos nada, los profesores 
cada día saben menos... yo preferiría quedarme en casa que ir a clase a 
escuchar el resumen, mal hecho, del mismo libro que tengo... El 9 de 
agosto se hizo un paro estudiantil que, para lo mal organizado que es¬ 
taba, salió bastante bien... Ahora se organizó uno para el 12... Si no la 
ganamos la empatamos. Vamos a entrar al liceo sin útiles, haciendo una 
guerra de silencio a profesores y funcionarios y en el recreo se va a 
aplaudir como diciendo, estamos acá... A veces nos sentimos mal por la 
falta de apoyo, sentís que estás peleando solo, la mentalidad de mu¬ 
chos es esperar a que otros hagan por lo que los que hacemos somos 
pocos... Y es que fuimos educados de esa manera, a no tomar ninguna 
iniciativa, a aceptar las cosas como vienen, a que nada se puede hacer... 
y es contra eso fundamentalmente que tenemos que luchar. Pero quiero 
que tengan fe en nosotros porque éstamos-peleando con uñas y dientes, 
superando el miedo a pura conciencia y, a pesar de algunos bajones, 
con una fuerza tremenda para vencer. Sé que lo vamos a lograr. Nues- 


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tras vidas están condicionadas por la militancia, es difícil de explicar, es 
como vivir la vida al mango... Sabemos que nos pueden separar en cual¬ 
quier momento, 6 lo hemos conversado mucho entre todos, hemos llo¬ 
rado abrazados... pero nos ha cambiado... es como medir la vida con 
otra vara para vivir plenamente los momentos felices, no dejar tanto 
para después y no darle importancia a problemas que no la tienen... 
Ustedes van a volver todos y pronto y vamos a volver a unir a la familia 
uruguaya... M." 

En cambio, mi hija mayor, a pesar de su resistencia a la dictadura, 
tenía miedo de la militancia, velaba por su hermana y temía que a ella 
le pasara algo fruto de la represión: 

"...El otro día sentí la necesidad de escribirte aunque no quería an¬ 
gustiarte; solamente, como te dije, estaba atorada y me descargué con¬ 
tigo. Cuando M. se fue y me quedé en Montevideo, me sentí sola pero 
no fue tan mala esa soledad porque tuve mucho tiempo para pensar... 
Estuve deprimida porque me sentía un poco perdida e inútil, sentí que 
había perdido el tiempo y que esforzarse no servía para nada. Ahora ya 
no estoy tan segura de lo que pensaba. Tenía miedo de que se cayera 
todo y que no hubiera posibilidades de recuperarlo. Realmente mu¬ 
chas veces lo siento así y no es mentira. Hubo momentos en que pensé 
en la posibilidad de estar allí y aunque muchas veces no lo quiero, lo 
siento igual...Y esto es ahora cuando M. ya está de vuelta acá y las cosas 
están bien... Ahora estoy mejor y no estoy sola y lo sigo pensando...la 
realidad política de nuestro país, nuestra gente, yo misma, todo me 
molesta y me pica en la piel. Odio la política y me da miedo, mucho 
miedo... quiero estar aislada de todo eso, no quiero que lastime a nadie 
más, no quiero que nos lastime más...Y ese alejamiento que siento nece¬ 
sario, me hace sentir aun peor... S." 

De vuelta en Buenos Aires. 

Yo ya estaba decidida: México quedaba muy lejos... Ahora sí ya no 
me convencía ningún argumento, incluso veía como demasiado incier¬ 
ta la caída de la dictadura en Uruguay y nuestro desexilio. Nuevamen¬ 
te recibía las opiniones de mis hijas y la puesta de manifiesto de sus 
propios conflictos ante la posibilidad de nuestro regreso: 


233 



"...Sobre el regreso de ustedes: me parece bastante alocada la idea; 
hay tiempo y las cosas se van a ir solucionando poco a poco. Te lo 
prometo... S." 

"... La alegría de saber que te venís a Buenos Aires es inmensa por¬ 
que vamos a poder unimos mucho más. Está bien que alimentes tus 
esperanzas de regresar a Montevideo, porque tenés bases fuertes, cada 
vez más, para hacerlo... M." 

Este viaje era sólo un paso hacia el encuentro definitivo: 

"...Muy pronto estaremos todos juntos una vez más, por mucho tiem¬ 
po, quizás para siempre... Decidimos estar todos juntos cuando otra 
vez nos encontremos. Van a salir camiones de Montevideo para Buenos 
Aires (o donde sea). Todo el mundo lo va a saber y comentar y se van a 
sentir envidiosos de tanta dicha, pero como nosotras somos gente bue¬ 
na y amplia lo vamos a saber compartir... S." 

Entonces, nos fuimos a Buenos Aires. 

Llegamos a principios del 1984. Allí todo nos fue difícil: empezar de 
nuevo, insertarnos en el mundo laboral, haber dejado atrás a los ami¬ 
gos, la escuela de nuestro hijo, pero el objetivo se cumplía de acuerdo 
con lo previsto: las hijas viajaban no menos de una vez por mes, las 
llamadas telefónicas ahora eran frecuentes... 

En octubre de ese año mi padre se enfermó gravemente. 

Ya era evidente la caída próxima del gobierno. Los controles en el 
aeropuerto de Carrasco eran mucho más débiles. Resolvimos ir a ver al 
abuelo en un fin de semana; los trabajos que acabábamos de conseguir 
nos impedían quedarnos más tiempo. Regresamos a Buenos Aires un 
domingo y en esa misma semana mi padre murió. No pude estar en su 
entierro. 

Volví a Montevideo el fin de semana siguiente. Allí se me mezcló 
todo, pasaba de un estado anímico a otro, casi sin pausa: el dolor por la 
muerte de mi padre, la belleza de Montevideo en primavera, el poder 
salir a pasear con mis hijas, el retomo a la democracia "que se venía", 
el recital de El Sabalera y ese cielo inundado de estrellas con las gavio¬ 
tas sobrevolando el Parque Franzini. 


234 



Las gaviotas 

Así como el lavarropas constituyó un símbolo casero de los proble¬ 
mas difíciles a los que nos enfrentábamos, las gaviotas fueron el emble¬ 
ma del regreso a Montevideo. Habíamos vivido siempre lejos de cielos 
con gaviotas: no las mostraba el río barroso de Buenos Aires ni las mon¬ 
tañas de Santiago ni el altiplano de la ciudad de México. Cuando íba¬ 
mos de vacaciones a la costa del Pacífico nuestra visión se extasiaba con 
la presencia de los pelícanos. 

Es entonces que la palabra gaviotas estaba muy cargada de significa¬ 
dos; sólo hizo falta nombrarlas para que se disparara la decisión del 
retorno definitivo. Su vuelo era, entonces, el símbolo que sintetizaba 
nuestro verdadero lugar. 

Ya de regreso a Buenos Aires, después de ese complejo fin de sema¬ 
na, sobrevino la pregunta de rigor: ¿Cómo te fue? Mi respuesta: ¡Ay... 
las gaviotas...! 

Y desde esas simples palabras supimos que nos volvíamos: esa mis¬ 
ma noche comenzamos a empacar. 

Las casas 

La casa montevideana requería una sola condición: ser grande para 
poder abarcar una gran familia. La encontramos, con una cocina enor¬ 
me (siempre creí en el poder unificador de la comida compartida, he¬ 
cha en casa) y con un fondo cubierto de parrales. Pero México seguía 
presente dentro mío y entre los primeros cambios estuvo la sustitución 
de las parras por una santa rita de color rojo fuego. También planté un 
árbol de paltas para poder seguir saboreando guacamole. 

En poco tiempo esas plantas crecieron de manera exuberante. Ese 
entorno, más un montón de artesanías, traían a mi casa el aire del otro 
país que tanto quería. Entonces tomé conciencia de que estaba dividida 
entre México y Uruguay ¿Hacía falta decidir cuál era mi país? 

También tuvimos la suerte de poder comprar una casa cerca de la 
playa que permitía compartir fines de semana y vacaciones. Para ele¬ 
girla no nos importaron demasiado qué balneario ni la hermosura o 
presencia de la vivienda; eso sí, debía ser grande. La encontramos y se 
fue repitiendo el fenómeno de la casa montevideana. No hacían falta 
invitaciones: todos podían llegar sin anuncio previo. Como en la otra... 


235 



La familia, el barrio, los amigos 

La casa grande nos dio la posibilidad de recibir a todos; cualquier 
oportunidad que se presentaba era buena para juntarnos y charlar mu¬ 
cho. Mi hijo fue inscrito en la escuela pública más cercana y después en 
el liceo que quedaba a pocas cuadras. En forma rápida se fue integran¬ 
do al barrio, con lo cual la casa también se llenó de adolescentes. 

Reconstruir la familia significó un gran esfuerzo por parte de todos. 
En definitiva habían pasado más de diez años de separación y nos co¬ 
nocíamos poco. En forma natural, cualquier situación resultaba propi¬ 
cia para el intercambio de ideas, de experiencias, de formas de vivir, 
pensar y sentir. No siempre coincidíamos pero de ese modo nos fuimos 
conociendo, apretando lazos. Las largas mateadas se hacían a la som¬ 
bra y con el techo de flores de la buganvilla y se comía en la gran mesa 
instalada en la cocina. 

La casa siempre estaba abierta para todos y yo, con mis teorías sobre 
el poder que otorga el comer juntos, tenía una gran reserva de alimen¬ 
tos preparados para que la llegada de uno o varios no me tomara de 
sorpresa. Fue de gran ayuda una viejísima heladera instalada en el 
garaje que procuraba estuviera siempre hasta el tope. 

Los grupos que se formaban no estaban divididos por edades ni por 
temas: todos los que llegaban opinaban y participaban de esa vida ho¬ 
gareña. Lograrlo exigía trabajo que yo hacía con felicidad. El sueño del 
reencuentro y la unión de mi familia se estaban logrando. 

Adiós a la buganvilla 

Hubiera querido que ya nadie se separara nunca más y poder vivir 
todos amontonados; era mi loca fantasía. Pero un día me vi viviendo 
sola en la casa de la buganvilla. 

Los tres hijos se casaron y cada uno organizó su vida propia. Ya no 
estaban los adolescentes, ni las nenas con "sus novios", ni... ni... 

Dejé la casa pero el patio de la buganvilla sigue aún presente y no 
puedo desprenderme de su imagen. 

Me vine a vivir a la Costa de Oro donde también tengo los árboles 
de paltas y, como para lograr la conjunción de mi ser mexicano con el 
uruguayo, planté una glicina que ha crecido de manera desaforada cu¬ 
briendo casi todo el terreno. 


236 



Sigue siendo la casa abierta donde todos saben que pueden venir a 
pasar un día, un fin de semana, unas horas o las vacaciones. Mientras, 
las gaviotas sobrevuelan la playa. 

Y además, ahora tengo dos nietos y tres casas, las de mis hijos, don¬ 
de puedo llegar y quedarme, mientras se charla, se comparte un mate 
con bizcochos o una rica comida. 

Despedidas 

De algún modo esta es una historia de final feliz porque mis hijos y 
yo constituimos una unidad atravesada por el gran amor y la solidari¬ 
dad. Somos, en verdad, una familia. Ahora, de hecho, tengo cuatro ca¬ 
sas: las de ellos y la mía. 

Sin embargo en mi ser profundo sobrevive una especie de resaca 
que no creo ya poder superar: es el temor a las despedidas, a las ruptu¬ 
ras que se traduce en la fobia a los aeropuertos y a las terminales de 
ómnibus, en la tristeza que me invade cada vez que alguien se va... No 
logro asumir las separaciones. Cada partida me es dolorosa y con cada 
llegada me lleno de alegría. 

Muchos amigos están viviendo demasiado lejos y los necesito, ese 
mundo que es también el mío, está disperso... 

Por eso este año me he propuesto ir a México donde me esperan 
algunos de los más queridos en medio del olor de las tortillas y la 
policromía de las buganvillas. 

Volveré en primavera para estar con mi familia y amigos urugua¬ 
yos mientras nos sobrevuelan las gaviotas y retomamos la conversa¬ 
ción debajo de la glicina ya nuevamente florecida. 

Buganvilla 


1. Este trabajo toma citas textuales de alrededor de setenta cartas que nos 
intercambiamos entre abril de 1982 y junio de 1983. Quiero aclarar, además, que 
esta selección deja de lado historias personales, nombres y otras referencias cuya 
divulgación atentaría contra el espíritu intimista y de confianza con que fueron ■ 
escritas. También deja de lado mis cartas (salvo en un caso), que reconstruyen mi 
historia personal y política. Desde mi perspectiva quiero manifestar que esta relectura 
de la correspondencia, realizada tantos años después, no me resultó tarea sencilla 
desde el punto de vista emocional. 

2. Fragmentos de la carta del 2 de abril de 1982. 


237 



3. Esta carta fue escrita en una hoja impresa con la ilustración de dos aves (¿golondri¬ 
nas?) y un texto que dice: "Donde quiera que esté, tú estás allí". 

4. C. era un niño de 8 años cuando a su mamá la detuvieron. 

5. Mi agradecimiento eterno a Luis Echave que hizo lo indecible para ayudarme en 
esa circunstancia. 

6. Se refiere a sus compañeros de militancia. 


238 



1980 


La esperanza, esa niña fugitiva por las calles de mi ciudad. 

A veces escucho sus quejidos y corro a buscarla para encontrarla abandonada 
en el sótano de un bar entre cajones rotos y botellas vacías. 

En los días luminosos, se detiene en la esquina más inesperada, con un par 
de valijas en cada mano repletas de cosas sin sentido. 

Y cuando quiero alcanzarla, apenas si logro rozar sus cabellos, para verla 
otra vez, corriendo calle abajo. 


Clara/1980 


239 



La memoria también se tejió en Holanda 


Hace unos pocos días, muy de casualidad me enteré por comentarios 
de M.V. de la iniciativa de "tejer la memoria". No soy uruguaya, y sin 
embargo puedo relatar alguna anécdota de mi convivencia (que lleva 
más de veinte años) con los uruguayos. 

Todo empezó en Madrid... 

Todo empezó en Madrid donde por intermedio de los sindicatos de 
CCOO (Comisiones Obreras) entré en contacto con la colectividad uru¬ 
guaya y especialmente con un miembro de ella, quien luego llegaría a 
ser mi esposo. 

Recuerdo que lo encontré por primera vez en una actuación del tea¬ 
tro El Galpón ("Prohibido Gardel"). Pronto estaría yo colaborando en 
tareas de Solidaridad con este grupo de "sudacas", por lo que empecé a 
participar en reuniones políticas y otros encuentros. Ya allí empezó a 
llamarme la atención la capacidad de trabajo y entrega de estas perso¬ 
nas y además la capacidad de organizar una fiesta de la nada. El recur¬ 
so que los uruguayos llaman "lluvia", consistente en traer algo cada 
uno, siempre funcionaba, aunque yo me preguntaba cómo era posible 
que un grupo de gente fuera capaz de arrasar en tan poco tiempo (ge¬ 
neralmente no más de diez minutos), con tanta cantidad de comida. 

Hubo mucha actividad en España, lo cual me imagino que habrá sido 
relatado por muchas compañeras. Quizás por eso siento que como holan¬ 
desa me corresponde más escribir sobre lo que ocurrió en Holanda. 

¡Esto es mentira! 

¡Cómo se asustó mi familia cuando yo les conté que me había ena¬ 
morado de un exiliado político de Uruguay! Diría mi madre, años des¬ 
pués, que cuando nos fue a buscar a la estación de trenes se sorprendió 
de encontrar a su hija acompañada por un hombre con una "mirada tan 


240 



honesta "y aparentemente muy buena persona (conceptos que, por suer¬ 
te, en el curso de los años se han ido afirmando). Qué imagen tendrían 
de un exiliado político, nunca me quedó muy claro. 

En Holanda el trabajo se realizó principalmente en la calle, en la pla¬ 
za del Spui en Amsterdam. Sábado tras sábado estábamos repartiendo 
información (en varios idiomas) sobre la situación política en Uruguay 
y vendiendo pegotines o escarapelas a fin de juntar "plata" para los 
presos políticos, lo que encontró una generosa respuesta de un pueblo 
donde muchos se acuerdan bien de lo que significa el fascismo. Una 
vez, en invierno, colocamos una cartelera con fotos en plena calle neva¬ 
da, donde impactó una foto de un hombre encapuchado, colgado des¬ 
nudo, durante la tortura. Pasó por allí un veterano holandés que excla¬ 
mó "esto es mentira" y siguió su camino. Al rato volvió pidiendo dis¬ 
culpas por sus gritos y explicando que en realidad quiso decir que ten¬ 
dría que ser mentira, y agregó: ¡Cómo es posible que un ser humano 
trate así a otro ser humano! 

Unos " guldens" para colaborar 

Seguía la actividad, una huelga de hambre de la CNT terminó en un 
festival que duró todo el día en el centro. Antes de llegar a esta jornada, 
los uruguayos en Amsterdam salieron también en las manifestaciones 
por la Paz, muy grandes e importantes en aquel entonces. Como toda¬ 
vía no dominaban muy bien el idioma local, me pidieron que escribiera 
unas palabras en holandés (solidariteit met de politieke gevangenen in Uru¬ 
guay) y creo que ellos quedaron sorprendidos de que los holandeses 
después de leer ese papelito metieran la mano en el bolsillo y buscaran 
unos "guldens" para colaborar. 

Tiempo después hubo que traducir documentos, proclamas y otros 
textos desde el español al holandés. Sucede que el idioma español es 
muy rico y los uruguayos son muy profusos para expresarse. ¡Cómo es 
posible para una traductora no profesional traducir aquella abundan¬ 
cia de palabras imposibles de entender para un holandés! Pero ¿cómo 
explicárselo a los uruguayos que estaban tan orgullosos de sus redac¬ 
ciones? ¡Qué sufrimiento para mí, al ver que tres páginas de ellos ape¬ 
nas podían convertirse en media carilla en holandés! 

Otra anécdota: en Amsterdam, delante del famoso Concertgebouw, 


241 



en plena vía pública actuaron (entre otros) en solidaridad con Uruguay 
una orquesta filarmónica con violines, violas y bajos formada por mú¬ 
sicos jóvenes y un grupo de jazz formado por músicos que se sentían 
avergonzados de haber tocado en Uruguay durante el régimen militar, 
por entender que tendrían que haberle hecho un boicot. 

Como los holandeses son muy organizados a veces había que reali¬ 
zar trámites para poder poner en práctica todas las "ideas locas" de 
esta colectividad. Cierta vez, funcionarios de la intendencia de 
Amsterdam tuvieron que venir a retirar algunas columnas de hierro de 
la plaza, para poder crear nuestro gran escenario y al cierre de la jorna¬ 
da volvieron para colocarlas nuevamente, como si no hubiera pasado 
nada. 

Un casamiento solidario 

En otra oportunidad, amigos holandeses que se casaron me invita¬ 
ron a mí a decir unas palabras sobre Uruguay durante la ceremonia en 
la iglesia, para así poder destinar la colecta a los presos políticos. Con 
mucha timidez y con las piernas temblando logré pronunciar mi pe¬ 
queño informe y la colecta fue mucho más generosa de lo habitual en 
esas ocasiones. 

Podría seguir contando acontecimientos, pero no quiero terminar 
sin describir cómo también se sorprendieron los uruguayos que casual¬ 
mente pasaban por Amsterdam al encontrar a sus compatriotas traba¬ 
jando para la solidaridad y en contra del régimen. Un día pasó el her¬ 
mano de Ismael Weinberger, quien vive en Israel. Casi no podía creer 
cuando escuchaba "Uruguay, Uruguay, Uruguay", y terminó fundién¬ 
dose en un gran abrazo con todos los uruguayos presentes. 

Es que la solidaridad no tiene fronteras. 

Rembrandt 


242 



Estampas birladas 

II. Silbando por el Parque 


Era casi fin de año, y finalmente me citaron del mismísimo supremo 
tribunal militarísimo. 

Tuve suerte, me llevaron en una camioneta normal, con vidrios, y no 
en una "sardina". Me calcé los lentes, que casi no usaba por tener una 
miopía muy leve, pero quería asegurarme de ver todo con nitidez. Fue 
increíble. Al llegar a la ciudad quedé extasiada mirando las calles, la 
gente, los autos, las plazas, las casas.... 

La camioneta estacionó frente al referido tribunal, en esa época ubi¬ 
cado en el Parque Rodó, en Luis Piera casi Pablo de María. 

Estaba dentro del vehículo, esperando a que los escoltas terminaran 
su maniobra de ponerse cada uno a mi lado para poder bajar, cuando 
todo empezó a transcurrir como en cámara lenta. 

Siento una tonada conocida, un silbido amistoso. Mis oídos, aturdi¬ 
dos mientras recuperan sonidos olvidados, demoran un poco en captar 
la melodía. Alineo la mirada con el silbido, y al tiempo que "la Interna¬ 
cional" empieza a sonar increíble en mis neuronas, veo a un muchacho 
que pasa delante mío y la escolta armada, con las manos en los bolsi¬ 
llos, al tranquito, la cabeza gacha, mirándome de reojo, con un perro 
trotando a su costado. No puedo creer su osadía. Pero los milicos ni 
idea, claro. Lo saludo con los ojos, con la mano que paso una y otra vez 
por el pelo, con la sonrisa discreta. Él sigue caminando 
parsimoniosamente y silbando, manso, la mirada oblicua enfocándo¬ 
me. Yo también lo miro, con la mirada-saludo, hasta que dobla la esqui¬ 
na, ya con el cuello estirado. Quiero correr hasta él y abrazarlo. Agrade¬ 
cerle su complicidad y audacia, que derrite al Uruguay de la oscuridad 
y el silencio. 

Cuando entré y me senté por segunda vez -esta vez sin salto de cama, 
aunque de uniforme gris- frente al secretario y los papeles -el juez y el 
abogado brillaron por su ausencia-, fue para firmar mi libertad, por 
pena conmutada, a los cuatro años de haber caído presa. Esta vez no 


243 



estaba tan durita, y sonreía pensando en el muchacho, én el regalo que 
me había hecho... 

¿Se acordará? 

Anthea 


244 



Luto 

(de "Estado Peligroso") 


El poema. 

El poema de amor 
que no puedo escribir. 

La canción. 

La canción se me quiebra 
al tocar los sonidos. 
Lossonidos. 

Los sonidos aúllan 
en playas necrosadas 
entre alas de gigantes 
pelícanos mprtuorios. 

Los sonidos 
la canción 

el poema que no puedo, 
no debo escribir en este luto 
duelo del silencio 
total. 

Ante el octavo cadáver 
qué decir 
qué no pensar. 


Rá 


245 



El muchacho de cabello dorado 


(Quizás algo nos unía desde tiempos inmemoriales, los lazos eran cada 
vez más fuertes, hasta que un verdugo desconocido se encargó de cor¬ 
tarlo. Aun veo su pelo rubio, flequillo al viento corriendo por el campo 
donde nace el Olimar. 

Nuestras abuelas eran primas hermanas, las dos se casaron con 
inmigrantes gallegos que habían venido a "hacer la América". Juntas 
criaron sus hijos, mi madre y la suya eran como hermanas, nosotros 
seguimos camino, el destino nos hizo hasta casi vecinos, su hermana 
vivía junto a mí y su madre fue otra abuela. 

Un día Tachito, como le decíamos, se fue sin decirnos adiós, los nu¬ 
barrones cada vez más negros nos cercaban, los que quedamos diga¬ 
mos "a la vista", nos unimos cada vez más. 

En un viaje a Buenos Aires, me encontré con su madre, "la tía Ele¬ 
na", por la calle Corrientes y me dice: ¿Estás sola? Sí, le contesté yo con 
voz triste, pensando en mis largas noches solitarias de cuarto de hotel, 
buscando, buscando. 

"Ven conmigo a comer", su espíritu alegre y fuerte me abrió el cami¬ 
no, pensé ¿cómo hace para dar amor a los demás? Sentí su risa musical 
al traer a sus nietas Carmen y Adriana, hijas del Tacho. 

Las nietas corrían delante de nosotras, ¡Papá!, ¡Papito!, gritaron. 

Cuándo levanté mi cabeza, vi venir su sonrisa, los brazos abiertos, el 
pelo rubio al viento, y pude sentir el calor y la voz nunca olvidada, con 
el apretado abrazo: ¡Gordita! 

La noche se hizo corta para estar todos juntos pero no dijimos: ¡Has¬ 
ta siempre! 

Lo besé muy fuerte, no sabía que era la última vez que lo veía. 

Fue detenido en Montevideo el 25 de mayo de 1975, recién lo supi¬ 
mos un mes después. Siempre estuvo incomunicado hasta el 29 de se¬ 
tiembre, cuando nos comunicaron de su muerte; según el doctor José 
Mautone, quien firmó el certificado, se había ahorcado. 


246 



Cuando llegó a la casa de su madre, toda la fuerza de la tía Elena 
exigió que abrieran el ataúd, los empleados de la empresa tenían orden 
de las autoridades de no hacerlo bajo ningún concepto; nacieron de 
gajo, no tuvieron madre. 

¡Quiero besarlo antes que se lo lleven!, dijo la tía Elena. 

Un hombre con cara achinada no sé si conmovido o impresionado 
abrió el ataúd. 

Su pelo no existía, tenía en su cabeza marcas de alquitrán, quemadu¬ 
ras de cigarrillos, las falanges de las manos quebradas, sus costillas se 
alzaban hacia el délo mostrando un pecho que había albergado mucho 
amor, para todos los que allí estábamos y los que faltaban. Se había 
achicado, parecía el niño naddo donde nace el Olimar, tenía 30 kilos 
menos y ninguna marca de ahorcamiento. 

¡Tanto había dado por la realidad que defendía...! 

Solo brotó de nuestras gargantas el himno: ¡Orientales, la patria o la 
tumba! 

Pero no se ha ido, nos dejó a su madre, una luchadora incansable -con 
sus ochenta y pico- de su verdad. 

A su hijo, los que lo amamos lo vemos aún corriendo por un campo 
que ha curado las marcas de sus verdugos, y un sol que hace brillar su 
pelo rubio, sus manos que se quedaron sin dar caricias a sus hijas y a 
sus nietos, pero con la dicha de haberlo conoddo y nunca olvidarlo le 

digo: 

¡Hasta siempre. Tacho! 

Tacho, el hombre de este relato, es Pedro Ricardo Lerena, asesinado 
por las Fuerzas Conjuntas en 1975, cuando tenía tan sólo 33 años. 

Nacido en Santa Clara de Olimar el 4 de noviembre de 1941. Era 
funcionario del Banco de Previsión Social, lugar donde conoció a la que 
luego fue su esposa, Adela Tabeira. 

Sus compañeros lo conocían también con los nombres de Ismael, el 
Caudillo o el gaucho Lerena. 

Dejó dos hijas, Carmen y Adriana, su madre, Elena Martínez de 
Lerena, y su hermana Irma Elena, quien vive aún en Suecia con sus dos 
hijos. 

Sus restos descansan desde el 30 de setiembre de 1975 en el cemente- 


247 



rio Central. Su partida de defunción (firmada por el doctor José 
Mautone), continúa diciendo: Muerto por ahorcamiento. 

Carisma 


248 



Roberto 


"Se necesita tanto la lluvia como el sol 
para hacer un arco iris." 

Anónimo 


Y o estaba ingresada en Sala 8 cuando llevaron a Roberto Luzardo. 
Había recibido un balazo en la columna cervical y estaba parapléjico. 
Se decía que la bala le había seccionado la médula espinal y no había 
posibilidades de que recuperara su movilidad. 

En él se aplicaron mecanismos de tortura difíciles de concebir para 
una mente normal y sana. A causa de su parálisis total, mantenía bra¬ 
zos y manos sobre el abdomen y con un esfuerzo supremo lograba ele¬ 
var las manos tres o cuatro centímetros solamente. Nunca fue más allá 
de esto, y por lo tanto no podía comer solo, ni hacer nada por sí mismo. 

La persona que repartía la comida la dejaba sobre la mesita a su lado 
y se iba, no le estaba permitido hacer otra cosa, y era controlado por el 
guardia. 

Sólo se autorizó que algún otro enfermo le diera de comer y lo lava¬ 
ra, pese a que los demás estaban más o menos descalabrados. 

Nunca faltó quien lo hiciera con devoción y paciencia; le ponían la 
chata, el violín, lo higienizaban, moviendo el cuerpo inerte con las fuer¬ 
zas que el compañero, también dolorido y enfermo, era capaz de resca¬ 
tar de sí mismo. 

Impresionaba observar a esos hombres, muchos de ellos rudos y tos¬ 
cos, desplegando toda una gama de delicadeza y ternura, no sólo para 
cuidar ese cuerpo enfermo, sino especialmente su espíritu y fortalecer 
su valor. Mutuamente se daban calor y fortaleza, hasta que el compañe¬ 
ro mejoraba y era regresado al cuartel o a la cárcel. 

Se sucedieron unos a otros a lo largo de muchos meses de calvario, y 
en ese tiempo Roberto nunca tuvo una sola éscara en su cuerpo inerte. 


249 



Mientras tanto sus familiares y muchos otros se movilizaron afuera para 
que tuviera una atención adecuada a su estado de parapléjico. 

Puesto que su parálisis era definitiva, consiguieron que APRI (Aso¬ 
ciación Pro Recuperación del Inválido) se interesara en su caso. Se soli¬ 
citó entonces a los militares que se le autorizara a pasar a esa institu¬ 
ción, ya que por su parálisis definitiva era imposible que se fugara, y 
nada impedía que ellos siguieran controlándolo. 

Pero el destino le jugó una mala pasada y no se pudo ir a APRI. 
Cuando estaba casi decidido su traslado, el encuentro de una carta que 
lo comprometía desde antes de ser herido, hizo que los militares nega¬ 
ran esa autorización de salida de Sala 8 y allí quedó definitivamente. 

A partir de entonces, su condición fue infinitamente peor. El odio y 
el deseo de venganza de los militares se volcaron en él con toda la saña 
y el sadismo de que fueron capaces. 

Así fue que se le prohibió a los demás pacientes que lo siguieran 
cuidando; ya no podían darle de comer, lavarlo, atenderlo en nada, ni 
siquiera se les permitió hablarle. Quedó solo con su cuerpo muerto y su 
mente lúcida para pelear con la poca vida que le quedaba. 

El que traía la comida sí le daba de comer, pero sólo dos o tres boca¬ 
dos, y luego dejaba el resto en la mesita, sabiendo que no podía alcan¬ 
zarla, ni nadie podía dársela. El enfermero lo higienizaba dos veces por 
día, pero como Roberto no controlaba los esfínteres pasaba el resto de 
las horas sucio y mojado, en medio de la impotencia y desesperación 
de los que veíamos aquello y nada podíamos hacer. 

Como era de esperar, pronto se llenó de éscaras que no demoraron 
en infectarse por falta de la higiene necesaria. Sumado a su mala ali¬ 
mentación, pronto se agravó su salud, con una sepsis generalizada. 

Yo reingresé a Sala 8 alrededor de un mes y medio antes de que se 
agravara. Todavía se me eriza la piel y se me estruja el alma cuando 
recuerdo su voz, en la penumbra de la sala, en los atardeceres aquéllos: 
¡cantaba! Sí, cantaba. Cantaba suavemente para nosotros, para aliviar 
nuestra desesperación y darnos ánimo. 

Él, precisamente él, en su pavorosa situación nos trasmitía fuerzas y 
coraje para resistir tanto espanto. Así fue que yo aprendí, nos enseñó, el 
poema "Palabras para Julia": "...nunca te entregues ni te apartes, junto 
al camino nunca digas no puedo más y aquí me quedo...". 


250 



Él no se quedó a la vera del camino, recorrió su calvario soportando 
solo, el peso de su cruz, hasta el final. 

Fue su postrer mensaje de amor y de esperanza para los que queda¬ 
ríamos después que él se fuera definitivamente. 

Era realmente impresionante escuchar esa voz, sabiendo quién era 
el que cantaba. La guardia pudo hacerlo callar, pero también quedaba 
impactada al oírlo y se estaba quieta y en silencio, evidenciando la ad¬ 
miración y el respeto que este hombre les inspiraba y que ninguna or¬ 
den superior podía eliminar. 

Roberto se mantuvo lúcido y consciente hasta poco antes de su final, 
cuando llevaba ya más de un año y medio en Sala 8, pero yo ya no 
estaba en la sala para llorarlo. 

Recién cuando estaba para morir, permitieron a su esposa que fuera 
a verlo con su hijito para que pudieran despedirse. 

Ella estaba presa en Punta de Rieles y nunca olvidaré el momento en 
que llegó la noticia de la muerte de Roberto. 

El edificio del Penal estaba dividido en varios sectores, totalmente 
incomunicados entre sí y separados por varias rejas y cuerpos de guar¬ 
dia, atentos y vigilantes. 

Ese día pude confirmar un viejo concepto popular, y es que no existe 
mecanismo ni control que pueda impedir la comunicación entre los 
presos. 

Aún no había salido Ana María del Penal, cuando ya absolutamente 
todas las presas sabíamos que había muerto y ella era llevada a su sepe¬ 
lio. ¡Milagro del ingenio carcelario! 

Inmediatamente entró a cumplirse en el Penal la medida de duelo y 
de protesta que se había convenido de antemano, desde que se le sabía 
moribundo. Fue una medida en extremo pacífica, pero que conmocionó 
a todos los militares de la guardia y luego a los mandos superiores. 
Jamás pudieron entender cómo nos habíamos enterado tan rápidamen¬ 
te de su muerte y por qué mecanismos nos pusimos de acuerdo 
tantísimas mujeres para actuar en forma simultánea. 

Éramos más de quinientas mujeres en el Penal que por todo un día, 
por 24 horas completas guardamos el más absoluto y total silencio, en 
homenaje de amor y respeto al compañero muerto. 

Resultó tan inesperado para los militares, que no podían entender 


251 



qué pasaba. Se hizo muy evidente que quedaron desconcertados y no 
supieron qué actitud adoptar, puesto que no había nada que sancionar 
en ese silencio general y total. 

Las mujeres soldados estaban tan asustadas que pidieron a sus jefes 
que se les autorizara a no ingresar a los sectores de las presas, hasta que 
ellos decidieran qué actitud adoptar respecto de nosotras. 

No sabían cuánto duraría ese silencio, ni qué otra protesta intenta¬ 
ríamos, porque pronto tuvieron muy claro cuál era su causa y su razón 
de ser. 

Cuando lo comprendieron quedaron totalmente descolocados y preo¬ 
cupados al darse cuenta de lo vulnerables que eran sus mecanismos de 
control y aislamiento que habían creído tan seguros y absolutamente 
eficientes. 

Ese día, pese al dolor de nuestro duelo, las presas políticas del Penal 
de Punta de Rieles saboreamos ampliamente ese nuestro pequeño triun¬ 
fo frente a la represión genocida. 


Laura 


252 



Un triunfo de lo humano sobre lo bestial 


T_Jn día sentí en mi interior una fuerza incontenible, un impulso que 
me decía: "sí, lo podés ver, sólo se trata de animarte a desafiarlos". Du¬ 
daba, y me enfrentaba a ese temor que nos acompañaba desde hacía 
años, aunque intentábamos resistirlo; estaba ahí, permanentemente, 
corporizado en una especie de bestialidad que parecía no reconocer la 
condición humana. 

Lo recordaba en aquella última noche que pasamos juntos, en aquel 
poema de Hernández que un día me regaló en un disco de pasta: "He 
poblado tu vientre de amor y sementera ...para el hijo es la paz que estoy forjan¬ 
do...", en la Quinta Sinfonía de Beethoven, en la "Aída" de Verdi, en 
"Las cuatro estaciones" de Vivaldi, y en tantos momentos compartidos. 

Ahora estaba internado en el Hospital Militar y ya no quedaban du¬ 
das de la inminencia de su desenlace. ¡Quería decirle tantas cosas! Ya 
no me conformaba con las cartas censuradas, eran insuficientes los có¬ 
digos que intentábamos descifrar burlando a la censura. Quería sentir¬ 
lo cerca mío, vislumbrar aunque más no fuera su respiración en un es¬ 
pacio común, sabernos próximos... 

Un día me puse a planear un encuentro en el Hospital Militar, me 
convencí que era posible. 

Tendría que simular una enfermedad, podría ser un fuerte dolor de 
columna que me impidiera moverme, o tal vez una apendicitis. Como 
siempre en estos casos, la puesta en escena necesitaba de manos solida¬ 
rias que no me faltaban, vivía en un sector del Penal con muchas com¬ 
pañeras que fueron inventando la situación. 

No sé de dónde se sacaron, -cuando surgía la necesidad aparecían 
siempre cosas insólitas- pero fabricaron unos secantes que tenía que 
ponérmelos debajo de la axila para provocarme fiebre; las expertas co¬ 
cineras me prepararon un enorme plato de "tumba" que mezclado con 
cantidades importantes de manteca seguramente tendría un efecto de¬ 
moledor en mi aparato digestivo. Efectivamente, comenzaron los vó- 


253 



mitos, las llamadas a la enfermera, la temperatura fue creciendo -gra¬ 
cias a los improvisados secantes-, hasta que decidieron una consulta 
médica. 

En el consultorio, el médico dijo: "hay que internarla, puede ser 
apendicitis", reventaba de placer, era como el pasaje al paraíso, la victoria. 

Lo tenían solo -desde hacía once años en distintos cuarteles del Inte¬ 
rior- y ahora en un calabozo del Hospital que lindaba con la celda de 
internación de las mujeres. 

Cuando llegué, el solo hecho constatable de que nos separaba una 
pared, ya me producía una excitación indescriptible. Recurrí al lengua¬ 
je usado por todos los presos en algún momento de incomunicación 
que consistía en golpes en la pared formando una palabra y otra hasta 
completar alguna frase. Primero fue mi nombre, seguido de un "te quie¬ 
ro, estoy acá porque te quiero", y la respuesta desconcertada de él que 
no lo podía creer. 

Además de la pared teníamos otro lugar que colindaba: los baños. 
En el nuestro había una pequeña ventanita con rejas que daba para el 
de él, y que dejaba pequeños espacios como para pasar cartas en pe¬ 
queños paquetitos envueltos en nylon. 

Antes de pasar al baño acordamos un aviso por la pared. 

La ventana estaba muy alta pero con artimañas lográbamos tocar¬ 
nos la mano por entre las rejas. No podíamos vernos ni hablar, nos pre¬ 
sentíamos a través del disfrute de esa caricia robada a ellos, conspirᬠ
bamos ternura. ¡Pudimos hablar tantas cosas! En esos instantes cons¬ 
truimos libertad. 

Hacía doce años que estábamos separados, recibíamos de cada uno 
palabras censuradas en las cartas. Este acto de subversión carcelaria en 
circunstancias tan especiales no fue una despedida sino un encuentro 
lleno de vida, a pesar de que la muerte estaba tan presente. 


Mosca 


254 



A LOS FAMILIARES 


Nadie reposa. 

Ni ios que están 

debajo de la tierra húmeda 

ni los que el río se llevó 

y han dado vuelta y vuelta a los océanos. 

Ni las que los parieron 
con dolor alegre 
y con terror estupefacto 
pasan el dedo por el calendario. 

Nadie reposa. 

Ni los que penan buscando 
consuelo en una tumba 
ni los que aún conservan 
sus prendas, por si vienen. 

Nadie como los vivos 
que mueren 
por revivir sus muertos, 
señala con más tino 
al velar sin sosiego 
la candela implacable 
del recuerdo. 


Almendra 


255 



Reencuentro con el cuerpo 


Cada uno hace lo que puede con su vida. O mejor, cada uno vive de la 
forma que puede. 

Yo pude más o menos, quiero decir, no me morí, y eso ya es bastante. 
Para mí por lo menos, es bastante. 

Aquel día, el primer día que hice el amor con un hombre después de 
salir de la cárcel, fue (por lo menos) inolvidable. Me imagino como inol¬ 
vidable aquellas cosas que recordaré en los cinco minutos antes del fin. 
Y creo firmemente que no van a ser demasiadas las cosas de los cinco 
minutos antes. Esta es, será sin duda, una de ellas. 

Era mi primer cumpleaños en libertad. Y por alguna razón que no 
recuerdo había resuelto pasarlo fuera de casa, con alguien que también 
cumplía años en casa de compañeros. 

Por aquellos días me recuerdo siempre en casa de compañeros, siem¬ 
pre con mucha gente, siempre entre multitudes. 

Él estaba allí, peladito, con aquel particular aspecto que tenían (que 
teníamos) los que iban (los que íbamos) saliendo. 

Peladito, flaco, muy flaco, pálido, muy pálido (precioso). 

Finalizada la fiesta nos fuimos a su apartamento. Era un lugar que 
alguien le prestaba mientras trataba de reconstruirse, unir sus pedazos, 
los de antes, los de después (todos teníamos pedazos desparramados 
por todas partes). 

Hicimos el amor toda la noche, y él dijo tenemos que ir despacio, yo 
voy a ser cuidadoso y delicado, por favor decime. 

Es que esa noche él me ayudó a recuperar mi cuerpo. Yo lo tenía algo 
así como en depósito desde hacía años. 

Quiero pensar que yo también le ayudé a recuperar el suyo. 

En los meses que siguieron nos seguimos encontrando, nos amába¬ 
mos hasta cansarnos, hablábamos hasta cansarnos, nos reíamos sin pa¬ 
rar. No me acuerdo que durmiéramos. Tampoco me acuerdo que co¬ 
miéramos. Debemos haberlo hecho, porque no hubiéramos sobrevivi¬ 
do de lo contrario. 


256 



Después él se fue (con otra mujer, por cierto) como siempre sucede 
en estos casos (¿?). 

Nunca entendí por qué él no me quiso. 

Él no debe saber que fue quien hizo que yo recuperara mi cuerpo. 
Mi pobre, chiquitito y maltratado cuerpo. 

Desde entonces volvimos a marchar juntos, mi cuerpo y yo. 

Después, con mi cuerpo devuelto pude tener los hijos, amados hijos, 
razón de todas las razones. 

Al finalizar esto debo decirles que al día de hoy sigo teniendo algu¬ 
nas dudas sobre lo acontecido aquellos días. 

Paso a enumerarlas: 

Duda número 1: ¿ Por qué fue que él no me quiso? 

Duda número 2: ¿Cómo fue que resistimos y hoy estamos acá? 

Duda número 3: ¿Cómo sobrevivieron nuestros úteros fértiles? 

Duda número 4: ¿Cuándo comíamos y cuándo dormíamos en aque¬ 
llos días? 

Duda número 5: ¿Por qué habrá sido que él no me quiso? 

Amanda Blanco 


257 



Ojalá que vivan 


Y a estaba casi todo pronto, un baúl había partido un par de semanas 
antes con unos conocidos y las pocas cosas que quedaban estaban ya 
esperando, empaquetadas. 

Te levantaste temprano como lo hacías siempre impulsada por una 
fuerza misteriosa, pero esta vez no era para trabajar en el monte o con 
los animales sino para ver tu casa, tu pueblo. Saliste a la puerta, estaba 
amaneciendo, la neblina seguía abrazando los campos labrados y las 
colinas, el rocío brillaba en el pasto, luces a lo lejos anunciaban el co¬ 
mienzo de una nueva jomada. 

Respiraste hondo, recuerdos y sentimientos se agolpaban en el co¬ 
razón y la garganta, sentías que algo presionaba tus ojos, tantas histo¬ 
rias, vidas y esfuerzos pero hoy era el último día... 

Si hubieras podido elegir, quizás te hubieras quedado, ya había pa¬ 
sado lo peor, el hambre, los refugiados, los muertos, los tiros, la perse¬ 
cución familiar, el miedo... pero no eras sólo tú. 

A lo lejos mientras la niebla comenzaba a separarse de las colinas, 
impulsada por una fuerza mística, se oía una gaita que parecía darte el 
adiós de un pueblo y de su gente. 

Era tiempo de partir, la bisabuela María Rosa y tu hija esperaban en 
el camino, diste unos pasos y volviste la mirada, allí quedaba todo y 
nada. Miraste por última vez los campos que habías regado con tu su¬ 
dor, cuando no había nadie más que tú y ellas para salir adelante de los 
estragos de la guerra civil, y algo cálido comenzó a deslizarse por tus 
mejillas. 

Nunca habías viajado en avión, pero más fuerte que eso era el ir a 
una tierra desconocida con gente desconocida, sólo tus hermanas y tu 
padre las esperaban. Y aquel sueño que te desveló... mierda y sangre, 
cascos y más sangre, sólo tiempo después podrías entenderlo. 

Llegaron a Montevideo y la vida no fue muy distinta. Tenías que 
empezar de cero con una pequeña que criar. 

No habías podido estudiar aunque hubieras querido, hiciste sólo has- 


258 



ta segundo año de escuela porque había que trabajar. Acá tenías que 
trabajar, trabajabas desde que salía el sol hasta que se ponía y más, en el 
pequeño "negocio familiar" que era un bar y almacén, no era fácil so¬ 
portar atropellos y abusos que venían de tu propia familia, de tus her¬ 
manas, pero qué otra cosa podías hacer, estabas sola, sola, con tu niña. 

Un año después, llegó el padre de tu hija que al igual que vos había 
tenido que irse de su pueblo, emigrando, estaba requerido por deser¬ 
tor. Argentina fue su puerto, trabajó hasta que pudo pagar su pasaje y 
tener dinero suficiente para uno nuevo, pero éste era para Montevideo, 
donde se reuniría con su mujer e hija. 

Llegó y trabajó un tiempo en el "negocio familiar" soportando lo 
mismo que tú. Pasaron los meses, hasta que por fin pudieron alquilar 
un apartamentito cerca del almacén. Trabajaban todo el día, así que la 
nena como vos le decías y le decís, tenía que ir a una escuela todo el día 
y lo que quedaba de éste la cuidaba tu mamá María Rosa, la única que 
en ese lugar le daba amor y toda su atención. Pasaron los años, Ricardo 
dejó ese trabajo y consiguió otros hasta que se asoció con un conocido 
de su pueblo, Tebra, y compraron un boliche, el boliche La Tempestad, 
en la calle Piedras y Solís, donde más tarde se integraría a trabajar tu 
hermano Manolo y su esposa, la tía Margarita. 

El "negocio familiar" había cambiado, vendieron el almacén bar y 
compraron el hotel Español. Las cosas parecían ir bien para tus herma¬ 
nas, pero para ti nada había cambiado. 

Se mudaron nuevamente a otro apartamento, el ex hotel Alemán en 
la calle Ejido. La nena iba ya al liceo Rodó. Leía mucho, le gustaba leer, 
recuerdo cuando contabas que entrada la madrugada, cuando termina¬ 
bas de lavar la ropa que traías del hotel para hacer unos pesos más, le 
apagabas la luz de su cuarto y ella estaba en la cama entremedio de los 
libros. Era una excelente alumna, decís, y tus ojos brillan mezcla de 
orgullo y tristeza a la vez. 

Trabajaban, trabajaban mucho para poder darle todo lo que ustedes 
no habían tenido. 

El tiempo fue pasando y de a poco aprendiste a querer esta pequeña 
ciudad, este paisito, sentías nostalgia por tu tierra y tu gente, morriña, le 
dicen ustedes, pero estabas construyendo tu lugar en el mundo. 

El abuelo consiguió algún día del fin de semana, que lo aprovechaba 


259 



para estar en su casa con ustedes y para salir con Elsa. La llevaba al 
cine, al teatro; un lugar al que le gustaba ir era La Pasiva, la vieja pasiva 
del Palacio Salvo. 

Vos los fines de semana también trabajabas, así que no podías acom¬ 
pañarlos. Eran tiempos difíciles... 

Las hojas del almanaque se iban poniendo amarillas. La nena fue 
creciendo, creciendo con los ojos abiertos, mirando a su madre y padre, 
que tenían que trabajar todo el día para que ella pudiera estudiar. Cre¬ 
ció sintiendo en carne propia las desigualdades, las diferencias, como 
cuando iba a la escuela de las Hermanas del Huerto y en la iglesia había 
una barra que separaba a las niñas ricas de las pobres. Sentía las dife¬ 
rencias familiares, donde dentro de ese juego de "las grandes señoras" 
una de tus hermanas mandaba a su hija a un colegio privado para que 
estuviera con "la crema montevideana", mientras vos en la cocina no 
tenías derecho a un desgraciado día libre, todo para aumentar el patri¬ 
monio "familiar". 

Trabajar no te asustaba, era lo que habías hecho toda la vida pero 
muchas veces deseaste, aunque no me lo has dicho, poder salir con tu 
nena y tu esposo, estar con ellos, compartir algo tan simple como un 
paseo por el parque, ir al cine... 

Los veías de noche y al mediodía cuando venías a almorzar. 

La nena tenía un cuarto con una ventana que siempre estaba abierta, 
a través de la que se veía "el gigante" como ella le decía, el Palacio 
Salvo; las paredes estaban decoradas con pósters de Fidel, el Che y una 
foto de Edith Piaf, en el piso, montones de libros y discos, en la mesa el 
atado de Nevada o Richmond sin filtro o La Republicana que le traía el 
padre del boliche. Vos no fumabas y te enojabas con el abuelo porque le 
traía cigarros a la Nena, fíjate vos. 

Quizás no te diste cuenta, o sí, pero aquella niña había crecido, ma¬ 
durado. Iba a la Facultad de Humanidades, estudiaba psicología, tra¬ 
bajaba dando clases de francés e inglés y en el diario Época. 

Un día apareció en tu casa un grupo de muchachos, son compañe¬ 
ros de la Facultad decía ella; había dos que no te gustaban para nada, se 
lo dijiste a Elsa cuando se fueron, enojada te gritó y volvió a repetir 
"son compañeros". Sólo tiempo después sabrías, sabrían, quiénes eran: 
Alicia Rey y Amodio Pérez. 


260 



Un día volviste de trabajar como de costumbre y Elsa estaba en la 
casa, sola, escuchando la radio y nerviosa. ¿Qué pasa, por qué no fuiste 
a la Facultad ni al trabajo? No tuve clases y me siento mal. 

Vos habías escuchado la radio en el trabajo, oíste sobre un operativo 
en una casa de venta de armas hecho por un grupo que empezaba a 
sonar en la vida montevideana. 

La miraste a los ojos y le dijiste: Elsita vos sos tupamara. 

Quedó inmóvil al principio, creo que no sabía qué decirte. Te avan¬ 
zó: no digas bobadas. No sabés lo que estás diciendo. 

Corría el año 64, las primeras marchas cañeras llegaban a Montevi¬ 
deo. Acamparon en las cercanías del Palacio Legislativo, las carpas eran 
improvisadas de chapa y cartón. Las imágenes eran demoledoras, los 
niños moquientos con la pancita hinchada por la desnutrición, sucios, 
llenos de piojos, los adultos igual, muchos no tenían casi dientes y Mon¬ 
tevideo como siempre mirando al mar. 

La vida siguió, a fines del 66 golpean la puerta de tu casa, abrís y 
unos hombres uniformados preguntan por tu hija, se llevan la foto de 
sus 15 años. 

Pocos días después aparece en diarios, revistas, etcétera, "Requeri¬ 
da por subversiva". 

Llegaste al trabajo llena de dolor e incertidumbre, tu hermana viene 
con el diario: Acá tenés a la comunista de tu hija. 

La gente cruzaba la calle, el teléfono casi no sonaba, tus amigas ya no te 
visitaban, sólo tu hermano Manolo y su esposa Margarita estaban contigo. 
Te sentías sola, eras la madre de una subversiva, de una sediciosa. 

A partir de ahí el acoso sería permanente, gente extraña en el edifi¬ 
cio, en la entrada, en las escaleras, sentías que te seguían cuando ibas a 
trabajar y cuando volvías. Te visitaban día por medio, para saber si tu 
hija había vuelto o si tenías noticias de ella. 

Quemaste las agendas, las páginas de los libros donde aparecían los 
nombres de sus amigas o amigos. 

A partir de fines del 66 Elsa pasaría a estar clandestina; si ya la veías 
poco ahora no la verías, decí que hasta en las peores situaciones los 
seres humanos encuentran formas para comunicarse y tender puentes. 
Fue así que entre medio de los billetes le llegaban al abuelo en el boli¬ 
che cartitas de su hija. 


261 



Las sombras seguían acechando, una vez, ¿fe acordás?, habían he¬ 
cho "una ratonera". La Flaca (Aída), una amiga de tu hija, la fue a bus¬ 
car, golpeó la puerta, vos no sabías qué hacer, escribiste un papelito, lo 
enrollaste, abriste la puerta y antes que ella dijera algo le dijiste: "la 
señorita Ofelia se fue a Nueva York, si viene por los pañales tendrá que 
pasar en otro momento", mientras le metías el papelito en la mano. El 
comisario Otero y sus sabuesos estaban por todas partes. 

A fines del 68 o 69 te enteraste que tu hija se iba para Buenos Aires. 
Fue duro pero en el fondo pensaste que sería lo mejor para ella. 

Pasaron los meses, viajaste para encontrarte con ella, le llevaste li¬ 
bros y cosas que ella no había podido llevarse. 

Al poco tiempo el abuelo falleció de un ataque al corazón, volvías a 
estar sola. Tu hija se enteró, pero no podía volver a Montevideo, así que 
fuiste a Buenos Aires. Se encontraron en el puerto, se abrazaron y llora¬ 
ron juntas, su padre había muerto. 

Entre idas y venidas los años fueron pasando. Te enteraste que ibas a 
ser abuela por primera vez. Cuando llegó el momento viajaste nueva¬ 
mente a Buenos Aires. Conociste a la pequeña que nació de ocho meses, 
chiquita como un renacuajo y con mucho pelo, su nombre sería Elsa 
Eva, lo de Elsa por la madre, lo de Eva por Evita Perón. Pasaron sema¬ 
nas juntas y la ayudaste con la pequeña. 

Al año vino Ricardo, que no llegó a casa, nació prematuro y no so¬ 
brevivió. Tu hija quedó mal, era un varoncito y no pudo aferrarse a la 
vida. 

En el 78 nació otra nena y el nombre lo elegiste vos: Laura, era una 
muñequita con dos terribles ojazos. 

La situación en Argentina no era muy distinta a la de Uruguay y la 
de otros países de América Latina. Cada vez que te volvías a Montevi¬ 
deo, la alegría y el miedo eran sentimientos que iban de la mano. No 
preguntabas pero observabas, en realidad no precisabas respuestas, sa¬ 
bías bien lo que pasaba y sentías miedo ya no sólo por tu hija, sino por 
tus nietas. 

Fue en un invierno de agosto de 1979 cuando recibiste la llamada 
tan temida y esperada a la vez, tu hija junto con su esposo habían sido 
secuestrados en un "operativo callejero" cerca de la casa de tus 
consuegros. 


262 



Las nenas estaban en lo de sus abuelos paternos, alguien las había 
llevado allí. Creiste desesperar, no sabías por dónde empezar, el tiempo 
-que no es aliado en estos casos- pasaba. Las calles de Montevideo y de 
Buenos Aires te vieron caminar, a veces con pasos ligeros y otras con 
paso cansado, lento como si el dolor y la angustia pudieran transfor¬ 
marse en una carga física palpable. 

No hubo puerta que no golpearas, pero nunca hubo una respuesta. 

La preocupación era doble, por un lado tu hija y por el otro tus nietas. 

A fines del 79 recibiste otra llamada: "le van a hablar señora", dijo la 
voz de un hombre. Era tu hija, te avisaba que la llevarían a la casa de su 
suegra, te pedía que fueras y que le llevaras ropa, pantalones talle 36 y 
remeras talle pequeño porque estaba muy flaca. 

Llegaste al puerto de Buenos Aires, pasaste por la casa de tu herma¬ 
na Nieves, donde dejaste los bolsos, como loca saliste para Avellaneda. 

Ya estaban allí, tu hija y la cuñada, que había sido secuestrada un día 
antes que ellos, junto con su marido y su hija Celeste. Afortunadamente a 
la niña la habían llevado dos días después a la casa de sus abuelos, estaban 
solas en la casa, solo un auto afuera con dos "personas" vigilaba. 

Cuando la viste, el alma se te vino a los pies, estaba muy flaca y 
demacrada, llena de marcas. No quiso hablar de eso, solo te abrazó y 
lloraron juntas. ¿Dónde estás hija, dónde estás? No hubo respuestas. 

Las horas fueron pasando, comieron juntas, ella y su cuñada habla¬ 
ban de cosas que no podían hablar en el lugar donde las tenían. Jugaba 
con sus hijas y prometió que volvería... 

Llegó el momento de la separación, un auto paró en la puerta, "in¬ 
dividuos" vestidos de civil tocaron el timbre, ya todos en la casa sabían 
lo que vendría. 

Fue difícil para todos, querían pasar ese momento lo más rápido 
posible y al mismo tiempo no, la incertidumbre los invadía. 

Hubieran podido escapar, pero algo, quién sabe qué, las detuvo. Per¬ 
manecieron allí y llegado el momento las introdujeron dentro del auto 
con rumbo desconocido. 

¿Habría en realidad otra vez? ¿Se cumpliría su promesa? 

No, no se pudo cumplir. No porque ellas no quisieran, sino porque 
otros no quisieron. 


263 



Te enteraste que el lugar donde estuvo tu hija junto con su esposo, 
cuñada y concuñado, era la ESMA. 

Que la última vez que la vieron fue en marzo de 1980. Días antes, 
por esa misma época habías tenido un sueño como aquel de España, ¿te 
acordás? Entre dormida y despierta sentías la voz de tu hija que te 
llamaba y cuatro manitas, las de tus nietas. Te despertaste llorando, 
llamaste a Zulma y Alba, dos amigas de tu hija, y les dijiste: "A mi hija 
la mataron, a mi hija la mataron". 

Te asomaste aun más al horror, supiste qué "cosas" habían pasado 
en ese lugar, te enteraste qué era eso de los vuelos de la muerte, las 
torturas, etcétera. 

Intentaste traer a tus nietas a Montevideo para criarlas juntas como 
fue el último deseo de tu hija, pero por distintos motivos no pudiste. 
Vino la mayor, pero la más pequeña, Laurita quedó en Buenos Aires. 
Sentiste que no habías podido cumplir con, cómo decirlo, con el último 
deseo de Elsa, pero vos sabés que no fue así, todos sabemos que no fue 
así, ella sabe que no fue así. Nona. 

Tuviste que sacar fuerzas de donde no las tenías para criar a tu nieta, 
que ella no sintiera la falta de sus padres. Cuando preguntaba por ellos, 
no sabías qué hacer. No llorabas delante de ella, tiempo después me 
confesaste que llorabas en el baño cuando te bañabas, llorabas bajito 
para que yo no te escuchara. 

Cuando me peleaba con Dios, con el mundo y con mis padres, vos 
decías, cuando crezcas vas a entender. 

Dos grandes mujeres te ayudaron, Zulma y Alba, dos personas que 
no pueden quedar fuera de este "cuento"; mientras vos cuidabas a la 
pequeña Elsita, ellas seguían haciendo trámites, todo lo que se pudiera 
hacer por tu hija y por tus nietas. 

El personaje de este "cuento", la mujer, la esposa, la madre, la abue¬ 
la, la amiga, es mi abuela: María. 

Su vida fue muy similar a la de muchas mujeres en todo el mundo, en 
esta Latinoamérica. Mujeres anónimas que tuvieron que salir de sus casas 
y dejar el sueño del ama de casa para afrontar el miedo, el dolor, el horror. 

No supo más nada de su hija. No supo ni sabe. Pero sí sabe de lucha 
cotidiana, de no bajar los brazos a pesar de las derrotas de la vida, de 
amor y sobre todo de dignidad. 


264 



Muchos hechos y anécdotas quedaron fuera del relato, pero prefiero 
guardarlos para mí en mi memoria y en la memoria de quienes la han 
conocido. 

Un día de 1995, llegué ante una pequeña puerta negra en la calle 
Joaquín Requena que daba a un sótano, tenía miedo y vergüenza por 
no haber ido antes. De afuera, solo se veía una pequeña ventana abierta 
de par en par, con plantas que intentaban captar los últimos rayos del 
sol y la pequeña puerta. Golpeé y una voz dijo: "Está abierto". 

Con mucho cuidado, como pidiendo permiso abrí la puerta, en ese 
preciso momento tuve la extraña sensación de que al atravesar esa puerta 
muchas cosas cambiarían. Una escalera que bajaba a no se sabía dónde, 
estaba ahí, tenía pocos escalones es verdad, pero parecía mucho más 
larga. A medida que iba bajando sentía que la opresión en el pecho 
aumentaba. 

Las paredes eran blancas, una biblioteca llena de libros parecía dar 
la bienvenida a todo aquel que entrara, había muchas sillas y un escri¬ 
torio en el centro de la habitación, alrededor del cual se encontraban 
Ellas. En el escritorio había muchos papeles con un sagrado desorden 
con orden, y el siempre presente mate, que acompañaba todas las reu¬ 
niones... 

Y fue así, muchas cosas cambiaron, entre cuentos y recuerdos, entré 
en sus mundos, las conocí a ellas, a sus hijos y esposos, reconocí sus 
fotos, y detrás de ellas pude ver las vidas que estaban y las que ya no 
estaban más. 

Aprendí a quererlas, a respetarlas, a entenderlas. Aprendí muchas 
cosas y sigo aprendiendo. 

Guardo parte de estos recuerdos, que compartimos entre mate y 
mate, en una pequeña cajita de cristal. Cada tanto los recorro, los cuido, 
así como ellas han cuidado de ellos, sus hijos y de todos nosotros. 

Ojalá que vivas abuela, abuelas, madres, esposas, amigas. 

Ojalá que vivan en la memoria de todos y todas. 

Que vivan como ejemplo de lucha y sobre todo, o mejor dicho por 
sobre todo, como ejemplo de dignidad. 

Ojalá que vivan para contarnos estas historias de horror, dolor pero 


265 



sobre todo de amor. De mucho Amor. 

Ojalá que vivan para no olvidarlos. Que vivan como viven sus hijos 
y esposos en todas y todos nosotros. 

Porque como dijo alguien por ahí: 

Cada uno de nosotros es nosotros y todos los demás. 

¡Cada una de ustedes es ustedes y todos los demás! 


Desde algún lugar del asteroide B612. 



El martes de la semana pasada 


Hacía mucho tiempo que yo tenía ganas de ir a ver a Gavazzo, aun 
antes de que cayera preso. 

Dije, voy a ir a verlo a la cárcel. Necesité una investigación primaria. 

Me enfureció saber que estaba todavía en Cárcel Central, que no había 
sido trasladado a Santiago Vázquez. Supe que él recibía a cualquier 
hora y en cualquier día. 

El martes de la semana pasada a las tres de la tarde dije voy y fui. 

Llegué cuatro menos cinco. Me acerqué a la ventanilla y dije "vengo 
a ver a un detenido". 

La mujer de la ventanilla me dijo "pero usted tenía que venir tres y 
media porque la visita es de tres y media a cuatro y media". 

-Sí... yo no estaba muy segura... vengo de afuera y los ómnibus, 
usted sabe, no cumplen siempre el horario, y a mi edad... pero si son 
cuatro menos cinco yo tengo todavía media hora para hablar con esa 
persona... 

-Por esta vez le voy a permitir entrar, pero ya sabe, otro día tiene 
que estar acá a las tres y media. ¿A quién viene a ver? 

-Al señor Gavazzo. -Le puse el señor adelante para dulcificar un 
poco las cosas. 

-¡Ahhh! pero hubiéramos empezado por ahí... siéntese allí y quéde¬ 
se tranquila que la voy a hacer entrar después de la hora de la visita a 
ver al Comandante. 

-Vaya tranquila, señora. 

Yo fui y me senté al lado de uno que estaba haciendo paquetes que 
habían traído familiares de detenidos. Observaba. Al rato vino un mili¬ 
tar, se presentó como el teniente no sé cuánto y me pidió disculpas por 
la espera en el nombre de mi Comandante y en el mío propio... -¿Usted 
es amiga de él? 

-Yo no diría tanto... 

-Pero yo la conozco a usted... 


267 



-Puede ser... 

-Sí, sí la conozco... ¡yo soy muy amigo de Gavazzo! 

Yo me había provisto de unas tarjetas. Le di una. 

Salió y tardó, tardó... Cuando volvió transpiraba debajo del quepis. 

-Mire señora, yo lo que le tengo que decir es que mi Comandante no 
la puede recibir ahora. No es que le falten ganas, tendría ganas de char¬ 
lar con usted, pero éste no le parece el lugar adecuado para recibirla, 
tendrá mucho gusto de recibirla en su casa. 

-Pero me voy a morir de vieja, porque si la justicia en este país hace 
lo que tiene que hacer, va a tener para unos cuantos años, quién le dice 
que no encontremos un juez muy sensible que piense en las otras cau¬ 
sas que él tiene para estar preso mucho más delicadas porque agredie¬ 
ron los derechos humanos, la dignidad de las personas, porque torturó. 
Quién le dice que este juez sensible le agregue algunos añitos más y 
entonces va a ser muy difícil que yo pueda hablar con él en su casa. 

-Pero mire que no, señora... 

-Además él está radiado hasta de sus pares. 

-Pero mire que no, señora... 

-¿Cómo que no? si todo el mundo lo sabe, ahora él está solo, ahora 
no se presenta como se presentaba diciendo "yo soy el Mayor Gavazzo", 
enorgullecido de su trayectoria trágica, como si hubiera sido un médi¬ 
co que hubiera salvado vidas. Yo me hubiera puesto muy contenta que 
lo hubieran puesto preso cuando se lo merecía; ahora también se lo 
merece pero para mí es como si fuera un ladrón de gallinas, con la dife¬ 
rencia de que el que roba gallinas a veces tiene hambre y él no sé por 
qué lo hizo. Es un lumpen, ¿se da cuenta de que es un lumpen cual¬ 
quiera? 

Él estaba mudo, las gotas de sudor le corrían debajo de la gorra. 

-No me quiere recibir, es evidente que no me quiere recibir. ¿Usted 
sabe la historia de Gavazzo? Voy a ser un poco indiscreta, ¿cuántos años 
tiene usted? 

-Yo estoy enterado de pocas cosas. 

-Pues muy mal porque usted es uruguayo y debe saber lo que pasa 
en su país para formarse una idea de cómo tiene que proceder. ¿En qué 
año entró usted en la Escuela Militar? 

-En el 75. 


268 



-Usted entró en la Escuela Militar cuando ya teníamos el golpe de 
Estado encima. 

-Sí, pero a nosotros no nos llegaban las noticias de lo que pasaba. 

Y repetía, yo la conozco a usted, yo la conozco, puede ser... es la 
abuela de... ¡Ah! esa chiquilina que encontraron en Paraguay 

-No. No la encontraron en Paraguay, la encontraron en Buenos Ai¬ 
res, estuvo en Paraguay cuando Furci se la llevó, Furci que es el amigo 
de Gavazzo, la sacó de Orletti que era donde estaban porque a mi hija 
la asesinaron, sabe, la asesinaron, la asesinaron a mi hija, a su marido y 
a muchos más y usted sabe que hasta en los pueblos primitivos hay que 
elaborar el duelo, hay que ver la muerte y yo a mi hija no la vi muerta, 
yo sé que a mi hija, como le acabo de decir, la asesinaron y mi hija está 
muerta, pero si me pongo a pensar yo no sé si está muerta porque 
muerta no la vi, estoy casi segura que la tiraron al Río de la Plata pero 
quisiera tener la seguridad para ir a orillas del mar y tirar un ramo de 
flores... 

-Yo la comprendo, señora. 

-Mire, sabe una cosa, yo he ido a ver a mucha gente, he ido a ver 
políticos, he ido a ver militares y todo el mundo me dice yo la compren¬ 
do señora y ustedes no comprenden nada, no comprenden nada no 
pueden comprender lo que le pasa a una madre a un familiar que le 
desaparezcan un miembro de la familia un amigo muy querido y no 
saber más nada de él... 

-Pero usted puede venir acá cuando quiera. 

-Yo... ¿venir otra vez acá? ¿A perder mi dignidad? No, yo tengo 
mucha dignidad vine porque quería que él -porque Gavazzo sabe lo 
que pasó con mi hija porque él era el que mandaba en Orletti y mi hija 
estaba en Orletti- él tiene que saber lo que pasó con ella y yo quiero que 
él se enfrente conmigo y me lo diga, pero no voy a volver acá a perder 
mi dignidad tratando de entrevistarlo cuando sé que no me va a recibir. 
A mí me gustaría que todo esto que le digo se lo trasmita a Gavazzo. 

-Voy a tratar señora... 

-Y le haría una recomendación final, dígale que él no está seguro 
metido en una celda o donde esté, debe tener algunas comodidades 
más pero claro... ya no es el Mayor Gavazzo. Ahora es un preso. Dígale 
que lo que pasa es que no tiene suficientes cojones para enfrentar a una 


269 



madre que busca saber cuál es el destino que le correspondió a su hija. 

-Buenas tardes. 

-Buenas tardes. 

Salí con lágrimas en el borde de los ojos pero terminé yéndome a un bar 
de la calle 18 de Julio a comer un pedazo de torta helada de chocolate... 

Después me detuve ante una mesa de juego de mosqueta, me entu¬ 
siasma ver la agilidad que tiene el individuo que maneja el tarrito... 
aquí está... aquí no está, fíjese en este lado, no, es éste lado. Con la rapi¬ 
dez que lo hacen, cómo envuelven a la gente... 

A una señora le sacan 200 pesos y digo bajito, ¡oh! doscientos pesos. 
Alguien me da un empujón, me doy vuelta, es un joven, me cambio de 
lugar, me entusiasma ver pero me dan otro empujón, yo digo no me 
empuje, vuelve a hacerlo y me dice, si sigue acá le voy a dar una trom¬ 
pada que le va a hundir un ojo, yo pensé, bueno, Estercita seguí cami¬ 
nando. Seguí caminando y al rato siento unos gritos atrás ¡señora! ¡se¬ 
ñora!, podía ser cualquier señora, pero yo sabía que esos gritos eran 
para mí, seguí caminando, se arrimó y dijo usted nos llamó ladrones. 
No, yo lo único que dije fue ¡oh! doscientos pesos. Mire, la voy a meter 
de una trompada adentro de una vidriera. Lo miré de costado con una 
mirada un poco digamos de maleva y dije así que sos guapo, no sabés 
con quién te encontraste, ¿sabés de dónde vengo yo? 

-Usted dijo que éramos ladrones. 

-No, yo no dije eso. 

-Nos impidió trabajar. 

-Si a mí me encanta ver... Aunque no es una manera muy moral de 
ganarse la plata. ¿Sabés de dónde vengo yo? vengo de San José y Yi, vi 
gente que salía entristecida, tú tendrás familia, no sé cómo se sentirá tu 
familia llevándote comida, a lo mejor sin dinero para llevarte cosas para 
pagar el viaje, ¿por qué no te buscás otro trabajo? 

-Doña, busco trabajo pero no encuentro. 

-¿Pero buscás con ganas? 

-Sí, doña, busco, pero no encuentro, acá me dan unos vintenes, ade¬ 
más, usted ve que estamos trabajando a cinco cuadras de Jefatura y no 
pasa policía, bueno pasan y se llevan veinte o treinta mil pesos... si 
usted quiere matar a alguien usted paga dentro de la Jefatura, dentro 
de la justicia, dentro de la policía y se queda tan tranquila porque no le 
va a pasar nada. 


270 



-Sí, tenés razón, acá la policía y la justicia dejan mucho que desear. 
-Dígamelo a mí -y sacó un papel del bolsillo- era de Jefatura, preso 
por numerosos hurtos... 

-Tenés una historia un poco morada, te recomendaría que te bus¬ 
ques otro trabajo. 

-Señora, yo querría pedirle perdón... 

-Adiós, adiós y que te vaya bien. 

Un martes de febrero del año 1995 

Inchalá 


271 



El padre 


El padre de una de nuestras compañeras se quejaba porque ella no 
respondía sus cartas, en una lamentación que se repetía visita a visita. 
M, su hija, resolvió al fin, y con pena, decirle la verdad: 

-Papá, lo que pasa es que tu letra no es muy clara y por eso no dejan 
pasar tus cartas. Pero no te preocupes, nosotros no necesitamos de car¬ 
tas para estar siempre uno con el otro. 

La verdad verdadera es que el padre de M era prácticamente analfa¬ 
beto, -Ah, es eso -dijo el padre. Las visitas que le correspondían eran 
los domingos. El lunes, ese obrero de 68 años comenzó a asistir a una 
escuela nocturna. 

A los dos meses, M recibió una carta caligrafiada con la más pulcra y 
elemental de las letras. "Hija cerida", empezaba la carta, que pasó. Mi 
lugar de visita era vecino del de M. La sonrisa de ese obrero - ahora 
alfabeto - quiero que quede para siempre en la memoria, como uno de 
los más ejemplares empeños de resistencia. 

¡Y qué suave orgullo y qué ternura en esa vencedora sonrisa! 


272 



El aire de la dictadura 


El aire de la dictadura era espeso e irrespirable, el tiempo era lento... 
lento. 

La vida era una película en cámara lenta. 

La gente hablaba en voz baja o no hablaba. 

El miedo se olía, se tocaba, se sentía. Era tan presente que parecía 
tener cuerpo. 

El silencio era tan intenso que casi sin prestarle atención se lo escu¬ 
chaba. 

Desde mi adolescencia recién estrenada, yo percibía que la vida de¬ 
bía ser o haber sido, algún día, algo más que esa terrible existencia. 

En junio de 1973, yo contaba apenas con once años. Demasiado gran¬ 
de para no entender, ¡ay! demasiado pequeña para formar parte. 

Yo era absolutamente anónima para ellos en aquel tiempo. 

Era una pieza más de aquella "generación del silencio" que confiaban 
que crecería sin ideas políticas ni sociales, sin riesgo de cuestionar el 
mundo ni querer cambiarlo como esos jóvenes, unos años mayores que 
nosotros, a los que intentaron exterminar. 

No era mi mundo más cercano el que tambaleaba. No tuve que su¬ 
frir de cerca el dolor de la cárcel, los años de visitas a un Penal, ni la 
desesperación del nunca más. 

Crecí inocentemente los primeros tiempos. Sabiendo lo que me con¬ 
taban pero no viviéndolo. 

De todos modos, es difícil de explicar cómo una dictadura llega a 
afectar a todos y cada uno de los integrantes de una sociedad, no im¬ 
porta el espacio que ocupen. 

Uno forma parte, con más o menos conciencia, de ese mundo biza¬ 
rro, de ese tiempo sin tiempo, de esa falta absoluta de color. 


273 



La gente, recluida en sus casas, como presa sin cárcel. La gente, acos¬ 
tumbrada a mirar la vida desde atrás de las ventanas y a susurrar o a 
callar por el miedo permanente de estar tal vez hablando con un ene¬ 
migo. 

Cualquiera puede ser el enemigo, cualquier vecino, el vendedor de 
algo, el taxista... cualquiera. 

Canciones que no se escuchan en ninguna radio, libros que no pue¬ 
den comprarse en ninguna librería. 

Sólo un cajón escondido podía atesorar alguna bandera bien dobla¬ 
da, algún poema, algún disco prohibido, guardados con la esperanza 
de un tiempo sin rejas. 

Pero la vida, que es imposible de detener, sigue transcurriendo entre 
líneas. 

Hay una dimensión del pensamiento y de la memoria donde las pro¬ 
hibiciones nunca logran llegar. 

Un algo más allá de las miradas, el recuerdo de los que sí vieron un 
país previo, el juicio interno e implacable de los que, aunque obligados 
al silencio, no comparten la barbarie. 

Secretos a voces, rocas que hablan. 

En 1980, contra toda predicción de los poderosos de entonces, la gente 
dijo No. 

Y entre esa gente, yo, que había alcanzado la mayoría de edad justo 
a tiempo para oponerme. 

Toda la publicidad oficial no había podido contra los muros pinta¬ 
dos a escondidas y el rechazo colectivo. 

Una pincelada de color barrió las calles y algo, tímidamente, comen¬ 
zó a latir. 

De allí en más, recuerdo una sucesión de hechos que marcaron mi 
vida para siempre. 

Con otros nombres la gente se volvía a reunir. El PIT en lugar de la 
CNT y ASCEEP en lugar de la proscrita FEUU. 

El miedo se hizo para mí mucho más intenso porque entendí que 


274 



entrando en el movimiento estudiantil dejaba de ser anónima y comen¬ 
zaba a estar al alcance de su mirada. 

El miedo es punzante y paraliza. 

Uno siente miedo de todo y al mismo tiempo rebeldía. 

Éramos apenas veinteañeros y la rebeldía, que puede habitar en no¬ 
sotros en cualquier tiempo de la vida, en la juventud es ineludible. 

En setiembre de 1983 los estudiantes organizamos una marcha his¬ 
tórica. Era la primera vez que recorreríamos las calles. 

Tengo la imagen grabada de los colores y los carteles y de la gente 
que en las esquinas se juntaba para vernos pasar. Cuadras y cuadras de 
estrenados jóvenes que éramos la prueba viviente del fracaso total de 
aquella brutal dictadura. 

No habían podido. 

Ni con toda la tortura y la cárcel, ni con todo el exilio... no habían 
podido. Ninguna mordaza puede detener al pensamiento. 

Yo era estudiante de Ciencias de la Comunicación (qué ironía) y en el 
marco de la Semana de Derechos Humanos de ASCEEP nos propusimos 
con unos compañeros hacer un audiovisual sobre los niños desapareci¬ 
dos, una realidad de la que recién empezábamos a tener noticias. 

Fue así que una tarde llegamos a lo de Ester (la abuela de Mariana), 
y otro día a lo de Blanca (la abuela de Victoria) y otro a la casa de Sarita 
(la mamá de Simón). 

Los testimonios de estas mujeres, que marcaron mi vida, me hicie¬ 
ron ver que todo era mucho más duro de lo que imaginaba. 

La primera vez que pasamos este audiovisual fue en el Palacio 
Peñarol. Al terminar, todavía con las luces apagadas de aquel inmenso 
lugar lleno de gente que lloraba sorprendida de su propia historia, nos 
fuimos con los carros de diapositivas por miedo a que alguien nos con¬ 
fiscara el tesoro. 

Cientos de charlas vinieron después. Clubes, comités, parroquias en 
todo el país. Fuimos con los grupos de familiares de presos, exiliados y 


275 



desaparecidos, a mostrar en imágenes lo que ellos contaban. 

Una sábana blanca, un proyector y un grabador. Contar y hacer sa¬ 
ber era en ese momento una de las formas más importantes de militancia. 

Había que descorrer el velo. 

Había que dejar al descubierto todo el horror. 

Ese tiempo nuevo, aun en dictadura, tuvo la rara virtud del movi¬ 
miento. Después de aquella quietud sin límites, el mundo comenzaba 
lentamente a girar. 

La gente salía a la calle. 

Primero de Mayo, marcha del Obelisco... Sin haber llegado todavía a 
su fin, la larga pesadilla se fue transformando en una fiesta popular. 
Volvíamos a tener la fuerza de un sueño colectivo. 

"Aquello", no sería para siempre. 

Las absurdas prohibiciones impuestas por el poder irracional de la 
fuerza tenían cada día menos sentido. 

Las radios pasaban de a poco, tímidamente, algunas de aquellas voces 
que desde hacia años sólo cantaban en tierras ajenas y todos nos llamᬠ
bamos emocionados por teléfono avisándonos la buena nueva. 

Aun había gente "proscrita", presos y exiliados, pero comenzaba a 
llenarse de sonidos y colores ese país que me vio crecer en blanco y 
negro. 

Yo era consciente de ser testigo de un tiempo irrepetible. 

Sabía que de algún modo tenía el privilegio de participar de aque¬ 
llas calles pobladas de abrazos, de gente que se reencontraba después 
de años. 

Cada día volvían más y más personas desde los más diversos rinco¬ 
nes del mundo. 

La información, aquella cosa tan extraña para los que nos quedamos 
aquí, era ahora moneda corriente. 

La rambla se colmaba de gente a cada rato, esperando a alguien que 
volvía. 

Bajo lluvia torrencial, con la piel erizada escuchamos (algunos por 


276 



primera vez) a Zitarrosa y a Los Olimareños y otro día a Viglietti. 

El teatro El Galpón recuperó su nombre y sus actores. 

Y un día. Un inolvidable y maravilloso día, salieron en cantidades 
los presos políticos que llenaban las cárceles. 

La dictadura había terminado. 

Parte de la vergüenza había terminado. 

Los presos salían cargados con sus pocas pertenencias, recorriendo 
el camino desde el Penal a la ruta, donde una multitud esperaba llena 
de banderas y sonrisas y lágrimas. La gente prendía fogones en los bor¬ 
des de la carretera por donde volvían los compañeros, para saludarlos 
y bienvenirlos. 

Otra multitud aguardaba a las compañeras que salían desde Cárcel 
Central para recibirlas con toda la emoción y toda la alegría. 

La alegría en ese tiempo era una presencia mucho más intensa aún 
que aquel silencio impenetrable de la dictadura. 

La energía que colmaba el aire de aquellos meses es uno de los re¬ 
cuerdos más intensos y bonitos de toda mi vida. 

Escribo estas líneas en memoria de tanta belleza y en homenaje a 
todos los compañeros desaparecidos que no pudieron participar de esa 
fiesta, aunque estuvieron allí, como están hoy... presentes. 


Girasol 


277 



El juego de la oca 


De oca a oca 
y tiro porque me toca. 

Salen a veces 
hasta dos seis seguidos 
y una vuela que corre 
flor silvestre en la mano 
y moras en la boca 
por las cimas del mundo. 

De pronto un dos certero. 

Calabozo. 

Frío metal echa raíces en el hormigón. 

Me quitaron el dado. 

A la salida 

un cuatro mediopelo. 

Todos los jugadores me han pasado de largo. 
La espera agrió las antiguas dulzuras. 

Pero otra vez me toca tirar. 

Puente a mí. 

Este puente de piedra es más mullido 
que el plumón de las ocas. 

Lo recorro sin prisa 
y cuando creo 

que la mala orilla se hundió atrás 
caigo en el pozo. 


278 



Al cabo de mil y tanta noche 
un jugador incauto y bienquerido 
toma el fondo por mí 
sólo que 

condición de salida es dejar allí los sueños. 

Bueno está. 

A cambio ya sabré entre celda y pozo 
bailar con marinero 
tender puentes 

y asirme a las alas de las ocas. 

Mientras pueda tirar. 


Almendra 


279 




Documentos 




Memoria para armar 


Convocatoria de testimonios escritos de mujeres 

QUE VIVIERON LA DICTADURA URUGUAYA 


Te invitamos a contar porque a vos también te pasó 

Es nuestro modo de conjurar el horror que se instaló dentro y fuera de las 
cárceles; de conjurar el miedo que nos invadió a todos; de conjurar la injusticia 
que se perpetró, no sólo en los juzgados militares; de conjurar la oscuridad 
que cambió la cara de los uruguayos, que cambió la entonación del himno, que 
nos hizo más silenciosos. 

¿Quiénes somos? 

Nosotras, somos un puñado de mujeres que se atrevió y se atreve a soñar 
utopías. En aquella época las cárceles nos mantuvieron muy juntas, pero hace 
tres años nuestras voluntades nos volvieron a unir y nos comprometimos a 
desenredar nuestra memoria. 

Creció el deseo de decir y de ser escuchadas y más aún creció la necesidad 
de escuchar de boca de otras mujeres, de las que pudieron quedarse en sus 
casas, en sus barrios, en su país y de las que fueron desterradas y expulsadas al 
exilio, sus experiencias de vida y sobrevida. 

Todas tenemos algo que decir, cada dato que aportemos es una mirada per¬ 
sonal a esa dictadura que no quisimos. Porque la verdad la armamos entre 
todos, porque "cada uno de nosotros es cada uno y todos los demás", quere¬ 
mos registrarla y trasmitirla a nuestros hijos, a nuestros nietos, a las generacio¬ 
nes que nos continúen. La historia verdadera, la cotidiana, la que se vive en el 
ómnibus, en el trabajo, en la cocina, en la vereda, en la cárcel o en el destierro. 

La dictadura nos dejó a todos heridas que debemos descubrir, nombrar y 
mostrar para que cicatricen definitivamente. 

Si logramos que cada una bucee dentro de sí misma, buscando una reflexión 
o simplemente una imagen, un sentimiento, algo que para ella represente aque¬ 
lla época, habremos dado un enorme paso hacia la verdad. 

Rescatémonos del olvido; revaloricemos los pequeños gestos que constru¬ 
yeron la muralla de solidaridad y resistencia que nos protegió para llegar has¬ 
ta donde hoy estamos. Pensemos también en el poder que la condición de 
mujer nos confiere. 

Demos testimonio entonces, seguras de que todas las vivencias tienen her¬ 
mosura y grandeza y ayudarán a las "nacientes memorias" a elaborar una 
historia mas justa y a aprender algo más acerca de nuestra condición humana. 

Si no te animás a escribir, contá tu historia a otra que lo haga por vos (estos 
casos se considerarán como co-autorías). 

¿Cómo participar? 


283 



Con obras inéditas escritas en castellano en uno o varios de los siguientes 
géneros literarios: 

•Relato testimonial o autobiográfico 

• Cuento 

• Poesía 

Te solicitamos además, en sobre cerrado, la siguiente información: 

• Nombre completo y síntesis biográfica 

• Documento de identidad 

• Dirección, teléfono, fax y/o correo electrónico 

• Género literario en el que participas 

• Título de la obra 

• Seudónimo 

El sobre deberá estar identificado con el nombre de la convocatoria: "Me¬ 
moria para armar" 

Si se trata de una co-autoría, se presentarán los datos de ambas autoras. 

Las obras presentadas deberán tener un máximo de 20 páginas tamaño car¬ 
ta a máquina o computadora, a una cara, a doble espacio si se trata de relatos o 
cuentos y hasta 10 poemas o el equivalente a 120 líneas si se trata de poesías. 

Deberás presentar un original y cuatro copias identificadas solamente con 
el nombre de la obra y tu seudónimo. De ser posible se presentará también en 
disquete. 

El original, las cuatro copias y el sobre cerrado conteniendo la información 
requerida, deberán enviarse a Casilla de Correo 17485 - CP 11700 - Montevi¬ 
deo Uruguay. 

Fecha límite de presentación: 31 de marzo de 2001. 

Se realizará una selección de las obras con el fin de ser publicadas. La Co¬ 
misión que hará este trabajo está integrada por: 

Profesora Lucy Garrido; Historiadora Graciela Sapriza; Profesora Rosario 
Peyrou; Profesor Hugo Achugar y una representante del Taller de Género y 
Memoria. 

Esta selección se dará a conocer el día 30 de mayo de 2001, en acto público. 

Dado el objetivo de la presente Convocatoria, se considerará el valor litera¬ 
rio de las obras presentadas y se pondrá especial atención al valor testimonial 
de las mismas. 

Los trabajos presentados no serán devueltos; se guardarán como parte de 
la tarea de recopilación de escritos reconstruyendo la memoria histórica de la 
época. 

Las organizadoras se comprometen a no utilizarlos sin autorización de las 
autoras. 


Organiza: Taller de Género y Memoria de ex -presas políticas 
http://www.chasque-apc.org/memoriapararmar. 


284 



1 de noviembre 2000 
Sala Zitarrosa 


Hace tres años, las mujeres que fuimos presas políticas en este país, 
volvimos a reunimos. El llamado fue a todas, sin importar dónde ni 
cuánto tiempo habíamos estado presas. Ese día, en medio de la emo¬ 
ción del encuentro, de las anécdotas que brotaban, de las ausencias que 
se notaban, algunas compañeras propusieron, hablaron, de "Memoria 
Colectiva". 

Muchas sin saber bien lo que era, nos sumamos a esta idea, pues 
sentíamos la necesidad de reconstruir lo vivido y de hacerlo juntas. 
Necesidad y responsabilidad de que lo vivido no se perdiera con noso¬ 
tras, responsabilidad con nuestros hijos y los hijos de las otras, respon¬ 
sabilidad con las compañeras que no pudieron seguir; responsabilidad 
con todos los uruguayos, a quienes les debíamos contar. Y comenzar a 
armar de esa manera "nuestra" parte de la verdad. 

Lo hicimos entre nosotras y no fue fácil; lloramos y reímos recor¬ 
dando; volvimos a sentir miedo y a no dormir alguna noche; nos volvi¬ 
mos a sentir cerca, nos apoyamos y crecimos juntas en la tarea. 

También hubo algo que creció en este tiempo y es el enorme silencio 
de las otras voces, la enorme necesidad de los recuerdos de las otras 
mujeres; las que pudieron quedarse en sus casas, en sus barrios, en su 
país y que estaban sufriendo lo mismo que nosotras, y las que fueron 
desterradas y expulsadas al exilio. Porque la dictadura la vivimos, la 
sufrimos todos. Se metió, aunque no quisiéramos ni lo pensáramos, en 
cada hogar, en cada rincón. Nos cambió la cara y el ánimo. 

Así es que surge Memoria para Armar. Surge como una iniciativa 
más que se suma a la infatigable tarea de mujeres y hombres de nues¬ 
tro país, contra el olvido, por recuperar la verdad. 

Desde que nació, esta idea, (recopilar testimonios de esos años), se 
enriqueció con cada compañera, cada persona o Institución que la apo¬ 
yó, que la sumó a su tarea o la adoptó. Lo cierto, es que ya dejó de ser 
nuestra, para ser de todos. 


285 



Es mucha la gente que trabajó y trabaja pacientemente, a veces oscu¬ 
ramente, en la construcción de la memoria, y entendemos que ese ar¬ 
mado nos corresponde a todos los uruguayos. 

Hoy, nosotras, abrimos un espacio más, entre otros. Esta vez nuestro 
llamado es a las mujeres. Esta convocatoria, de este grupo de mujeres, 
nosotras, queriendo escuchar a todas. 

¿Por qué a mujeres? 

En primer término porque surge de nuestra reflexión como tales. 

En nuestro taller compartimos, analizamos, nuestra vida carcelaria 
como mujeres, y en esa reflexión vimos cómo ciertas particularidades 
de la mujer, construidas tal vez culturalmente, muchas veces minimi¬ 
zadas, se vuelven también fortaleza y fueron ventajas en esos momen¬ 
tos difíciles. 

Vimos, cómo por estar entrenadas a compartir en la relación con 
los/las otras el sentido de la vida, tejimos naturalmente redes muy só¬ 
lidas; porque las mujeres nos nutrimos con naturalidad de "alimentos" 
sensibles, que nos ayudan y nos ayudaron a vencer la soledad y el mie¬ 
do; porque establecemos con bastante sencillez lazos de solidaridad y 
afecto. Porque nosotras crecimos y nos fortalecimos en lo colectivo y en 
el vínculo mismo, y sabemos que a nuestras madres, hermanas, ami¬ 
gas, sin estar presas les sucedió lo mismo. 

Y además es un llamado a las mujeres porque quisiéramos cambiar 
de a poco otra característica muy nuestra: la de hablar en voz baja, ha¬ 
cer y construir en silencio. Queremos visualizar con conciencia nuestro 
papel, nuestras vidas, nuestras sensibilidades y compromisos. 

Así es que hoy las estamos invitando a sumarse a nuestro trabajo, a 
reproducir esta idea en las infinitas formas posibles. 

Porque la verdad es posible y es necesaria, queremos y llamamos a 
contribuir en ella; es necesario que las generaciones que nos siguen com¬ 
prendan el dolor de la pérdida de libertad, de la pérdida de pensamien¬ 
tos, de la pérdida de autonomía; el dolor de las secuelas del miedo. 
Pero que también conozcan la fuerza y la alegría que dan la solidari¬ 
dad, la fraternidad, la integridad, por oscuras que parezcan las situa¬ 
ciones vividas. 

Empecemos por contar, porque todas tenemos algo que decir. 

Así Memoria para Armar les propone escribir, dar testimonio, sumar 


286 



nuestras vivencias y nuestros sentimientos, recopilarlos para contri¬ 
buir con la verdad que necesitamos y ayudar así a las nacientes memo¬ 
rias a elaborar una historia más justa y aprender algo más acerca de 
nuestra condición humana. 

Palabras pronunciadas al publicitar la convocatoria 


287 




Sala Zitarrosa, 7 de junio 2001 


Esta es una noche extraordinaria. 

Las mujeres protagonistas, no sólo de los hechos sino del relato de 
los hechos, contadoras de su historia, trasmitiendo y compartiendo tro¬ 
zos de vida durante los años de la dictadura, desde sus sensibilidad, su 
dolor, su fuerza y entereza. Gracias, muchas gracias a todas. 

La argentina Griselda Gámbaro habla del trabajo de la memoria y 
no del deber de la memoria. Porque el trabajo, dice, el ejercicio conti¬ 
nuo vuelve viva nuestra memoria y la transforma en espacio de apren¬ 
dizaje. Aprender con la memoria significa estar atentos a las circuns¬ 
tancias cotidianas, sociales y políticas, para que los hechos sucedidos 
durante la dictadura militar no se repitan; no sólo por equidad con los 
muertos sino porque así nos protegemos solidariamente de la repeti¬ 
ción de la historia aunque venga con otros disfraces y hacemos más 
segura y digna nuestra existencia. 

Estos primeros 238 textos que se abrieron a nosotras, a toda la socie¬ 
dad, nos acercaron de manera viva la violencia, la humillación, la arbi¬ 
trariedad del terrorismo de estado metido en cada barrio, en cada ho¬ 
gar, en el aire que los uruguayos respirábamos. También nos trajeron 
profundidades del alma humana, delicados hilos de sostén, fuertes la¬ 
zos de amor, de fraternidad, de entereza. Al internarnos en la lectura y 
compartir el dolor, conmovidas ante cada historia, comprendimos el 
inmenso valor del material que teníamos en nuestras manos. Nos senti¬ 
mos profundamente agradecidas por la confianza depositada, custo¬ 
dias de un tesoro que tiene que ser de toda la sociedad, unidas en esta 
necesidad de trabajar por la memoria colectiva, junto a todas y todos 
los que desde hace años tratan de rescatar del olvido un pasado atroz y 
fermental. 

Muchos de los textos que leimos fueron escritos por niñas de aque¬ 
llos años, que nos cuentan sus sentimientos y reflexiones y los trasmi¬ 
ten a las niñas y niños de hoy. Hijas ayer, madres hoy de otras niñas y 
niños cuyas simientes nos continuarán. Esa continuidad, ese entrama¬ 
do donde el futuro nace del hoy y se cimenta en el ayer, nos es necesario 


289 



para explicarnos, nos da identidad y raíces, extiende puentes 
generacionales que nos dan continuidad y fundamentalmente, nos per¬ 
mitan conocer y aprender de lo vivido. Por eso hoy seleccionamos, para 
mostrarles, algunos ejemplos de distintas generaciones, que sin excep¬ 
ción asumieron igual actitud de dignidad para enfrentar la dictadura. 

Los 238 trabajos recibidos en esta primera convocatoria, nos han acer¬ 
cado trozos de esa memoria viva. Nos han conmovido con su hondura 
y enriquecido con sus valores. Pero especialmente nos han dado la 
medida y el valor de este espacio que al principio proyectamos tímida¬ 
mente y ahora nos llena de alegría y confianza. Sabemos que para las 
que escribieron no ha sido una tarea fácil. Muchas lo hicieron tal vez 
por primera vez. Debieron recorrer y revivir situaciones, emociones 
quizás postergadas, quizás aliviadas por el paso del tiempo. También 
sabemos que por el sólo hecho de hacerlo ya tuvo un efecto multiplicador 
y hasta sanador en el entorno próximo de cada una, al compartirlo, al 
elaborarlo, al poder contarlo. 

Sabemos también que estos espléndidos 238 trabajos son muy pocos 
en la comparación posible. La memoria histórica de esos años nos de¬ 
bería tener a todas. Cada voz es única, cada mirada insustituible. Todas 
aportan a la verdad y permiten construir un futuro más digno. Por eso 
seguimos convocándolas a escribir de sus experiencias y sus sentimien¬ 
tos, sin importar la edad o el lugar donde estuvieran en esos años de 
dictadura en nuestro país. Los jóvenes encontrarán en estos materiales 
respuestas, valores, posibilidad de reflexionar. No queremos dejarle por 
herencia el silencio ni el olvido. 

Nos comprometemos a continuar esta recopilación. Queremos ha¬ 
cerlo, ustedes han demostrado que es posible. Porque -como nos dijera 
Juan Gelman- "creemos en la necesidad dé la verdad que se recompo¬ 
ne de a pedacitos", las volvemos a convocar a todas para armar la me¬ 
moria, nuestra memoria. 

Palabras pronunciadas al dar a conocer 
los textos seleccionados para este primer libro 


290 



"Recuérdalo tu, 
recuérdalo a otro" 

Luis Cernuda 


Te invitamos a contar porque a ti también te pasó 
e-mail: memoriapararmar@hotmail.com 




INDICE 

Presentación.9 

Prólogo.11 

Las voces.13 

Sandra Petrovich 

Alguien.....'..15 

Marta Aída Delgado 

Mirada..16 

Graciela Castillo Sallé 

El bote. s. ...19 

María Esther Gatti Borsani 

Retrato de mujer en el techo..23 

Alicia Osimani 

Una luz en la dictadura...;.25 

Gladys Bertulo 

Recordando.33 

Graciela Jorge/Marina Cultelli 

Afiladoras de flechas .37 

Laura Romero 

Abuela, ¿me contás un cuento? ....<•..41 

Gaia 

Verdad para cimentar el futuro.47 

Margarita Ferro Beceiro 

Poesía III.60 

Gladys Yolanda Coitiño 

Ensayos generales. 61 

Elizabeth Katzenstein 

Crónicas de una calle. u. .72 

Gladys Yolanda Coitiño 

Sic. lo juro..;.78 

Irma Leites 

Espantando la impunidad (i).^.85 





















Anónimo 

Te escribo desde el interior..88 

Irma Leites 

Espantando la impunidad (ii).91 

Susana Pacifici 

Una historia sin final.96 

Mercedes Martínez 

Hotel Pinot..<r..108 

Marcela Vitureira Benito 

Lo de la estrella..117 

Marina Cultelli 

Cuando niña..../..123 

Irma Mateos Guerrero 

La paisana./r....138 

Graciela Taddey 

El movimiento "Hi" .140 

Esperanza Garrido 

Nuestros años más difíciles. /. .145 

Mima Unale de Rosas 

Fiebre de sábado a la noche..¡.162 

Ana Pañella Giuffra 

Todavía no eran las cinco..164 

Roxana Santos Bertino 

Tenía cinco años. r. .167 

Use Marino 

Fotos. s. .169 

María Ester Gatti 

Poesía N° 4.173 

Luz Ibarburu 

Un hijo desaparecido....-^.174 

Mercedes Espinóla 

Con Norma.183 

Margarita Ferro Beceiro 

Poesía IV. 184 




















Glinca Belbey 
Intimidades ..../’T. 


185 


juana Canosa Bonjour 

¡Cómo imaginarlo!.. 197 

Beatriz Rodríguez Pérez 

Miedo. s. .209 

Zaira Día 

En el 306 . ¿i .212 

Cristina Ürrutia 

Historia de desencuentros .213 

Carmen García Pose 

Allá mi voz.219 

Buganvilla 

Gaviotas y glicinas.. 220 

Alicia Vázquez Aicardi 

1980. 239 

Hendrina Roodenburg 

La memoria también se tejió en Holanda .240 

Raquel Núñez 

Estampas birladas.¿T.. 243 

Raquel Lubartowski 

Luto. 245 

Blanca Rosa Domínguez Fernández 

El muchacho de cabello dorado....<íT..;.246 

Blanca Cobas 

Roberto..249 

Sonia Mosquera 

Un triunfo de lo humano sobre lo bestial. 253 

María del Carmen Aguado 

A los familiares... 255 

Amanda Blanco 

Reencuentro con el cuerpo ....rríf.. 256 

Elsa Eva Villaflor Garriero 

Ojalá que vivan..258 




















María Ester Gatti 

El martes de la semana pasada. 267 

Gladys Castelvecchi 

El padre .........272 

Estela Perl 

El aire de la dictadura.273 

M a del Carmen Aguado Blazquez 

El juego de la oca.278 

Documentos 

Convocatoria. 283 

Palabras pronunciadas el I o de noviembre de 2000.:...'.285 

Palabras pronunciadas el 7 de junio de 2001...289 


Se terminó de imprimir en noviembre de 2001 en Artes 
Gráficas S.A. - Rivadavia 2045; Tel. 208 8414 
Montevideo, Uruguay 
Dep. Legal N° 323.674/2001 
Edición amparada en el decreto 218/996 
(Comisión del Papel) 













Como uno de los 
Talleres de ex-presas 
políticas que se reúnen 
desde 1997 
para valorar las 
experiencias comunes, 
el Taller de Género y 
Memoria reflexiona 
sobre los temas que le 
dan nombre. 

Este libro que recoge 
testimonies invalorables 
de diversas situaciones 
de mujeres en dictadura 
es una de sus 




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LJ 












































Fue el propósito de quienes reunimos los 
testimonios que componen e! presente vo¬ 
lumen, contribuir a la recuperación del pasado 
durante el gobierno de facto, vivido por las 
mujeres de modo característico y propio. 

Ellos constituyen un aporte a la historia, e la 
tradición nacional y una reflexión sobre su con¬ 
dición de mujeres. 

No es una historia cronológica sino de emo¬ 
ciones y verdades internas, incompleta sin duda 
porque muchas voces no se han dejado oír 
todavía ya ellas seguimos apelando. 

Los testimonios nos enseñan cómo fueron